sábado, 31 de octubre de 2009

Un premio para la economía práctica


El Premio Nóbel de Economía entregado hace un par de semanas a Elinor Ostrom y Oliver Williamson me pareció a primera vista una buena elección. Ahora pienso que fue una excelente decisión. La razón es que la corriente económica predominante se ha vuelto extremadamente matemática y cada vez más aislada de la realidad. Muchos economistas se sientan en sus oficinas y derivan pruebas. Pocos salen y hacen el tedioso trabajo de examinar las estructuras institucionales que construyen los seres humanos para resolver sus problemas de la vida real. Entre estos pocos, están Ostrom y Williamson.

Las investigaciones de ambos dependen de valiosa información fuera del campo de la economía. Ostrom deriva mucho de ésta a partir de estudios de caso sobre recursos de propiedad comunal, y Williamson de historiadores de negocios tales como el difunto Alfred Chandler. Algunos han resumido sus investigaciones afirmando que las instituciones alternativas al libre mercado funcionan muchas veces bien. Pero esa aseveración puede llevar a la conclusión errónea de que las soluciones gubernamentales son la respuesta. Los mercados libres son solo un subconjunto de las instituciones libres.

Una mejor manera de resumir su trabajo es señalando que lo que Ostrom y Williamson realmente demuestran es que las asociaciones voluntarias funcionan.

Veamos el trabajo de Williamson. Partiendo de las investigaciones de Ronald Coase, Premio Nóbel de Economía de 1991, acerca de porqué existen las empresas, Williamson mostró que estas instituciones voluntarias existen para resolver problemas que son difíciles de solucionar mediante transacciones de mercado impersonales.

Tenemos, por ejemplo, una mina de carbón que depende de una línea de tren para despachar su producción. Antes de que el dueño de la mina logre desarrollarla, quiere estar seguro de que el propietario de la línea de tren no cobrará un precio de monopolio. Antes de que el potencial dueño del tren construya los rieles, él quiere estar seguro de que el dueño de la mina, su único cliente, no tratará de aprovecharse de él pagando un precio por debajo de la cantidad que lo compensaría por su alto costo fijo. La solución: integrar verticalmente. Que el dueño del tren también sea el dueño de la mina y así soluciona el problema.

Antes del trabajo de Williamson, muchos juristas y economistas habían visto a la integración vertical como una manera de adquirir poder de mercado. Este argumento tenía poco sentido, como lo indicaran los académicos especializados en antimonopolio Robert Bork y el difunto Ward Bowman, ya que es difícil multiplicar el poder de mercado utilizando la integración vertical. Como señaló el comité del Nóbel, el trabajo de Williamson derivó en menos preocupación acerca de que la integración vertical aumente el poder de mercado y esto ha causado que jueces y reguladores antimonopolio sean menos hostiles a la integración vertical.

Aunque el comité del Nóbel no resaltó el artículo clásico de 1968 de Williamson, “Economías como defensa antimonopólica”, yo lo haré. En él, Williamson demostró que las fusiones horizontales de empresas en la misma industria—inclusive aquellas que aumentan el poder de mercado y en las que esta situación resulta en un precio más alto—pueden generar eficiencia. La razón radica en que si las fusiones reducen los costos, la reducción de éstos puede crear más ganancias para la economía que las pérdidas incurridas por los consumidores por su precio más alto.

¿Y qué hay del trabajo de Ostrom? Muchos economistas conocen el clásico artículo del difunto Garrett Hardin, “La tragedia de los comunes”. Su idea era que cuando nadie es dueño de un recurso, es sobre-explotado ya que nadie puede controlar su uso y cada persona tiene el incentivo de consumirlo antes que otros. Esta idea nos ha ayudado a comprender bastante el comportamiento humano y ha llevado a que muchas personas clamen porque el recurso sea propiedad privada o controlado por el Estado.

No tan rápido, dijo Ostrom. Examinando docenas de estudios de caso, ella encontró ejemplos de propiedad comunal que funcionaban—esto es, que no derivaron en los resultados trágicos previstos por Hardin—así como otros que no funcionaron. ¿Había diferencias sistémicas? Sí, e interesantemente los que funcionaban tenían una especie de sistema de derechos de propiedad, solamente que no era el de propiedad privada.

Basándose en sus investigaciones, Ostrom propuso varias reglas para administrar recursos comunales, las cuales, el comité del Nóbel ha resaltado. Entre ellas están reglas que claramente deberían definir quién obtiene qué, métodos efectivos para resolver conflictos, la obligación de que la manutención del recurso debería ser proporcional a los beneficios que las personas derivan de su uso, que el monitoreo y castigo sea realizado por otros usuarios o por alguien que está sujeto a una rendición de cuentas para con éstos, y que los usuarios se les permita participar en el diseño y la modificación de las reglas. Nótese la ausencia de soluciones gubernamentales impuestas desde arriba. En su trabajo acerca de economía del desarrollo, Ostrom concluye que las soluciones impuestas desde arriba hacia abajo no ayudan a los países pobres. ¿Estás escuchando, Banco Mundial?

En un artículo escrito con Harini Nagendra, Ostrom escribió: “Concluimos que las fórmulas sencillas acerca de la propiedad formal, particularmente aquella basada enteramente en la propiedad pública [estatal] de las tierras forestales, no resolverá el problema del uso del recurso”. Garth Owen-Smith, quién ayudó a resolver el problema de la propiedad común de los elefantes en Namibia al asegurar a los habitantes locales beneficios financieros compartidos del turismo y de la caza de trofeos, se basó en gran medida en el trabajo de Ostrom. Si los locales se benefician teniendo una población de elefantes, es mucho menos probable que los maten y mucho más probable que prevengan que otros lo hagan.

David Henderson

viernes, 30 de octubre de 2009

Viernes de recomendación


Para este Viernes de recomendación, en ASOJOD queremos compartir un nuevo espacio llamado Catalaxia, donde se pretende analizar la realidad nacional e internacional desde una óptica liberal, con un enfoque fresco y novedoso, con mensajes cortos pero muy profundos, con ánimos de transmitir las ideas de la libertad. Felicitaciones a los creadores por tan excelente iniaciativa.

jueves, 29 de octubre de 2009

ECONOMÍA: El lado oscuro de la crisis económica global


La crisis va llegando a su fin. Eso, al menos, es lo que se desprende de los últimos pronósticos de crecimiento realizados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y de cuanta declaración a los medios brinda uno y otro funcionario, de uno y otro país, en una y otra cita cumbre. Pero, ¿por qué creerles a quienes la negaron cuando aquélla aún no se manifestaba, la minimizaron cuando estalló, y la ahogaron en un océano de liquidez monetaria y gasto fiscal cuando amenazaba ya con tumbarse a economías regionales enteras?

En darle pronta “solución” a esta crisis el mundo ya ha gastado todo lo que gastó en las dos grandes guerras, el New Deal y el Plan Marshall juntos, descontando el factor inflación. Solucionar un problema y posponerlo, sin embargo, son dos cosas distintas. Quien soluciona algo resuelve aquello que impide que se ejecute la acción; quien pospone, empero, pasa para mañana lo que no quiere hacer hoy. Y qué mejor ejemplo de lo que pareja observación implica que darle un vistazo aéreo al sector inmobiliario estadounidense, epicentro del terremoto financiero del 2007. El mercado de valores respaldados por hipotecas —títulos de deuda que permiten que la banca comercial libere recursos y así pueda seguir otorgando préstamos hipotecarios—, en lo que va del año, ha simplemente desaparecido, lo que ha llevado a que la Reserva Federal, el banco central, se vea obligado a crear dinero del aire con el cual comprar el 100% de esta emisión, unos $700 mil millones. No se puede hablar de solución a una crisis mientras en una economía de “mercado” desaparecen los mercados.

El estado de salud de la economía global no sólo no mejora sino que se agrava. En los últimos meses son más y más aquellos países en los que el PBI presenta una divergencia entre el real y el nominal, de tal manera que mientras el primero aumenta, el segundo se desploma, y esto, desde 1971, el fin del sistema monetario de Bretton Woods, es inusual. Un PBI real que crece indica un mayor volumen de producción, y uno nominal que cae, una menor facturación corporativa, es decir, se produce más, pero se vende a cada vez menores precios, lo que lleva a que las utilidades corporativas disminuyan, y, por lo tanto, a que la recaudación tributaria caiga, en países tan distintos como Perú, Chinay EE.UU. A lo dicho en relación a esta inusual y dañina divergencia, súmenle la contracción crediticia y monetaria (M3) que ha empezado a darse en ambos lados del Atlántico, en Europa y en EE.UU., y que habla de saturación sistémica de deuda y de imposibilidad por parte de las autoridades monetarias de reinflar la economía (léase burbuja) global.

Pero China, creen desinformadamente algunos analistas, va en rescate de la economía global. Ignoran que, con todo el potencial de crecimiento que este gran país tiene, por el momento, y según pautas del Consejo Estatal, lejos de aumentar su producción va a verse forzada a reducirla en ocho sectores industriales claves, que años atrás ya presentaban serios problemas de exceso de capacidad instalada —excesos que requieren una pronta “solución” que no puede seguir siendo postergada (aceros, cemento, aluminio y construcción naviera, entre otros).

En el largo plazo, el crecimiento económico acumulativo de la humanidad, no cabe duda alguna, es impresionante. Vaya este único ejemplo: la esperanza de vida de un español del Siglo de Oro (1500-1700) era apenas unos treinta años, pero hoy, y gracias a una mejor alimentación (resultado de una mayor producción) y una buena salud (resultado de innovaciones tecnológicas y descubrimientos en el campo científico), sus descendientes pueden aspirar a vivir ochenta años y más. Las distorsiones y señales falsas que produce la intervención estatal en la economía derivan en que la actividad económica se reduzca considerablemente ¡Ha surgido la crisis! Y dedos acusadores señalan unas veces al inversionista, otras al empresario, como los grandes responsables.

Estos son momentos en los que se olvida que nuestra historia, la de la humanidad, a partir del siglo XIX, es una historia de éxito, de progreso, de avance en todo campo de la acción humana. Una historia en la que, en lo político, la democracia liberal le reserva un papel fundamental al Estado: proteger, garantizar los derechos individuales, en especial, los derechos de propiedad. Sólo y recién entonces, en lo económico, y con esta motivación de por medio, esos dos grandes motores del desarrollo, el inventor y el productor, entran en acción, inventando y produciendo más allá de sus necesidades inmediatas.

Charles Philbrook

Falacias del liberalismo: EL LIBERALISMO DESCANSA EN LA LEY DE LA SELVA.


La expresión “ley de la selva” aplicada a la posición liberal se usa básicamente para dar a entender que en dicho orden político cada persona está por sí misma, sin tomar en cuenta a las demás, en donde todo se vale, primando la supervivencia del más fuerte. La falla atribuida al liberalismo es que asume que la persona tiene como único interés el propio y que no toma en cuenta a intereses distintos de éste, actuando así en consonancia.

