domingo, 28 de diciembre de 2008

La opinión pública y los principios liberales


Este artículo se leyó ante la 6a reunión de la Sociedad Mont Pélerin en su conferencia de Venecia, en septiembre de 1954; se publicó (en italiano) en Il Politico, 20, 1955, y (en alemán) en Ordo, 8, 1956

Las observaciones que siguen tuvieron por objeto proporcionar material para un debate en una reunión internacional de liberales (en la acepción inglesa del término). Mi único propósito era sentar las bases de un buen debate general. Como podía suponer las concepciones liberales de mi auditorio, lo que me interesaba era subrayar, más que corroborar, las suposiciones populares relativas a estas concepciones.

I EL MITO DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Hemos de estar prevenidos contra diversos mitos relativos a la «opinión pública», que a menudo se aceptan de forma acrítica.

En primer lugar está el mito clásico de vox populi vox que atribuye a la voz del pueblo una suerte de autoridad final sabiduría sin límites. Su equivalente moderno es la fe en la certeza de esa figura mítica encarnación del sentido común, «el hombre de la calle», en la justeza de su voto y de su voz. En ambos casos, es característico evitar el plural. Pero, gracias a Dios, la gente rara vez es unánime, y diversas personas de diferentes calles son tan diferentes como cualquier grupo de VIPs en una sala de reuniones. Y si, ocasionalmente, se expresan de forma unánime, lo que dicen no es necesariamente sensato. Pueden tener razón, o pueden estar equivocados. «La voz» puede ser muy firme en cuestiones muy dudosas (ejemplo: la aceptación casi unánime e incuestionada de la exigencia de una «rendición incondicional»). Y puede oscilar en cuestiones sobre las cuales apenas cabe duda (ejemplo: la cuestión de si hay que condonar el chantaje político, o el asesinato a gran escala). Puede estar bienintencionada pero ser imprudente (ejemplo: la reacción pública que echó por tierra el plan Hoare-Laval). O bien puede no ser ni bienintencionada ni muy prudente (ejemplo: la aprobación de la misión de Runciman; la aprobación del Pacto de Munich de 1938).

No obstante, creo que el mito de la vox populi tiene un núcleo de verdad oculto. Puede expresarse del siguiente modo: a pesar de la información limitada de que disponen, a menudo muchos hombres comunes son más sensatos que sus gobiernos; y si no más sensatos, inspirados por intenciones mejores o más generosas (ejemplos: la disposición a luchar del pueblo de Checoslovaquia, en vísperas de Munich; o, de nuevo, la reacción Hoare-Laval).

Una forma del mito -o quizá de la filosofía subyacente al mito- que me parece de especial interés e importancia es la doctrina de que la verdad es patente. Entiendo por esto la doctrina según la cual, aunque el error es algo que en ocasiones tiene que explicarse (por falta de buena voluntad o por sesgo o prejuicios), la verdad brilla por sí misma, siempre y cuando se suprima. Surge así la creencia de que la libertad, una vez desterrada la opresión y otros obstáculos, debe conducir necesariamente al Reino de la Verdad y la Bondad, a «un Elíseo creado por la razón y agraciado de los más puros goces conocidos por su amor a la humanidad» en palabras de la última frase del Esbozo de un cuadro histórico del progreso de la mente humana, de Condorcet.

Deliberadamente he simplificado en exceso este importante mito, que también puede formularse así: «Nadie que se enfrente a la verdad puede dejar de reconocerla». Quiero denominar a ésta «la teoría del optimismo racionalista». En realidad, se trata de una teoría que comparte la Ilustración con la mayoría de sus herederos políticos y sus mentores intelectuales. Al igual que el mito de la vox populi, es otro mito de voz unánime. Si la humanidad es un Ser al que debemos culto, la voz unánime de la humanidad ha de considerarse su autoridad última. Pero hemos aprendido que esto es un mito, y hemos aprendido a desconfiar de la unanimidad.

Una reacción a este mito racionalista y optimista es la versión romántica de la teoría de la vox populi, la doctrina de la autoridad y singularidad de la voluntad popular, de la volante genérale, del espíritu del pueblo, del genio de la nación, del espíritu de grupo o del instinto de la sangre. No tengo que reiterar aquí la crítica que formularon Kant y otros autores -entre ellos, yo mismo- a estas doctrinas de la aprehensión irracional de la verdad, que culminan en la doctrina hegeliana de la astucia de la razón que utiliza nuestras pasiones como instrumentos para la aprehensión instintiva o intuitiva de la verdad; y que hace imposible que el pueblo se equivoque, especialmente si éste sigue sus pasiones en vez de su razón.

Una variante importante y aún muy influyente del mito es la que puede denominarse el mito del progreso de la opinión pública, que es el mito de la opinión pública del liberal decimonónico. Puede ilustrarse con una cita del Phineas Finn de Anthony Trollope, obra sobre la que ha llamado la atención el profesor E.H. Gombrich. Trollope describe el destino de una moción parlamentaria en favor de los derechos de los arrendatarios agrícolas irlandeses. Se instaura una división de opiniones, y el ministro es derrotado por una mayoría de veintitrés votos. «Y ahora -dice mr. Monk, Presidente del Gobierno- la pena es que no es- tamos ni una pizca más cerca de los derechos de los arrendatarios agrícolas de lo que estábamos antes.»

«Pero sí lo estamos.» «En un sentido, sí. Este debate y esta mayoría harán pensar a la gente. Pero no; "pensar" es una palabra demasiado elevada; por regla general, la gente no piensa. Pero le hará pensar que tiene algo de razón. Muchas personas que antes consideraban quimérica la legislación sobre este asunto, pensarán ahora que sólo es peligrosa, o quizá simplemente difícil. Y así, con el tiempo, pasará a considerarse algo posible, y luego algo probable; y así, finalmente, se considerara en la lista de las pocas medidas que el país precisa como algo absolutamente necesario. Ésta es la manera en que se forma la opinión pública.»«No ha sido una pérdida de tiempo -dijo Phineas- haber dado el primer paso para formarla.» «El primer gran paso lo dieron hace mucho -dijo mr. Monk- los hombres que fueron considerados demagogos revolucionarios, casi traidores, por darlo. Pero es una gran cosa dar cualquier paso que nos lleve hacia delante.»

La teoría aquí expuesta por el miembro liberal-radical del Parlamento, mr. Monk, quizá puede denominarse una teoría de la vanguardia de la opinión pública, o la teoría del liderazgo de los adelantados. Es la teoría de que existen líderes o creadores de opinión pública que, mediante libros o folletos y cartas al Times, o bien mediante discursos y mociones parlamentarias, consiguen que algunas ideas sean rechazadas primero, luego debatidas y finalmente aceptadas. Aquí se concibe la opinión pública como una especie de respuesta pública a las ideas y esfuerzos de aquellos aristócratas de la mente que crean nuevos pensamientos, ideas y argumentos. Se concibe como un proceso lento, algo pasivo y por naturaleza conservador, pero que sin embargo es capaz de discernir intuitivamente, a la postre, la verdad de las pretensiones de los reformadores, como arbitraje lento, pero definitivo y de autoridad, de los debates de la élite. Sin duda, ésta es otra forma de nuestro mito, por mucho que, a primera vista, pueda parecer que gran parte de nuestra realidad inglesa se ajusta a él.

Indudablemente, las pretensiones de los reformadores a menudo han prosperado exactamente de esta forma. Pero, ¿sólo prosperan las exigencias válidas? Tiendo a creer que, en Gran Bretaña, no es tanto la verdad de una afirmación o la sensatez de una propuesta lo que hace probable que una política goce del apoyo de la opinión pública, como la sensación de que se está cometiendo una injusticia que puede y debe rectificarse. Lo que describe Trollope es la característica sensibilidad moral de la opinión pública, y la forma en que a menudo se ha suscitado, al menos en el pasado; su intuición de la injusticia más que su intuición de la verdad de hecho. Es discutible en qué medida es aplicable a otros países la descripción de Trollope; y sería peligroso suponer que incluso en Gran Bretaña la opinión pública seguirá siendo tan sensible como en el pasado.

II. LOS PELIGROS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

La opinión pública (sea cual fuere) es muy poderosa. Puede cambiar gobiernos, incluso gobiernos no democráticos. Los liberales deben contemplar semejante grado de poder con cierta dosis de sospecha.

Gracias a su anonimato, la opinión pública es una forma irresponsable de poder y, por ello, particularmente peligrosa desde el punto de vista liberal (ejemplo: los obstáculos por razón del color de la piel y otros problemas raciales). El remedio en una dirección es obvio: al reducir al mínimo el poder del Estado, se reducirá el peligro de la influencia de la opinión pública, que se ejerce a través del Estado. Pero esto no garantiza la libertad de la conducta y el pensamiento individual de la presión directa ejercida por la opinión pública. En este aspecto, el individuo necesita la poderosa protección del Estado. Estos requisitos contrapuestos pueden reconciliarse, al menos parcialmente, con un cierto tipo de tradición.

La doctrina de que la opinión pública no es irresponsable, sino de algún modo «responsable ante sí misma» -en el sentido de que sus errores tienen consecuencias que caen sobre el público que defiende la opinión equivocada- es otra forma del mito colectivista de la opinión pública: la propaganda equivocada de un grupo de ciudadanos puede perjudicar fácilmente a otro grupo.

III. LOS PRINCIPIOS LIBERALES: UN GRUPO DE TESIS

1. El Estado es un mal necesario: sus poderes no deben multiplicarse más allá de lo necesario. Podría llamarse a este principio la navaja liberal (en analogía con la navaja de Ockham, es decir, el famoso principio de que no se deben multiplicar las entidades o esencias más de lo necesario).

Para demostrar la necesidad del Estado no apelo a la concepción del hombre sustentada por Hobbes: homo-homini-lupus. Por el contrario, puede demostrarse su necesidad aun si suponemos que homo homini felis, es decir, aun si suponemos que -debido a su amabilidad o su angélica bondad- nadie perjudica nunca a nadie. Aun en un mundo semejante habría hombres débiles y fuertes, y los más débiles no tendrían ningún derecho legal a ser tolerados por los más fuertes, sino que tendrían que agradecerles su bondad al tolerarlos. Quienes (fuertes o débiles) piensen que éste es un estado de cosas satisfactorio y que toda persona debe tener derecho a vivir y el derecho a ser protegido contra el poder del fuerte, estará de acuerdo en que necesitamos un Estado que proteja los derechos de todos.

Es fácil comprender que el Estado es un peligro constante o (como me he aventurado a llamarlo) un mal, aunque necesario. Pues para que el Estado pueda cumplir su función, debe tener más poder que cualquier ciudadano privado o cualquier corporación pública; y aunque podamos crear instituciones en las que se reduzca al mínimo el peligro del mal uso de esos poderes, nunca podremos eliminar completamente el peligro. Por el contrario, parece que la mayoría de los hombres tendrán siempre que pagar por la protección del Estado, no sólo en forma de impuestos, sino hasta bajo la forma de la humillación sufrida, por ejemplo, a manos de funcionarios prepotentes. De lo que se trata es de no pagar demasiado por ello.

2. La diferencia entre una democracia y una tiranía es que en la primera es posible sacarse de encima el gobierno sin derramamiento de sangre; en una tiranía, eso no es posible.

