El enemigo de la libertad, el mercado y la verdad número 1 vuelve a atacar de nuevo. Una vez más realiza una "crítica" en su blog, a los valores que defiende ASOJOD. Sin más preámbulos les ofrecemos nuestra respuesta.Nuevamente, Iván va a la carga. Ahora califica de calenturienta una defensa a la libertad que no sabe a quien atribuírsela: Popper, Mises, Hayek, Huerta de Soto, etc. Lo que el susodicho no se ha dado cuenta es que él mismo llevó la discusión a lo que decían autores como Hayek y Popper, aunque haciendo burdas interpretaciones. En ASOJOD decidimos poner todas esas citas, no como un ejercicio de pseudointelectualidad, sino como una forma de que el mismo Iván pudiera remitirse a las fuentes mismas y comprobar la veracidad de lo que citamos. Eso se llama honestidad intelectual, cosa que parece ausente en alguien que, de la noche a la mañana, dada su ignorancia en economía, se convierta en un vasto conocedor de la Escuela Austriaca, tanto como para atacarla con toda propiedad. Seguro para él tomar las ideas de otros y presentarlas como propias debe ser un acto válido de creación; pero en ASOJOD no pensamos así. Si ya alguien ha dicho algo inteligente ¿por qué no citarlo? ¿Por qué pretender que se descubrió el agua tibia? Este charlatán de quinta categoría, que se hace llamar profesor, cree que poner citas es un error y que en técnicas de investigación se enseña a no usarlas. Cualquier curso de investigación enseña que uno debe construir un marco teórico para el análisis y precisamente enseña cómo se cita para poder apoyar su análisis en un conjunto de ideas que, con anterioridad han sido abordadas por alguien. Se llama revisión del estado de la cuestión, el cual es un requisito fundamental de todo trabajo que pretenda ser serio. Por eso resulta hilarante que un tipejo como ese se haga llamar profesor: para ello, deberíamos presuponer que tiene algo que enseñar, que tiene dominio sobre los temas y que es capaz de ampliar su gama de ideas para contrastarlas con las de sus estudiantes. Con quien hemos discutido es con un vulgar adoctrinador que se cree el non plus ultra de la sabiduría, el ocupante del sitio más alto del pedestal del conocimiento desde donde mira y corrige con toda arrogancia al resto de los ignorantes mortales.
Ante el ataque de este embaucador intelectual, en ASOJOD nos hemos dado a la tarea de volver a leer esa tortuosa circularidad argumentativa que no dice nada diferente respecto a “la primera entrega”. Pero antes de ello, queremos hacer una sencilla confesión: en efecto, nos equivocamos comparando a Iván con los estudiantes de la Centeno Güell, pues esos muchachos tienen una incapacidad fisiológica para razonar como es debido; en cambio, Iván goza de todas las condiciones pero su dogmatismo se lo impide. Su arrogancia lo hace caer en la estupidez porque es incapaz de notar sus garrafales fallos conceptuales. Con los de la Centeno Güell uno podría presuponer inocencia y reconocer su esfuerzo por aprender a su manera. Pero con Iván lo único que cabe es el repudio pues voluntariamente se ha decidido someter a la irracionalidad, a la negación de realidad por puro capricho.
Manipulación de nociones:Ivan sigue con su molesta estrategia de manipular nociones, conceptos e ideas para presumir de un conocimiento que no tiene. Primero, hace una referencia al título de nuestra anterior respuesta, la fatal arrogancia, pero comete un error (¡vaya novedad!): afirma que para Hayek
“la arrogancia es cualquier intento de oponerse a esta inercialidad del decurso de las cosas que, en lo que al ser humano se refiere, se expresaría como una cuasi-naturaleza humana (…) Los que no se someten a ese mecanismo evolutivo, resultan para Hayek los “soberbios”, los “orgullosos”, los “no-humildes”, los que no reconocen dicho accionar como algo que les “trasciende”, como un producto superior de la evolución humana en suma”. Realmente, lo que Hayek califica como arrogancia es la pretensión de los planificadores centralizados de conocer todas las circunstancias relevantes que influyen en la toma de decisiones en el ámbito económico de los individuos, conocimiento que les haría posible un cálculo eficiente para determinar la producción y el consumo. Justamente es allí donde Hayek argumenta que el conocimiento está disperso, en poder de muchos individuos, los cuales son los únicos capaces de planificar sus actividades.
La segunda manipulación es una prueba de que el dogmatismo de Iván lo lleva a la estupidez, pues sigue insistiendo con el tema del modelo de competencia perfecta. Lamentamos que el atrofiado cerebro de Iván sea incapaz de comprender que este postulado neoclásico siempre fue atacado por los austriacos, lo que implica que JAMÁS se le haya superado en el sentido dialéctico del término; es decir, no se le integró pues de plano se rechazó por ser considerado un serio error conceptual. En tercer lugar, asocia al capitalismo de l
aissez faire con un movimiento opresor a favor de ciertos grupos al cual sólo se puede llegar a partir de la represión y continua intervención del Estado, el cual se encarga de castigar a los disidentes. Al respecto señala:
“nos encontramos con un Estado interventor potenciado, no sólo en los aspectos represivos, lo cual es obvio, sino para favorecer determinadas políticas o sectores económicos. Es lo podríamos llamar la “paradoja del intervencionismo”. Probablemente lo único que tenga de cierto la verborrea escrita por el filósofo de Bremen es que el capitalismo
laissez faire nunca se ha dado, pues todos los capítulos de la historia que se han denominado de esa manera tienen enormes matices interventores por todas partes. Ante todo en ASOJOD tenemos serias dudas de que Iván sepa siquiera que es capitalismo por ello antes de atacar o defender dicho sistema de producción debemos estar claro sobre lo que hablamos. El capitalismo es
“el sistema de cooperación y de división social del trabajo que se basa en la propiedad privada de los medios de producción”. (Mises, Ludwig. Burocracia. España: Unión Editorial. P. 37). Queda claro que para Iván el capitalismo es un sistema en donde la riqueza es un pastel estático que se reparte en un juego de suma cero, de modo que los más poderosos buscan apropiarse del mismo, arrebatando su porción a los desvalidos. Quizá Iván el terrible le agregaría a este panorama que esos mismos poderosos crean todo un marco jurídico, una ideología y hasta una religión para someter a los débiles. Pero en realidad, el capitalismo es el único sistema en donde el ser humano es libre para pensar y actuar, para conservar los frutos de su trabajo, para disentir y para crear. En él, la riqueza no es estática, sino que existen innumerables formas de incrementarla, formas que sólo pueden ser descubiertas por el hombre luego de un proceso racional. Y la evidencia así lo demuestra: las más sorprendentes mejorías en la condición de vida del ser humano se han dado durante la época capitalista.