El liberalismo como sistema político está reglado por el principio de legalidad, que esencialmente garantiza la libertad de cada individuo frente a la coerción. Esto es, asigna al Estado la función de protegerlo del abuso que otros puedan pretender imponer sobre su persona. Se supone que en una “ley de la selva” el más fuerte sería quien se impusiera –como “animalitos”- mientras que en una sociedad liberal el principio de la igualdad ante la ley de las personas garantiza la igualdad de los derechos de cada individuo. Esto implica someter con la fuerza de la ley ejecutada por el Estado a quien pretenda despojar a otros de de su libertad innata. “El más fuerte” sería así restringido cuando intente ir más allá de los límites fijados a su propia libertad, esencialmente que se le impida traspasar los dominios de libertad de otras personas en sociedad.

En el sistema liberal el monopolio de la fuerza en manos del Estado garantiza que los individuos sean iguales ante la ley. Garantiza la libertad de los individuos ante quien amenace despojarles de ella. En la concepción liberal el Estado es también limitado, a diferencia de lo que caracteriza a órdenes políticos totalitarios. Aquí resulta crucial la existencia de una Constitución que de alguna manera reconozca los derechos primarios innatos a las personas; esto es, su libertad, ante el poder del Estado. Es necesario que el Estado tenga un lugar propio limitado por el principio de legalidad, de manera que se proteja a las personas del abuso que ese Estado puede cometer contra ellas.

Entre las instituciones básicas que se ha ido diseñando a través del tiempo para limitar dicho poder del Estado se encuentran no sólo aquellas propias del orden político, tales como división de poderes, frenos y contrapesos entre distintos poderes públicos, la existencia de un parlamento, sino crucialmente el derecho a la propiedad que poseen las personas. Como dice Hayek, “La ley, la libertad y la propiedad son una trinidad inseparable. No puede haber ley en el sentido de reglas universales de conducta que no determine límites a los dominios de la libertad al fijar reglas que permiten a cada cual estar seguro de adónde es libre de actuar.” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 1: Rules and order, Chicago: The University of Chicago Press, 1973, p. 107). De aquí se deriva aquella idea fundamental de que los individuos son libres de actuar en todo aquello que la ley no prohíba, en tanto que el Estado sólo puede actuar en aquello que la ley le permite hacerlo.

En la anarquía –ausencia de Estado- regiría la ley del más fuerte en el sentido de que no habría ley que limitara tal posibilidad (excepto algunos teóricos que señalan que la ley, mediante la costumbre, surgiría espontáneamente, limitando el accionar de los individuos). No voy a referirme al tema de las utopías como tampoco al hecho de que es imposible, en un orden que cambia permanentemente como el liberal, definir para siempre los derechos de propiedad, lo cual requiere de un Estado que evite conflictos sobre derechos de propiedad que los defina. Me parece que este es un papel que el Estado debe desempeñar en un orden político liberal.

Por lo expuesto, se puede rechazar la aseveración inicial de que el orden liberal se apoya en la llamada “ley de la selva”, sino todo lo contrario dado que, si bien limita el papel del Estado a un mínimo necesario para garantizar la libertad de los individuos, el interés propio se ve limitado por el derecho que por ley poseen las demás personas.

Una consideración final acerca de la idea de que la falla del liberalismo radica en que en dicho orden político la persona tiene como único fin el interés propio sin tomar en cuenta otros intereses diferentes a éste. A esto es lo que en ciertos sectores se le ha llamado el carácter egoísta del liberalismo. Otras versiones destacan que el liberalismo se fundamenta en la avaricia o en el consumo sin freno. Pero hay un error en adscribirle exclusividad en cuanto a defectos humanos, que son propios de cualquier orden político. Por ello me parece muy afortunada la advertencia que formula Schwartz, al indicar que “todos esos vicios connaturales a los seres humanos (avaricia, egoísmo, prepotencia ante el consumo) aparecen en la sociedad libre más a las claras que en las pacatas (tímidas, tranquilas o pacíficas) sociedades cerradas de la Edad de Oro ‘dichosa’, como decía Don Quijote, ‘porque entonces los que en ella vivían ignoraban dos palabras de tuyo y mío.’” (Pedro Schwartz, “Los límites de la razón y la ética del liberalismo,” en Nuevos Ensayos Liberales, Madrid: Espasa Hoy, 1999, p. 223. Los paréntesis son míos.).

No sólo las sociedades abiertas son precisamente más abiertas en cuanto a que permiten reflejar las debilidades individuales, pero no significa ello que tales debilidades están ausentes en otros órdenes políticos, los cuales, al posiblemente no ser tan abiertos como el orden liberal, lo que hacen es ocultar tales condiciones. En todo caso, el error radica en confundir el término egoísmo con lo que podría denominarse amor propio, que cuando se degenera es que se convierte en egoísmo. Por ello es que Adam Smith en la Teoría de los Sentimientos Morales nos dice que “También interesarse en nuestra propia felicidad e interés en muchas ocasiones aparecen ser principios de acción muy plausibles. Los hábitos de la economía, la industria, la discreción, la atención y la aplicación del pensamiento, se suponen que generalmente son cultivados a partir de motivaciones en el interés propio y al mismo tiempo son entendidos como calidades muy valiosas que merecen la estima y aprobación de todos.” (Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments, Indianapolis: Liberty Classics, 1969, p. 481.).

La libertad, que es la base del orden liberal, para proseguir los intereses propios es tan importante para el individuo egoísta como al mayor de los altruistas, quienes así pueden actuar en el logro de sus propias escalas de valores. Lo normal en la conducta de las personas es incorporar los intereses propios en su toma de decisiones, pero también los de sus familias, amigos, vecinos y asociados; esto es, como dice Hayek, “Uno de los derechos y deberes fundamentales del hombre libre es decidir qué necesidades y qué necesitados se les antojan más importantes” y señala que “parte esencial de la libertad y de las concepciones morales de una sociedad libre es la elección de nuestros asociados y, generalmente, de aquellos cuyas necesidades hacemos nuestras.” (Friedrich A. Hayek, Los Fundamentos de la Libertad, Madrid: Unión Editorial, 1975, p. 94).

Carlos Federico Smith

miércoles, 28 de octubre de 2009

Renuncia tardía


Así calificó el diputado Quirós la renuncia de la ministra de Obras Públicas y Transportes, presentada tres días después de que colapsó el puente que unía Orotina y Turrubares, cobrando varias vidas humanas.

Subraya el diputado que la ahora ex ministra tenía “una enorme cantidad de errores políticos”.

Es un hecho que alguien tiene que asumir la responsabilidad y, políticamente, esta toma la forma de renuncia. En un gobierno parlamentario quizás habría caído el gabinete entero. El asunto es sumamente serio y es una de las dimensiones que quienes incursionan en el ámbito político generalmente no meditan: asumir responsabilidades y obligaciones.

El MOPT es un ministerio inmenso, una administración crecida y desordenada. Hace algunos años se le hizo una auditoría cuyo costo se arrimaba a los mil millones de colones. Se le han hecho reformas administrativas para enfrentar un objeto administrativo enorme y asimétrico: Conavi, Consejo Nacional de Concesiones, impuesto sobre los combustibles para infraestructura vial, Concesión de obra pública y demás especias. Aún así, la cosa no avanza.

Más bien se ha hecho un gran enredo (empleados pasan a consultores para ganar más y en dólares y la administración “corriente” queda como vacía) pero el déficit administrativo aumenta. ¡No ha sido posible que la administración entregue un ejemplar válido del contrato con Riteve! No hay modo de entender lo que pasa con los aeropuertos. Se le ha dado un trato especial al concesionario de la obra San José-Caldera y más bien se suspendió arbitrariamente a la entidad supervisora. Se insistió en una reforma a la ley de tránsito pero apareció llena de errores y la ministra propuso suspender la ley mediante un decreto (siendo abogada). El caso de la platina resultó de antología. Por eso se califica de tardía la renuncia.

Muy lamentable y triste el suceso del puente Orotina-Turrubares, pero un ejemplo de cómo funcionan algunas administraciones públicas costarricenses. Por un lado toda la pompa, los motores y la fórmula uno, el palacio (leyes y publicidad) y los grandes contratos pero … por el otro, la abulia, la postración administrativa, la incapacidad de prevenir y arreglar, la falta de mantenimiento, la imposibilidad de cambiar un puente 7 años después de que ya están la piezas listas, el olvido de que se trata de vidas humanas. Toda la prepotencia en la frustrante e inconstitucional restricción vehicular y la ausencia de vigilancia y prevención en un humilde camino regional.

Los impuestos y el costo de la administración pública se pagan para que nos sirva, para que nos haga, para que nos permita; y no para que nos asuste, nos mande y nos reprima.

Federico Malavassi

Tortuguismo y demás bloqueos


En ASOJOD hemos apoyado la actividad del porteo por considerarla una actividad en donde los participantes realizan un intercambio libre y voluntario que no afecta los derechos de terceros. Hemos condenado la pretensión del Gobierno de eliminar esta figura y, en general, de intervenir en la decisión de individuos que, sin niguna coacción, entran en una transacción comercial.

Defendemos el emprendedurismo, la búsqueda de formas legales y morales para ganarse la vida, el trabajo honesto, el libre intercambio y la libre contratación de servicios. Pero, a pesar de nuestro apoyo al porteo, rechazamos con firmeza los actos de tortuiguismo y bloqueos que han ejecutado cientos de porteadores el día de hoy.

Así como nadie tiene derecho de violentar la libertad de intercambio existente en la relación entre el porteador y el cliente, tampoco alguien tiene derecho a limitar la libertad de tránsito y condenar a miles de ciudadanos a llegar tarde a sus destinos, a soportar presas interminables y, en fin, a perder el tiempo. Condenamos con fuerza este tipo de actos de presión, de chantaje y de coacción, sin importar que lo hagan los muelleros de JAPDEVA, los estudiantes de la UCR, los maestros, los taxistas, los porteadores o cualquier otro grupo.

martes, 27 de octubre de 2009

¡Huele raro!


Ayer por la tarde, Karla González presentó su renuncia como Ministra de Transportes y Obras Públicas, luego del accidente ocurrido la semana anterior y que produjo la muerte de 5 personas. Según González, los pasajeros del autobús cruzaron el puente "amparados a su derecho de creer que la principal responsabilidad y valor ético del Estado y la sociedad civil, es la de salvaguardar sus vidas. Tenían toda la razón de hacerlo y es una expectativa a la que como Estado nunca deberíamos fallar. Pero fallamos”.