3. La democracia como tal no puede conferir beneficios al ciudadano, y no debe esperarse que lo haga; los únicos que han de actuar son los ciudadanos de una democracia (incluidos, por supuesto, los ciudadanos que integran el gobierno). La democracia no proporciona más que la armazón en la cual los ciudadanos pueden actuar de una manera más o menos organizada y coherente).

4. Somos demócratas no porque la mayoría siempre tenga razón, sino porque las tradiciones democráticas son las menos malas que conocemos. Si la mayoría (o la «opinión pública») se decide en favor de la tiranía, un demócrata no tiene que suponer que por ello se ha puesto de manifiesto una incongruencia fatal en sus opiniones. Más bien debe comprender que la tradición democrática no es lo suficientemente fuerte en su país.

5. Las instituciones solas nunca son suficientes si no están atemperadas por las tradiciones. Las instituciones son siempre ambivalentes en el sentido de que, a falta de una tradición fuerte, también pueden servir al propósito opuesto al que estaban destinadas a servir. Por ejemplo, se supone que una oposición parlamentaria debe impedir, hablando en términos generales, que la mayoría robe el dinero de los contribuyentes. Pero recuerdo bien un turbio asunto que se dio en un país del sudeste de Europa que ilustra la ambivalencia de esta institución: en ese país, la oposición compartió el botín con la mayoría.

Resumiendo: las tradiciones son necesarias para establecer una especie de vínculo entre las instituciones y las intenciones y evaluaciones de las personas individuales.

6. Una utopía liberal -esto es, un Estado racionalmente diseñado a partir de una tabula rasa sin tradiciones- es algo imposible. Pues el principio liberal exige que las limitaciones a la libertad de cada uno que hace necesaria la vida social deben ser reducidas a un mínimo e igualadas en lo posible (Kant). Pero, ¿cómo aplicar a la vida real un principio a priori semejante? ¿Debemos impedir a un pianista que estudie o debemos privar a su vecino de una siesta tranquila? Todos estos problemas sólo se pueden resolver en la práctica apelando a las tradiciones y costumbre existentes y a un tradicional sentido de justicia; al derecho común, como se llama en Gran Bretaña, y a la apreciación equitativa de un juez imparcial. Por ser principios universales, todas las leyes han de interpretarse de forma que puedan ser aplicadas; y una interpretación requiere algunos principios de práctica concreta, que sólo una tradición viva puede aportar. Y esto es especialmente cierto con respecto a los principios tan abstractos y universales del liberalismo.

7. Los principios del liberalismo pueden considerar (al menos en la actualidad) principios para evaluar -y, si es preciso, modificar o cambiar- las instituciones existentes, en vez de sustituirlas. También se puede expresar esto diciendo que el liberalismo es un credo evolutivo más que revolucionario (a menos que se enfrente a un régimen tiránico).

8. Entre las tradiciones que debemos considerar más importantes está la que podríamos llamar el «marco moral» (correspondiente al «marco legal» institucional de una sociedad). Este marco contiene el sentido tradicional de la justicia o la equidad de una sociedad, o el grado de sensibilidad moral que ha alcanzado. Este marco moral sirve de base que hace posible alcanzar un compromiso justo o equitativo entre intereses en conflicto cuando es necesario. Por supuesto, no es inmutable, pero cambia comparativamente a ritmo lento. No hay nada más peligroso que la destrucción de este marco tradicional, como se propuso hacer el nazismo. Su destrucción conduce, finalmente, al cinismo y el nihilismo, es decir, al desprecio y la disolución de todos los valores humanos.

IV. LA TEORÍA LIBERAL DE LA LIBRE DISCUSIÓN

La libertad de pensamiento y la libre discusión son valores liberales supremos que en realidad no necesitan ulterior justificación. Sin embargo, también pueden justificarse pragmáticamente sobre la base del papel que desempeñan en la búsqueda de la verdad.

La verdad no es manifiesta, y no es fácil llegar a ella. La búsqueda de la verdad exige, al menos,

a) imaginación
b) ensayo y error
c) el descubrimiento gradual de nuestros prejuicios mediante
a), b) y la discusión crítica.

La tradición racionalista occidental, que deriva de los griegos, es la tradición de la discusión crítica, del examen y la comprobación de proposiciones o teorías mediante intentos de refutación. No hay que confundir este método racional con un método de prueba, es decir, con un método para establecer definitivamente la verdad; tampoco es un método que asegure siempre el acuerdo. Su valor está, más bien, en el hecho de que todos los participantes en una discusión cambiarán de opinión en cierta medida, y se separarán siendo un poco más sabios que antes.

A menudo se afirma que la discusión sólo es posible entre personas que tienen un lenguaje común y que aceptan suposiciones básicas comunes. Creo que esto es un error. Todo lo que se necesita es la disposición a aprender del interlocutor en la discusión, lo cual incluye un genuino deseo de comprender lo que éste quiere decir. Si existe esta disposición, la discusión será tanto más fructífera cuanto mayor sea la diferencia de los puntos de partida de los interlocutores. Así, el valor de una discusión depende en gran medida de la variedad de las opiniones rivales. Si no hubiera habido una Torre de Babel, deberíamos inventarla. El liberal no sueña con un perfecto acuerdo en las opiniones; sólo desea la mutua fertilización de las opiniones y el consiguiente desarrollo de las ideas. Aun cuando resolvamos un problema con universal satisfacción, al resolverlo creamos muchos nuevos problemas acerca de los cuales es probable que discrepemos. Y esto no debe lamentarse.

Aunque la búsqueda de la verdad por medio de la discusión racional es un asunto público, a partir de ella no se forma la opinión pública (sea cual fuere). Aunque la opinión pública pueda recibir la influencia de la ciencia y pueda juzgar a ésta, no es el producto de la discusión científica.
Pero la tradición de la discusión racional crea, en el campo político, la tradición de gobernar mediante la discusión y, con ella, el hábito de escuchar el punto de vista del otro, el desarrollo del sentido de la justicia y la predisposición al compromiso.

Por lo tanto, lo que esperamos es que la tradiciones, al cambiar y desarrollarse bajo la influencia de la discusión crítica y en respuesta al desafío que suponen los nuevos problemas, puedan reemplazar a gran parte de lo que se llama habitualmente la «opinión pública» y asuman las funciones que se supone cumple ésta.

V. LAS FORMAS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Hay dos formas principales de opinión pública: la institucionalizada y la no institucionalizada.
Ejemplos de instituciones que sirven a la opinión pública (o influyen sobre ésta): la prensa (inclusive las Cartas al Director); los partidos políticos, sociedades como la Sociedad Mont Pélerin, las universidades, las editoriales, la radiodifusión, el teatro, el cine y la televisión.

Ejemplos de opinión pública no institucionalizada: lo que la gente comenta en los trenes y otros lugares públicos acerca de los «hombres de color»; o lo que las personas se dicen alrededor de una mesa de comedor (esto puede incluso llegar a institucionalizarse).

VI. ALGUNOS PROBLEMAS PRÁCTICOS: LA CENSURA Y LOS MONOPOLIOS DE LA PUBLICIDAD

En esta sección no ofrecemos tesis, sino sólo problemas. ¿Hasta qué punto la lucha contra la censura depende de una tradición de censura autoimpuesta?

¿Hasta qué punto los monopolios editoriales establecen una especie de censura? ¿En qué medida tienen los pensadores líber para publicar sus ideas? ¿Puede haber una completa libertad para publicar? Y ¿debe haber una total libertad para publicar cualquier cosa?

La influencia y la responsabilidad de la intelligentsia: a) sobre la difusión de las ideas (ejemplo: el socialismo); b) sobre la aceptación de modas a menudo tiránicas (ejemplo: el arte abstracto).

La libertad de las universidades: a) la interferencia del Estado; b) la interferencia privada; c) la interferencia en nombre de -a opinión pública.

La administración (o la planificación) de la opinión pública. Los «funcionarios de relaciones públicas».

El problema de la propaganda en favor de la crueldad en los periódicos (en especial en los cómics), el cine, etc.

El problema del gusto. Estandarización y nivelación.

El problema de la propaganda y la publicidad versus la difusión de la información.

VII. UNA BREVE LISTA DE EJEMPLOS POLÍTICOS

La siguiente lista contiene casos dignos de un minucioso análisis:

1. El plan Hoare-Laval y su derrota por el poco razonable entusiasmo moral de la opinión pública.
2. La abdicación de Eduardo VIII.
3. Munich.
4. La rendición incondicional.
5. El caso Crichel-Down.
6. El hábito inglés de aceptar las situaciones de penuria sin quejarse.

Esta entidad intangible y vaga llamada opinión pública revela a veces una sagacidad sin rebuscamiento o, más a menudo, una sensibilidad moral superior a la del gobierno. Sin embarga, constituye un peligro para la libertad si no está moderada por una fuerte tradición liberal. Es peligrosa como árbitro del gusto e inaceptable como arbitro de la verdad. Pero a veces puede asumir el papel de un ilustrado árbitro de la justicia (ejemplo: la liberación de los esclavos en las colonias británicas). Desgraciadamente, puede ser «administrada». Sólo se pueden contrarrestar estos peligros reforzando la tradición liberal.

Hay que distinguir la opinión pública de la publicidad de la discusión libre y crítica que es (o debería ser) la norma en la ciencia, y que incluye la discusión de problemas relativos a la justicia y otras cuestiones morales. La opinión pública recibe la influencia de discusiones de este tipo, pero no es el resultado de éstas ni está bajo su control. Su benefactora influencia será tanto mayor cuanto más honradas, simples y claras sean tales discusiones.

Karl R. Popper


sábado, 27 de diciembre de 2008

¡Que pena!



No se sabe si reír o llorar.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Viernes de Recomendación


En este último viernes de recomendación del año 2008, en ASOJOD queremos ofrecerles un artículo sobre el Círculo de Viena, un grupo de pensadores que tuvo gran influencia en la Filosofía y la Ciencia del siglo XX.

jueves, 25 de diciembre de 2008

La América amoral


Treinta y tres países de América Latina y el Caribe se reunieron en Sauípe, Brasil, para discutir y estimular la integración latinoamericana. Los convocaba Lula da Silva, con su enorme prestigio nacional e internacional. Deliberadamente, excluyeron a Estados Unidos y Canadá, lo que dejaba a Brasil como la gran potencia regional. Ese es el regalo de despedida que Lula quiere hacerle a su pueblo: el liderazgo del subcontinente.

En principio, parece una meta positiva y no hay nada censurable en vetar la presencia de las potencias anglosajonas, pero es ingenuo esperar grandes logros de ese esfuerzo diplomático. No es verdad que la economía de escala soluciona los problemas de la pobreza. China y la India tenían los dos mayores mercados potenciales del planeta y hasta hace muy poco eran dos de las naciones más miserables del mundo. ¿Cuándo comenzó a cambiar ese triste panorama? Cuando fueron capaces de crear empresas eficientes y competitivas que producían bienes o servicios con gran valor agregado. La clave no está en las dimensiones del mercado sino en la calidad de la oferta.


Tampoco es verdad, como supone el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que eso se hubiera podido lograr mejor con una común divisa latinoamericana, con bancos regionales de desarrollo que gestionen el ahorro colectivo y con organismos supranacionales como el ALBA que coordinen el comercio internacional. Eso fue el rublo cuando existía la URSS, eso fue el CAME que conciliaba los intercambios comerciales en el llamado ''bloque del Este'', en lugar de estimular la competencia, y ya sabemos el cuadro de atraso y pobreza que caracterizaba al ''fraterno bloque socialista''. Correa, que se formó como economista, tal vez posee una vaga idea sobre cómo se distribuye la riqueza, pero ignora totalmente cómo se crea.