Por eso resulta sorprendente la visión de Iván de que el capitalismo requiere de la represión para ser impuesto. Todo lo contrario el capitalismo ha sido el sistema de producción más liberador para el hombre y basta observar los sistemas anteriores como los de la esclavitud y el feudalismo para darse cuenta de ello. García Hamilton nos dice al respecto:
“en la edad media, el hombre no tenía libertad, pero gozaba de seguridad. La estructura feudal era rígida y la falta de independencia se expresaba en varios sentidos. En el campo, el siervo de la gleba estaba unido a la tierra y tenía sujeción en varios sentidos. En las ciudades o burgos, los trabajadores pertenecían a una corporación y dentro de la misma, los ascensos estaban reglamentados. (…) Cunado el orden feudal comienza a resquebrajarse y es reemplazado por formas mercantilista y capitalistas, el hombre va cortando vínculos y recupera libertades. Se posibilita la movilidad social y la estructura económica se basa cada vez más en la formación de capital, la iniciativa individual y la competencia”.(García Hamilton, José Ignacio. El autoritarismo y la improductividad. Argentina: Editorial Sudamericana, 2004. P. 208-209).Resulta que el capitalismo abrió un sin fin de posibilidades a cientos de miles de personas, acabando así con la estratificación social, pues permitió una movilidad social nunca antes vista en la historia. Precisamente el éxito del capitalismo reside en las masas, en el abaratamiento constante de costos en la producción, haciendo cada vez más accesibles a toda la población aquellos artículos que antes sólo las clases más opulentas podían obtener. Buenos ejemplos de esta situación podrían ser el automóvil y la televisión, que antes eran objetos de lujo y hoy grandes mayorías tienen acceso a ellos. Este fenómeno también fue percibido por Ortega y Gasset quien advirtió que:
“Nunca ha podido el hombre medio resolver con tanta holgura su problema económico (…) Desde 1900 comienza el obrero a ampliar y asegurar su vida (…) A esta facilidad y seguridad económica añádanse las físicas el confort y el orden público (…) la vida se presento al hombre nuevo exenta de impedimentos (…) El hombre medio desde la segunda mitad del siglo XIX, no halla ante si barreras sociales ningunas. Es decir tampoco en las formas de la vida pública se encuentra al nacer con trabas y limitaciones (…) No existen las “estados” ni las “castas”. No hay nadie civilmente privilegiado. (…) Se crea un nuevo escenario para la existencia del hombre, nuevo en lo físico y nuevo en lo social,. Tres principios han hecho posible este nuevo mundo: la democracia liberal, la experimentación científica y el industrialismo”. (Ortega y Gasset, José. La Rebelión de las Masas. España: Revista de Occidente, 1954. P. 59-61) Con ello se muestra como el capitalismo ha sido un elemento fundamental en cuanto al mejoramiento de las condiciones de vida de todos los habitantes del planeta. Ahora queremos enfocarnos en la noción de grupos favorecidos por el capitalismo de la que habla Iván. Resulta verdaderamente inocente dicha afirmación para alguien que se jacta de su criticidad. No se requiere ser un genio para darse cuenta que una vez que el estado intervenga en la economía es donde verdaderamente se darán dichos privilegios de los que habla Iván y no bajo el capitalismo de
laissez faire. Evidentemente son los grupos más poderos económicamente los que tendrán mayor palanca con el poder político para lograr crear legislación que favorezca sus intereses; es con el intervencionismo político con el que se abre la compuerta al clientelismo, a la compra de votos, al sacrificio de unos en beneficio de otros, y por supuesto no se requiere tener mucha malicia para darse cuenta quienes pueden poner a trabajar el Estado a favor suyo. Por ello en ASOJOD rechazamos el capitalismo cortesano intervencionista en donde el favor político se convierte en el determinante del éxito. La única forma de extirpar este cáncer social es a partir del capitalismo de
laissez faire donde cada quien obtendrá lo que sus esfuerzos, su capacidad y su pericia le permitan obtener a partir de la adecuada satisfacción de las necesidades de los consumidores. Tanto que le gusta hablar de oprimidos a Iván y lo impresionante es que no se da cuenta que el intervencionismo económico estratifica en forma automática a la sociedad en dos grupos: los dirigentes y los dirigidos. Justamente los dirigentes son los que definen la suerte del resto de la población, la cual dependerá de las concesiones que logren obtener de dicha clase. En esos casos, los individuos dejarán de ser fines en sí mismos y pasarán hacer los medios para los fines que el sabio dirigente decida. Por ello, si existe un sistema económico verdaderamente clasista, opresivo, clientelista, corrupto, donde unos ganan a través de la pérdida de los otros es el de la planificación económica (en cualquier grado) y no el capitalismo de
laissez faire.
Para darnos cuenta de lo verdaderamente maravilloso que es el capitalismo veamos lo siguiente: en dicho sistema, las personas ni siquiera están obligadas a producir o a consumir, sino que lo hacen sólo en la medida que así lo desean. Además, en dicho sistema, cada uno es libre de decidir en que área quiere emplear sus energías, habilidades y conocimientos, así como de consumir aquello que considere satisfaga de mejor forma sus necesidades. Inclusive, es tan maravilloso este sistema que da toda la libertad del mundo para rechazarlo: consiente que quienes se oponen utilicen los mismos medios y herramientas creadas por el capitalismo, y un claro ejemplo de esto resulta el blog de Iván Villalobos: radicado en uno de los países económicamente más poderosos de Europa, con suficiente tiempo libre (porque otros producen lo que él necesita para satisfacer sus necesidades) puede dedicarse a atacar a todo aquello que vaya contra sus ideas y valores por medio de una herramienta típicamente capitalista: Internet. Y todo eso usando una computadora creada por una transnacional, cuyos dueños no tenían interés en que Iván pudiera exponer sus pensamientos, ni siquiera les importa el uso que le de Iván, sino que su único motivo era ganar dinero vendiendo el equipo. Y resulta que “nuestra cándida” visión del proceso económico no existe. Además, el mismo sistema de capitalismo, con la institución de la propiedad privada, genera libertad de asociación, la cual le permite a Iván aliarse con personas como Jerry dentro de su propiedad para aumentar la cantidad de argumentos en contra del sistema y, si quisieran, para reunirse y planear acciones concretas para destruirlo. Y en ningún caso tienen un policía detrás, ni un agente de espionaje listo para delatarlos y condenarlos a muerte. El mismo capitalismo, a través del libre comercio, les permite viajar fuera de Costa Rica (por aerolíneas comerciales) para adquirir títulos que luego podrán canjear por respeto en las universidades. Una vez "profesores", el respeto a la propiedad privada y la tolerancia del sistema capitalista hacia la oposición, impide la confiscación de los libros con los que Iván adoctrina a sus estudiantes y en los cuales se clama por la destrucción del sistema mismo. Aún más paradójico resulta que el mismo sistema permite a los autores de dichas “biblias” hacerse ricos a partir de los derechos de propiedad intelectual, tan vituperada por ellos mismos. La tremenda contradicción de Iván ya había sido mencionada brillantemente por Revel:
“la democracia es ese régimen paradójico que ofrece a quienes quieren abolirla la posibilidad única a preparase a ello en la legalidad, en virtud de un derecho, e incluso de recibir a tal efecto el apoyo el apoyo casi patente del enemigo exterior, sin que ello se considere una violación grave del pacto social”. (Revel, Jean François Cómo terminan las democracias, España: Editorial Planeta S.A., 1983. P. 12). Precisamente lo antes mencionado por Revel aplica al capitalismo.