Siguiendo las palabras de la ex-Ministra, habría que suponer que, bajo esa "responsabilidad y valor ético del Estado" le correspondía al Gobierno, y particularmente al MOPT y sus dependencias, todo lo relativo a la condición en que se encuentran los puentes. No obstante, según informaciones de Repretel, en 2006 se creó la Dirección de Puentes, órgano que ha recibido hasta la fecha, la friolera de ¢13.535 millones pero los 1.330 puentes del país -incluyendo el que se vino abajo- están en condiciones críticas. Sin embargo, según su Directora, esa oficina se creó “no para resolver la actividad del mantenimiento de los puentes, competencia del CONAVI y de las municipalidades, sino como un ente técnico del MOPT como rector para dar asesoría técnica en el tema específico de los puentes.” ¿Entonces qué hace con el presupuesto que recibe? No lo sabemos, pero lo cierto es que no lo utiliza para diseñar, construir, reparar o revisar la infraestructura correspondiente.

¿Será que, ante este desaguisado, González decidió renunciar? ¿Le habrá dado un "ataque" de ética y responsabilidad después de traspiés como los intentos por prohibir el porteo, la platina o el terrible estado de la infraestructura vial? ¿O será que la "renunciaron" para no afectar la campaña del continuismo de Laura Chinchilla? Sólo el tiempo nos dará la respuesta.

No importa cuál sea la respuesta, el problema no es responsabilidad únicamente de González ni de este Gobierno. Es un problema estructural que descansa en la enorme dispersión de fondos públicos, programas e instituciones, que termina por hacer que no se cuente con los recursos para hacer bien pocas tareas (seguridad e infraestructura) pero sí para pagar los caprichos de los sindicalistas de JAPDEVA, las consultorías del BCIE, la repitencia de los alumnos de Avancemos, la programación del SINART, los bailes de la Compañía Nacional de Danza, los instrumentos musicales de las escuelas, el subsidio a Nery Brenes para que corra, las condonaciones de deudas a agricultores ineficientes, el salario de miles de empleados públicos que van a sus oficinas sólo a calentar el asiento, el negocio con los Certificados de Ahorro Tributario (CAT), las comisiones de CCSS-Fischel e ICE-Alcatel, entre otros tantos ejemplos de la forma en que el dinero de los tax payers es desperdiciado.

Mientras ese entramado de burocracia, despilfarro, corrupción y perversidad exista, seguirán escaseando los fondos para reparar calles, caminos y puentes, así como para dotar de equipo y personal a la Fuerza Pública para que nos proteja de los delincuentes. Y, por supuesto, seguirán presentándose casos donde muera más gente, porque en su afán de hacerlo todo, el Estado costarricense termina haciendo nada.

lunes, 26 de octubre de 2009

Tema polémico: la tarjeta de crédito del Estado


Este Tema polémico queremos dedicarlo a criticar la última salida de los políticos de turno, especialmente, del oficialismo: el presupuesto extraordinario. El Poder Ejecutivo presentó, a inicios de septiembre, un proyecto de presupuesto para el 2010 de ¢4,5 billones, en el cual los ingresos corrientes (principalmente por impuestos) no cubren los gastos corrientes, sino que faltan ¢614.624 millones, suma que pretende cubrirse vía endeudamiento.

El artículo 6 de la Ley N° 8131 del 18 de setiembre de 2001, Ley de Administración Financiera y Presupuestos Públicos, establece que "para efectos de una adecuada gestión financiera, no podrán financiarse gastos corrientes con ingresos de capital", pero ni a los señores diputados del PLN ni al Poder Ejecutivo les importa tal disposición. Por el contrario, pretenden que los costarricenses nos endeudemos para pagar sus torpezas.

En reiteradas ocasiones, en ASOJOD hemos denunciado que el sistema tributario costarricense tiene innumerables fallas en términos de recaudación, tanto por la corrupción como por su complejidad misma, y el gasto es terriblemente desordenado e ineficiente. Día a día vemos en las noticias que el Gobierno despilfarró millones en patrullas inservibles, en consultorías dudodas, en programas ineficientes y perversos (como Avancemos), en subsidios inmorales y, en fin, en cuanta ocurrencia surja.

Con este panorama, no es de extrañarse que el Gobierno no tenga dinero. Lo que sí es de extrañar es que pretenda satisfacer sus ansias de "ogro filantrópico" como le llamaba Octavio Paz, con una "tarjeta de crédito" sin límite de suma. ¿Qué pasará cuando surjan más y más gastos? ¿Pedirá el Gobierno un "extrafinanciamiento"? Todos hemos visto a algunos individuos que, por su desorden financiero, piden y piden dinero prestado y cuando se dan cuenta, están ahogados en deudas. ¿Quiere el gobierno hacer lo mismo?

Pareciera que no iba a tener oportunidad de salirse con la suya, por la fuerte oposición que dicho presupuesto tenía en el Congreso. No obstante, hace pocos días, se aprobó el presupuesto extraordinario por la falta de quórum en la Asamblea Legislativa. Todo parece indicar que se trató de una jugarreta del oficialismo, que evitó la discusión (si es que un plan como estos tenía argumentos racionales) y prefirió hacer uso de un mecanismo como la falta del quórum para lograr la aprobación.

Gracias a la "trastada" del PLN, ahora los costarricenses tendremos que pagar los platos rotos y, además, con intereses. Y, para colmo, hay que hacerse de la vista gorda de esta violación a la Ley de Presupuesto. ¡Que nos cojan confesados!

sábado, 24 de octubre de 2009

¡Paternalismo!



El intervencionismo estatal desmesurado ha alcanzado un nuevo límite. Ahora resulta que papá Estado decide que tipo de bombillos son apropiados para tener en las casas. Es necesario que esta espiral regulativa se le ponga un alto, sino ya llegará el día en donde ya no quede libertad alguna.

viernes, 23 de octubre de 2009

Viernes de Recomendación


Este día les presentamos el ensayo: "La tradición del orden social espontáneo - Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith" del prfoesor Ezequiel Gallo." Dicho trabajo muestra como estos autores desarrollaron una explicación distinta a la formación de las instituciones sociales, las cuales no surguían a partir de una intención deliberada sino a la luz de un orden espontáneo.

jueves, 22 de octubre de 2009

ECONOMÍA: La crisis actual no es un fracaso del mercado


Introducción

Son muy diversos los ensayos y las opiniones en donde se señala que la actual crisis de la economía mundial constituye un fracaso del sistema de mercado libre. Por ello he querido analizar hasta qué grado hay razón en dichas afirmaciones y si, de la conclusión a que llego, deberé inferir en la necesidad de sustituir al actual sistema por una nueva versión en donde predomine el papel del Estado en la economía.

Thomas Sowell, al analizar el origen de la actual crisis económica debido a la caída del mercado de vivienda en los EE.UU., dijo que “el mercado no es nada más ni nada menos que mucha gente compitiendo la una con la otra, y efectuando transacciones voluntarias entre sí, en términos tales que sean mutuamente acordadas” (Thomas Sowell, The Housing Boom and Bust, New York: Basic Books, 2009, p. 113). Por lo tanto, como el mercado no es resultado de un diseño que pueda pretender crear un “mercado perfecto”, sino que es el corolario no previsto de la acción humana a través de los tiempos; esto es, de un proceso de descubrimiento en el curso de los años, es posible señalar que, como no es perfecto, es, por lo tanto, perfectible en cuanto a los resultados esperado en él: esencialmente una eficiente transmisión de la información vía precios. Esto es importante, pues incluso se ha aseverado que la actual recesión muestra el “fracaso del mercado” y de ahí casi que deducen que es necesario renovarlo o crear un nuevo orden capitalista o, según otros más francos, que se debería de regresar a sistemas claramente socialistas que sustituyan a un “fracasado” orden de mercado.

Por ejemplo, esta es, en el fondo, la consideración que le permite decir al columnista del periódico La Nación (Costa Rica), Fernando Araya, que “un buen día el capitalismo especulativo colapsó y sus postulados saltaron por los aires hechos polvo. Varios dirigentes anunciaron, entonces, la necesidad de refundar al capitalismo democrático y liberal, abandonar el discurso de la caverna [de quienes adoran al mercado] y evitar las alucinaciones del laberinto [de quienes adoran al Estado]”. Pero, buscando el justo medio, tan sólo por estar en la mitad y no en cuanto a si el orden social que implica es el que mejor permite a los hombres resolver su problema económico, concluyó este autor con una indefinida “lavadita de manos”, pues nunca propone cómo debiera ser la nueva organización social. Así, escribe que “En este punto nos encontramos: no obstante los pobladores del laberinto y de la caverna siguen atados a la prehistoria, continúan rechazando al dios Estado o al dios mercado, no se dan cuenta de que la sociedad es mucho más que los fetiches que ellos adoran, que la persona humana, por el solo hecho de serlo, trasciende infinitamente sus añejos cubículos mentales y que ambos extremos se levantan sobre una pila de cadáveres” (Fernando Araya, “Laberintos y cavernas”, La Nación, 17 de mayo del 2009).

La comparación última de los extremos que hace el Sr. Araya de que “ambos se levantan sobre una pila de cadáveres”, es, como menos, una injuria a la Historia. Ello equivale a decir que los órdenes liberales, que por lo general buscan refrenar y hasta minimizar en lo necesario el tamaño del Estado, han provocado tantas muertes como las causadas bajo los órdenes anti-mercado, como el fascismo y el socialismo: parece que para el autor no existieron ni Hitler ni Mussolini, ni Pol Pot ni tampoco Stalin ni hoy Kim Il Sung, cuyos gobiernos impulsaron órdenes económicos totalmente contrarios a las ideas liberales y que se caracterizan por haber causado una generalización de la pobreza. Por ello, aunque el “pensamiento deseoso” de algunos es la pretensión de crear paraísos en la tierra, el ser humano se ve obligado a escoger entre el capitalismo y el socialismo (que incluye a su primo político, el fascismo).

Por ello, ante quienes enfatizan la necesidad de “perfeccionar” el sistema de mercado, lo conveniente es tener presente lo que señala Pedro Schwartz como rasgo fundamental del liberalismo clásico, sobre dos hechos que señalan limitaciones al ser humano: “en esta tierra al menos, no nos es dado alcanzar el conocimiento cierto; ni tampoco nos es posible construir una sociedad perfecta” (Pedro Schwartz, “Presentación: Sísifo o el Liberal”, en Nuevos ensayos liberales, Madrid: Espasa Hoy, p. 20) y agrega luego “El liberal parte del supuesto de que no hay organización social perfecta… las democracias liberales (son) las que se encuentran siempre en transformación y las que están sujetas a continua inestabilidad…” (Pedro Schwartz, Op. Cit., p. 21).