El dólar, el euro, el yen, la libra esterlina, el franco suizo, son divisas internacionales porque, aún en épocas de crisis, como sucede hoy, los Estados que las emiten son estables, se respetan los derechos de propiedad, y cuentan como respaldo tangible con un poderoso aparato productivo moderno e innovador. ¿Por qué tener confianza en la moneda de naciones que repudian arbitrariamente la deuda externa e incumplen sus compromisos cada vez que les viene en gana? Chile, por ejemplo, Costa Rica o Uruguay, que son países razonablemente gestionados, cometerían la peor locura si entregaran su destino económico a una burocracia regional administrada por representantes de gobiernos terriblemente corruptos, como son casi todos los de América Latina, de acuerdo con los espeluznantes informes de Transparencia Internacional. ¿Se imagina el lector lo que sería un banco continental emisor de moneda bajo la dirección, por ejemplo, de Néstor Kirchner?


Pero, al margen de los delirios integracionistas, hay algo mucho más grave en la Cumbre de Sauípe: la absoluta ausencia de requisitos éticos. Ahí estaba, dando gritos, el señor Daniel Ortega, culpable de tantas cosas feas en su lamentable pasado, que acaba de robarse descaradamente unas elecciones en Nicaragua. Ahí estaba, como una de las estrellas, el pintoresco Hugo Chávez, que intenta fraudulentamente perpetuarse en el poder mientras encabeza la peor cleptocracia que ha padecido ese pobre país. Y ahí estaba, como gran invitado, el general Raúl Castro, hoy presidente de la más larga y empobrecedora dictadura de la historia latinoamericana. Nadie, por supuesto, les hizo la menor crítica: los aplaudieron como si se tratara de honorables representantes de sus pueblos. Era la vieja tradición latinoamericana de complacencia con el delito e indiferencia ante el dolor de las víctimas: todos festejaban o callaban.

En la Cumbre se invocó el ejemplo de la Unión Europea: ¿qué tiene que ver esa América amoral que no defiende la libertad ni la decencia, con una unión de países que, para pertenecer a ella, pone como requisito el comportamiento democrático, el respeto por los derechos humanos, la subordinación de todos al imperio de la ley y la sensatez y la honradez en las labores de gobierno? Mientras las élites políticas latinoamericanas no entiendan que el objeto fundamental de los gobiernos democráticos debe ser luchar por mantener las libertades y garantizar la dignidad de las personas, no sólo van a fracasar en el terreno administrativo, sino que, además, van a continuar provocando en los ciudadanos el desprecio más rotundo y las actitudes más cínicas. Por eso estamos como estamos.

Carlos Alberto Montaner

miércoles, 24 de diciembre de 2008

¿Falló el capitalismo?

Capitalismo es el respeto a la propiedad privada y la libertad de acción. Debido a la crisis económica actual, se han escrito muchos artículos cuestionando al capitalismo como sistema sostenible para crear bienestar. Se ilustra con el ejemplo de la situación actual en los Estados Unidos. Veamos si allí existía capitalismo; analicemos algunos sectores.

El financiero. El Community Reinvestment Act originado en la época de Jimmy Carter manda a los bancos otorgar un porcentaje de sus préstamos de vivienda a personas de bajos ingresos. Sumado a eso, otras leyes mandan a Fannie Mae y Freddie Mac, organizaciones cuasigubernamentales, comprar paquetes de hipotecas que luego revendían para realimentar al sistema hipotecario. Incluidos en esos paquetes estaban los préstamos subprime .

Adicionalmente, las empresas financieras operan bajo la reciente nueva ley de expresar los estados financieros revaluados a valor de mercado en vez de a valor de adquisición, como se hacía tradicionalmente. Esto amplificó pérdidas no realizadas que obligaron a colocar más reservas y crearon desconfianza. Todo lo anterior alimentado por una política monetaria expansiva aumentando la oferta de moneda para mantener bajas tasas de interés que estimularon niveles de apalancamiento y toma de riesgos que no se hubiesen tomado con la existencia de tasas más altas. El Banco de La Reserva es una organización federal innecesaria que en balance ha tenido efecto negativo en generar inflación y desempleo. Antes de la Fed, creada en 1913, la economía se desarrollaba satisfactoriamente.

El de salud. Diferenciación en el tratamiento impositivo dado a quien compra la póliza de salud crea un divorcio entre el que paga por el servicio y el que lo recibe. La diferenciación impositiva fue creada posterior a la Segunda Guerra pues el Gobierno congeló los salarios y las empresas solo podían competir por empleados ofreciendo beneficios adicionales. Si la empresa paga la póliza, el gasto es deducible; si un individuo la paga, no lo es.

Esta interferencia ha creado un sistema de salud sin control de costos por parte del usuario final. Adicionalmente, cada estado de la Unión tiene mandatos que establecen los beneficios que las pólizas que se venden en ese estado deben ofrecer, lo cual encarece las pólizas.

Además existen regulaciones federales que no permiten que aquellos que viven en un estado compren seguro vendido por un proveedor de otro estado.

El de automóviles. Por supuesto que siempre se podrán señalar empresas mal administradas. El mercado las castiga y la libre competencia las sustituye con otras más eficientes que producen los productos que los consumidores demandan. Algo de eso ha sucedido en el sector automovilístico norteamericano donde los gerentes no han puesto en su lugar a los sindicatos al punto que una hora de trabajo de un empleado “cuello azul” cuesta $ 73.

Sin embargo, además de lo anterior, los mandatos de las leyes federales CAFE (Corporate Average Fuel Economy) que obligan a millajes mínimos por galón de la flota han tenido un efecto determinante en obtener rentabilidades negativas.

Estos mandatos han obligado a las empresas a producir automóviles pequeños, livianos, que el consumidor no quiere y que solo se pueden vender a pérdida.

El energético. Mandatos de producción de etanol causaron el aumento de precios de alimentos. Interferencias con exploración y extracción de combustibles fósiles generaron altos precios de petróleo. Mandatos contra energía nuclear impidieron desarrollo de fuentes alternas. Altos precios disminuyen consumo y provocan recesión.

Dentro del aumento de la participación gubernamental, los anteriores pocos ejemplos ilustran la ausencia de capitalismo en EUA. En 1900 la participación de los gobiernos federales y estatales era el 7 % del PTB. Para 1950 la cifra ya era del 22%; en el 2007 fue 32%. Actualmente el 53% de los norteamericanos reciben alguna forma de subsidio o transferencia de pago.

El presidente electo Obama indica que va a aumentar los gastos directos del Gobierno, los subsidios y las regulaciones. La reacción natural es que cuando hay un problema, debemos hacer algo. Más bien deberíamos preguntarnos si anteriormente haber hecho algo creó el problema.

Parafraseando a Reagan, existen dos criterios: los que creen que el Estado es la solución, o los que creemos que el Estado es el problema.

Hermógenes Moreno

martes, 23 de diciembre de 2008

Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de "más barato, corto y cómodo", sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que "los pobres son cada vez más pobres". No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la "propia" industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

Antonio José Chinchetru

lunes, 22 de diciembre de 2008

Tema Polémico: el aguinaldo


Para estas vísperas de Navidad, en ASOJOD queremos reflexionar sobre un tema que todos conocen: el aguinaldo

El aguinaldo se estableció por vía legal a partir de la ley 2412, que fue reglamentada por el Decreto Ejecutivo Nº 20236-TSS, el cual manda en su artículo primero que "todos los patronos particulares cualquiera que sean sus actividades, pagaran a sus trabajadores, sin distinción alguna, un beneficio económico anual equivalente a un mes de salario completo por cada año de labores".

En ASOJOD nos oponemos al aguinaldo por dos razones principalmente: el hecho de que es un ahorro forzoso y porque crea la ilusión de ser un "regalo navideño" para el empleado.

En cuanto el primer punto, está claro que se trata de un ahorro forzoso, toda vez que el empleador no está pagando de más, sino que simplemente divide entre 13, y no entre 12, el total anual que estaba dispuesto a pagarle a un empleado. Esto provoca que, en vez de recibir un poco más de dinero cada mes, al empleado se le descuente un porcentaje de su salario para dárselo luego en diciembre (igual sucede con el famoso "ahorro escolar"). ¿Por qué en diciembre? Pues obviamente para aprovechar la temporada navideña, que es cuando más gastos tiene la gente, pero también para valerse de que hay más dinero circulando, pues en esa época, el Estado costarricense, muy astutamente, cobra el impuesto sobre la renta, el marchamo, los impuestos municipales, etc. Ahora sí que nadie puede excusarse en que no tenía dinero para pagar. Así pues, lo que sucede acá es una materialización de la metáfora de las dos manos de Bastiat: lo que con una se da, con la otra se quita.

Este engaño tiene su repercusión política-electoral: el aguinaldo, como se desprende del artículo supracitado, es algo con lo cual el patrono no puede hacer distinciones de ningún tipo: tiene que darlo indiferentemente de que el trabajador haya laborado bien o mal. Esto, evidentemente, refuerza la cultura del facilismo, la inmediatez, la no previsión y la mediocridad. ¿Para qué esforzarse más de la cuenta si al final a todos nos van a premiar igual? Definitivamente, el aguinaldo es parte de una familia de "bonificaciones" que incluyen los bonos, los subsidios, las proponas obligatorias, el salario escolar, etc. que premian al que no lo merece y mantienen al costarricense en el estado de eterno infante, impidiéndole hacerse responsable de sus propias decisiones. Pero, como poca gente hace el ejercicio mental para llegar a esta conclusión, cree que el Estado es el que le ha hecho la concesión graciosa de dinero:
así, los distintos operarios del Estado costarricense han pregonado a los cuatro vientos que los trabajadores tienen más dinero gracias a aquellos políticos solidarios y con "conciencia social", con la intención, claro está, de que tan fantástico anuncio sea recordado positivamente por los votantes en las urnas electorales.

Por eso, en ASOJOD aspiramos a un sistema más ético, donde el empleador sea libre de entregar un bono navideño a aquellos que, durante un duro año de trabajo honrado, lo merecen y de no premiar al holgazán. Con esto, se estaría ante un juego de suma positiva, donde las partes ganan: por un lado, la empresa o institución mejora la productividad y logra conseguir los objetivos planeados, al tiempo que el empleado se siente premiado y motivado por su esfuerzo. Dicho sistema también eliminaría el incentivo perverso de "ahorrar por otros", de forma tal que sea cada quién el que decide si gasta ahora todo su salario o si guarda una parte para gastos de otra índole.

Esperamos que esta feliz navidad lo haga reflexionar sobre la gran cantidad de estratagemas y engaños desarrolla nuestro "benefactor" Estado costarricense.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Efectos de la competencia en telefonía celular


Hace unos días llegué a Panamá a visitar a mi familia. El día 14 de diciembre, decidí conseguirme el celular más barato para poder comunicarme durante mi estadía libremente. Terminó sucediendo lo siguente:

12:20 pm - Entré a la sucursal de Digicel

12:23 pm - Encontré 4 celulares de diferentes marcas, ¡todos a US$ 9.99!

12:25 pm - Escogí un Nokia 1200. Un modelo sencillo con pantalla en blanco y negro y linterna.

