domingo, 10 de junio de 2007

El TLC y el chapulín acorralado


En un hermoso lugar de cuya costa, rica y hermosa, siempre quisiera acordarme, creció una comunidad, sabia, valiente, progresista y amante de la paz. Fue tanta la producción que sus habitantes alcanzaron, que empezaron a vender sus productos por toda la zona y más allá. Pero había cosas que ellos no producían, por lo que las altas autoridades dispusieron aliarse con otras comunidades vecinas, para hacer un buen intercambio de productos y alcanzar el progreso anhelado. La alianza traería para todos: trabajo, libertad, comercio, por lo que usaron esas iniciales: TLC, para dar nombre al proyecto. No obstante que aquel paso traería progreso para todos, un grupúsculo se oponía.

Los líderes de una agrupación gremial, llamada “El Mentecato” equivocaron sus rumbos y, lejos de beneficiar a sus afiliados, actuaron en su propio beneficio. A los jefes “mentecalistas” les gustaba caminar por la izquierda, por lo que odiaban a los vecinos del norte, principal cliente de esta comunidad, porque ellos caminaban por el otro lado: cuestión de ideología, que llaman. Por ese motivo, se oponían a la alianza.

Corcel equivocado. Un líder político que peleó por llegar a la jefatura tomó equivocadamente la oposición al TLC, como caballo de batalla, pero le ganó el actual jefe quien, por el contrario, levantó la bandera de la alianza comercial. Los “mentecalistas”, que apoyaron al político perdedor y los pocos representantes que pudieron elegir, no supieron aceptar la mayoría que había para aprobar el proyecto que tenía un plazo señalado y usaron algún argumento mendaz y muchas artimañas para atrasar la votación, con el fin de que caducara el plazo respectivo. No obstante, el Jefe General y sus autoridades lograron vencer los obstáculos y ya no quedaba más remedio que votar el proyecto que ya tenía tres años de discusión.

Los “mentecalistas” se encontraban reunidos lamentándose de su fracaso, porque se les había terminado las triquiñuelas y uno de los líderes exclamó:

–¡Oh!, y ahora ¿quién podrá defendernos?

–¡Yoooo! –gritó, ávido de protagonismo, un político, también perdedor…

–¡ElChapulín Acorralado ! –gritaron los presentes.

–¡No contaban con mi astucia! –contestó jactancioso el político, quien buscaba la gran oportunidad para, cual Lázaro, levantarse de su propia sepultura política. Explicó de inmediato que tenía un as bajo la manga y les habló de la consulta popular. Con este sistema, les dijo, hundiremos ese TLC, porque tenemos nueve meses y hasta diez para conseguir las firmas necesarias para convocar. Por supuesto –advirtió–, el tiempo para recoger las firmas, lo que duren “los venerables ancianos” para confirmarlas, quizás un rechazo porque no todas las firmas recogidas sean legítimas y mientras tanto se agota el tiempo. La acogida fue unánime.

Expedito y legal. La algarabía fue general cuando “los venerables ancianos” aceptaron llevar el TLC a la consulta popular, pero al Chapulín Acorralado no le duró la sonrisa ni un día porque “le salió el tiro por la culata”. A pesar de su astucia, le faltó precisamente “la malicia india”, pues no tomó en cuenta que había otras vías para convocar y así, “fue por lana y salió trasquilado”, pues el Jefe General, con todo su derecho, pidió el respaldo de los representantes populares y, con ese aval, envió su solicitud de convocatoria sin recolección de firmas a los “venerables ancianos”, que, por expedito y apegado a la ley, acogieron su plan y desecharon el otro.

Toda la comunidad aceptó el fallo de “los venerables ancianos”, hasta el político que perdió ante el actual jefe, excepto algunos “mentecalistas” y el mismo Chapulín Acorralado , quien lanzó sapos y serpientes contra los más respetables miembros de la comunidad, los “venerables ancianos”, mientras pronunciaba contra ellos frases que podrían considerarse una figura delictiva.

Por supuesto que la gran mayoría aprobó la alianza y así fue vencido el grupúsculo, que por mezquindad política, por cobrar revancha o por simple ideología, quería llevar a la comunidad por el despeñadero.

Por Juan R. Gutiérrez Araya
Tomado de la Nación

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