Relacionado con este tema y dentro de algunas propuestas de reconstrucción del sistema de mercado, acota Sowell: “Aquellos quienes están hoy diciendo que una mejor regulación podría conducir a mejores resultados, están expresando un axioma atrayente que, en el mundo real, induce gravemente al error. No hay duda que una regulación perfecta del gobierno podía haber resuelto los problemas del mercado de la vivienda. Pero también esos problemas los podía haber resuelto una operación perfecta de los mercados libres. Y que seres humanos perfectos podían haber prevenido que los problemas surgieran en una primera instancia. Pero cualquier intento serio de tratar con problemas serios debe empezar con las personas humanas, e instituciones humanas, tales como son —no como deseamos o tenemos la esperanza de que sean… Los seres humanos cometen errores tanto en el mercado como en el gobierno, a pesar de la noción extendida de que, cuando las cosas salen mal en el mercado, eso automáticamente significa que el gobierno deba intervenir —como si el gobierno no cometiera errores” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 118). Este es el punto político importante que hay que tener presente ante las propuestas de una mayor regulación e intervención del Estado para corregir el presunto fracaso del mercado en el marco de la crisis actual.

Pero, ¿será correcto decir, ante esta crisis originada en los EE.UU. y concretamente por un alza y luego una estrepitosa caída del mercado de vivienda, que el sistema de mercado fracasó? Debe tenerse presente que un mercado suele reaccionar ante muy diversas razones que pueden motivar la acción de quienes participan en él y que se reflejan en la oferta y la demanda de quienes interactúan en dicho mercado. Por eso, se debe tener presente en una búsqueda que explique los recientes acontecimientos si más bien han sido el resultado de medidas tomadas por el Estado que fundamentalmente provocaron la caída del mercado de vivienda y que luego afectó a la economía como un todo, tanto de los EE.UU. como al mundo entero, en vez de juzgar casi apriorísticamente que “la culpa es del sistema de mercado”. Es allí adonde dirijo ahora mis pasos: valorar el comportamiento de los mercados ante diversas medidas tomadas por el Estado que condujeron a la crisis. Se trata de ver, entonces, si es que el mercado “falla” o si es que reacciona ante políticas públicas relevantes; esto es, si esas acciones estatales inciden afectando ciertos precios significativos, que son señales que permiten a los individuos participantes en los mercados coordinar sus acciones. Procedo, así, a analizar diversas medidas estatales que pueden haber impactado el comportamiento de dicho mercado de vivienda en años recientes.

El mercado de vivienda en EE.UU.

Una de las principales características que exhibe dicho mercado en los EE.UU. es que, “si bien el alza y la caída del mercado de vivienda es un problema nacional en términos de sus repercusiones, sus orígenes tienden a concentrarse en lugares específicos, en donde hubo inicialmente precios de las casas inusualmente elevados y cambios inusualmente volátiles en esos precios” (Thomas Sowell, The Housing Boom and Bust, New York: Basic Books, 2009, p. 10).

Fue en regiones concretas de ciertos estados de los EE.UU., en que gobiernos locales y estatales habían impuesto restricciones en los mercados de vivienda, en donde los precios de las casas subieron más y luego cayeron con mayor estrépito al presentarse la crisis. Muchas de esas regulaciones sencillamente fueron tomadas a la sombra y sonidos del coro en favor de “la protección del medio ambiente”, “la salvaguardia de los espacios abiertos”, “del resguardo de las tierras agrícolas”, “de la preservación de los sitios históricos”. Pero todas provocaron una elevación sustancial de los costos de construcción de las viviendas, al restringir la cantidad de tierras disponibles para su edificación. Por ejemplo, California —y especialmente su zona costera— “ha sido el mayor de estos mercados de vivienda excepcionalmente caros. También ha sido el más caro y con el crecimiento más fuerte de los precios de las casas. En la cúspide del alza del mercado de vivienda en el 2005, todas las 10 áreas con los mayores aumentos en el curso del quinquenio previo, estaban en California. Sin embargo, en una época los precios de las casas en California eran muy similares a los de aquéllas en el resto del país” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 9).

Lo que originó estas enormes alzas en el mercado de vivienda de California, fue que, en la década de los setenta, ese estado vio el mayor incremento en leyes y regulaciones que restringían fuertemente el uso de la tierra a usarse en la construcción de casas. Algo similar sucedió en otros estados, pero tal vez no con la severidad de California. Pero en aquellos, así como en éste, empezaron a abundar las medidas restrictivas asociadas con la zonificación, con una restricción de la altura permitida para construir casas, con tamaños mínimos a la tierra en que se podía construir, con más restricciones de permisos para construir, pero en donde todo ello contribuyó a que se diera un alza fuerte de los costos de ofrecer vivienda.

Fue este tipo de decisiones gubernamentales, a contrapelo de quienes afirman que el mercado fue el que fracasó, lo que provocó un fuerte aumento en los precios de las casas, tal como podía uno esperar cuando se incrementaron los costos de construir. Esto lo explica el economista Sowell, un estudioso de los mercados de vivienda de los EE.UU., al afirmar que “es precisamente en lugares en que hubo una intervención estatal masiva, en la forma de serias restricciones a la construcción, donde se dispararon los precios. En lugares en que, más o menos, se dejó sólo al mercado —lugares como Houston y Dallas, por ejemplo— los precios de las viviendas requirieron una proporción menor de los ingresos familiares en comparación con el pasado” (Thomas Sowell, Op. Cit., 2009, p. 18).

En estos lugares que experimentaron la mayor alza en los precios de las casas fue en donde, lamentablemente, mayor resultó la caída de los precios al presentarse la crisis. La pregunta que se debe formular es si, entonces, ¿fracasó el mercado? El hecho, más bien, fue que los mercados de vivienda reflejaron este mayor costo derivado de las acciones directas del gobierno. Así, lo indeseable en este episodio pueden ser esas políticas públicas, no el mecanismo institucional —el mercado— que las mostró por medio de la señal que debería expresar: un alza en los precios de las casas. El mercado no fracasó; lo que indujo la caída tan fuerte que luego experimentaron los precios de esas casas fueron las políticas y decisiones estatales que inicialmente indujeron el alza en los costos y los precios de las casas.

Otro notorio resultado de las políticas gubernamentales de vivienda durante la época y que también incidió en el comportamiento de los mercados de vivienda fue el llamado “financiamiento creativo”, cuya aparición generalizada se dio durante los primeros cinco años de esta década. ¿Qué se va a entender por “financiamiento creativo”? Ante el enorme crecimiento de los precios de las casas, muchos compradores estuvieron dispuestos a acudir a medios más riesgosos que les permitieran financiar sus compras y ello fue lo que les ofreció un mercado distorsionado por una serie de incentivos deliberados provenientes de los políticos.

Es el momento de describir aspectos de la política pública que siguieron autoridades de los EE.UU. en cuanto al mercado de vivienda, política que califico como perversa, aunque me imagino que se llevó a cabo con el más bienintencionado de los propósitos. Esta política estatal (federal y de los estados de los EE.UU.), que pretendía lograr “una vivienda asequible para todos” me permite explicar cómo fue que surgió el llamado “financiamiento creativo” antes mencionado. En resumen, el Estado decidió que los individuos eligieran alguna vivienda y que, de alguna manera, ese mismo Estado estimularía el diseño de mecanismos financieros que les permitieran adquirirla.

Tal vez no era tan tarde como para corregir el daño en proceso cuando en cierto momento se formularon advertencias en el 2003 acerca de la fragilidad del mercado hipotecario a causa de la política de “vivienda asequible para todos”. Pero aún en ese momento, uno de los mayores impulsores de estos programas de estímulo para la adquisición de casas, el político demócrata Barney Frank, las rechazó, insistiendo en que Fannie Mae y Freddie Mac (empresas patrocinadas por el gobierno que compraron más de una tercera parte de todas las hipotecas del país vendidas por los bancos y entidades financieras que originalmente las financiaron) “han desempeñado un papel muy útil en ayudar a hacer que las viviendas fueran más asequibles”, y que esos críticos “exageraban las amenazas a la seguridad” de esas empresas paraestatales y que “hacían conjeturas acerca de la posibilidad de serias pérdidas financieras al Tesoro de los EE.UU. y que él (Frank) no vislumbraba”, al tiempo que reiteró el apoyo a las políticas de “vivienda asequible para todos”, cuando dijo que “quisiera que Fannie y Freddie se metieran más profundamente a ayudar a adquirir vivienda a los de bajos ingresos y que posiblemente se muevan hacia lo que es más explícitamente un subsidio” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. p. 48 y 49).

A la fecha conocemos de las pérdidas casi inmensurables y de la quiebra de hecho de Fannie Mae y Freddie Mac, como resultado de la demagogia de los políticos. Pero destaco que aquella “política” gubernamental también tuvo un enorme impacto y provocó ciertas reacciones que eran de esperar en el sector financiero privado, que, en su búsqueda esperable de utilidades en un mercado —y hasta de supervivencia en un sistema sumamente competido— y en un marco regulatorio que claramente promovía que dicha política pública pudiera tener éxito, se acomodó a estas nuevas “políticas sociales”.

No fue un “acomodo muy voluntario”, como veremos. Pero, de hecho, instrumentos creativos ofrecidos por entidades financieras privadas, tales como hipotecas que no requerían del pago de una prima o montos muy bajos por adelantado o hipotecas que al principio sólo requerían del pago de los intereses o con tasas de interés variable o ajustable, empezaron a utilizarse con enorme frecuencia, a fin de satisfacer la demanda de los consumidores e inversionistas que deseaban comprar la “vivienda asequible” promovida por los políticos.

Nada más véanse los siguientes datos: “Las hipotecas tradicionales a 30 años plazo con una tasa de interés fija, que eran un 57 por ciento de todas las hipotecas en el 2001, cayeron, a finales del 2006, a un 33 por ciento de todas las hipotecas. Mientras tanto, las llamadas hipotecas sub-prime (que es el término con el cual se califican aquellas hipotecas que no cumplen los requisitos usuales para ser otorgadas y que, al constituir un mayor riesgo, se les debería cobrar una tasa mayor de intereses), se elevaron, desde un 7 por ciento del total de los préstamos hipotecarios, a un 19 por ciento en el lapso de esos mismos años” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 42; el paréntesis es mío).

¿Por qué fue que los bancos aceptaron como hipotecas “buenas” aquellos préstamos sub-prime más riesgosos? Porque así lo permitieron los organismos encargados de la regulación, que de esta manera facilitaron su expansión institucional. Por ejemplo, un regulador clave, el Ministerio de Vivienda de los EE.UU. (Department of Housing and Human Development), impulsó, por medio de Fannie Mae y Freddie Mac, al fijarles cuotas de cumplimiento de préstamos para la adquisición de “vivienda asequible”, en donde mediaba una garantía implícita de estos organismos paraestatales, que los bancos y entidades financieras expandieran sus colocaciones de hipotecas sub-prime que después descontaban en Fannie Mae y Freddie Mac. Como señala el economista John B. Taylor, “las empresas paraestatales Fannie Mae y Freddie Mac fueron estimuladas a expandir y comprar valores respaldados por hipotecas, incluyendo aquellas formadas por las riesgosas hipotecas sub-prime” (John B. Taylor, “How Government Created the Financial Crisis: Research Shows the Failure to Rescue Lehman Did Not Trigger The Fall panic” Wall Street Journal, 9 de febrero del 2009).

