domingo, 20 de diciembre de 2009

Michael Polanyi, el sabio


Einstein quedó muy impresionado con el trabajo del entonces joven Polanyi sobre termodinámica según le escribió a Georg Breding y, a partir de ese momento, el precursor de la teoría de la relatividad mantuvo asidua correspondencia con Michael Polanyi durante los siguientes veinte años, quien, con el tiempo, fuera aclamado en lo círculos académicos más destacados de todo el mundo, primero por sus contribuciones a la química, rama en la que se doctoró en su tierra natal, en la Universidad de Budapest, y luego como filósofo de la ciencia y estudioso de la economía (él dice que por suerte en estas últimas áreas fue un autodidacta, de lo contrario hubiera sido perjudicado debido a las nociones que prevalecían en la época). Su primera monografía académica, que concitó la atención en círculos especializados, la publicó a los 19 años, titulada “Contribuciones a la química del líquido hidrofálico”.

Cuando se vio forzado a emigrar primero de Hungría y luego de Alemania debido a su doble condición de judío y liberal, se radicó en Inglaterra donde primero se desempeñó en la cátedra de química y física desde 1933 a 1948 en la Universidad de Manchester, casa de estudios que estableció la cátedra de ciencias sociales para satisfacer las nuevas inclinaciones intelectuales de Polanyi y, en 1958 comenzó a enseñar en Oxford hasta su muerte en 1976. Escribe este autor que su verdadera vocación comenzó a ponerse de manifiesto en 1946 con sus estudios sobre cuestiones sociales y epistemológicas.

Son innumerables sus trabajos en estas áreas de su segunda vocación, tan prolíficas o más que sus publicaciones en la primera. Tal vez puedan destacarse como las obras y colecciones de ensayos que mayor difusión han adquirido Personal Knowledge, The Logic of Liberty, The Tacit Dimension, Full Employment and Free Trade, Knowing and Being, The Study of Man (tres conferencias que según el autor pueden ser leídas como una introducción al primero de los libros mencionados) y, en 1972, le pidió ayuda a su colega Harry Prosch para reunir y publicar una serie de sus últimas conferencias que aparecieron bajo el título de Meaning. En no pocos de sus trabajos se pone en evidencia su alto grado de religiosidad (se convirtió al cristianismo, influido entre otros autores por dos que, coincidentemente, en su momento habían impresionado vivamente al que estas líneas escribe, por los mismos motivos y por los mismos textos: las confesiones religiosas de Tolstoi y el célebre quinto capítulo del quinto libro de Los hermanos Karamazov de Dostoyevski).

En un artículo naturalmente no es mucho lo que puede decirse sin quebrar las normas del espacio disponible, pero quisiera resaltar brevemente un aspectos clave que constituye el eje central pensamiento de Polanyi, un sabio, es decir, aquel que sabe en profundidad aún admitiendo con la necesaria humildad del verdadero conocedor la vasta ignorancia que siempre quedará por cubrir a los humanos. Un personaje que influyó decisivamente a la fundación de la Mont Pelerin Society junto a Hayek, von Mises, Popper, Robbins, Knight, Machlup, Harper, Friedman, Stigler, Hazlitt, Read, Rueff, Röpke y tantos otros prohombres del liberalismo (como ex integrante del Consejo Directivo, digo que es de esperar que esa entidad no acentúe síntomas y ciertas manifestaciones recientes por las que parece desdibujarse su espíritu debido a procedimientos en gran medida atribuibles a la incorporación de algunos miembros que nada tienen que ver con la “academia internacional” con la que soñó Hayek, aunque, afortunadamente, hay quienes se esfuerzan por elevar la puntería).

El antedicho aspecto anunciado que resultó calve consiste en lo que se conoce con el nombre de “el orden espontáneo” y que luego ha sido trabajado y desarrollado por otros autores pero que explica los fundamentos de la libertad o del orden natural que es lamentablemente desconocido de manera reiterada por la presunción del conocimiento de planificadores que pretenden coordinar, manejar y diseñar los millones de arreglos contractuales que a diario tienen lugar en sociedades abiertas.

En este sentido es menester reproducir un pensamiento de Polanyi tomado de su antes mencionado The Logic of Liberty de 1951: “Cuando vemos un arreglo ordenado de las cosas, instintivamente asumimos que alguien lo ha colocado intencionalmente de ese modo. Un jardín bien cultivado debe haber sido arreglado; una máquina que trabaja bien debe haber sido fabricada y ubicada bajo control: ésta es la forma obvia en el que el orden emerge [...] Pero existe otro tipo de orden menos obvio basado en principio opuesto. El agua en una jarra se ubica llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta el nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre: un arreglo perfecto que ningún artificio humano puede reproducir según el proceso gravitacional y de cohesión [...] Cuando el orden se logra entre seres humanos a través de permitirles que interactúen entre cada uno sobre las bases de sus propias iniciativas tenemos un orden espontáneo en la sociedad. Podemos entonces decir que los esfuerzos de estos individuos se coordinan a través del ejercicio de las iniciativas individuales y esta auto-coordinación justifica sus libertades en el terreno público [...] El ejemplo más extendido del orden espontáneo en la sociedad —el prototipo del orden establecido por una ´mano invisible´— estriba en la vida económica basada en el conjunto de individuos en competencia”.

Michael Polanyi fue el pionero en explicitar la función de los precios como trasmisores de información dispersa y del énfasis en que buena parte de esa información por su naturaleza fraccionada es conocimiento tácito, es decir, no articulable por la persona en el “spot”, de lo cual luego se dedujo que el fracaso de la planificación estatal no se debe a la falta de memoria en los ordenadores ni a la complejidad de los procesos sino a que la información sencillamente no está disponible antes de que el sujeto actuante procede en consecuencia.