Individualismo metodológico: Tal como lo mencionamos antes, el individualismo metodológico tiene su origen en la Grecia preclásica. Nuestro querido filósofo de pacotilla despotrica contra esta afirmación, tachándola de anacrónica, por considerar que “
es simplemente imposible que en la Grecia antigua pudiese haber habido un debate entre “colectivistas” e “individualistas”, pues la noción de individuo –tal como es hoy entendida-, es una noción de cuño moderno, por lo que resulta inimaginable su categorización en la Grecia clásica o preclásica. En el mundo griego, el “individuo” se encontraba –o creía encontrarse- inmerso en un todo social harmónico (con ello no quiero decir evidentemente “sin conflictos”, sino sólo poner de relieve la visión de mundo y el imaginario prevalecientes), pues una distinción entre ámbito privado y público resultaba impensable, tal como es entendida a partir de los albores de la Modernidad”. Para contradecir al charlatán de Bremen, basta con revisar a Salvador Giner, quien apunta:
“En la Grecia preclásica se comienza a formar ya una conciencia acerca del valor intrínseco del individuo, que era enteramente nueva en el mundo. El sentido de valor de lo individual fue la condición primera para que tuviera lugar el ulterior desarrollo del pensamiento social en Grecia (…) Heráclito descuella entre los filósofos de su época por su clara aserción de los derechos del individuo frente al Estado (…) Fue Pericles y no Solón quien dio a la democracia una expresión teórica amplia, pues se salía del mero marco de lo legal. Según Tucídides nos lo presenta, Pericles concebía la democracia como un estilo de vida peculiar en el que la idea de la libertad individual se conjugaba armionosamente con la lealtad a la patria, que era la ciudad-estado (…) Aquello que Tucídides desea subrayar en el pensamiento de Pericles es que el gobierno democrático no es tan sólo un gobierno que está en manos de la mayoría de los ciudadanos en vez de estarlos en las de una minoría, sino que en su seno existe y florece la vida privada. Así pues, el derecho a la intimidad y la noción de lo privado –tan importantes para la cultura individualista moderna- tienen sus lejanas raíces en la Grecia preclásica y clásica”. (Giner, Salvador. Historia del pensamiento social. España: Editorial Ariel. 5º Edición, 1987. P. 36-37 y 40-41). Lo sorprendente es que todo un filósofo afirme que el debate entre individuo y colectividad no se daba en esa época cuando La República de Platón no es otra cosa que un texto que expresa la forma en que se debe organizar una sociedad y como el individuo (especialmente el de la clase d elos gobernantes) ha de someterse a lo que el todo considere como beneficioso y renunciar a cualquier posibilidad de satisfacer su “yo”. Si bien se trata de rudimentarias nociones, es innegable que en esas épocas se gesta el caldo de cultivo de lo individual frente a lo colectivo. Lógicamente en la Grecia preclásica y clásica no se desarrolla todo el debate entre individualismo y colectivismo y si Iván supiera leer (o entendiera lo que lee) vería que ya eso lo mencionamos cuando dijimos que es a partir de los siglos XVII y XVIII donde se da el mayor desarrollo teórico del individualismo con Stuart Mill, Bentham, Spencer, Smith, Ricardo, para llegar luego a autores del siglo XX como Hayek, Mises, Rand, Rothbard, Walzer, Rawls, etc. Pero no acaba ahí, sino que el mismo debate continúa en la actualidad, por lo que se ha tratado de un continuo perfeccionamiento argumentativo que no ha culminado. No obstante, Iván sigue acusándonos de desvirtuar la historia y de hacer análisis “ideológicos”. Pero ¿qué entiende Iván por ideológico? Dentro de la Ciencia Política, especialmente en la rama de la filosofía y la teoría política, se han encontrado más de 11 definiciones de ideología, pero casi todas son agrupadas en dos clases: una hace referencia al sentido marxista del término, según el cual se entendería por ideología una falsa percepción de la realidad determinada por la pertenencia a una cierta clase social. De ese modo, el concepto de ideología presupone que las clases poderosas imponen una determinada visión de mundo para perpetuar el statu quo y legitimar sus intereses. La segunda acepción del término hace referencia al conjunto de ideas compartidas por grupos específicos para coordinar las prácticas sociales de sus miembros y la interacción social de ellos con los miembros de otros grupos. Todo parece indicar que Iván es parte del primer grupo, pues califica de acrítica toda defensa de una ideología y tacha de ideológico, cualquier discurso“cargado” de esas ideas. Si en todo caso, la ideología es un conjunto de ideas compartidas, ¿por qué presupone Iván que la aceptación de esas ideas no está precedida por un análisis crítico de las mismas? ¿No puede darse el caso de que, luego de analizarlas, alguien llegue a la conclusión de que hasta ese momento no han aparecido errores lógicos, epistemológicos, metodológicos y probatorios del argumento que se lo traigan abajo? Además ¿qué en este mundo no es ideológico en la segunda acepción del término? Toda idea, de una u otra forma, es compartida por un conjunto de personas e Iván no es la excepción. Su crítica al capitalismo es compartida por muchas otras personas y, usando su propio concepto, es hasta ideológica (¿o acaso pretenderá él decir que su crítica es ejercicio puramente racional y no responde a un sistema de ideas y valores específicos?). La realidad ha demostrado la certeza de las ideas del liberalismo (no en vano los 25 países más ricos del mundo son, al mismo tiempo, los más exitosos y más libres en el amplio sentido de la palabra), pero el continua con la terquedad de llamar a esto un discurso ideológico. Y también ha demostrado el gigantesco error que resultó de la aplicación de las ideas un “pensador” como Marx, acuerpado por dos figuras tan contradictorias y equivocadas como Hegel y Rousseau o de charlatanes como Habermas (brillantemente destrozado por Popper) y Rawls. De hecho, Iván nos acusa de sentirnos excusados de leerlos porque hemos leído a Mises, pero él comete aquello de lo que nos acusa: se siente excusado de leer a Mises y a Hayek porque ya ha leído a un mequetrefe como Hegel. Como lo dijimos antes, vaya intelectual le ha tocado sus alumnos. Un tipo que no es capaz de mirar lo que tiene más allá de la nariz, un tipo incapaz de reconocer su ignorancia en algún campo, un tipo incapaz de aceptar que se equivoca, escudándose en prejuicios, a pesar de que culpa a Mises de construir “monigotes a su medida”. En definitiva esperamos que algunos de los estudiantes de Iván hayan podido salvar su cerebro recurriendo a otro tipo de personas y que no se hayan convertido en idiotas del calibre de su profesor.