12:35 pm - Luego de hacer una fila de cinco personas salí con un celular con línea, un dólar de saldo para hacer llamadas y un MP3 player de 1 GB.

Hagamos la comparación con Costa Rica, en donde tantas personas todavía insisten en que la competencia no nos va a beneficiar:

Precio

El celular en Panamá me costó US$ 9.99, lo que equivale a aproximadamente a 5 500 colones. Un celular Nokia con las mismas características (Nokia 1112) cuesta en Costa Rica entre 30 000 y 35 000 colones (US$ 54 a 63). Más o menos cinco veces lo que me costó a mi aquí. Esto sin contar el MP3 player USB que venía incluido.

Además, el costo de las llamadas entre celulares de la misma red es de US$0,24 (132 colones) por los primeros dos minutos y la media hora siguente es gratis. Es decir, el minuto sale aproximadamente a 4 colones en los primeros 32 minutos de llamada. Si la llamada es a otra red (Movistar o Cable and Wireless) cada minuto cuesta US$ 0,12, pero se cobra al segundo.

Tiempo de espera

No creo que haya mucho que decir sobre esto. Como pueden ver, entre el momento en que entré a la tienda y el momento en que salí pasaron con costo 15 minutos. En Costa Rica, con suerte se duran 2 horas haciendo una fila interminable en alguna sucursal del ICE.

Antes de que Digicel entrara a Panamá, el precio por minuto de celular rondaba los US$ 0,35 a 0,45 por minuto. La competencia puede beneficar a los usuarios, pues mejora tanto los precios, como el servicio. Esperemos que tengamos una competencia efectiva en Costa Rica el año que viene, porque el ICE simplemente da un pésimo servicio.

Felipe Echandi L.

¿Hay hipocresía en la defensa de la democracia?


La decisión de la Unión Europea y Estados Unidos de suspender la ayuda exterior a Nicaragua por el aparente fraude gubernamental en las recientes elecciones municipales es una buena noticia, pero plantea una pregunta espinosa: si los países ricos no se están ensañando con la diminuta Nicaragua mientras se hacen los distraídos cuando Venezuela y otros países más grandes cometen atropellos contra las libertades democráticas.

El embajador estadounidense en Nicaragua, Robert Callaghan, anunció esta semana que Washington suspenderá unos $175 millones de ayuda externa a Nicaragua bajo la Corporación Cuenta del Milenio (CCM) si el presidente Daniel Ortega no resuelve la disputa con los partidos de oposición respecto de los resultados de la elecciones municipales del 9 de noviembre. El gobierno izquierdista de Ortega alega haber ganado en la capital, Managua, y en casi todas las otras ciudades, pero la oposición, la Iglesia Católica y organizaciones internacionales --incluyendo el Centro Carter-- tienen serias dudas sobre los resultados oficiales.

Anteriormente, la Unión Europea había suspendido alrededor de $31.7 millones en ayuda a Nicaragua, tras las denuncias de fraude en las elecciones municipales. Para Nicaragua, uno de los países más pobres del continente, la ayuda externa equivale a la mitad de los ingresos por exportaciones y es crucial para financiar los planes contra la pobreza.

Los políticos venezolanos de oposición mueven la cabeza con desconcierto cuando leen sobre las medidas económicas de la Unión Europea y Estados Unidos contra Nicaragua.

¿Por qué los países ricos no hicieron nada cuando el presidente venezolano Hugo Chávez prohibió a casi 300 políticos de la oposición --incluyendo a algunos de los más populares-- presentarse en las elecciones regionales del 23 de noviembre en Venezuela?, se preguntan. ¿O cuando el gobierno de Chávez cerró la cadena de televisión independiente RCTV?, se interrogan.

''Hay una alta dosis de hipocresía en la manera en que Estados Unidos y Europa hacen estas cosas, que perjudica su imagen'', dijo Oswaldo Alvarez Páez, un ex candidato presidencial venezolano, en una entrevista telefónica desde Caracas. ``Si Europa y Estados Unidos actúan en base a principios , deberían aplicarlos en todas las circunstancias similares''.

Los países ricos deberían usar sus compras de petróleo venezolano como herramienta para presionar a Chávez para que respete las libertades fundamentales, de la misma manera en que Chávez usa sus exportaciones de petróleo como arma política en Latinoamérica, agregó. Si la oposición venezolana gana algunas elecciones es porque a veces puede superar la enorme maquinaria de fraude del gobierno, concluyó.

En Bolivia, los políticos de la oposición denuncian que el gobierno del presidente Evo Morales cometió fraude en el referéndum nacional del 10 de agosto, y que Morales habitualmente pasa por alto las leyes en su intento de permanecer indefinidamente en el poder.

El gobierno de Bush recientemente suspendió algunas preferencias comerciales a Bolivia tras la expulsión de su embajador allí, pero Washington mantiene otros programas de ayuda en el país.

''En Bolivia hay fraude electoral'', dice Manfred Reyes Villa, ex prefecto de Cochabamba y posible candidato presidencial el año próximo. ``¿Por qué Washington toma medidas contra Nicaragua y no contra Bolivia?''

Manuel Orozco, un experto centroamericano del instituto de investigación centrista Inter-American Dialogue, con sede en Washington, afirma que Nicaragua ha sido el país latinoamericano en el que más se deterioró la democracia en el 2008, seguido por Bolivia. ''En Venezuela por lo menos los resultados de las elecciones fueron más creíbles'', señaló.

Funcionarios del gobierno norteamericano dicen que el caso de Nicaragua es diferente al de Bolivia o Venezuela.

''De los países que usted menciona, Nicaragua es el único que firmó un contrato con la Corporación Cuenta del Milenio por el cual el país se compromete a actuar en 17 áreas concretas, incluyendo el respeto a las libertades políticas'', me dijo Heide Bronke Fulton, una vocera del Departamento de Estado.

Mi opinión: En un momento en el que la mayoría de los presidentes latinoamericanos le están dando la espalda a la defensa colectiva de la democracia --apenas esta semana le dieron una bienvenida de rey en la cumbre celebrada en Brasil al gobernante militar cubano Raúl Castro, que no ha permitido una elección libre en cinco décadas--, resulta difícil no apoyar medidas para presionar a Nicaragua para que realice un recuento de votos transparente.

Pero me pregunto si Washington y los países europeos no están exigiendo elecciones limpias en países chicos, mientras que aceptan ''fraudes tolerables'' en países más grandes.

Espero que el gobierno de Barack Obama logre inspirar a la región para que vuelva a abrazar la defensa colectiva de la democracia, bajo los términos de la Carta Interamericana del 2001, sin excepciones, y en el marco de organizaciones internacionales. Si Estados Unidos y Europa son vistos como potencias que sólo exigen la democracia a los países más chiquitos, nadie los tomará muy en serio

Andrés Oppenheimer

viernes, 19 de diciembre de 2008

Viernes de recomendación


No es común escuchar que alguien utilice el término "liberal" en la manera en que fue concebido. Hoy casi siempre lo escuchamos como parte de expresiones como "neo-liberalismo" o "liberalismo social". Por esta razón, hoy hemos decidido recomendar el artículo "Notas sobre el liberalismo clásico" de Ezequiel Gallo, quien intenta brevemente aclarar la confusión que se ha generado en el uso del término "liberal"

jueves, 18 de diciembre de 2008

Books Reviews


Este día ASOJOD quisiera recomendarles dos libros muy interesantes. Estos son Theory and History: An Interpretation of Social and Economic Evolution y Epistemological Problems of Economics. Ambos fueron escritos por Ludwig von Mises, el primero publicado en los 50 y el segundo en los 60.

Theory and History representa una sinopsis interesante del pensamiento de von Mises en varios temas relacionados con las ciencias sociales. En el libro va externalizando la necesidad que existe en tener dos metodologías para el conocimiento humano, una para las ciencias naturales y otra para las ciencias sociales, liderada esta última por la praexeología. A su vez, va haciendo una crítica a otras metodologías en ciencias sociales como el marxismo, el historicismo y el materialismo. Por último, von Mises escribe sobre cual cree será el futuro de las ideas liberales por lo que resulta interesante compararlo con lo que realmente sucedió.

Epistemological Problems of Economics son una serie de artículos que von Mises escribió entre 1929 y 1932 donde busca justificar la praexología, para ese entonces, todavía la consideraba como parte de la sociología por lo que el nombre no aparece hasta más adelante en su vida cuando ve la necesidad de separarla de la sociología. A su vez, se refiere a la influencia que recibió de varios pensadores como Menger y Weber, sin embargo, también señala en que discrepa con ellos. Por último, el prólogo constituye una buena introducción histórica a la disputa conocida como los Methodenstreit y sobre el pensamiento social de la época.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El poder y el delirio: todos a las balsas


Enrique Krauze es un especialista en caudillos. Krauze es un gran historiador mexicano que ha puesto bajo la lupa a estas peculiares criaturas. ''Hay gente pa'tó'', decía el torero. Pudo darle por las arañas o los escorpiones, pero le dio por los caudillos. Y es bueno que así sea. El caudillismo es una patología endémica en América Latina y entenderla es una manera de tratar de evitarla o, al menos, de aprender a sobrevivirla, aunque hasta ahora no se conoce otra cura que salir corriendo hacia las balsas al primer síntoma de que ha llegado un tipo a salvarnos.

Prácticamente todos los países de este pobre mundillo nuestro latinoamericano han padecido a los caudillos. Son esos tipos palabreros y carismáticos, tuteadores de Dios, que cuando estamos en crisis se encaraman en una tribuna, seducen a las masas, se apoderan de la casa de gobierno, hacen trizas las instituciones, agotan el tesoro, nos endeudan hasta las orejas, se declaran indispensables, se eternizan en el poder y, como no se están quietos, y están llenos de iniciativas extravagantes, agravan hasta la locura todos los problemas que existían antes de la aparición de ellos en un carro de fuego.

En el siglo XX los dos caudillos más emblemáticos y pintorescos de América Latina han sido el argentino Perón y el cubano Fidel Castro. Perón murió en 1973, pero como el peronismo tiene algo de tablero de Ouija, Perón sigue dando guerra por medio de una variopinta descendencia ideológica que incluye gente de rompe y rasga a la derecha de Gengis Khan y a la izquierda de Lenin. Fidel Castro no ha conseguido morirse todavía, pero lo ensaya tesoneramente desde el verano de 2006, cuando se le amotinaron en los intestinos unos divertículos al servicio de la CIA que lo han dejado flaquito y turulato, como esos viejitos locos que uno ve riéndose y hablando solos en todos los pueblos españoles.

Hugo Chávez, en fin, es hijo de Fidel Castro y nieto de Juan Domingo Perón. Enrique Krauze acaba de filiarlo con total precisión en un brillante libro que, desde ya, se convierte en lectura indispensable para todo aquel que se empeñe en la ingrata tarea de tratar de comprender a la América Latina de nuestro tiempo. La obra se llama El poder y el delirio, la publicó Tusquets en España, y es un estudio a fondo de Venezuela y de Hugo Chávez, lo que inevitablemente precipitó a su autor a mezclar la historiografía con el ensayo, el periodismo, la entrevista y el psicoanálisis, porque sólo así, con una mirada poliédrica, como de mosca, se puede abordar de manera inteligible un drama tan complejo e irracional como el venezolano.