Puede con razón afirmarse que todos los problemas del estatismo y el totalitarismo en general derivan de que los diagramadores de vidas y haciendas ajenas no perciben la propia ignorancia y la pretensión de omnisciencia cuando ninguna persona sabe a ciencia cierta como procederá al día siguiente puesto que las circunstancias son siempre cambiantes e imprevisibles.

Como bien apunta Ernst Cassirer: “no hay duda que el dogma es el antagonista más pavoroso del conocimiento; no es la ignorancia como tal sino la ignorancia que pretende pasar por conocimiento, esta es la fuerza que infringe un daño mortal al saber”. La conciencia del propio desconocimiento es un primer paso muy fértil para poder incorporar alimento intelectual, pero la cerrazón mental, el dogmatismo, el fanatismo, las ortodoxias, las ideologías y la superstición no tienen arreglo y constituyen los peligros más contundentes para una conversación razonada y, consecuentemente, alzan una formidable e infranqueable barricada contra la civilización. El continuo ejercicio del lateral thinking, el mantener los reflejos alerta, la viva curiosidad por examinar lo nuevo y la gimnasia del cuestionamiento y la repregunta son condiciones básicas para el progreso humano.

Resulta conmovedor comprobar el esfuerzo de personas como Polanyi por explorar avenidas y abrir caminos en soledad en medio de dramas personales consecuencia de persecuciones que, precisamente, se deben de la soberbia planificadora del fruto del trabajo ajeno y la insultante y denigrante arremetida contra la dignidad del ser humano.

Aquellas personas que comulguen con el ideario socialista pueden voluntariamente reunirse para suscribir todos los convenios que juzguen pertinentes al efecto de acatar decisiones de mandones que administren sus vidas y colectivizar sus haciendas, pero, en derecho, no pueden incorporar por la fuerza a quienes veneran la libertad y, por tanto, mantienen el sentido de autorrespeto, dignidad y responsabilidad individual y que comprenden que la solidaridad y ayuda al prójimo es con recursos propios y no con los ajenos. Pero para que subsista la libertad es menester entender de qué se trata y defenderla diariamente con fundamentos sólidos, puesto que como escribió Thomas Jefferson “El precio de la libertad es la eterna vigilancia” y este clima de libertad pude resumirse en el aforismo latino del common law en el contexto del derecho como un proceso de descubrimiento y no de diseño humano: sie utere tuo ut alienum son laedas (usa lo que es tuyo, siempre que no dañes lo que pertenece a otros).

Y en otro terreno, el militar, tengamos muy en cuenta que para ganar la batalla en el campo moral —el más relevante y definitivo— debe aplicarse el debido proceso y nunca imitar los procedimientos aberrantes de los terroristas y totalitarios. En este sentido, debe subrayarse lo inaceptable de la tortura sobre lo que he escrito mucho en base a autores tales como el precursor del derecho penal Cesar Beccaria, el filósofo Michael Ignatieff y el Juez Andrew Napolitano, pero en esta ocasión consigno la excelente línea argumental que desarrolla Eric Maddox, el oficial estadounidense que localizó a Saddam Hussein en 2003 con procedimientos que no incluyeron la tortura, un método que Maddox considera no solo incivilizado sino inconducente, todo ello en su libro sobre esa misión que le fue encomendada.

Desde 2300 años antes de Cristo en que en Sumeria se usó por primera vez la palabra libertad en inscripción cuneiforme, se viene escribiendo, declamando y reclamando esta bendición y a pesar de que desde 1920 en que Ludwig von Mises explicó la imposibilidad de todo cálculo, evaluación y contabilidad en el sistema socialista, hay quienes persisten en este dislate, pero, como queda dicho, su imposición no debe abarcar a quienes prefieren lo realista y humano que brinda la sociedad abierta. Asimilando los gobernantes del momento a la figura de Catilina que intentaba lograr alguna posición en el poder a cualquier precio, podemos decir con Cicerón en la apertura de su primera catilinaria: “¿Hasta cuando Catilina abusarás de nuestra paciencia?”.

Hace ya tiempo, anticipando las barrabasadas del bufón del Orinoco hoy en funciones rodeado de sus esbirros y alcahuetes, se publicó en Venezuela Analítica de Caracas un artículo mío titulado “El síndrome del poeta” donde señalaba lo que ahora quiero enfatizar nuevamente. Hay personas de gran sensibilidad como habitualmente son los novelistas, pintores, escultores, músicos, sacerdotes y poetas que, en no pocos casos, al hacer referencia a cuestiones sociales, con la mejor de las intenciones, desvarían de un modo que resulta francamente patético —similar en magnitud al dislate de las recetas trasnochadas de políticos de carrera— y cuando, por ejemplo, un economista de buena voluntad se acerca e intenta refutar lo dicho, el personaje en cuestión suele defenderse sosteniendo que sus objetivos son mucho más sublimes que “la ley de la oferta y la demanda”, “los rendimientos decrecientes”, el “multiplicador bancario” o las “ventajas comparativas”. De este modo se produce una encerrona imposible de sortear: en verdad lo constructivo sería que el sujeto en cuestión se abstenga de incursionar en lo que desconoce o que, antes de pronunciarse, destine tiempo para repasar conceptos clave. Michael Polanyi es una buenísima fuente para consultar el marco ético de una sociedad libre.

Alberto Benegas Lynch

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