Ello lo enfatizó el economista Lawrence White, al escribir que, tal vez el factor más importante que impulsó el enorme crecimiento de las hipotecas no-prime —‘huesos’ las llamaría yo en términos de un buen costarriqueñismo— que pasaron de menos de un 10% en el 2001 a un 34% del total de las nuevas hipotecas en el 2006, que hizo que en ese año las hipotecas no-prime fueran un 23% de las hipotecas existentes, fue “subsidiar, por medio de garantías tributarias implícitas, la expansión dramática de los compradores de hipotecas garantizadas por el gobierno, Fannie Mae y Freddie Mac, categóricamente rehusando moderar el problema del riesgo moral de las garantías implícitas o, de lo contrario, poniendo freno a la hiper-expansión de Fannie y Freddie y empujando crecientemente a Fannie y a Freddie a la promoción de ‘vivienda asequible’ por medio de una expansión de compras de los préstamos no-prime otorgados a solicitantes de bajos ingresos” (Lawrence White, “How Did We Get into This Financial Mess?”, Cato Institute, Briefing paper No, 110, 18 de noviembre del 2008, p. 5).

Fannie Mae y Freddie Mac fueron actores cruciales en esta debacle, pues las hipotecas que garantizaron ascendieron a más de dos trillones de dólares (en la terminología estadounidense cada trillón es 100 millones de dólares), suma que, como dice Sowell, “es mayor que el Producto Interno Bruto de cada uno de los países del mundo, con excepción de cuatro naciones” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 44).

En síntesis, las políticas gubernamentales de “vivienda asequible” estimularon la colocación de hipotecas, independientemente del riesgo que implicaban. Replanteo la pregunta anterior: ¿por qué los bancos accedieron a seguir dicho camino? Hay varias razones, la cual, la obvia, es que les permitía lograr enormes ganancias y con poco riesgo, pues podían descontar las hipotecas en Freddie Mac y Fannie Mae, pero también porque las entidades bancarias fueron sujetas de presiones políticas, a las que paso a referirme.

Desde que en 1997 se promulgó la Ley de Reinversión en la Comunidad (Community Reinvestment Act) se dio campo para que los bancos fueran objeto de presiones políticas en cuanto a su colocación de crédito, principalmente asignarlo según raza, comunidad o ingreso de quienes lo solicitaban. Este estrujamiento potencial se extendió luego a que, además de aquellos criterios antes citados, se redujeran los requisitos para la aprobación de préstamos para vivienda. El programa ahora iba para “todo mundo” y los reguladores impusieron cuotas de cumplimiento, aunque para ello se tuvo que flexibilizar los requisitos previos y aceptar innovaciones en los instrumentos a ser usados. Los bancos estaban sujetos a una regulación federal que incluso requería de permisos expresos para que pudieran llevar a cabo muchas de sus actividades. Para lograrlos se les “estimuló” a participar en el juego de la reducción de requisitos para colocar hipotecas. Así, de acuerdo con una Ley de 1999, para obtener los permisos los bancos tenían que poseer “una calificación de ‘registro satisfactorio de cumplimiento con los necesidades de crédito de las comunidades’, o, aún mejor, para cuando a cada institución se le hiciera el examen más reciente” (Citado en Thomas Sowell, Op. Cit., p. 39).

También la política gubernamental se reflejó en la politiquería local de ciertos activistas frente a las actuaciones de los bancos, quienes impulsaron activamente y lograron que los bancos relajaran sus requisitos al conceder hipotecas y a cambio se les apoyaba en la obtención de permisos para operar en ciertas comunidades.

Sowell concluye esta parte de su análisis con la siguiente advertencia, la cual transcribo: “las políticas y las prácticas de muchas instituciones, locales y nacionales, públicas y privadas, montaron la escena para el auge de vivienda y la caída que le prosiguió. Afirmar que las raíces del alza y la caída de la vivienda están en el mercado y que la solución está en el gobierno, es un asunto de conveniencia para los políticos y para aquellos quienes favorecen la intervención gubernamental. Pero tales explicaciones son inconsistentes con los hechos, no importa qué tan impresionante pueda serlo como un ejercicio de retórica” (Thomas Sowell, Op. Cit., p, 44).

En este asunto, no vislumbro que los mercados hayan fracasado. Lo que condujo a la caída del mercado de vivienda fueron las decisiones políticas dirigidas a lograr “una vivienda asequible para todos”, que transitó por hacer que tales políticas fueran convenientes para los bancos y entidades financieras participantes en los mercados hipotecarios, los cuales, de no participar, incurrían en el riesgo de enojar a poderosos reguladores. Estos, a su vez y para lograr aquel objetivo, facilitaron la reducción de los requisitos necesarios para otorgar las hipotecas llamadas sub-prime. Estas decisiones institucionales de política provocaron que en el mercado de la vivienda surgiera una situación insostenible.

Concluyo esta sección citando al economista Gerald P. O’Driscoll, quien escribió que “En el corazón, Fannie y Freddie se habían convertido en ejemplos clásicos de ‘un capitalismo de compinches’ (crony capitalism). Los ‘compinches’ fueron empresarios y políticos trabajando juntos para llenarse los bolsillos de cada uno de ellos, a la vez que decían servir el interés público. Los políticos crearon los gigantes hipotecarios, que luego devolvieron algunas de esas ganancias a los políticos —algunas veces, directamente, como fondos de campaña, algunas veces como ‘contribuciones‘ para sus electores favoritos… Y, debido a que el respaldo gubernamental de Fannie y Freddie dominó al mercado de hipotecas garantizadas, se silenció la crítica del sector privado. Los bancos locales que querían ofrecer hipotecas no se atrevieron a hablar claro en contra de ellas. Los bancos grandes no se arriesgaron a quejarse acerca de la ventaja que a los gigantes les otorgó el gobierno, porque necesitaban comprar valores de Fannie/Freddie” (Gerald P. O’Driscoll, “Fannie/Freddie Bailout Baloney”, New York Post, 9 de setiembre del 2008).

A diferencia de un orden de mercado o capitalista, en que el éxito individual se determina según sean las decisiones del mercado y del seguimiento de las reglas de la ley, en el “capitalismo de compinches” el éxito en los negocios se obtiene a partir del favoritismo que el gobierno otorga mediante exenciones tributarias, contrataciones de obras públicas sin que exista una licitación competitiva, donaciones gubernamentales y otros incentivos o prerrogativas o privilegios del gobierno a individuos o empresas específicas. Este no el capitalismo que promovemos quienes creemos en sus efectos positivos.

El papel del Banco de la Reserva Federal en la crisis

Otro hecho relevante sucedido en esta crisis y que influyó notoriamente en el comportamiento de los mercados de vivienda fue la decisión del Banco de Reserva Federal de los EE.UU. (FED) en cuanto a su política de intereses. En el 2004 la tasa de interés fijada por ese banco central llegó a niveles históricamente bajos en épocas recientes: un uno por ciento anual. Tal reducción se reflejó en las tasas de interés cobradas a hipotecas convencionales a 30 años plazo, pues habían pasado de cerca de un 8 por ciento en 1973 a un 18% en 1981 y luego se redujeron a sólo un 6% en el 2005. Al abaratarse enormemente el costo de endeudarse, provocó un fuerte incremento de la demanda de vivienda, con el consecuente aumento de sus precios hasta llegar a niveles récord. Ello fue lo que preparó la ulterior violenta caída del mercado de vivienda.

Esta decisión sobre las tasas de interés, aunado al relajamiento de las regulaciones y a una supervisión acomodada para cumplir con el mantra de “vivienda asequible para todos”, en especial de compradores de vivienda con ingresos relativamente bajos, hizo que se formara una burbuja en el mercado de vivienda dispuesta a estallar en cualquier momento. El pinchazo se dio cuando la FED, que había provocado un alza del crédito al reducir artificialmente la tasa de interés, notó que dicha medida estaba causando fuertes presiones inflacionarias en la economía y cuya contención obligaba a subir las tasas gradualmente. Así, la tasa que define la FED pasó de aquel nivel ridículamente bajo de un 1% en el 2004 a un 5,25% en el 2006.

Pero, el daño ya estaba hecho. Como dice el economista Lawrence White, “La burbuja de la demanda así creada (con la reducción de los intereses) se dirigió fuertemente hacia el mercado de la vivienda. De mediados del 2003 a mediados del 2007, en tanto que el volumen en dólares de las ventas finales de bienes y servicios estaba creciendo de un 5 por ciento a un 7 por ciento, los préstamos para bienes raíces de los bancos comerciales estaba aumentando de un 10 a un 17 por ciento. La demanda impulsada por el crédito lanzó hacia arriba los precios de las casas existentes y estimuló la construcción de nuevas viviendas en tierra previamente no desarrollada, en ambos casos absorbiendo el volumen incrementado en dólares de las hipotecas. Debido a que la vivienda es en lo particular un activo de larga vida, su valor de mercado se ve especialmente impulsado por bajas tasas de interés. Así fue que el sector vivienda exhibió una proporción mayor en la inflación de precios predicho por la Regla de Taylor” (Lawrence H. White, “How Did We Get into This Financial Mess?”, Op. Cit.). [Nota: La llamada Regla de Taylor se refiere a un método de estimación desarrollado por este economista de la Universidad de Stanford, que define la tasa de interés de fondos federales consistente con una meta inflacionaria escogida, tomando en cuenta la inflación del momento y el ingreso real. Así, de acuerdo con dicha regla, de principios del 2001 hasta fines del 2006 la FED hizo que la tasa de los fondos federales de ese lapso estuviera por debajo de la tasa estimada consistente con una inflación del 2%. Por eso fue que la FED luego tuvo que aumentar gradualmente dicha tasa de interés, pues, de lo contrario, se hubiera esperado una fuerte presión inflacionaria en los años por venir].