El asunto es muy importante. Aunque Hugo Chávez es un personajillo de cuarta categoría, una especie de Idi Amin Dada de Sabaneta, conecta muy bien con una amplia zona de América Latina que pertenece a esa misma liga --la del populismo mágico que compra y vende conciencias con dinero público, hasta que las conciencias y el dinero se acaban--, y a base de petrodólares está creando su imperio ideológico a una sorprendente velocidad. A diferencia de su padre Fidel, que en enero cumplirá cincuenta años al frente del negocio de mandar, en su larga vida de tirano intervencionista sólo pudo colonizar a Nicaragua, y apenas durante una década, Chávez ya cuenta con Bolivia, Ecuador y Nicaragua bis, mientras se afila los dientes ante el probable triunfo del chavismo en El Salvador dentro de pocos meses.

¿A dónde irá a parar este fenómeno? Descartarlo porque es una cosa disparatada no parece sensato. Mussolini y Hitler, bien mirados, eran también un par de payasos intoxicados con las más absurdas teorías y eso no les impidió seducir a las muchedumbres y organizar el peor matadero de la historia. Hay países, hasta ahora, que parecen inmunes al chavismo (Chile, Costa Rica, Panamá, Uruguay, Colombia, tal vez México, en general los que el embajador norteamericano Manuel Rocha llama ``América Uno''), pero el resto del continente puede sucumbir a esta enfermedad y arruinar con ello a un par de generaciones tontilocas. Francamente, no es mucho lo que puede hacerse. Por lo pronto, sentarse a leer cuidadosamente El poder y el delirio, cruzar los dedos de que no nos toque, e ir fabricando una balsa, que fue lo que se le ocurrió al avispado Noé cuando se olió que iba a comenzar a llover.

Carlos Alberto Montaner

martes, 16 de diciembre de 2008

La falacia de que el gobierno crea empleos

El Presidente-Electo Obama ha anunciado que quiere un gran paquete de “estímulo” para crear 2,5 millones de trabajos para el 2011. Muchos de los detalles no quedan claros, incluyendo cuánto más gasto público propone y cómo está midiendo la creación de trabajos. Los reportes de la prensa sugieren que la próxima administración está considerando un paquete de alrededor de $400.000-$500.000 millones a lo largo de los próximos dos años, pero el Washington Post reporta que los demócratas están hablando de hasta $700.000 millones durante ese mismo periodo.

No debería sorprender, por lo tanto, que el prospecto de todo este nuevo gasto (muy por encima de aumentos récord en el gasto público de los últimos ocho años) haya provocado una sensación de ansiedad entre los grupos de intereses especiales. Los constructores de viviendas, las empresas de automóviles, los constructores de carreteras, los gobiernos estatales y locales, el establishment educativo, el lobby por las estampillas para comida, el lobby verde, y las empresas de energía alternativa están entre los grupos que se están peleando por un lugar en el comedero público.

Sería fácil ignorar esta orgía de nuevo gasto como las ganancias de la guerra. Los demócratas ganaron las elecciones después de todo y ahora pretenden recompensar a los varios grupos de intereses especiales que los respaldaron. Pero eso no es una explicación completa. Algunos partidarios de este nuevo gasto parecen estar genuinamente convencidos de que el gobierno federal puede crear trabajos.

En parte, este es un debate acerca de la economía Keynesiana, la teoría de que la economía puede ser estimulada si el gobierno pide dinero prestado y luego se lo da a la gente para que lo gaste. Esto supuestamente “aplasta el acelerador” para que el dinero circula a través de la economía. La teoría Keynesiana suena bien y sería buena si tuviera sentido, pero tiene una falla lógica un tanto obvia. Ignora el hecho de que, en el mundo real, el gobierno no puede inyectar dinero a la economía sin antes retirarlo de ella. Más específicamente, la teoría solo observa la mitad de la ecuación –la parte en la cual el gobierno pone el dinero en el bolsillo derecho. Pero, ¿de dónde obtiene el gobierno ese dinero? Lo presta, lo cual significa que lo retira del bolsillo izquierdo. No hay un aumento en lo que los Keynesianos denominan como la demanda agregada. El Keynesianismo no aumenta el ingreso nacional. Simplemente lo redistribuye. El pastel es dividido de distinta manera, pero no ha crecido.

La evidencia del mundo real también demuestra que el Keynesianismo no funciona. Tanto Hoover como Roosevelt aumentaron dramáticamente el gasto y ninguno demostró aversión alguna a acumular grandes déficits, no obstante la economía estaba en terribles condiciones a lo largo la década de los treintas. Los esquemas de estímulos Keynesianos también fueron practicados por Geral Ford y George W. Bush y no tuvieron impacto alguno sobre la economía. El Keynesianismo también fracasó en Japón durante los noventas.

Para ser justos, la incapacidad del Keynesianismo de aumentar el crecimiento puede que no necesariamente signifique que el gasto público no crea trabajos. Además, el argumento de que el gobierno puede crear trabajos no depende de la economía Keynesiana. Los políticos de ambos partidos, por ejemplo, argumentaron a favor de leyes de transportación llenas de privilegios especiales a principios de esta década cuando la economía estaba disfrutando de un crecimiento sólido—y la creación de trabajos generalmente era su principal argumento.

Desafortunadamente, no importa cuán analizado sea el asunto, prácticamente no hay respaldo para la noción de que el gasto público crea trabajos, de hecho, el asunto más relevante es qué tanto un gobierno más grande destruye trabajos. Tanto la evidencia teórica como empírica argumentan en contra de la noción de que el gobierno aumenta la creación de trabajos. La teoría y la evidencia nos llevan a tres conclusiones inevitables:

La teoría de que la creación de trabajos estimulada por el gobierno ignora la pérdida de recursos disponibles al sector productivo de la economía. Frederic Bastiat, el gran economista francés (si, habían economistas franceses admirables, aunque todos vivieron en los 1800s), es muy conocido por muchas razones, incluyendo su explicación de lo “visible” y lo “invisible”. Si el gobierno decide construir un “Puente a ningún lado”, es muy fácil ver a los trabajadores que son empleados en ese proyecto. Esto es lo “visible”. Pero lo que es menos obvio es que los recursos para construir ese puente están siendo tomados del sector privado y por lo tanto ya no están disponibles para otros usos. Esto es lo “invisible”.

Los denominados paquetes de estímulo rinden poco. Aún si uno asume que el dinero fluye del cielo y no tenemos que preocuparnos de lo “invisible”, el gobierno nunca es una manera eficiente de lograr un objetivo. Basándonos en la cantidad de dinero que está siendo discutida y los supuestos de cuántos trabajos serán creados, el profesor de Harvard Greg Mankiw llenó los espacios en blanco y calculó que cada nuevo trabajo (asumiendo que de hecho se materializan) costará $280.000. Pero como el dinero no viene del cielo, este cálculo es solamente un costo parcial. En realidad, el costo de cada trabajo público debería reflejar cómo esos $280.000 hubieran sido gastados de manera más productiva en el sector privado.

Los trabajadores públicos son tremendamente compensados en exceso. Hay varias razones por las cuales cuesta tanto que el gobierno “cree” trabajos, incluyendo la inherente ineficiencia del sector público. Pero el factor dominante es la probabilidad de paquetes que remuneran excesivamente a los burócratas. De acuerdo a los datos del Bureau of Economic Analysis, el empleado promedio del gobierno federal ahora gana casi el doble que los trabajadores en el sector productivo de la economía.

A pesar de estos argumentos, es muy probable que los políticos en Washington pasen una ley llena de “estímulos”. Aunque puede que haya algunas personas ingenuas que creen que un gran aumento en el peso del gobierno de alguna manera es una receta para crear empleos, los políticos tienen un interés personal de moverse en esa dirección porque aumenta su poder y su influencia.

Ellos ganan y los contribuyentes pierden.

Daniel Mitchell

lunes, 15 de diciembre de 2008

Tema polémico: dolarización


Para este Tema Polémico, en ASOJOD queremos abordar un tema de suma trascendencia en esta época de post-crisis financiera: la dolarización. En realidad, nosotros defendemos el uso libre de moneda, de forma tal que la gente pueda hacer sus transacciones con aquellas monedas que deseen. Después de todo, se trata de un asunto de libertad de escoger y no hay argumento válido para obligar a alguien a usar una moneda que no le da los réditos que espera. Sin embargo, somos concientes de la poca viabilidad, por el momento, que tiene esta propuesta. No se vislumbra en el panorama de la política económica costarricense, una posibilidad, por minúscula que sea, de llegar a este nivel de libertad. Por eso, nos parece que como una medida alternativa, se debería aceptar la dolarización. Procedemos a explicar nuestras razones para apoyar esta propuesta.

En primer lugar, el actual sistema de bandas utilizado por el BCCR tenía como objetivo controlar la inflación. Si bien en un principio, la medida parecía tener grandes ventajas sobre el sistema de minidevaluaciones, siendo la principal la no intervención del Estado en el mercado cambiario, con lo cual se disminuía el riesgo inflacionario que esto implicaba, la medida tenía sus problemas: al tener un tipo de cambio impuesto en la economía, el BCCR anualmente tenía que colocar grandes sumas de dinero para compensar la diferencia entre lo impuesto y la realidad. En el 2005, por ejemplo, el BCCR registró gastos por concepto de estabilización monetaria próximos a $331 millones. Esta entrada de dinero afectó negativamente el bolsillo de los costarricenses con un aumento general de los precios como resultado del exceso de dinero circulante.

Es cierto que, en esta época convulsa, gran cantidad de factores han contribuido al aumento considerable de la inflación en nuestro país, pero sin duda la labor del BCCR antes que controlarla, ha colaborado a su aumento. A esto hay que sumar el hecho que desde hace casi un año el precio del dólar está pegado con la banda superior, por lo tanto, se podría decir que hemos vuelto “sin querer queriendo” al dañino sistema de las minidevaluaciones. Parece que la única medida que se le ha ocurrido a don Francisco de Paula para corregir este problema es ampliar las bandas o quitarlas, dejando el tipo de cambio del dólar completamente a la libre. Parece que este señor se le olvida que también hay otra solución y sería la más beneficiosa de todas: dolarizar la economía.

Errado el primer objetivo del BCCR con la adopción de las bandas -controlar la inflación-, habría que poner atención al segundo: devolverle al costarricense la confianza en el colón al hacer el tipo de cambio del dólar más variable y poco predecible a futuro. Antes de empezar con este nuevo sistema, casi el 50% de la liquidez costarricense ya estaba en dólares ¿Y que tenía eso de malo? Nada: el dólar era y continúa siendo una moneda más fuerte y mejor aceptada internacionalmente ¿Por qué obligarnos a los ticos a volver a tener nuestras cuentas bancarias y créditos en colones? La respuesta es que al tener una economía en su mayoría dolarizada, el BCCR tenía poco control sobre la misma y sus medidas, para bien o para mal, tenían poca relevancia.

Una realidad irrefutable es que, al ser nuestra economía tan pequeña, la variabilidad del tipo de cambio es demasiado elevada y eso tiene grandes repercusiones sobre el sector industrial y comercial del país. Es muy difícil ahora para cualquier negocio hacer sus presupuestos en forma certera, fijar los precios para bienes y servicios, decidir en qué moneda es mejor solicitar un préstamo, realizar contratos, etc. En otras palabras, esta incertidumbre ha dificultado el buen funcionamiento de los negocios y ese es un problema que amerita toda nuestra atención.

