jueves, 8 de abril de 2010

ECONOMÍA: ¿Qué es el producto bruto?


La Escuela Austríaca se ha preocupado por insistir en los peligros de concebir la economía como mecanismos automáticos de asignación de recursos movidos por fuerzas que conducen ha llamados “equilibrios” en el contexto de “modelos de competencia perfecta” desarrollados principalmente por León Walras y sus múltiples seguidores de distintas vertientes. Todo esto está mal. Nada hay automático en economía puesto que se trata de seres humanos que ponen de manifiesto sus gustos, sentimientos y preferencias. Nada tan absurdo como equilibrios cuando se trata de procesos en el contexto de permanentes cambios muy alejados de estados finales de reposo. Son procesos dinámicos fruto de decisiones cambiantes.

Como se ha señalado, los llamados modelos de competencia perfecta implican el supuesto del “conocimiento perfecto” de todos los factores relevantes, lo cual significa que no hay posibilidad de arbitrajes ni de empresarios que precisamente intentan detectar conocimientos deficientes y conjeturar posibles diferencias entre costos y precios. Por las mismas razones, tampoco en este modelo cabría la posibilidad de competencia. Como ha destacado Hayek el modelo de competencia perfecta constituye una contradicción en términos ya que se traduce en la ausencia de competencia. El propio Mark Blaug, uno de los economistas más destacados de la tradición del equilibrio y la competencia perfecta ha escrito que “Los Austríacos modernos van más lejos y señalan que el enfoque walrasiano al problema del equilibrio en los mercados es un cul de sac: si queremos entender el proceso de la competencia más bien que el equilibrio final tenemos que comenzar por descartar aquellos razonamientos estáticos implícitos en la teoría walrasiana. He llegado lentamente y disgusto a la conclusión que ellos están en lo correcto y que todos nosotros hemos estado equivocados”.

Ludwig von Mises ha señalado que la economía se refiere a toda la acción humana y no se circunscribe a los aspectos meramente crematísticos ya que se trata de la selección de medios para la consecución de específicos fines. Mises y sus discípulos de la Escuela Austríaca introducen una visión eminentemente humanista de la economía a diferencia de lo que venía ocurriendo con los enfoques marxistas y neoclásicos. Incluso estos últimos han abierto avenidas para el uso y abuso de las matemáticas. Por esto es que Wilhelm Roepke ha escrito que “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si no ha tomado inadvertidamente un journal de química o hidráulica […] los asuntos cruciales en economía sotan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad […], tras los agregados seudo-mecánicos hay personas individuales, con sus pensamientos, sentimientos y juicios de valor”.

Hay una obra en colaboración escrita por Don Lavoie y Emily Chamlee-Wright que se titula Culture and Enterprise que contiene aspectos de gran interés aunque no se coincida con todas sus conclusiones, especialmente las referidas a la hermenéutica, tema sobre el que tuve oportunidad de discutir con Lavoie especialmente a raíz de un ensayo suyo en torno a Carl Menger. En todo caso, en el libro mencionado se enfatiza la necesidad de que los economistas se compenetren de otras disciplinas y no actúen como “turistas” superficiales y como si las humanidades fueran algo “externo” a los procesos económicos que se ubicarían en otro planeta fruto de la obcecación positivista. Este es el motivo por el que Hayek dice que “si un economista se queda solo en la economía, no solo es un estorbo sino que estoy tentado a decir que será un peligro público”. Los autores de aquel trabajo citado explican que no hay posibilidad de que funcionen grupos humanos si no se entienden y aceptan valores culturales básicos: nada se logra por más que se promulguen constituciones y normas si no se entiende que es un contrato, que es la propiedad y no se suscriben los principios del respeto recíproco en el plano cualitativo que les corresponde.

Y respecto a lo cuantitativo, los mismos autores expresan sus serias dudas sobre el significado de las mediciones de bienestar económico en términos del producto bruto interno ya que consideran el progreso como algo enteramente subjetivo (incluso ejemplifican con el caso de las alarmas y cerraduras que se computan en las estadísticas del producto bruto pero pueden significar drásticas reducciones en la calidad de vida debido a incrementos en la inseguridad).