Siguiendo con la discusión del individuo en sociedad, Iván afirma que
“el individualismo metodológico se fabrica un escenario ficcional en el cual el individuo entra en contacto con otros sobre la base de sus intereses o preferencias, pues como reza la letanía de la secta, él es el que verdaderamente sabe lo que quiere y le conviene. Afirmar esto de manera tajante, sin que implique tampoco afirmar su contrario, significa pasar por alto todo una serie de determinaciones y condicionamientos, no sólo previos a la inserción social, sino operantes a presente y futuro”. Aca Iván vuelve a cometer un error que inclusive le desenmascara, no ya como ignorante sino como un truhán: dice que es erróneo afirmar que es el individuo el que sabe lo que quiere y lo que le conviene si a la par de esta afirmación no le acompaña su opuesto. Esto comporta sólo dos opciones: 1) que si no es el individuo el que sabe lo que quiere y le conviene, entonces debe haber algo o alguien que lo sepa o 2) que del todo nadie sabe lo que desea ni le conviene. En la primera opción, cabría preguntarse entonces quién será ese alguien que sabe lo que le conviene a los demás ¿Iván, Dios, el Estado? Porque si hay alguien que lo sepa y dado que la actuación del individuo podría, a veces, ser egoista, ese algo o alguien debería corregir las desviaciones, toda vez que lo hace en beneficio del todo (en nuestro anterior escrito ya nos referimos a este tipo de misticismo que, a lo largo de la historia, ha sido llamado Pueblo, Providencia, Partido, Estado, Historia, etc). En el segundo caso, suponer que nadie sabe lo que quiere o le conviene sería un absurdo, pues implicaría que el individuo jamás entra en una disyuntiva, haciendo irrelevante el proceso de toma de decisiones, pues le daría lo mismo escoger A, B, C, D o no escoger. Basta con revisar nuestra propia vida para verificar que siempre estamos tomando decisiones, discriminando entre las distintas opciones que nos presentan las circunstancias para elegir una que consideramos como más conveniente. De seguro Iván diría que el individuo no sabe lo que quiere y que presuponer esa racionalidad es un mito. O quizá diría que el capitalismo lleva a niveles de miseria tales en donde el individuo no puede ser libre de escoger lo que mejor le parezca. También es posible que moralice diciendo que el individuo no escoge sólo pensando en su interés, sino que está limitado por su entorno y por circunstancias específicas. Pero siempre, en todo caso, el individuo buscará adecuar sus medios a sus fines, es decir, buscará escoger la mejor opción de acuerdo con sus posibilidades. Y este individuo es concreto, no abstracto como pretende hacer creer Iván. Es tan concreto que es cada uno de nosotros cuando incurrimos en un proceso de toma de decisiones, que es al fin y al cabo el objeto de la Economía. Mises aporta una verdad de Perogrullo cuando dice:
“el Ego es la unidad del ser actuante. Es un dato incuestionable, cuya realidad no cabe desvirtuar mediante argumentos ni sofismas. El Nosotros es siempre fruto de una agrupación que une a dos o más egos. Si alguien dice Yo, no se precisa mayor ilustración para percibir el significado de la expresión. Ahora bien, al decir Nosotros, es ineludible una mayor información para identificar qué Egos se hallan comprendidos en ese Nosotros (…) El Nosotros actúa, indefectiblemente, según actúan los Egos que lo integran. Pueden estos proceder mancomunadamente o bien uno de ellos en nombre de todos los demás. En este segundo supuesto la cooperación de los otros consiste en disponer de tal modo las cosas que la acción de uno pueda valer por todos”. (Mises, Ludwig. La Acción Humana: Tratado de Economía. España: Unión Editorial, 6ª Edición, 2001. P. 53)Resulta estúpido creer que el individuo es una ficción y que no actúa a partir de sus intereses y valoraciones. Si no lo hace así ¿cómo lo hace? Aún cuando Iván argumente que el individuo actúa por inercia, por su ambiente social o por el afán de ayudar a otros, siempre se trata de una valoración que hace que el individuo prefiera A sobre B. El hecho de preferir A sobre B implica la satisfacción de un interés específico y una decisión al respecto. Como bien apunta Mises, en todo caso, el individuo actúa para acrecentar su satisfacción personal, sea lo que sea que se la provoque, y eso trae consigo el hecho de que actúa a partir de su interés y colabora con otros para alcanzar aquello que desea. Inclusive las actuaciones que buscan mejorar la condición ajena responden a un interés personal pues el individuo encuentra como lo más satisfactorio la supresión de las molestias que agobian a otro.
Pero también resulta estúpido el recordatorio que Iván hace cuando señala que
“el individuo nunca existe abstraído de su “inserción social”, es decir, al margen de determinados intereses de clase, grupales, etarios, de género, etc”. En este caso, Iván vuelve a fallar al cuando pretende hacer creer que los grupos etarios, de género, las clases sociales o los gremios se comportan como entes monolíticos. A pesar de que le explicamos que esa homogeneidad de intereses no existe en la realidad, ni a lo interno de "todo" ni tampoco a lo interno de los grupos, él continúa con su terquedad de darnos la razón y luego contradecirnos, para después volver a contradecirnos y terminar dándonos la razón. Sí, en efecto, el galimatías conceptual de Iván termina por cansar a cualquiera. Esos mismos grupos integran individuos con diferentes intereses que, incluso, son parte de otros grupos, por lo que no se puede hablar de intereses de clases compatibles con intereses etarios, raciales o de género por ejemplo. En algún caso habrá contradicción y entonces, el individuo deberá ser leal a alguno de sus grupos, pero no a todos a la vez.
La afirmación de que existen intereses de clase, de raza, de grupo etario, de género, etc y que, cada uno de ellos tiene su propia lógica, no es otra cosa que la tan difundida creencia de que no existe una lógica sino tantas como clases sociales o grupos hay, mejor conocido como polilogismo. De aquí es donde proviene el calificativo de “ideológicas” que endilga Iván a nuestras ideas, aunque él no es el único que ha decidido rebelarse contra la razón. Esta práctica es el resultado de la devastadora crítica que Böhn Bawerk realizó al marxismo, la cual lo dejó fuera de combate, por lo que Marx debió recurrir a la descalificación de la lógica y la razón, tachándola de burguesa y suplantando la razón por el misticismo, tarea que llevó a la práctica gracias al misticismo dialéctico de Hegel.
Detrás de la afirmación de Iván de la supuesta existencia de intereses de clase, etarios, de género u otros, además de una ficción, hay toda una serie de inconsistencias. Como ya mencionamos, dado que el individuo es a su vez parte de varios grupos entra en una encrucijada respecto a la lealtad cuando existan incompatibilidades entre los intereses que defienden los grupos de los que forma parte. La forma en que resuelven esta disyuntiva no es aportada por el el filósofo de pacotilla. Pero más curioso aún resulta la imposibilidad de los polilogistas para precisar qué pasa cuando el individuo de una clase, raza o grupo etario pasa a formar parte de otra. Por ejemplo, ¿qué pasa cuando el proletario se convierte en burgués, o el caucásico se reproduce con una africana, o el niño entra a la adolescencia? ¿Cuándo y cómo dejan de pensar como miembros de un grupo y comienzan a pensar como miembros del otro?. Una inconsistencia más es suponer que, en todo caso, los grupos a los que se refiere Iván son monolíticos y eso significa que Iván sigue pensando que son los agregados los que actuan, razonan y deciden, cuando en realidad esa es tarea de individuos.
Otro argumento del que Iván se jacta de haber derribado es el colectivismo. Dice que si las sociedades no son entidades monolíticas, con intereses igualmente monolíticos, incurriríamos en una contradicción cuando hablamos de colectivismo, pues según él hablar de colectivismos presupone afirmar que el “fantasma” al que atacamos implica la existencia de esa entidad monolítica. Lo que no comprende Iván es que el colectivismo que atacamos no necesita ser puesto como una entidad monolítica, pues la fuerza es la condición sine qua non para su existencia. No importa que alguien discrepe, lo único que importa es ser capaces de eliminarlos de alguna forma. Pinochet, Mao, Fidel, Pol Pot y otros tantos ya han dado muestras de que eso es posible. Pero a veces, ni siquiera se trata de la fuerza de las armas, sino de la apelación a mitos y valores socialmente difundidos. De hecho, Iván alega que es el capitalismo el sistema que busca ser implantado pero no se da cuenta que es el sistema contrario el que nos tratan de meter por todas partes. Al ser humano se le ha enseñado a rechazar el Yo y preferir el Nosotros, se nos ha enseñado que la máxima virtud es el altruismo y el peor defecto es el egoísmo. El altruismo es vivir para los otros mientras el egoísmo consiste en vivir para sí mismo. La religión, el socialismo, el comunismo, la socialdemocracia, la escuela, etc., todos abogan por poner los intereses de los demás por sobre los propios. La misma palabreja
social consiste en eso: tiene conciencia social el que es capaz de dejar de pensar por un momento en sí mismo y preocuparse por los problemas de los otros. Pero el honor más alto se lo lleva aquel o aquella que no sólo se preocupe sino que actúe a favor de los otros antes que a favor suyo. La Madre Teresa de Calcuta, Al Gore o los superhéroes animados son tan desinteresados que viven para resolver los problemas de los otros. Por todo lado escuchamos a la gente decir que no se puede dejar al mercado a la libre porque los egoístas y desinteresados sólo buscarían enriquecerse. Algo o alguien debe impedirlo y debe distribuir con justicia la riqueza. Por eso, resulta adecuado exponer parte del brillante alegato de Howard Roark:
“(…) A los hombres se les ha enseñado que la virtud más alta no es crear, sino dar. Sin embargo, no se puede dar lo que no ha sido creado. La creación es anterior a la distribución, pues, de lo contrario, no habría nada que distribuir. La necesidad de un creador es previa a la de un beneficiario. No obstante, se nos ha enseñado a admirar al parásito que distribuye como regalos lo que no ha producido. Elogiamos un acto de caridad. Nos encogemos de hombros ante un acto de realización.