Estas decisiones de la FED sobre la tasa de interés afectaron fuertemente a los mercados, que reaccionaron inicialmente ante la baja de las tasas y, luego, ante su alza. Por ello, debe preguntarse: ¿En qué fallaron los mercados si fueron claramente influidos por las políticas que siguió la FED? Los mercados tomaron en cuenta esas decisiones erradas que distorsionaron las tasas de interés y los precios de los activos, particularmente de las viviendas, que hicieron que los fondos de inversión se dirigieran hacia las inversiones equivocadas y que ocasionaron que instituciones financieras, que en el pasado habían mostrado su solidez, terminaran en situaciones precarias. No es un problema con el mercado; al contrario, éste actuó como era de esperarse ante las políticas gubernamentales ya referidas. El instrumento (el mercado) no sonó mal porque no funcionaba bien; simplemente sonó mal porque reflejó la forma en que los tocaron los ejecutantes, con sus malas políticas económicas.

“Vivienda asequible para todos”

Por eso, ¿acaso sorprende que, por ejemplo, el político demócrata impulsor de los programas de vivienda asequible para todos, Barney Frank, alegara que “la crisis de las hipotecas sub-prime demuestra las consecuencias económicas y sociales seriamente negativas que resultan de muy poca regulación”? ¿O que ese mismo legislador aseverara que esa crisis financiera fue causada por “malas decisiones tomadas por personas en el sector privado”? ¿O, también, que dijera que esas decisiones se debían “gracias a una filosofía conservadora que dice que el mercado sabe mejor las cosas”? (Las citas correspondientes aparecen en Thomas Sowell, Op. Cit., p. 74).

A mayor abundancia, tampoco extrañan las declaraciones que diera ante la crisis, en una entrevista de la periodista María Bartiromo de la televisión especializada en asuntos de negocios, MSNBC, la cual ilustra el malabarismo de los políticos, maniobras que terminan por reflejarse en los mercados:

“María Bartiromo: Con el debido respeto, congresista, yo vi cintas de televisión en las que nos dice en el pasado que ‘Oh, abramos los préstamos. El mercado de la vivienda está bien’.
Barney Frank: No, usted no vio tales cintas.
Maria Bartiromo: Sí lo hice. Las vi en televisión.
Barney Frank: Ah sí, bueno, yo nunca dije que abriéramos el mercado de la vivienda, el mercado está bien…
María Bartiromo: Entonces ¿de quién es la culpa?
Barney Frank: De los Republicanos del ala derecha, quienes tomaron la posición de que la regulación siempre es mala, de que el mercado se corrige a sí mismo, y de que usted nunca deberá poner restricción alguna al libre movimiento de los capitales” (Citado en Thomas Sowell, Op. Cit., p. p. 75-76).

Entonces, ¿debemos deducir que el mercado es el responsable; que la culpa la tiene la falta de regulación; que el mercado fracasa?, como si lo aquí expuesto no mostrara la mano visible y grosera del Estado por medio de las políticas que, tal vez bien intencionadamente, se diseñaron para asegurar “vivienda asequible para todos”, pero que, en verdad, terminaron dañando a todos (excepto tal vez a aquellos políticos interesados no sólo en maximizar su poder sino hasta sus ingresos personales, como lo confirma este episodio político en los EE.UU.).

Al señalar “asequible para todos” quiero incluir a un grupo particularmente importante en esta crisis del mercado de vivienda estadounidense. Son los llamados “especuladores”, que fueron quienes compraron viviendas en ese mercado en ascenso con el propósito de venderlas luego a otros compradores a un precio mayor o bien a aquellos que solicitaron créditos para financiar la adquisición de tales casas con el fin de revenderlas. Era de esperar que tal fenómeno de especulación se presentara: es parte del viejo principio de comprar barato para luego vender caro. Lo importante aquí es que todo el sistema de incentivos estimuló dicha especulación: crédito barato, hipotecas baratas, una enorme demanda de viviendas, poco dinero en efectivo que había que depositar de entrada para obtener la vivienda financiada, incluso hubo una proliferación de hipotecas con tasas de interés ajustables, que estimulaban el cálculo del especuladores acerca de cuánto habrían de durar bajas esas tasas y cuánto después se revertirían.

Estas decisiones estatales dirigidas a poder adquirir vivienda “barata” cualesquiera fueran las condiciones de su comprador (incluso muchos compraron viviendas no para vivir en ellas, sino como una inversión, o como una segunda vivienda de recreo o también acudieron a reparar una vivienda desmejorada para luego venderla cara) tuvo un gran impacto en los mercados, en especial al aumentar fuertemente el riesgo en la actividad y porque las cosas bien pueden cambiar, súbita y rápidamente, tal como sucedió.

La regulación del sector financiero

Es la moda de ciertos “críticos” moderados del capitalismo, diferentes de aquellos que propugnan por la desaparición total de los mercados, impulsar una mayor regulación de estos. Si hay mercados profundamente regulados, lo cual no quiere decir que sea una “buena o adecuada” regulación, ¡son los financieros en los EE.UU.! El tema es que, tal como lo expresó en una reunión reciente de la Sociedad Mont Pelerin en Nueva York, el economista Peter Boettke: “Si Usted le amarra los pies y las manos al nadador Michael Phelps, ganador de la medalla de oro olímpica, lo agobia con cadenas, lo tira a una piscina y se hunde, usted no llamaría a eso ‘un fracaso de la natación’. De manera que, cuando los mercados han sido abrumados por una regulación inepta y excesiva, ¿por qué llamar a eso un “fracaso del capitalismo’?”. (Eammon Butler, “Believers in free markets are fighting back” The Times, 9 de marzo del 2009).

Deseo profundizar un poco sobre el tema de la regulación, para que el lector deduzca cómo fue que se le debilitó deliberadamente para cumplir con los deseos de los políticos de lograr una “vivienda adecuada para todos” y como esa presión política gubernamental terminó afectando los diferentes mercados. Así, mientras que la regulación de Fannie Mae y Freddie Mac, entidades ya mencionadas, por la Oficina de Supervisión de Empresas Federales del Sector Vivienda (OFHEO por sus siglas en inglés) fue estricta en cuanto a los estándares contables, fue muy diferente a la ejercida sobre entidades que prestan fondos para hipotecas.

Aquí la imposición de una mayor laxitud para su concesión se efectuó para complacer los deseos de los políticos, pero estimuló la concesión casi indiscriminada de hipotecas sub-prime. Eso no significó que no existiera una supervisión sobre las entidades financieras; de hecho es innumerable la cantidad de entidades federales, estatales y locales que tienen que ver con dicha supervisión, la cual, si bien era muy abundante, se caracterizó por su superposición y por ser profundamente descoordinada.

No extraña, por tanto, que a pesar de una enorme cantidad de entes supervisores, no pudieron supervisar los nuevos y muy variados tipos de acuerdos financieros, precisamente diseñados para cumplir con los propósitos jerárquicamente más elevados de los políticos promotores de los programas de “vivienda asequible para todos”.

No toda supervisión o regulación es indeseable. Lo importante es la forma en que se practica. Martin N. Baily, Robert E. Littan y Matthew S. Johnson, de la Institución Brookings señalan que “No existe un sistema unificado de supervisión de la banca, sino un campo parchado de reguladores estatales y federales” y enfatizan “la complejidad bizantina de la estructura regulatoria de los EE.UU.” (Martin N. Baily, Robert E. Littan & Matthew S. Johnson, “The Origins of the Financial Crisis”, Brookings Institution: initiative on Business and Public Policy, Fixing Finance Series, Paper 3, noviembre del 2008, p. 40).

La regulación del sector financiero es importante, por dos razones: para preservar la estabilidad del sistema financiero de reserva fraccional, lo que requiere un comportamiento responsable de los bancos y para evitar que cuando las familias realizan una de las compras más importantes de su vida, cual es la de vivienda, en que suelen mediar acuerdos financieros complejos, comprendan adecuadamente el grado de sofisticación que poseen.

Dicen Baily et. al.: “los mercados no funcionan bien cuando hay asimetrías de información y éste (el de vivienda) es uno de tales mercados. Por tanto, hay un caso claro para tener una mejor regulación en los mercados financieros e hipotecarios. Y en la práctica de dicha actividad había un extenso aparato regulatorio en los mercados financieros” y recomiendan deshacerse “de una mala regulación que reprime la competencia e inhibe la innovación, pero necesitamos mejorar la regulación en donde puede hacer que los mercados funcionen mejor y evitar crisis” (Martin N. Baily et. al., Op. Cit., p 40 y p. 45). No creo pecar de escepticismo si digo que los afanes regulatorios de muchos van más allá de evitar asimetrías de información, cuya corrección eventualmente sí podría mejorar el funcionamiento de los mercados.

No debe caerse en una aceptación de un genérico “mayor regulación”, sin que medie no sólo la posibilidad de ejercerla, dada la complejidad de muchos instrumentos, sino que también se efectúe de forma que no estorbe el buen desempeño competitivo de las empresas. Las reglas regulatorias que se propongan deberán ser muy específicas y no simples generalidades, pues incluso hasta las muy laudadas reglas de Basilea II, no impidieron la crisis. La experiencia sucedida muestra que, a pesar del enorme aparato regulatorio, las presiones políticas incidieron en rebajar las normas previamente establecidas y probadas a través de muchos años, por lo que, cuando en un mercado como ese, “muchos de los pagos por hipotecas dejan de hacerse, ninguna cantidad de experiencia financiera de Wall Street o una intervención reguladora del gobierno desde Washington, puede salvar toda la estructura de inversión construida con base en esos pagos de las hipotecas..”. Continúa vigente la pregunta: “Por qué dejaron de hacerse esos pagos… Porque los préstamos hipotecarios fueron hechos a más gente cuyos prospectos de repago eran menores que en el pasado” debido a presiones políticas que “condujeron a prácticas de préstamos más arriesgadas que en el pasado” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 118).

Por lo tanto, la propuesta para “mejorar” la regulación vigente con base en el argumento de la asimetría de la información, deber ser sujeta al escrutinio desde varios puntos de vista, que tan sólo voy a señalar.

En primer lugar, evaluar si efectivamente el mercado hipotecario es afectado de manera significativa por dicho problema de asimetría de información. La investigación empírica deberá señalar no sólo si existe tal fenómeno sino, sobre todo, si es de una magnitud tal que amerita una reforma regulatoria en tal sentido.

En segundo lugar, no debe dejarse de lado que los mercados suelen desarrollar por sí mismos instrumentos que tienden a mitigar el problema. No sólo entra aquí el tema del prestigio, la confianza y sobre todo de asegurarse que los clientes vuelvan a usar los servicios de la empresa, lo que motiva a que las firmas no se aprovechen de las ventajas de disponer de una información asimétrica; es decir, tal asimetría da campo para que las empresas obtengan ganancias con una estrategia de transparencia en la información.

En tercer lugar, si el argumento a favor de una mayor regulación descansa en la presunta existencia de problemas de asimetría en la información, cabe preguntarse si el Estado, a diferencia del mercado, sabe mejor cuándo se está en presencia de dichas asimetrías. Esta evidencia debe tenerse presente a la hora de pensar en simplemente incrementar lo que ya parece ser una excesiva regulación en estos mercados.