En esta línea argumental personalmente agrego que aquellas estadísticas deben verse con espíritu crítico en varios planos. Primero, es incorrecto decir que el producto bruto mide el bienestar puesto que mucho de lo más preciado no es susceptible de cuantificarse. Segundo, si se sostiene que solo pretende medir el bienestar material debe hacerse la importante salvedad de que no resulta de esa manera en la media en que intervenga el aparato estatal puesto que lo que decida producir (excepto seguridad y justicia en la versión convencional) el gobierno necesariamente será en un sentido distinto de lo que hubiera decidido la gente si hubiera podido elegir: nada ganamos con aumentar la producción de pirámides cuando la gente prefiere leche. Tercero, una vez eliminada la parte gubernamental el remanente se destinará a lo que prefiera la gente con lo que cualquier resultado es óptimo aunque si duda el estatismo hará retroceder las condiciones de vida debido a la injustificada succión de recursos y la consiguiente alteración de los precios relativos, lo cual conduce al desperdicio de los siempre escasos bienes disponibles. Cuarto, las el manejo de agregados como los del producto y la renta nacional tiende a desdibujar el proceso económico en dos sentidos: hace aparecer como que producción y distribución son fenómenos independientes uno del otro y trasmite el espejismo que hay un “bulto” llamado producción que el ente gubernamental debe distribuir por la fuerza (o más bien redistribuir ya que la distribución original se realizó pacíficamente en el seno del mercado). Quinto, las estadísticas del producto bruto tarde o temprano conducen a que se construyan ratios con otras variables como, por ejemplo, el gasto público, con lo que aparece la ficción de que crecimientos en el producto justifican crecimientos en el gasto público. Y, por último, en sexto lugar, la conclusión sobre el producto es que no es para nada pertinente que los gobiernos lleven estas estadísticas ya que surge la tentación de planificarlas y proyectarlas como si se tratara de una empresa cuyo gerente es el gobernante. Esto no permite ver que cuando gobernantes estiman tasas de crecimiento del producto no es que se opongan a que sen más elevadas y si resultan menores es porque así lo resolvió la gente. Si prevalece un clima de libertad y de respeto recíproco los resultados serán los que deban ser. En este sentido, James M. Buchanan ha puntualizado que “mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras no exista fuerza y fraude, entonces los acuerdos logrados son, por definición, aquellos que se clasifican como eficientes”.

Si por alguna razón el sector privado considera útil compilar las estadísticas del producto bruto procederá en consecuencia pero es impropio que esa tarea esté a cargo del gobierno. Por los mismos motivos de que los gobierno se tienten a intervenir en el comercio internacional, Jacques Rueff mantiene que “El deber de los gobiernos es permanecer ciegos frente a las estadísticas del comercio exterior […] si tuviera que decidirlo no dudaría en recomendar la eliminación de las estadísticas del comercio exterior debido al daño que han hecho en el pasado, el daño que siguen haciendo y, temo, que continuarán haciendo en el futuro”.

Cuando un gobernante actual se pavonea porque durante su gestión mejoraron las estadísticas de la producción de, por ejemplo, trigo es menester inquirir que hizo en tal sentido y si la respuesta se dirige a puntualizar las medidas que favorecieron al bien en cuestión debe destacarse que inexorablemente las llevó a cabo a expensas de otro u otros bienes. No hay alquimias posibles, en esta instancia del proceso de evolución cultural, lo único que un gobierno puede hacer para favorecerle progreso de la gente es respetar marcos institucionales civilizados que aseguren los derechos a la vida, la propiedad y la liberad.

En resumen, la economía no es un aparato que se maneja desde el vértice del poder sino un proceso cultural en el que la gente decide la asignación de factores productivos en el plebiscito diario del mercado en el contexto de información dispersa y fraccionada que se coordina a través de los precios. Las visiones mecanicistas y deshumanizadas de la economía conducen a la soberbia y la arrogancia de megalómanos y planificadores de vidas y haciendas ajenas.

Alberto Benegas Lynch

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