Se nos ha enseñado que la primera preocupación debe consistir en aliviar el sufrimiento de los demás. Pero el sufrimiento es una enfermedad. Si uno se la encuentra, intenta dar consuelo y asistencia. Hacer de eso el más alto testimonio de virtud es considerar al sufrimiento como lo más importante de la vida. Entonces el hombre debe desear ver sufrir a los demás para poder ser virtuoso. Tal es la naturaleza del altruismo. El creador no tiene interés en la enfermedad, sino en la vida. Sin embargo, la obra de los creadores ha eliminado una enfermedad tras otra, en el cuerpo y en el espíritu humanos, y ha producido más alivio para el sufrimiento que lo que cualquier altruista pueda jamás concebir.
Se nos ha enseñado que es una virtud estar de acuerdo con los otros. Mas el creador es alguien que disiente. Se nos ha enseñado que es una virtud nadar con la corriente. Pero el creador nada contra la corriente. Se nos ha enseñado que estar juntos constituye una virtud. Pero el creador está solo.
Se nos ha enseñado que el ego es sinónimo de mal y el altruismo el ideal de la virtud. Pero mientras el creador es egoísta e inteligente, el altruista es un imbécil que no piensa, no siente, no juzga, no actúa. Esas son funciones del ego (…)”. (Rand, Ayn. El manantial. España: Editorial Planeta, 1966. P. 721-722)El credo que se busca imponer por todos lados es el credo del parásito, el credo de quien es incapaz de crear y producir, por lo que tiene que dedicarse a repartir. Por medio de envilecer la riqueza, el dinero, la eficiencia y el progreso, tachándolos de resultados del egoísmo en el que vivimos, se legitima como ser piadoso y a partir de su condición es el que puede disponer de los productos de otros. Desde los representantes de la
intelligentsia contemporánea hasta las reinas de belleza pregonan la necesidad de abandonar el egoísmo y lanzarse al altruismo para alcanzar la felicidad. Por eso nos dicen que debemos ayudar a los otros para poder alcanzar la paz y la alegría. Por eso moralizan diciendo que no es posible sentirse bien cuando hay niños muriendo de hambre o personas prostituyéndose. Por eso aplauden y admiran a todo aquel que ayuda a los países africanos (el concierto Live8 fue una prueba de ello), a todo aquel que dona dinero a la caridad, a todo aquel que defiende la seguridad social, a todo aquel que ayuda a los desamparados, a todo aquel que pasa temporadas enteras en las zonas marginales.
Proceso económico:Iván critica el ejemplo de Juan y Roberto por considerarlo una simplificación del proceso económico. Pero no se da cuenta que no es que nosotros lo simplificamos, sino que el proceso en sí no tiene nada de complejo como él cree. La Economía, o más bien dicho, la cataláctica, es la ciencia del intercambio y todo intercambio implica división del trabajo, valoración y la toma de una decisión. La división del trabajo se da porque el ser humano se ha dado cuenta, por medio de su principal instrumento, la razón, que no es posible producirlo todo, sea por sus propias limitaciones o por las limitaciones del entorno. Por ello coopera, entra en contacto con los otros sobre la base de sus intereses, para mejorar su situación por medio de la satisfacción de sus necesidades. Toda acción comporta una esperanza de mejorar la situación actual, pues de no ser así no habría necesidad de actuar. Nota que esa cooperación hace más eficientes los resultados y por tanto la prefiere. Sin embargo, esa división del trabajo implica el intercambio de los productos del esfuerzo humano, los productos de su especialización, y el intercambio se da sólo porque el individuo valora, desea o necesita más lo que produjo el otro que lo que él mismo tiene. Si no fuera así, simplemente no habría intercambio. Al valorar en mayor grado lo que el otro posee, toma la decisión de intercambiar y la decisión también resulta ser una acción. Esto es así entre todas las unidades económicas, independientemente del lugar en donde se encuentren.
Iván afirma que esto no se ha dado en ninguna parte del mundo, lo cual confirma que nuestro querido idiota se autoexilió de la realidad. Todos los días, en todos los lugares, la gente sigue esta lógica: cuando pagan un pasaje de bus es porque valoran más el hecho de ser transportados a un lugar que conservar las monedas; cuando compran un periódico es porque prefiere el mismo que el dinero que tienen en la billetera. Asimismo, el dueño del autobús prefiere el dinero a conservar el combustible y los neumáticos utilizados por el bus y el sujeto del puesto de periódicos considera más valioso el dinero que el periódico. Justamente a esos individuos no les importa las razones por las cuales el otro no hizo lo que siempre hacía: al pasajero no le importa por qué el bus no pasó o al chofer no le interesa la razón por la cual el pasajero no estuvo a tiempo ese día en la parada. Tampoco al pregonero le importa porque hoy el cliente no le compró su periódico ni al cliente le interesa por qué el pregonero no se ubicó en el lugar de costumbre. En todos los casos, los sujetos de lo que se preocuparán es de encontrar una solución a su problema o necesidad: encontrar otro autobús, otro pasajero, otro cliente u otro periódico, en fin, de utilizar sus recursos para satisfacer sus necesidades. El ejemplo de los lápices que pusimos en nuestra anterior respuesta es justamente la forma en como funcionan las transacciones. Iván arremete diciendo que “a la ASOJOD no se le ocurre pensar que la escasez de madera puede ser producto de una sobreexplotación indebida de los recursos naturales, o que la eclosión de termitas hable quizá de un desequilibrio ecológico causado por la mano del hombre. Quizá la huelga de los trabajadores madereros responda también a la exigencia del mejoramiento de condiciones laborales, como podría ser un aumento de salario, o el pago de horas extra”.