En cuarto lugar, evaluar si la tarea que se les exigiría cumplir a estos órganos regulatorios ampliados va a ser posible cumplirla dada la enormidad de tareas que podría exigir. Esto conduce a hacer el planteamiento general de que tal regulación puede imponer costos exageradamente altos en función de los beneficios esperados, lo cual requiere que dicho análisis de costos y beneficios se defina claramente, de previo a cualquier puesta en práctica de una regulación ampliada.

Finalmente, quiero tan sólo hacer una lista que por supuesto no es exhaustiva, del enorme número de entidades públicas que tienen que ver con la regulación directa o indirecta de los mercados de vivienda de los EE.UU. Sólo menciono entidades federales, pues desconozco los nombres de un gran número de entes regionales, estatales y locales que también tienen que ver con asuntos regulatorios. Menciono al Ministerio de Vivienda y Desarrollo Urbano (Housing and Urban Development Department—HUD); al Banco de Reserva Federal (la FED); a Fannie Mae, empresa patrocinada por el gobierno federal, que es una institución privada pero que depende del gobierno; a Freddie Mac, similar a la anterior; al Comité de Servicios Financieros de la Casa de Representantes (un importante Comité del Congreso de los EE.UU.); al igual que el Comité de Banca del Senado de ese país; la Oficina de Supervisión de Empresas Federales de Vivienda (OFHEO), agencia dependiente del Ministerio de Vivienda (HUD), que oportunamente señaló serios problemas en Fannie Mae y Freddie Mac, pero fueron “tapados” por ciertos políticos en el Congreso y el Senado; la Comisión de Valores (Security Exchange Comission—SEC), el Departamento de Justicia del gobierno federal; y el equivalente de la Contraloría General Federal (General Accounting Office—GAO), que informa al Congreso de los EE.UU.

Teniendo presente esta larga lista de reguladores que fracasaron en señalar el problema y su magnitud, deseo finalizar con la siguiente inquietud: Todo esto lo que nos dice no es que se deben crear nuevos entes de vigilancia o reguladores —dada incluso la mala coordinación existente entre ellos— sino que tal vez lo apropiado sea una mayor y mejor regulación de los reguladores, quienes, en vez de pretender continuar regulando los mercados privados, lo que deberían de hacer es reaccionar oportuna y decididamente ante las apetencias de políticos que tanto daño causan al afectar los mercados.

Señalan los economistas Tyler Cowen y Eric Crampton, “Cuando las instituciones y ‘las reglas del juego’ son diseñadas correctamente, el conocimiento descentralizado tiene un enorme poder. Los precios y los incentivos son extremadamente potentes. El resultado colectivo de un proceso de mercado contiene una sabiduría que ningún teórico puede haber replicado con tan sólo un lápiz y un papel” (Tyler Cowen y Eric Crampton, editores, Introducción al libro Market Failure or Success: The New Debate, Cheltenham, UK: Edward Elgar Publishing for the Independent Institute, 2002). No hay duda que se respira un aire Hayekiano en esta conclusión.

Carlos Federico Smith

Invitación a eventos internacionales



En ASOJOD queremos hacerles extensivas dos invitaciones a eventos internacionales para que, si lo tienen a bien, asistan. Se trata de eventos relacionados con las ideas de la libertad que, en el contexto actual, resultan de suma importancia para los latinoamericanos.

El primero, el IV Foro Internacional de la Libertad, se realizará los días 9 y 10 de noviembre en Paraguay, celebrando un aniversario más de la caída del muro de Berlín y contará con la participación de la Fundación Libertad de ese país y el Instituto Libertad de Costa Rica, entre otros.

El segundo, Universidad El Cato-Francisco Marroquín, se llevará a cabo del 24 al 30 de enero de 2010 en Guatemala, donde se realizarán interesantes conversatorios y exposiciones de las ideas de la libertad, contando con la participación de grandes pensadores como Manuel Ayau y Carlos Alberto Montaner.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Diputada viajera


La Nación informa que la Diputada ambientalista Maureen Ballesteros ha utilizado al menos en 28 ocasiones desde febrero del 2007 a octubre del 2010, las avionetas de la fuerza pública. Incluso en el supuesto en que dichos viajes fueran de trabajo, resulta injusto que los diputados oficialistas puedan disponer bienes del Poder Ejecutivo para llevar a cabo sus labores. No deben existir desigualdades de ese tipo entre diputados de gobierno y de oposición.

Ya la Contraloría también esta detrás de este caso, sólo queda esperar en que culmina esta y las otras investigaciones.

martes, 20 de octubre de 2009

Teléfonos para todos, gracias a la libertad


El uso de telefonía móvil, en Guatemala, no ha dejado de crecer; difras de las Superintendencia de Telecomunicaciones revelan que, en el primer semestre de 2009, el número de suscriptores aumentó en 991 mil 292, para sumar ¡15 millones 939 mil 932 líneas!

Hay más teléfonos móviles que habitantes; y eso es gracias a una legislación que desmonopolizó las telecomunicaciones y que prácticamente hizo posible la propiedad privada del espectro radioeléctrico. Más de algún gurrumino dirá que la causa de que hasta los más pobres lleven móviles al cinto, es debido a la tecnología y qué se yo. Empero, ninguno de ellos podrá explicar, sin acudir al marco legal, por qué es que si esa tecnología está disponible para todos, en países donde la ley restrictiva, el crecimiento no ha sido tan notable.

Usted quizás ya no se acuerde; pero cuando las telecomunicaciones eran un monopolio había que esperar como cuatro años y pagar numerosas mordidas para conseguir teléfonos fijos. Ahora, ¿quién quiere esos vejestorios? Y cuando usted quiere un teléfono sólo sale a la esquina de su casa, lo compra y ya.

Todo aquel que tiene un móvil debería meditar: ¿cómo serían las cosas si les hubiéramos hecho caso a los que se oponían a la desmonopolización y liberación de las telecomunicaciones? ¿Qué hubiera pasado si les hubiéramos creído cuando gritaban que los precios se iban a ir hasta las nubes? ¿Cómo serían las cosas si hubiéramos defendido el monopolio y el control político de la telefonía?

Luis Figueroa

¿Y así quieren ser Gobierno?


El día de ayer, se publicó en La Extra que, durante la Asamblea cantonal de Alianza Patriótica en Desamparados, se suscitó una bronca de grandes magnitudes: delegados golpeados, insultos, escándalo, etc.

En ASOJOD nos preguntamos cómo Alianza Patriótica pretende gobernar el país si ni siquiera es capaz de resolver sus problemas a lo interno. Es más, si entre sus miembros, que comparten las mismas ideas y proyectos, no son capaces de resolver, de forma civilizada, una disputa, cómo harían si, siendo Gobierno, deben enfrentarse a personas con ideas y valores distintas. Quizá los moretones que le dejaron al delegado Adrián Zúñiga sean apenas cariñitos en comparación con los que estos "paladines del bienestar social" le podrían imprimir a los libertarios o los liberacionistas.

Lo peor de todo es que no es el primer exabrupto, pues ya el candidato presidencial Rolando Araya había realizado menudo berrinche cuando no logró colocar a sus "ungidos" en la papeleta para diputados. Quedamos avisados.

lunes, 19 de octubre de 2009

Tema polémico: haciendo negocios en Costa Rica


Para este Tema polémico, queremos concentrarnos en el empresarialismo, un elemento que cada día es más olvidado en nuestro país. Recientemente, el Banco Mundial publico su estudio anual Haciendo Negocios. Este consiste en un análisis del nivel de facilidad para que los negocios se establezcan y se desarrollen. En el estudio se miden 10 etapas de la vida de un negocio: empezar un negocio, permisos de construcción, contratación de personal, registro de propiedad, facilidad de crédito, protección al inversionista, impuestos, comercio internacional, contratos y cierre de negocios. A partir de lo anterior, se puede ver con mayor claridad el panorama.

De acuerdo con el mencionado estudio, Costa Rica obtuvo el puesto 121 de 183 naciones estudiadas. Con este resultado se mantiene en el mismo puesto que el estudio presentado en el 2009, algo nada alentador. Los primeros lugares son Singapur, Nueva Zelanda, Hong Kong y Estados Unidos. Otros países en Latinoamérica como Colombia, Chile, México, Perú, Panamá, El Salvador, Guatemala y Nicaragua obtuvieron mejores calificaciones que nuestro país.

Para empezar un negocio en Costa Rica, un inversionista dura aproximadamente 60 días y tiene que invertir un 20% del PIB per cápita. Por el contrario, en Dinamarca se dura 1 día y empezar un negocio no tiene costo alguno. En El Salvador, la duración es de 17 días. Para obtener permisos de construcción en nuestro país, se tiene una duración de 191 días en promedio mientras que en Singapur y en Hong Kong se dura menos de 25 días. El costo tan elevado de iniciar un nuevo negocio en el país y el exceso de requisitos hace que le sea muy difícil a una persona emprendedora de ingresos medios arrancar su pequeña empresa. De ahí que, Según la Encuesta de Hogares del 2008 del INEC, sólo el 18.1% de los trabajadores laboren por cuenta propia.

Esto, además, se ve complicado por el índice de rigidez de empleo obtenido por Costa Rica, 0,39 puntos, mientras que otros países como Hong Kong y Nueva Zelanda tienen índices iguales a 0. Este índice es resultado del estudio de la dificultad para contratar personal, la rigidez de las horas laborales y la protección del trabajador en relación a los despidos. El estudio considera, al igual que nosotros, que entre mayor flexibilidad tenga la empresa para contratar y despedir personal, mayor será su incentivo para invertir en el país y, por lo tanto, mayores fuentes de empleo en el país serán generadas. En otras palabras, una rigidez menor en la rotación del personal genera un menor desempleo.

Y por si fuera poco, a todo lo ya mencionado hay que sumarle otro factor importante que desincentiva la creación de nuevas inversiones en el país: el alto grado de delincuencia existente. Según el ranking de competitividad global realizado recientemente por el Foro Económico Mundial, la inseguridad ciudadana percibida por los empresarios coloca a Costa Rica en el puesto 104 de 133 naciones estudiadas, una cifra verdaderamente alarmante.

Ante esta situación es claro que se necesitan cambios en Costa Rica. En ASOJOD creemos que la disminución de la tramitología para montar nuevos negocios en el país, la seguridad contra la delincuencia y la búsqueda de esquemas laborales más flexibles y adaptados a la dinámica realidad de nuestros días, deberían ser prioridades en las propuestas de gobierno de los diferentes partidos que compiten en las elecciones de febrero próximo, si es que de verdad quieren mejorar la situación existente, pues la creación de más y mejores fuentes de empleo es la forma más efectiva de que nuestro país se desarrolle con mayor rapidez.