Esto demuestra que tanto el sistema de minidevaluaciones como el de bandas cambiarias no son los más aptos para nuestro país. La opción válida es dolarizar la economía, lo cual traería grandes beneficios. Al desaparecer la moneda nacional, los riesgos de crisis financieras causadas por grandes fluctuaciones del tipo de cambio desaparecerían por completo convirtiendo a Costa Rica en un país más confiable como sede de inversión tanto nacional como extranjera. A esto se pueden sumar ventajas en los sectores industrial y comercial como menores tasa de interés y menores costos de las transacciones bancarias.

Un ingreso que dejaría de percibir el Estado con este cambio sería el del señoreaje (diferencia entre lo que cuesta hacer la moneda y su valor de mercado). Sin embargo, ya en los Estados Unidos hay propuestas de ley como la “Ley de Estabilidad Monetaria Internacional” que proponen compartir el beneficio del señoriaje con aquellos países que estén dispuestos a adoptar el dólar como moneda principal y, a pesar de que no es seguro el avance de estas propuestas en el Senado, quiere decir que hay buenas posibilidades de que esta desventaja sea menos significativa.

Colaboró con ASOJOD en la redacción de este artículo el Ing. Arturo Rosabal Arce

domingo, 14 de diciembre de 2008

La verdad sobre Friedman

El nombre de Milton Friedman ha estado en boca de muchos en estos meses de crisis financiera. En especial, han sido los adversarios del liberalismo económico los que anuncian con bombos y platillos la muerte de las tesis del que fuera premio Nobel de Economía en 1976. Las críticas parten desde lo ridículo, como las esbozadas por la autora canadiense Naomi Klein en su último libro The Shock Doctrine , hasta las más sesudas, como las del Nobel de Economía de este año Paul Krugman, y que fueron reproducidas en estas páginas por el señor Fernando Araya (10/12/08).

Cargo infundado. Es necesario dejar un punto claro desde el inicio: Milton Friedman no era un intelectual dogmático. Solo basta leer lo escrito por cientos de sus exalumnos para darse cuenta de lo infundado que resulta dicho cargo. Uno de ellos es el economista costarricense Rodrigo Bolaños, quien, días después de la muerte de Friedman en noviembre del 2006, recordó en La Nación cómo en sus clases su antiguo profesor “nunca discutía sus polémicos e influyentes escritos y pensamientos en defensa de la libertad de elección y los mercados competitivos o las críticas demoledoras a la intervención estatal injustificada. Más bien, su empeño en clase era enseñarnos el buen uso de... la caja de herramientas del análisis económico”.

Una muestra del carácter no dogmático de Friedman fue su idea a finales de los ochenta de crear un índice de libertad económica que midiera científicamente cuán libres eran las economías del planeta. Alguien que se aferra a dogmas no se molestaría en comprobar empíricamente la certeza de sus ideas, pero Friedman siempre fue partidario de utilizar indicadores objetivos para probar sus tesis. Es así como nació el informe Libertad económica en el mundo , publicado anualmente por el Fraser Institute de Canadá, el cual es hoy en día una publicación de vanguardia que es utilizada por cientos de investigadores alrededor del mundo. Este estudio demuestra de manera objetiva cómo los habitantes de los países con mayor libertad económica disfrutan de mejores niveles de vida en el planeta.

Intervencionismo estatal. La mención de Araya a las críticas de Krugman se da, según él, en el contexto de “la peor crisis conocida del capitalismo especulativo”. Araya salta así a culpar al libre mercado del socollón financiero actual. Sin embargo, la crisis que afecta a la economía mundial fue causada en primera instancia por el intervencionismo estatal, no por la ausencia de éste. Desde la garantía estatal implícita a los gigantes hipotecarios creados por el gobierno Freddie Mac y Fannie Mae, y los mandatos del Congreso estadounidense que obligaron a los bancos a asumir mayores riesgos a la hora de otorgar créditos de vivienda (ambas intervenciones que provocaron la crisis subprime ), hasta las tasas de interés artificialmente bajas de la Reserva Federal durante varios años al inicio de la década que crearon la burbuja inmobiliaria y las regulaciones sobre el uso de la propiedad que distorsionaron el mercado de viviendas.

Las manos del intervencionismo estatal están por todas partes, mientras que el bando keynesiano, con Krugman a la cabeza, no ha podido citar una sola desregulación financiera que fuera la causante de esta crisis.

El mercado no ha fallado, diría Friedman. Simplemente está reaccionando a décadas de intervenciones políticas que lo distorsionaron. No se puede culpar al mercado por malas decisiones basadas en incentivos generados por la intromisión estatal. El mercado simplemente nos está diciendo ahora cuáles políticas son sostenibles y cuáles no.

Finalmente Araya debería tener cuidado en citar a Krugman como autoridad económica de última instancia. Ya en el pasado el flamante Nobel ha sido criticado por su poner sus prejuicios ideológicos por encima del análisis económico ( The Economist , Nov. 13, 2003). En su crítica contra Friedman, Krugman señala que “es extremadamente difícil encontrar casos en los que Friedman reconociese la posibilidad… de que la intervención pública podía ser útil”.

Esto es una falacia. Uno de los grandes aportes de Friedman fue su crítica a la incapacidad de la FED de aumentar la liquidez monetaria durante los primeros meses de la Gran Depresión. Friedman también apoyó medidas como el impuesto de renta negativo (de carácter redistributivo) y los vouchers escolares, que implican el financiamiento estatal a la educación.

No es casualidad que en su respuesta a Krugman, Anna Schwartz, una de las principales autoridades monetarias en Estados Unidos, señaló que su ataque a las tesis de Friedman demuestra que “no habla con autoridad sobre temas en los que carece de pericia”.

Juan Carlos Hidalgo

viernes, 12 de diciembre de 2008

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo: "Los errores del Constructivismo" por Friedrich Hayek. En este artículo el economista de Viena, critica la tradición del racionalismo carteseano, bajo la cual la sociedad se presenta como una máquina debidamente aceitada, donde los mecánicos debidamente calificados pueden modificarla, construirla y desarmarla como tengan a gusto a través de una "razón" infinita (ingeniería social utópica, Popper). Frente a esta forma de analizar los sistemas complejos, Hayek propone el orden espontáneo, como una manera más humilde y esclarecedora para comprendrer las complejas interacciones que se realizan entre los individuos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Carlos Gutiérrez, de nuevo...


En la vida hay momentos en que uno se pregunta, respecto a algunas personas, si son idiotas o tienen mala fe en sus actos. El caso del Diputado Carlos Gutiérrez es uno de ellos. Ahora resulta que este "ilustre libertario", junto con Mario Núñez (el diputado fantasma) está apoyando una propuesta para permitir que la Junta de Protección Social instale y opere casinos en cualquier parte del país y que, además, le otorga a esa institución "en forma exclusiva, la creación, administración, venta y comercialización de todas las loterías, apuestas deportivas, juegos, video-loterías y otros productos de azar, incluidos los de casinos".

El título de la obra de Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, pareciera aplicarse perfectamente al Diputado Gutiérrez. La única diferencia es que no se trata de un regreso, pues nunca se fue, sino que ha estado sentadito en su curul haciendo de las suyas. Como si no fuera suficiente estar impulsando impuestos a las casas de lujo y entrometerse en acuerdos entre privados, como se desprende de la famosa "protección a las empleadas domésticas", este pseudorepresentante de las ideas de la libertad, que ni entiende ni comparte, ahora está patrocinando una forma más de intervencionismo estatal y la creación de un nuevo monopolio.

Gracias a él, ahora se pretende que la JPS se entrometa en una actividad totalmente privada, pero no sólo como regulador, sino de forma proactiva., pudiendo decidir si da o no concesiones para casinos. Definitivamente, el Estado costarricense está obsesionado por acabar con los casinos y el juego, imponiéndole su visión moral a los individuos que, libre y voluntariamente, hacen uso de su propiedad. Ya antes en ASOJOD nos habíamos pronunciado sobre este hecho ("Miseria estatal" y "Mojigatería lúdica"), aunque lo hacíamos denunciando el accionar de quienes, desde un principio, se oponían a estas actividades. No obstante, en esta ocasión, atacamos a uno de los que, en buena teoría, debería defender la libertad de los individuos para actuar como mejor les parezca y evitar que el Estado, de la manera que sea, intervenga en esta actividad.

Además de institución de beneficencia para todos, ahora el Estado costarricense podría convertirse en administrador del juego. ¿Qué vendrá después? ¿Carlos Gutiérrez proponiendo un proyecto de ley para "proteger" a los trabajadores de casinos? ¿Impulsando que los puestos en estos lugares dependan del servicio civil? ¿Apoyando un impuesto a los casinos de lujo o los que tengan utilidades superiores a cierto nivel?

En definitiva, cuando uno cree que no puede ver nada peor, Carlos Gutiérrez sale a la arena pública y sigue fastidiando a los que defendemos la libertad. Esperemos que si la fracción libertaria tiene todavía un poco de decencia, se oponga con vehemencia a esta aberrante idea.

Tragedia venezolana y latinoamericana


Un artículo del diputado José Merino (“¿Por qué Chávez?”, La Nación , 3/12/2008) sobre el régimen de Hugo Chávez en Venezuela debe ser desvirtuado ante la opinión pública costarricense por deformar groseramente la realidad de mi país.

Argumenta el diputado Merino que Hugo Chávez ha llevado a cabo once elecciones y ha ganado “limpiamente” diez de ellas. Debo decirle que lo de “limpiamente” no es verdad. Hugo Chávez ha poseído todos estos años el control político del Consejo Nacional Electoral. Las campañas para cada elección han sido modelo de abusos de poder por parte de Chávez, el cual encadena a su capricho los medios de comunicación para hacer su propaganda y utiliza sin ningún reparo fondos estatales para promover sus campañas y desvirtuar a sus oponentes.

Condiciones para la democracia. Pero más allá de esto, el diputado Merino debería saber que las elecciones transparentes son condición indispensable pero no suficiente para que un gobierno pueda ser definido como democrático. Se requiere, además, una separación efectiva de poderes, una rendición sistemática de cuentas al pueblo, una alta transparencia en el manejo de las finanzas públicas, respeto a la disidencia política y un tratamiento equitativo ante la justicia para todos los ciudadanos. Ninguno de estos requisitos ha estado presente en los diez años de régimen autocrático de Hugo Chávez, y ello es fácilmente comprobable.

Se refiere Merino a los “logros” sociales del régimen chavista. Es necesario comenzar por decir que Chávez ha recibido ingresos del orden de los $600.000-700.000 millones –nadie sabe exactamente cuánto– durante sus diez años en el poder. El gasto público se ha incrementado de un 18% del PIB en 1999 a un 30% en el 2006. Sin embargo, afirma el brillante economista venezolano Francisco Rodríguez, profesor en Wesleyan University y exasesor de Economía del Congreso Nacional en Venezuela, la desigualdad social, medida por el coeficiente de Gini, ha aumentado bajo Chávez, al pasar de 0,44 en el 2000 a 0,48 en el 2005. En esta evaluación negativa concuerdan dos otros excolaboradores chavistas de mucho prestigio en Venezuela: Felipe Pérez Martí (exministro de Planificación de Chávez) y Domingo Maza Zavala (director del Banco Central de Venezuela). La política de Chávez ha sido la de repartir peces, pero no enseñar a pescar.