El filósofo de la lectura crítica ni siquiera fue capaz de leer que el ejemplo que dimos sobre las termitas tenía como intención demostrar que el mercado funciona como un sistema de transmisión de información, lo cual sigue siendo así aún con todas las variables que él planteó. Variables que no sólo a ASOJOD no le interesan sino que tampoco al consumidor. Cuando vamos al supermercado no nos importa la razón por la cual subió el precio de un bien o porque ese día no había del producto que queríamos. Sea porque asaltaron el camión repartidor, porque subió el precio del petróleo, porque los empleados de la industria alimenticia iniciaron una huelga para ver mejoras en su situación laboral o porque el dueño del supermercado tuvo un altercado con la compañía de galletas y decidió dejar de vender sus productos, nada de eso le importa al consumidor como tal. Le interesará al politólogo, al sociólogo, al economista, al periodista, etc. pero en su faceta de académico no de consumidor. Eso demuestra que Iván no sale de su torre de babel y pretende hacer que todos piensen como él. Si el filósofo le preocupa por qué los empleados de la fábrica de galletas entraron en huelga lo puede hacer y hasta es digno de aplaudir, pero de ahí a pretender que todos y cada uno de los seres humanos se preocupen de la razón de la huelga no es otra cosa que presumir que su conducta debe ser un imperativo universal. Una prueba más de lo que este truhán desearía hacer si tuviera el poder. Por ello, vale la pena reseñar nuevamente a Mises:
“El mercado es una institución social; es la institución social por excelencia. Los fenómenos de mercado son fenómenos sociales. Son el resultado de la contribución activa de cada individuo, si bien son diferentes cada una de las contribuciones. Sin embargo, no siempre advierte el individuo que él mismo es parte, aunque sea pequeña, de complejo de elementos que determinan la situación momentánea del mercado. Debido a su ignorancia de este hecho, se siente capaz de criticar los fenómenos del mercado, de condenar en los demás un modo de conducta que estima totalmente incorrecto. Censura la rudeza e inhumanidad del mercado y reclama su regulación social en orden a ‘humanizarlo’. Exige, de un lado, medidas que protejan al consumidor contra el productor; pero, de otro, postula aún con mayor vehemencia que se proteja a los productores de los consumidores”. (Mises, Ludvig. La Acción Humana: Tratado de Economía. España: Unión Editorial, 6ª Edición, 2001. P. 381) Iván no se da cuenta de una cosa tan sencilla: la mejora de las condiciones laborales, la conservación del ambiente, etc. de su tan cacareada conciencia social, sólo se da si los consumidores ven con buenos ojos pagar un precio más alto por productos que aseguren esa protección. Esas cosas sólo se dan si las personas valoran más el ambiente o la condición social de los trabajadores que cualquier otra cosa. El empresario, por más que quiera, no puede decidir de un día para otro, triplicar el sueldo de sus empleados si la gente no está dispuesta a cubrir con sus compras dicho costo de producción. Acá probablemente entraríamos en una de las bizantinas discusiones del destino final del dinero en la producción, donde algunas personas asegurarían que hay una forma de “beneficiar” al trabajador sin necesidad de aumentar el precio de los productos: reduciendo la ganancia del empresario, pues este malvado personaje hace más pobres a los trabajadores. Entonces, acá entra otro mito: que el capitalismo tiene dentro de sí las semillas de su propia destrucción porque hace más pobre a la gente, mito al cual Iván recurre cuando afirma que en ASOJOD olvidamos de mencionar el
“más actual y recalcitrante de los totalitarismos: el del mercado capitalista". Según este mito, propio de la atrofia cerebral más sorprendente de la actualidad, el empresario capitalista exprime a los trabajadores, les roba el valor de su fuerza de trabajo y les paga un salario de subsistencia, apenas para garantizar la reproducción de la fuerza proletaria. Quienes creen en este mito ignoran varias cosas: primero, el concepto de empresario. Creen que empresario es un grupo exclusivo que, siempre y en todo lugar, está aliado al poder político (o incluso detenta poder económico y político a la vez) para explotar a los más débiles. Pero en realidad, el empresario es una categoría funcional que no remite a sujetos con nombre y apellido o con un particular bagaje social, toda vez que esa función no es propiedad exclusiva de una clase o grupo; antes bien, empresario es todo individuo que actúa de manera especulativa, a la luz de la incertidumbre (resultado de la dispersión de la información). Se trata de individuos que observan el comportamiento del mercado y, a partir de la información que logran reunir, busca opciones donde obtener dinero mediante la compra o la venta de bienes y servicios al precio más conveniente para él. Nuevamente acá está involucrado el elemento de la satisfacción del interés personal, pues el empresario siempre tenderá a vender caro y comprar barato. Justamente el proceso selectivo del mercado, que no es otra cosa que el resultado de muchas decisiones individuales, asigna las específicas tareas de cada persona. Enriquece a unos y empobrece a otros pero tales resultados no son nunca definitivos, sino que están sujetos a cambios en la medida que el empresario sea lo suficientemente capaz de satisfacer las necesidades de los consumidores con todas las condiciones que esto conlleva. Por eso es que estas “ubicaciones” no instauran estamentos o clases pues el empresario puede ser todo aquel que confíe en su propia capacidad y se arriesgue a preveer mejor las condiciones del mercado para agradar a los consumidores. No obstante, como bien sabemos, hoy día es frecuente que la gente ataque a todos los que ganen más y, por eso, piden que se proteja a los más ineficientes en desmedro de los eficientes, es decir, que se castigue a los que mejor satisfacen a los consumidores. El único escenario en que el empresario se alía con el poder político para sacar provecho es en el intervencionismo del mercado por parte del Estado, intervencionismo que piden a gritos los creyentes en el mito. Por eso, cuando alguien dice que es necesario intervenir al mercado, lo que está diciendo es que hay que cambiar un proceso libre y democrático por uno totalitario.
El segundo error de estos idiotas mitológicos es pretender que el empresario se “roba” el dinero de los trabajadores al explotarlos. Esta teoría de la plusvalía, además de incurrir en un tremendo error por considerar al trabajo como la única fuente de valor, ya ha sido ampliamente refutada y demostrada como falsa, toda vez que el valor es subjetivo y que no sólo el trabajo añade valor, sino que en este proceso influyen factores como la inversión, el riesgo, la habilidad, capacidad, cantidad, calidad, etc. Deacuerdo con los fanáticos del mito, al empobrecerse, los trabajadores no podrán comprar productos y el sistema capitalista entonces entrará en una sobreproducción y posteriormente en crisis. Lo que esta gente olvida es que el dinero que el empresario “explota” no desaparece de la faz de la tierra ni es guardado por el capitalista bajo su colchón, sino que es usado comprando otros bienes y servicios (fomentando otros sectores de producción, lo cual emplea más personas) o invertido en más y mejores factores de producción. Y el tercer error tiene las consecuencias más nefastas que se puedan pensar: si se reduce la ganancia del empresario, sea porque se le obliga o porque él mismo, de manera altruista, decide hacerlo, entonces se perderá el incentivo para crear, innovar, producir, etc. Si ese incentivo se pierde, los demás empresarios verán más seguro permanecer con su dinero que invertirlo en un negocio, lo cual provocaría no sólo escasez de bienes y servicios sino también de fuentes de trabajo. Y los mismos trabajadores que eran defendidos se quedarían sin empleo, incapaces de alimentar a sus familias y satisfacer sus necesidades.
El “misticismo” de la mano invisible: Lamentamos muchísimo que Iván, el asiduo lector de
Economy for dumbs, realice críticas tan absurdas e hilarantes sobre la obra de Adam Smith. Pero no está sólo: junto a él hay miles de bufones que atacan cosas sin ni siquiera conocer los postulados más básicos de su “enemigo intelectual”. La noción de mano invisible es, si se quiere, una noción rudimentaria pero efectiva que explica el proceso económico. Más tarde fue desarrollada por Hayek con el concepto de orden espontáneo, pero en todo caso, ambos conceptos son totalmente compatibles con la noción de cooperación social.