De ahí la importancia de un ambiente cada vez más atractivo para la creación y desarrollo de nuevas empresas nacionales y el establecimiento de empresas de capital extranjero. Pero, en lo fundamental, con cambios como los sugeridos, se puede avanzar hacia el cambio de paradigma mental que domina a los costarricenses: el de un Estado que debe darles trabajo, en lugar de una cultura de emprendedurismo, de empresarialismo, de innovación y creatividad.

sábado, 17 de octubre de 2009

La rendición de la libertad


Dice Anthony de Jassay en su libro Social contract, free-ride, que los individuos estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad de elegir para ponernos en manos del Estado con la esperanza de que esta institución nos provea de manera más eficiente de los bienes y servicios públicos, entendiendo por tales aquellos cuyos costes y beneficios son indivisibles. Parece, a primera vista, que solamente el ojo que todo lo ve y la mano que todo lo alcanza es capaz de proporcionarnos lo que haga falta. Y los individuos tenemos la sensación de que conseguiremos mejores resultados en una sociedad sometida al pacto social hobbesiano que si nos decidimos a confiar en nuestra capacidad de búsqueda, libre de coacción. Como la madre sobreprotectora y cansina que cree que si no le repite a su hijo mil veces "Ponte el abrigo", el niño no se lo va a poner aunque esté cayendo una nevada antológica en la calle. Así, los ciudadanos, adoctrinados en la creencia de que sin vigilancia y coacción esto es la selva nos hemos hecho adictos al control impuesto. Y no nos damos cuenta de que se nos ha ido de las manos.

Si el principal problema que trata de evitar la provisión estatal de los bienes públicos es acabar con el gorroneo, De Jassay nos dice que no solamente no se soluciona el problema, sino que se logra que, con el tiempo, aparezca de nuevo el parásito que vive a costa de los demás, pero con más intensidad. ¿Por qué razón? Porque la gente se amolda. Los gorrones también. Y una vez que han observado que el Estado tiene tendencia a engordar y que no hay doctor Pitanguy que frene su voracidad (recuerde: a costa de su cartera y su libertad), se cuelan por las rendijas y reaparecen con conocimientos avanzados en fallos del control estatal, solicitando subvenciones y privilegios.

De Jassay explica que no se puede acabar con los aprovechados, como tampoco puedes evitar que un panoli lo sea. Son roles que se aceptan de manera inconsciente, está en nuestra naturaleza. Como ser un líder o un seguidor. Es cierto que no es justo que unos vivan a costa de otros, pero no se soluciona mediante la coacción estatal. Lo que se consigue es que sea el Estado el que reparta los papeles arbitrariamente: tú eres beneficiado, tú el pagador. El Estado no es una autoridad moral, es un gestor político susceptible de corromperse, de pervertir el criterio de concesión de dádivas hasta llegar al más burdo clientelismo electoral (como el que padecemos). Pero, dicho esto, uno no se queda tranquilo. Resulta contrario a la lógica que tengamos que aceptar la injusticia del free-riding sin hacer nada y mucho más la idea de que la gente elige el rol de "abusado". No hay más que preguntar en un bar, una clase o una cena de amigos la siguiente cuestión: "¿Das limosna a los pobre de la calle?" Siempre te encuentras a personas que deciden dar dinero a los mendigos que piden por las esquinas y semáforos, a sabiendas de que tal vez lo gasten en vino, o en lo que sea. "No me importa. No soy quién para juzgarles", suelen responder. Hay gente que elige ser generosa sin esperar nada. ¿Eso es ser un sucker (o pringado) en la terminología de De Jassay? Sí, y es cierto que va con la persona. Como escaquearse y no pagar.

La solución no está en el Estado, sino en la sociedad: en la costumbre y en los valores. Se trata de minimizar las distorsiones, de manera que los gorrones, que tienen menos aversión al riesgo que los demás, carezcan de incentivos para vivir del resto porque saben que quien penaliza es la sociedad, no un Estado con tendencia a crecer y a agrietarse por el exceso de carga.

No es un tema resuelto, eso está claro. Siempre habrá cuestiones de alcance comunitario que nadie puede decidir por sí mismo sin decidir al tiempo por los demás. La tragedia de los comunes, o el problema de la gestión de los bienes públicos, ha sido estudiado desde hace muchos siglos y su relevancia en nuestros días ha obtenido el reconocimiento (no siempre digno de mencionar) del Premio Nobel de Economía de este año a Elinor Ostrom, quien lleva una vida analizando las posibles alternativas. A pesar de no llegar a una conclusión definitiva, de sus estudios se deduce que es mejor la toma de decisiones descentralizada que la planificación central. De Jassay también llega a la conclusión de que lo mejor es desglosar lo máximo posible el problema para que la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades correspondan a cada cual. Y, en todo caso, propone Anthony de Jassay que se pueda arbitrar un sistema de compensaciones que palien las posibles asimetrías.

Eso tendría como consecuencia que el clientelismo desaparecería y que el Estado necesitaría justificar su existencia de otra forma. Como punto de partida, no está mal.

María Blanco

viernes, 16 de octubre de 2009

Viernes de recomendación


Para este día, en ASOJOD queremos compartir un excelente artículo de Alberto Benegas Lynch titulado "Bienes públicos, externalidades y free riders", donde se analiza, desde una perspectiva diferente al mainstream, el tema de los bienes públicos y se critica la intervención estatal para producirlos o, en su defecto, resolver las externalidades negativas.

jueves, 15 de octubre de 2009

Crisis: Los nuevos desequilibrios


La buena noticia: Ben Bernanke dijo el otro día que “es muy probable que, técnicamente, EE.UU. ya haya salido de la recesión”. La mala noticia: acto seguido, dijo “pero dará la sensación de que la economía es débil durante bastante tiempo”. Mi interpretación: el crecimiento económico será diminuto, hay riesgo de recaída y, de momento, no se creará empleo.

¿Por qué es Bernanke tan poco optimista? Pues porque sabe que los gobiernos de todo el mundo no se enfrentaron a los grandes desequilibrios financieros y económicos que causaron la presente recesión corrigiéndolos, sino creando la antesala de una nueva crisis: más desequilibrios.

Desde mi punto de vista, hoy tenemos siete peligrosos problemas. Primero, el monetario. Nada más empezar la crisis financiera, los bancos centrales imprimieron trillones de dólares. En situaciones normales eso hubiera causado una hiperinflación. Esta no se dio porque la velocidad de circulación del dinero cayó en picado. El problema es que, cuando la economía se recupere, el dinero volverá a correr y, si no se elimina todo lo impreso durante la crisis, subirá la inflación. Habrá, pues, que quitar liquidez de una manera quirúrgica porque el dinero es como la pasta de dientes: es muy fácil sacarla del tubo pero es muy difícil volverla a meter porque, para conseguirlo, se deben subir los tipos de interés y eso puede causar nuevas recesiones.

El segundo desequilibrio es el fiscal. Al ver la gravedad de la situación, todos los gobiernos del mundo se lanzaron a gastar cantidades ingentes de recursos. Resultado: déficits extravagantes que superan el 13% del PIB en EE.UU., el 10,5% en España y el 6,5% en la zona euro. La OCDE estima que la deuda alcanzará el 115% del PIB. Lógicamente, esa insostenible voracidad fiscal tiene que acabar (sobre todo teniendo en cuenta que los baby boomers se están empezando a jubilar). El problema es que eso sólo se puede hacer subiendo impuestos o bajando gasto y ambas estrategias conducen hacia una nueva recesión. Habrá que ser creativo y tocar los impuestos que menos distorsionen (y no subirlos alocadamente como se ha hecho en España) y eliminar los gastos menos productivos.

El tercer gran desequilibrio es el internacional. Los déficits exteriores de algunos países (destacan EE.UU. y España) son compensados por superávits gigantes de algunos países asiáticos (sobre todo China). La corrección va a tener dos componentes. El primero, una caída del dólar que puede ser paulatina o puede ser catastrófica. Depende del banco central chino. El segundo, la tentación proteccionista. Recientemente el presidente Obama ya impuso aranceles a los neumáticos chinos, y China respondió con aranceles equivalentes a los pollos estadounidenses. De momento, la guerra comercial es poca cosa y esperemos que no escale y que todo el mundo recuerde que lo que transformó la crisis de 1929 en la Gran Depresión de los años treinta fue el proteccionismo.

Cuarto, el desequilibrio financiero. El pánico de finales del 2008 hizo que todo el mundo desinvirtiera en los mercados financierosypasara a comprar lo único que parecía seguro, unos bonos del Tesoro estadounidense que llegaron a absorber el 80% del ahorro mundial: trillones de dólares que no financiaban inversión productiva. Eso ya se está empezando a corregir y el dinero ya está volviendo a la bolsa. El problema es que si el retorno no se hace de manera ordenada, puede dar lugar a nuevas burbujas que, al explotar, causen nuevas crisis económicas. De hecho, el boom inmobiliario del 2008 se gestó cuando el dinero salió despavorido de la bolsa al reventar la burbuja puntocom en el 2001. Que no nos vuelva a pasar lo mismo.

El quinto desequilibrio es el regulatorio. Los primeros diagnósticos de la crisis apuntaron (en mi opinión, equivocadamente) en una dirección: la falta de regulación del sistema financiero. El resultado fue la aparición de los don quijotes del intervencionismo que quisieron regular no sólo el sector financiero sino, ya puestos, el resto de la economía. ¡Algunos incluso querían “refundar el capitalismo”! Ahora bien, ¡que el sector financiero estadounidense estuviera infrarregulado no quiere decir que el sector de la automoción en España también lo esté! La cordura debe volver pronto a los legisladores. Si no, corremos el riesgo de que el Estado acabe asfixiando la recuperación.

El sexto desequilibrio es sectorial. Países como España dependían excesivamente de unos pocos sectores (construcción, promoción inmobiliaria) que se han hundido sin esperanza de recuperación. Para reequilibrar, no hay que caer en la tentación de que el Estado subsidie unos sectores escogidos a dedo por el funcionariado. Al contrario, el Estado debe poner las bases para que los innovadores decidan, con su creatividad e iniciativa, qué sectores van a tomar las riendas de la economía.

Y el último desequilibrio es, lógicamente, el laboral. Los países con un rígido mercado de trabajo corren el riesgo de convertir el paro temporal causado por una recesión pasajera en una situación permanente para millones de ciudadanos. Si el mercado laboral no se flexibiliza, el ejército de parados de largo plazo puede acabar causando una inestabilidad social insostenible. Nuestros intentos de salir de la crisis han originado siete grandes vulnerabilidades que amenazan el futuro de nuestras economías. Bernanke piensa que lo peor ya ha pasado. Quizá sí. Pero si queremos evitar la recaída, es imperativo que se corrijan… los nuevos desequilibrios.

Xavier Sala-i-Martin