Estrepitosa caída. Sin embargo, no solo en la desigualdad social estamos peor. En 1999, un 8,4% de los niños recién nacidos en Venezuela estaban bajo peso. En el 2006 es el 9,1%. Los hogares sin agua corriente han aumentado del 7,2% en 1999 al 9,2% en el 2006 y las casas con pisos de barro han pasado a representar el 6,8% en comparación con el 2,5% de 1999. El presupuesto combinado del régimen de Chávez para educación, salud y vivienda representa el 24% del PIB, en comparación con el 26% durante los 8 años anteriores a Chávez. Al contrario de lo afirmado por Merino, el puesto de Venezuela en el Índice de Desarrollo Humano elaborado por las Naciones Unidas ha sufrido una estrepitosa caída, al pasar del número 43 en 1999 al 76 hoy en día.

Los índices de corrupción de Transparencia Internacional colocan a Venezuela en el último lugar del hemisferio, junto a Haití, mientras que los índices de competitividad y gobernabilidad generados por el Banco Mundial también colocan a Venezuela en uno de los últimos lugares, junto a algunos países de África. La llamada revolución social de Hugo Chávez ha sido más propaganda vacía que otra cosa.

Una mentira escandalosa del régimen chavista ha sido decir que el analfabetismo ha desaparecido en Venezuela, gracias a la revolución. El último informe de la Unesco establece la verdad: la tasa de analfabetismo en Venezuela en el 2007 es idéntica a la de 1999, el 7%. Más tristemente aún, el 15% de estos analfabetos tienen entre 15 y 24 años, es decir, crecieron durante estos diez años chavistas sin ser educados en lo más básico.

La tasa de mortalidad infantil durante el régimen de Chávez ha declinado en un 3,3% anual, lo mismo que declinaba antes de la llegada de Chávez al poder. Mientras tanto, en Chile declina al 5,3%, y en México, al 5,2%, excepto que en ninguno de estos países ha sido necesario tener una “revolución”.

La inflación venezolana este año será del 40%, la más alta en América Latina. Cerca de 14.000 venezolanos morirán violentamente en las calles del país. Mientras tanto, los venezolanos hacen colas de tres horas o más para comprar los alimentos más esenciales. Venezuela está gastando más de $40.000 millones al año en importar hasta lo más elemental, porque la insensata política agrícola de Chávez (invasiones de fincas productivas) e industrial (estatificación de empresas productivas sin pago de indemnización) y su control de cambios instalado hace seis años ha causado el cierre de la mitad de la capacidad productora del país. Según el Banco Central de Venezuela (manejado por Chávez) el índice de escasez de algunos alimentos básicos durante el 2007 en Venezuela fue del 86% (sardinas), 85% (cereales) y 65% (leche).

Manejo criminal. El manejo que Hugo Chávez ha hecho de nuestros recursos financieros ha sido criminal. Durante los últimos seis años ha dado a líderes amigos de otros países unos $30.000 millones. Solo a Fidel Castro le ha dado unos $14.000 millones en petróleo, casas y dinero en efectivo. Miles de millones han ido a los gobiernos de Evo Morales, Rafael Correa, los Kirchner, Daniel Ortega, entre otros. Esto no es “generosa ayuda exterior”, como lo define algún desprevenido presidente Nobel latinoamericano con reputación de demócrata, sino vulgar soborno y malversación del dinero que pertenecía a los venezolanos y que nunca más veremos.

Las instituciones de Venezuela, desde la empresa estatal Petróleos de Venezuela hasta el Ejército, pasando por el Consejo Nacional Electoral, el Tribunal Supremo de Justicia y la Asamblea Nacional, se encuentran en el bolsillo del autócrata, hasta el punto de que los contrapesos institucionales, que son esenciales para la democracia, han desaparecido.

El diputado Merino dirá si ese es el tipo de país donde a él le gustaría vivir. Sería bueno que los costarricenses lo supieran.


Gustavo Coronel

martes, 9 de diciembre de 2008

Ciencia y Pseudociencia.

El respeto que siente el hombre por el conocimiento es una de sus características más peculiares. En latín conocimiento se dice scientia y ciencia llegó a ser el nombre de la clase de conocimiento más respetable. ¿Qué distingue al conocimiento de la superstición, la ideología o la pseudociencia? La Iglesia Católica excomulgó a los copernicanos, el Partido Comunista persiguió a los mendelianos por entender que sus doctrinas eran pseudocientíficas. La demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un mero problema de filosofía de salón; tiene una importancia social y política vital.

Muchos filósofos han intentado solucionar el problema de la demarcación en los términos siguientes: un enunciado constituye conocimiento si cree en él, con suficiente convicción, un número suficientemente elevado de personas. Pero la historia del pensamiento muestra que muchas personas han sido convencidos creyentes de nociones absurdas. Si el vigor de la creencia fuera un distintivo del conocimiento tendríamos que considerar como parte de ese conocimiento a muchas historias sobre demonios, ángeles, diablos, cielos e infiernos. Por otra parte, los científicos son muy escépticos incluso con respecto a sus mejores teorías. La de Newton es la teoría más poderosa que la ciencia ha producido nunca, pero el mismo Newton nunca creyó que los cuerpos se atrajeran entre sí a distancia. Por tanto, ningún grado de convencimiento con relación a ciertas creencias las convierte en conocimiento. Realmente lo que caracteriza a la conducta científica es un cierto escepticismo incluso con relación a nuestras teorías más estimadas. La profesión de fe ciega en una teoría no es una virtud intelectual sino un crimen intelectual.

De este modo un enunciado puede ser pseudocientífico aunque sea eminentemente plausible y aunque todo el mundo lo crea, y puede ser científicamente valioso aunque sea increíble y nadie crea en él. Una teoría puede tener un valor científico incluso eminente, aunque nadie la comprenda y, aún menos, crea en ella.

El valor cognoscitivo de una teoría nada tiene que ver con su influencia psicológica sobre las mentes humanas. Creencias, convicciones, comprensiones son estados de la mente humana. Pero el valor científico y objetivo de una teoría es independiente de la mente humana que la crea o la comprende. Su valor científico depende solamente del apoyo objetivo que prestan los hechos a esa conjetura. Como dijo Hume:

Si tomamos en nuestras manos cualquier volumen de teología o de metafísica escolástica, por ejemplo, podemos preguntarnos: ¿contiene algún razonamiento experimental sobre temas fárticos y existenciales? No. Arrojémoslo entonces al fuego porque nada contendrá que no sean sofismas e ilusiones.

Pero ¿qué es el razonamiento «experimental»? Si repasamos la enorme literatura del siglo XVII sobre brujería descubriremos que está repleta de informes referentes a observaciones cuidadosas, y que abundan los testimonios bajo juramento, incluso experimentos. Glanvill, el filósofo favorito de la primera Royal Society, consideraba la brujería como el paradigma del razonamiento experimental. Tendríamos que definir el razonamiento experimental antes de comenzar la quema de libros humeana.

En el razonamiento científico las teorías son confrontadas por los hechos y una de las condiciones básicas del razonamiento científico es que las teorías deben ser apoyadas por los hechos. Ahora bien, ¿de qué forma precisa pueden los hechos apoyar a una teoría?

Varias respuestas diferentes han sido propuestas. El mismo Newton pensaba que él probaba sus leyes mediante los hechos. Estaba orgulloso de no proponer meras hipótesis: él sólo publicaba teorías probadas por los hechos. En particular pretendió que había deducido sus leyes a partir de los fenómenos suministrados por Kepler. Pero su desplante carecía de sentido puesto que, según Kepler, los planetas se mueven en elipses, mientras que, según la teoría de Newton, los planetas se moverían en elipses sólo si los planetas no se influyeran entre sí en sus movimientos. Pero eso es lo que sucede. Por ello Newton tuvo que crear una teoría de las perturbaciones, de la que se sigue que ningún planeta se mueve en una elipse.

Hoy es posible demostrar con facilidad que no se puede derivar válidamente una ley de la naturaleza a partir de un número finito de hechos, pero la realidad es que aún podemos leer afirmaciones en el sentido de que las teorías científicas son probadas por los hechos. ¿A qué se debe esa obstinada oposición a la lógica elemental?

Hay una explicación muy plausible. Los científicos desean que sus teorías sean respetables y merecedoras del título «ciencia», esto es, conocimiento genuino. Ahora bien, el conocimiento más relevante en el siglo XVII, cuando nació la ciencia, incumbía a Dios, al Diablo, al Cielo y al Infierno. Si las conjeturas de una persona eran erróneas en temas relativos a la divinidad, la consecuencia del error era la condenación eterna. El conocimiento teológico no puede ser falible sino indudable. Ahora bien, la Ilustración entendió que éramos falibles e ignorantes en materias teológicas. No existe una teología científica y por ello no existe un conocimiento teológico. El conocimiento sólo puede versar sobre la Naturaleza, pero esta nueva clase de conocimiento había de ser juzgada mediante los criterios que, sin reforma, tomaron de la teología; tenía que ser probada hasta más allá de cualquier duda. La ciencia tenía que conseguir aquella certeza que no había conseguido la teología. A un científico digno de ese nombre no se le podían permitir las conjeturas; tenía que probar con los hechos cada frase que pronunciara. Tal era el criterio de la honestidad científica. Las teorías no probadas por los hechos eran consideradas como pseudociencia pecaminosa; una herejía en el seno de la comunidad científica.

El hundimiento de la teoría newtoniana en este siglo hizo que los científicos comprendieran que sus criterios de honestidad habían sido utópicos. Antes de Einstein la mayoría de los científicos pensaban que Newton había descifrado las leyes últimas de Dios probándolas a partir de los hechos. Ampère, a principios del siglo XIX, entendió que debía titular su libro relativo a sus especulaciones sobre electromagnetismo: Teoría Matemática de los Fenómenos Electrodinámicos inequívocamente deducida de los experimentos. Pero al final del volumen confiesa de pasada que algunos de los experimentos nunca llegaron a realizarse y que ni siquiera se habían construido los instrumentos necesarios.

Si todas las teorías científicas son igualmente incapaces de ser probadas ¿qué distingue al conocimiento científico de la ignorancia y a la ciencia de la pseudociencia?

Los «lógicos inductivos» suministraron en el siglo XX una respuesta a esta pregunta. La lógica inductiva trató de definir las probabilidades de diferentes teorías según la evidencia total disponible. Si la probabilidad matemática de una teoría es elevada ello la cualifica como científica; si es baja o incluso es cero, la teoría es no científica. Por tanto, el distintivo de la honestidad intelectual sería no afirmar nunca nada que no sea, por lo menos, muy probable. El probabilismo tiene un rasgo atractivo; en lugar de suministrar simplemente una distinción en términos de blanco y negro entre la ciencia y la pseudociencia, suministra una escala continua desde las teorías débiles de probabilidad baja, hasta las teorías poderosas de probabilidad elevada.

Pero en 1934 Karl Popper, uno de los filósofos más influyentes de nuestro tiempo, defendió que la probabilidad matemática de todas las teorías científicas o pseudocientíficas, para cualquier magnitud de evidencia, es cero. Si Popper tiene razón, las teorías científicas no sólo son igualmente incapaces de ser probadas, sino que son también igualmente improbables. Se requería un nuevo criterio de demarcación y Popper propuso uno magnífico. Una teoría puede ser científica incluso si no cuenta ni con la sombra de una evidencia favorable, y puede ser pseudocientífica aunque toda la evidencia disponible le sea favorable. Esto es, el carácter científico o no científico de una teoría puede ser determinado con independencia de los hechos. Una teoría es «científica» si podemos especificar por adelantado un experimento crucial (o una observación) que pueda falsarla, y es pseudocientífica si nos negamos a especificar tal «falsador potencial». Pero en tal caso no estamos distinguiendo entre teorías científicas y pseudocientíficas sino más bien entre método científico y método no científico.