Smith explica en qué consiste la idea de la mano invisible cuando afirma que:
“en la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera el sólo persigue su propia seguridad, y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo.”( Smith, Adam. La Riqueza de las Naciones. En: Lazzari,Gustavo. Héroes de la Libertad. Argentina: Fundación Atlas, 2006).Nótese que el mismo Smith comete fallos que luego serán corregidos como la apelación a a “actividad nacional o extranjera”, pues como el mismo Mises demostró, los individuos, al actuar y proceder como productores y consumidores, rara vez diferencian entre mercado interior o exterior excepto cuando toman en cuenta los costes de transporte en su contabilidad. Puede, en efecto, que el consumidor considere conveniente comprar un pagar más por un producto nacional, pero lo más frecuente es que la mayoría de consumidores busquen la opción más económica, desentendiéndose de la procedencia y circunstancias que influyeron en el producto. Pero a pesar de ello, lo que Adam Smith llamará mano invisible no es, de ningún modo, una alusión divina. Mises explica que
“suele hablarse, en sentido metafórico, de las fuerzas automáticas y anónimas que mueven el ‘mecanismo’ del mercado. Al emplear tales metáforas, la gente olvida con frecuencia que los únicos factores que orientan al mercado son las acciones deliberadas de los individuos. No hay automatismo alguno; sólo existen personas que, consciente y deliberadamente, se proponen alcanzar objetivos específicos y determinados. Ninguna fuerza misteriosa tiene cabida en la economía de mercado, donde tan sólo pesa el deseo humano de suprimir el malestar en el mayor grado posible”. (Mises, Ludvig. La Acción Humana: Tratado de Economía. España: Unión Editorial, 6ª Edición, 2001. P. 381). Pero Iván cree que detrás de esto hay magia. ¿Qué más humano que el ser humano mismo actuando? ¿Qué más concreto que cada uno de los seres humanos tomando decisiones, valorando bienes y servicios, produciéndolos y consumiéndolos? ¿Qué más real que personas buscando satisfacer sus necesidades, lo cual implica, por obviedad, actuar en respuesta a intereses propios? El mismo Smith materializa esta humana realidad con su célebre frase de
“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés.” Si este ejemplo no le resulta claro Iván le recomendamos que le de una mirada a su vida y se dará cuenta de todo lo que depende de la “mano invisible”. Por ejemplo, la aerolínea que lo llevó a Alemania no lo hizo porque tenían fe en que Iván Villalobos fuera el Hegel del siglo XXI; sino por el interés de ganar dinero. El conductor del taxi, bus o metro que lo transportan en aquel país no lo hace porque el Espíritu Santo le encomendó la misión de transportar a Iván, sino porque desea ganar dinero vendiéndole sus servicios a la empresa de transporte. Sólo un verdadero inepto, un embustero intelectual, podría negar que la gente entre en transacciones por satisfacer su interés, su preferencia y sus necesidades, siempre en beneficio propio, pues aún cuando se actúe para ver felices a los niños pobres o para cumplir con los Mandamientos, se está haciendo esto porque el resultado le provocará algún beneficio: la satisfacción de ayudar a otros u obtener el boleto al paraíso. En la Rebelión de Atlas, el gran industrial Hank Rearden muestra cómo funciona la mano invisble, en el alegato de defensa de su juicio:
“Sólo trabajo para mi propio beneficio, que obtengo vendiendo un producto a quiénes están dispuesto a pagarlo. Ni lo produzco para su beneficio a expensas del mío, ni ellos lo compran en beneficio mío a expensas del suyo. No sacrifico mis intereses a ellos ni ellos sacrifican los suyos a mí; tratamos de igual a igual por consentimiento mutuo y en beneficio mutuo”. (Rand, Ayn. La Rebelión de Atlas. España: Editorial Luis de Caralt, 1961. P. 502) Hayek: competencia y equilibrioExplica Iván:
“resumiendo: los austriacos y su hinchada dicen apartarse y superar el modelo neoclásico de la “competencia perfecta”, dada la imposibilidad de determinar mediante modelos estadísticos cuantitativamente dicho equilibrio, pero, afirman que, aunque cuantitativamente no sea determinable, “cualitativamente”, en el sentido de las condiciones propicias para que se dé (carácter hipotético), “existen buenas razones para creer en ello”. Resumiendo, del reconocimiento de la imposibilidad de determinar el equilibrio estadísticamente, Hayek no renuncia al modelo de la “mano invisible”, sino que, por un juego verbal y falacioso, lo afirma aún más radicalmente, puesto que “tenemos razones para creen en ello”. El gran problema de Iván es su estrechez conceptual de todo tipo, ya que equipara en forma indistinta los conceptos de competencia perfecta, equilibrio, mano invisible y cree que la escuela neoclásica y la austriaca tienen los mismos postulados o que difieren, si es que lo hacen, en grado y no en naturaleza. Vamos explicando por partes: en cuanto a la competencia perfecta, se dice que este es un modelo económico que describe en forma hipotética un mercado en donde ningún productor o consumidor tendrán poder suficiente para influir los precios. Pero resulta que la noción de competencia perfecta es, como lo hemos explicado en muchas ocasiones, un postulado neoclásico. Los austriacos, en ningún momento, asumen que el mercado camina en forma inevitable a este modelo, sino que hasta admiten la posibilidad de que, lamentablemente, se de un mercado en donde exista un solo productor o un mercado de carteles, siendo estas situaciones total y absolutamente incompatibles con el modelo de competencia perfecta que según Iván los austriacos “integran”.
Iván es incapaz de entender que el modelo de competencia perfecta asume información perfecta y completa, premisa que nunca fue ni integrada ni superada, sino rechazada por los austriacos (por eso recomendamos a Iván leer los textos que le citamos). En cuanto a la información en el mercado, Hayek comenta:
“Respecto de esto cada individuo está en posición ventajosa con relación a todos los demás, porque él posee información de la que se puede hacer uso benéfico sólo si las decisiones que dependen de ella se le dejan a él o son hechas con su cooperación activa”. (Hayek, Friedrich. El Uso del Conocimiento en la Sociedad. Disponible en http://www.mises.org). En ese sentido, Hayek reconoce el hecho de que cada individuo maneja información distinta en el mercado y que intenta tomar las mejores decisiones en virtud de esta, lo cual hace inoperante el modelo de competencia perfecta. ¿Acaso comprenderá Iván que esto significa que no lo incorpora, integra ni supera en el sentido dialéctico?
En cuanto al equilibrio veamos que dicen los propios autores de la escuela (ojo, los mismos autores, no lo que nosotros creemos que dicen). Primero es Kirzner el que aclara:
“ Una característica relevante del enfoque austriaco a la teoría económica es su énfasis en el mercado como un proceso, en vez verlo como una configuración de precios, cualidades y cantidades que son consistentes las unas con las otras en producir una situación de equilibrio de mercado. Esta característica de la economía austriaca se encuentra fuertemente ligada a su disatisfacción con la noción generalmente usada de competencia perfecta. (…) Para desarrollar una teoría viable del proceso de mercado es necesario llamar la atención en el rol que juega el emprendedor, rol que suele ser dejado de lado. (…) Los verdaderos problemas económicos en cualquier sociedad surgen a partir del fenómeno de la oportunidades no percibidas. La manera en que una sociedad de mercado se enfrenta a este fenómeno no puede entenderse exclusivamente dentro de una teoría del equilibrio del mercado.” (Kirzner, Israel. Equilibrium versus Market Process. Disponible en http://www.mises.org)Luego, es Huerta de Soto quien explica:
“Mises da un gran impulso a la teoría austriaca de los procesos dinámicos. En efecto, para Mises ningún sentido tiene la construcción matemática de una Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio y en el que toda la información relevante para construir las correspondientes funciones de oferta y demanda se considera «dada».
