miércoles 1 de febrero de 2012

Desde la tribuna: la sabiduría política y la popular


El plan de impuestos, en estudio de la Asamblea Legislativa, alega, como telón de fondo, que los políticos de turno fortalecerán a los pobres, quitándoles a los ricos. La última encuesta de opinión muestra que esa historieta es ya poco creíble.

Es nefasto para la vida política y social de un país, el construir el mito social en torno tres subyacentes mitos utilizados como basamento.

Primero, que el gasto público puede estimular una economía. Segundo, que los impuestos pueden repartir riqueza y tercero, que los políticos son quienes mejor deciden quien paga y quien recibe. Tanto el primer supuesto como el segundo resultan falsos, y hay suficientes estudios para refutarlos, pero no vale la pena entrar hoy a discutirlos en toda su vastedad.

Me refiero en esta nota, a la confianza depositada en la sabiduría y el conocimiento de los políticos para determinar quién paga y quién recibe, porque choca con una muy evidente realidad. Los políticos no tienen por qué estar mejor dotados para esas decisiones y además de sus limitacioes intelectuales y cognoscitivas, carecen, frecuentemente, de escrúpulos, dejados de lado con el fin de de avanzar sus agendas personales.

Ello no quiere necesariamente afirmar que hay malas intenciones sino, más grave, que aún tratándose de las mejores, la asignación de recursos realizada por el Estado, en vez de la sociedad, resultará siempre en una defectuosa asignación y en una vejación de libertades.

De todo ello, hay muestras abundantes y suficientes para abandonar la esclavizante idea de que los políticos sean llamados a decidir quién recibe y quién paga. Basta, en Costa Rica, recordar cómo se ha olvidado a los ciudadanos en la asignación y construcción de obras públicas, la contratación de cámaras para controlar velocidad y la asignación de las pensiones para altos funcionarios.

Ante tanta, abundante y hasta reciente prueba, resulta puro y destilado error, proponer mayores impuestos para financiar las decisiones desinformadas de los políticos, para no cargar innecesariamente el argumento, también, con las malintencionadas.

A la letanía de las buenas intenciones y sabiduría de los políticos, urge ponerle de frente la sabiduría, indignación e incredulidad popular. A lo mejor, con el hastío frente a tanta falsedad, algo se ha logrado.

Mario Quirós Lara

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