Para un popperiano el marxismo es científico si los marxistas están dispuestos a especificar los hechos que, de ser observados, les inducirían a abandonar el marxismo. Si se niegan a hacerlo el marxismo se convierte en una pseudociencia. Siempre resulta interesante preguntar a un marxista qué acontecimiento concebible le impulsaría a abandonar su marxismo. Si está vinculado al marxismo, encontrará inmoral la especificación de un estado de cosas que pueda refutarlo. Por tanto, una proposición puede fosilizarse hasta convertirse en un dogma pseudocientífico, o llegar a ser conocimiento genuino dependiendo de que estemos dispuestos a especificar las condiciones observables que la refutarían.

Entonces ¿es el criterio de falsabilidad de Popper la solución del problema de la demarcación entre la ciencia y la pseudociencia? No. El criterio de Popper ignora la notable tenacidad de las teorías científicas. Los científicos tienen la piel gruesa. No abandonan una teoría simplemente porque los hechos la contradigan. Normalmente o bien inventan alguna hipótesis de rescate para explicar lo que ellos llaman después una simple anomalía o, si no pueden explicar la anomalía, la ignoran y centran su atención en otros problemas. Obsérvese que los científicos hablan de anomalías, ejemplos recalcitrantes, pero no de refutaciones. La historia de la ciencia está, por supuesto, repleta de exposiciones sobre cómo los experimentos cruciales supuestamente destruyen a las teorías. Pero tales exposiciones suelen estar elaboradas mucho después de que la teoría haya sido abandonada. Si Popper hubiera preguntado a un científico newtoniano en qué condiciones experimentales abandonaría la teoría de Newton, algunos científicos newtonianos hubieran recibido la misma calificación que algunos marxistas.

¿Qué es entonces lo que distingue a la ciencia? ¿Tenemos que capitular y convenir que una revolución científica sólo es un cambio irracional de convicciones, una conversión religiosa? Tomas Kuhn, un prestigioso filósofo de la ciencia americano, llegó a esta conclusión tras descubrir la ingenuidad del falsacionismo de Popper. Pero si Kuhn tiene razón, entonces no existe demarcación explícita entre ciencia y pseudociencia ni distinción entre progreso científico y decadencia intelectual: no existe un criterio objetivo de honestidad. Pero ¿qué criterios se pueden ofrecer entonces para distinguir entre el progreso científico y la degeneración intelectual?

En los últimos años he defendido la metodología de los programas de investigación científica que soluciona algunos de los problemas que ni Popper ni Kuhn consiguieron solucionar.

En primer lugar defiendo que la unidad descriptiva típica de los grandes logros científicos no es una hipótesis aislada sino más bien un programa de investigación. La ciencia no es sólo ensayos y errores, una serie de conjeturas y refutaciones. «Todos los cisnes son blancos» puede ser falsada por el descubrimiento de un cisne negro. Pero tales casos triviales de ensayo y error no se catalogan como ciencia. La ciencia newtoniana, por ejemplo, no es sólo un conjunto de cuatro conjeturas (las tres leyes de la mecánica y la ley de gravitación). Esas cuatro leyes sólo constituyen el «núcleo firme» del programa newtoniano. Pero este núcleo firme está tenazmente protegido contra las refutaciones mediante un gran «cinturón protector» de hipótesis auxiliares. Y, lo que es más importante, el programa de investigación tiene también una heurística, esto es, una poderosa maquinaria para la solución de problemas que, con la ayuda de técnicas matemáticas sofisticadas, asimila las anomalías e incluso las convierte en evidencia positiva. Por ejemplo, si un planeta no se mueve exactamente como debiera, el científico newtoniano repasa sus conjeturas relativas a la refracción atmosférica, a la propagación de la luz a través de tormentas magnéticas y cientos de otras conjeturas, todas las cuales forman parte del programa. Incluso puede inventar un planeta hasta entonces desconocido y calcular su posición, masa y velocidad para explicar la anomalía.

Ahora bien, la teoría de la gravitación de Newton, la teoría de la relatividad de Einstein, la mecánica cuántica, el marxismo, el freudianismo son todos programas de investigación dotados cada uno de ellos de un cinturón protector flexible, de un núcleo firme característico pertinazmente defendido, y de una elaborada maquinaria para la solución de problemas. Todos ellos, en cualquier etapa de su desarrollo, tienen problemas no solucionados y anomalías no asimiladas. En este sentido todas las teorías nacen refutadas y mueren refutadas. Pero ¿son igualmente buenas? Hasta ahora he descrito cómo son los programas de investigación. Pero ¿cómo podemos distinguir un programa científico o progresivo de otro pseudocientífico o regresivo?

En contra de Popper, la diferencia no puede radicar en que algunos aún no han sido refutados, mientras que otros ya están refutados. Cuando Newton publicó sus Principia se sabía perfectamente que ni siquiera podía explicar adecuadamente el movimiento de la luna; de hecho, el movimiento de la luna refutaba a Newton. Kaufmann, un físico notable, refutó la teoría de la relatividad de Einstein en el mismo año en que fue publicada. Pero todos los programas de investigación que admiro tienen una característica común. Todos ellos predicen hechos nuevos, hechos que previamente ni siquiera habían sido soñados o que incluso habían sido contradichos por programas previos o rivales.

En 1686, cuando Newton publicó su teoría de la gravitación, había, por ejemplo, dos teorías en circulación relativas a los cometas. La más popular consideraba a los cometas como señal de un Dios irritado que advertía que iba a golpear y a ocasionar un desastre. Una teoría poco conocida de Kepler defendía que los cometas eran cuerpos celestiales que se movían en líneas rectas. Ahora bien, según la teoría de Newton, algunos de ellos se movían en hipérbolas o parábolas y nunca regresaban; otros se movían en elipses ordinarias. Halley, que trabajaba en el programa de Newton, calculó, a base de observar un tramo reducido de la trayectoria de un cometa, que regresaría setenta y dos años después; calculó con una precisión de minutos cuándo se le volvería a ver en un punto definido del cielo. Esto era increíble. Pero setenta y dos años más tarde, cuando ya Newton y Halley habían muerto tiempo atrás, el cometa Halley volvió exactamente como Halley había predicho.

De modo análogo los científicos newtonianos predijeron la existencia y movimiento exacto de pequeños planetas que nunca habían sido observados con anterioridad. O bien, tomemos el programa de Einstein. Este programa hizo la magnífica predicción de que si se mide la distancia entre dos estrellas por la noche y si se mide la misma distancia de día (cuando son visibles durante un eclipse del sol) las dos mediciones serán distintas. Nadie había pensado en hacer tal observación antes del programa de Einstein. De este modo, en un programa de investigación progresivo, la teoría conduce a descubrir hechos nuevos hasta entonces desconocidos. Sin embargo, en los programas regresivos las teorías son fabricadas sólo para acomodar los hechos ya conocidos. Por ejemplo, ¿alguna vez ha predicho el marxismo con éxito algún hecho nuevo? Nunca. Tiene algunas famosas predicciones que no se cumplieron. Predijo el empobrecimiento absoluto de la clase trabajadora. Predijo que la primera revolución socialista sucedería en la sociedad industrial más desarollada. Predijo que las sociedades socialistas estarían libres de revoluciones. Predijo que no existirían conflictos de intereses entre países socialistas. Por tanto, las primeras predicciones del marxismo eran audaces y sorprendentes, pero fracasaron. Los marxistas explicaron todos los fracasos: explicaron la elevación de niveles de vida de la clase trabajadora creando una teoría del imperialismo; incluso explicaron las razones por las que la primera revolución socialista se había producido en un país industrialmente atrasado como Rusia. «Explicaron» los acontecimientos de Berlín en 1953, Budapest en 1956 y Praga en 1968. «Explicaron» el conflicto ruso-chino. Pero todas sus hipótesis auxiliares fueron manufacturadas tras los acontecimientos para proteger a la teoría de los hechos. El programa newtoniano originó hechos nuevos; el programa marxista se retrasó con relación a los hechos y desde entonces ha estado corriendo para alcanzarlos.

Para resumir: el distintivo del progreso empírico no son las verificaciones triviales: Popper tiene razón cuando afirma que hay millones de ellas. No es un éxito para la teoría newtoniana el que al soltar una piedra ésta caiga hacia la tierra, sin que importe el número de veces que se repite el experimento. Pero las llamadas «refutaciones» no indican un fracaso empírico como Popper ha enseñado, porque todos los programas crecen en un océano permanente de anomalías. Lo que realmente importa son las predicciones dramáticas, inesperadas, grandiosas; unas pocas de éstas son suficientes para decidir el desenlace; si la teoría se retrasa con relación a los hechos, ello significa que estamos en presencia de programas de investigación pobres y regresivos.

¿Cómo suceden las revoluciones científicas? Si tenemos dos programas de investigación rivales y uno de ellos progresa, mientras que el otro degenera, los científicos tienden a alinearse con el programa progresivo. Tal es la explicación de las revoluciones científicas. Pero aunque preservar la publicidad del caso sea una cuestión de honestidad intelectual, no es deshonesto aferrarse a un programa en regresión e intentar convertirlo en progresivo.

En contra de Popper, la metodología de los programas de investigación científica no ofrece una racionalidad instantánea. Hay que tratar con benevolencia a los programas en desarrollo; pueden transcurrir décadas antes de que los programas despeguen del suelo y se hagan empíricamente progresivos. La crítica no es un arma popperiana que mate con rapidez mediante la refutación. Las críticas importantes son siempre constructivas; no hay refutaciones sin una teoría mejor. Kuhn se equivoca al pensar que las revoluciones científicas son un cambio repentino e irracional de punto de vista. La historia de la ciencia refuta tanto a Popper como a Kuhn; cuando son examinados de cerca, resulta que tanto los experimentos cruciales popperianos como las revoluciones de Kuhn son mitos; lo que sucede normalmente es que los programas de investigación progresivos sustituyen a los regresivos.

El problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia también tiene serias implicaciones para la institucionalización de la crítica. La teoría de Copérnico fue condenada por la Iglesia Católica en 1616 porque supuestamente era pseudocientífica. Fue retirada del índice en 1820 porque para entonces la Iglesia entendió que los hechos la habían probado y por ello se había convertido en científica. El Comité Central del Partido Comunista Soviético en 1949 declaró pseudocientífica a la genética mendeliana e hizo que sus defensores, como el académico Vavilov, murieran en campos de concentración; tras la muerte de Vavilov la genética mendeliana fue rehabilitada; pero persistió el derecho del Partido a decidir lo que es científico y publicable y lo que es pseudocientífico y castigable. Las instituciones liberales de Occidente también ejercitan el derecho a negar la libertad de expresión cuando algo es considerado pseudocientífico, como se ha visto en el debate relativo a la raza y la inteligencia. Todos estos juicios inevitablemente se fundamentan en algún criterio de demarcación. Por ello el problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un pseudoproblema para filósofos de salón, sino que tiene serias implicaciones éticas y políticas.

Imre Lakatos