El problema económico fundamental para Mises es otro bien distinto: estudiar el proceso dinámico de coordinación social en el que los diferentes individuos empresarialmente generan de manera continua nueva información (que jamás está «dada») al buscar los fines y los medios que consideran relevantes, estableciendo con ello, sin darse cuenta, un proceso espontáneo de coordinación. (…) El objeto, de acuerdo con Hayek, de la economía consiste en estudiar este proceso dinámico de descubrimiento y transmisión de la información que es impulsado continuamente por la función empresarial y que tiende a ajustar y coordinar los planes individuales, haciendo con ello posible la vida en sociedad. Este y no otro es el problema económico esencial, de manera que Hayek es especialmente crítico del estudio del equilibrio que, en su opinión, carece de interés científico, pues en él se parte de suponer que toda la información está dada, y que por tanto el problema económico fundamental ya ha sido previamente resuelto”. (Huerta de Soto, Jesús. Estudios de Economía Política. España: Unión Editorial España, 2004. P 34-50)Respecto a esto que se conoce como proceso de mercado dinámico es importante señalar lo siguiente:
“El proceso de mercado es la manifestación externa de un flujo incesante de conocimientos. Esta idea es fundamental para la economía austríaca. El patrón de conocimiento está continuamente cambiando en la sociedad, lo cual resulta en un proceso difícil de describir. El conocimiento desafía todos los intentos de tratarlo como un "dato" o un objeto identificable en el tiempo y el espacio.” (…)El flujo de conocimientos produce siempre nuevas situaciones de desequilibrio, y los emprendedores logran encontrar nuevas diferencias de precio-costo para explotar. Cuando una de ellas es eliminada por la competencia extenuante, el flujo de conocimientos lanza otra diferencia para explotar. El beneficio permanente de ingresos es una de las fuentes que provoca este cambio permanente de recursos.” Lachmann, Ludwig. On the Concept of austrian economics: Market Process. Disponible en http://www.mises.org)Tanto que habla Iván de equilibrio que nos pareció buena idea introducirle a su virginal mente lo que creemos sería el primer gráfico de equilibrio que ha visto en su vida, para ver si acaso así deja de torcer lo que dicen los austriacos con su autodenominada “lectura crítica”.

Esta situación de equilibrio se produce cuando tanto la oferta como la demanda se encuentran balanceadas, pero como ya hemos visto, el mercado es un proceso dinámico, y cambiante debido a que, precisamente, quienes actúan en él son personas cuyos gustos y necesidades cambian constantemente, lo cual hace imposible la consecución del tan cacareado equilibrio de Iván. Cuando Hayek habla de que el mercado tiende al equilibrio lo que quiere decir es que el mercado busca alcanzar dicho equilibrio, toda vez que la oferta sigue a la demanda, pero el equilibrio no es definitivo, sino que se logra en transacciones específicas y es válido tan sólo para ellas. En ese sentido, es la tarea del empresario encontrar la manera de satisfacer la demanda, pero como nunca logra alcanzar un estado definitivo, deberá estar constantemente innovando, mejorando, creando, etc. Esas son las razones que arguye Hayek que existen razones para suponer el equilibrio, pero el mismo será en un momento dado, nunca un equilibrio definitivo. El intervencionismo es el que entorpece el equilibrio parcial al que pueden llegar compradores y vendedores cuando fijan precios y cantidades sobre las cuales tranzan y lamentablemente nunca hemos experimentado en la historia de la humanidad algún episodio de cero intervención, de lo cual se desprende que hasta el momento no hemos sido del todo libres para tranzar en el mercado. Y no se trata de sabidurías milenarias, como dice Iván, sino de un proceso de concertación de intereses que será diferente en todo momento y lugar, inclusive cuando se trate de los mismos individuos. Por eso no se debe presuponer el equilibrio, ni se debe afirmar como una petición de principio: basta con ver la realidad y notar que el mismo Iván, cuando consiente hacerse de una cantidad Q por un precio X y el vendedor acepta recibir el precio X por la cantidad Q que ofrece, se está en presencia de un equilibrio de mercado. Una vez más, ese equilibrio no es definitivo, sino que al día, mes o año siguiente, el mismo Iván consentiría adquirir una cantidad Q+1 por un precio X+5. Ahí no hay misticismo, fe ni cosas sobrenaturales, sino que se trata de algo tan humano y tan real como un acuerdo tomado entre individuos que actúan.
Iván cree haber descubierto la circularidad en Hayek, pero a lo que llegó fue a un descubrimiento que ya había sido realizado mucho tiempo antes: la función del empresario. Dicha función consiste en la búsqueda de la satisfacción de las necesidades de consumo. En este tanto, la oferta siempre persigue a la demanda y es por ello y sólo ello que el mercado tiende a equilibrios pero nunca llega a uno total. Mises explica que
“ningún empresario puede invertir dinero en un proyecto que no ofrece perspectivas de lucro. Es precisamente este hecho el que hace soberanos a los consumidores y el que obliga al empresario a producir lo que los consumidores exigen perentoriamente” (Mises, Ludwig. Burocracia. España: Unión Editorial. P. 42-43)
Nazismo:Iván dice que nos equivocamos al afirmar que el Nazismo surge como una reacción contra la democracia liberal. Pues bien, le recomendamos a nuestro querido filósofo que aproveche su estadía en Alemania para darse una vuelta a algún museo de la Segunda Guerra Mundial, experiencia que estamos seguros le permitirá aprender algo nuevo. Basta con examinar las acciones del nazismo en su estadía en el poder para darse cuenta verdaderamente quien era su enemigo más latente. El nazismo acabó con la separación de poderes, acabó con el estado de derecho, concentró el poder en la figura del Führer, acabó con la igualdad ante la ley creando dos tipos de ciudadanos: los que eran y los que no, acabó con la economía de mercado dando paso aun dirigismo estatal, sometió al individuo a la colectividad, destruyo la esfera de acción privada de los individuos, así que por todo ello no es posible imaginar dos sistemas políticos más chocantes y disonantes como lo son el nazismo y la democracia liberal. Pero mejor que sea el mismo Hitler quien lo diga.
“(…) Como una mujer que prefiere someterse al hombre fuerte antes que dominar al débil, así las masas aman más al que manda que al que ruega, y en su fuero íntimo se sienten mucho más satisfechas por una doctrina que no tolere rivales que por la concepción de la libertad propia del régimen liberal.”(Hitler, Adolf. Mi Lucha. En: García Hamilton, José Ignacio. El autoritarismo y la improductividad. Argentina: Editorial Sudamericana, 2004. P. 217) “Espíritu y voluntad de sacrificio del individuo en pro de la colectividad.”(Hitler, Adolf. Mi lucha. Disponible en http://www.planetalibro.com.ar. P. 45) “El criterio fundamental del cual emana este modo de obrar lo denominan –por oposición al egoísmo- idealismo. Bajo este concepto entendemos únicamente el espíritu de sacrificio del individuo a favor de la colectividad, a favor de sus semejantes”. (Ibíd. P. 85)Si esto no es un ejemplo de que el nazismo fue declarado enemigo de la democracia liberal, entonces el mundo está de cabeza.
Para ir finalizando queremos destacar una paradoja más en Iván: nos “corrige” las citas de Popper y nos acusa de desconocer el significado que dicho autor otorga al historicismo. Pero lo curioso es que une una cita que hicimos de Popper que tenía que ver con ingeniería social con una frase burlesca refiriéndonos a la no finalidad del mercado frente a la sí existente en el historicismo marxista. Lo mejor de todo es que entre una y otra referencia hay cerca de 2.500 palabras. Vale destacar que ambas referencias ni siquiera versan sobre el mismo tema. Y eso es lo que Iván llama lectura crítica. Antes de leer inter textos es necesario leer el texto. Si no, se comenten las grandes atrocidades intelectuales dignas de Iván.
Esto es todo en cuanto a nuestra participación frente a las embestidas del filósofo consagrado economista. No dedicaremos más tiempo ni a leer su blog ni a responder sus escritos, pues ya hemos sido lo bastante claros en cuanto a la defensa de lo que pensamos. Lo que de ahí prosiga no es otra cosa que terquedad, dogmatismo e incapacidad de Iván para aceptar sus errores.
Alejandro Barrantes y Manuel Echeverría
Fundadores de ASOJOD