martes, 5 de marzo de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: advertencia ante lo que observo

A mis amigos les he recomendado con gran gusto, que lean el último libro de Mario Vargas Llosa, el cual lleva por título La Civilización del Espectáculo (Alfaguara, México D.F., 2012) y que fácilmente puede ser adquirido en las librerías del país. En este comentario, deseo empezar con una cita amplia de aquél: 

“Tampoco es casual que, así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy busquen la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine, así como de estrellas del fútbol y otros deportes. Éstos han reemplazado a los intelectuales como directores de conciencia política de los sectores medios y populares y ellos encabezan los manifiestos, los leen en las tribunas y salen a la televisión a predicar lo que es bueno y es malo en el campo económico, político y social. En la civilización del espectáculo, el cómico es el rey…
Porque un hecho singular de la sociedad contemporánea es el eclipse de un personaje que desde hace siglos y hasta hace relativamente pocos años desempeñaba un papel importante en la vida de las naciones: el intelectual… (L)a participación de hombres de pensamiento y creación en la vida pública, en los debates políticos, religiosos y de ideas, se remonta a los albores mismos de Occidente… En nuestros días, el intelectual se ha esfumado de los debates públicos, por lo menos de los que importan.  Es verdad que algunos todavía firman manifiestos, envían cartas a los diarios y se enzarzan en polémicas, pero nada de ello tiene repercusión seria en la marcha de la sociedad, cuyos asuntos económicos, institucionales e incluso culturales se deciden por el poder político y administrativo y los llamados poderes fácticos, entre los cuales los intelectuales brillan por su ausencia.” (Op. Cit., p. 44-45).

Continúa Vargas Llosa:
 
“Porque otra característica (de la civilización del espectáculo) es el empobrecimiento de las ideas como fuerza motora de la vida cultural. Hoy vivimos la primacía de las imágenes sobre las ideas. Por eso los medios audiovisuales, el cine, la televisión y ahora Internet han ido dejando rezagados a los libros, los que, si las predicciones pesimistas de un George Steiner se confirman, pasarán dentro de no mucho tiempo a las catacumbas…” (Op. Cit. 46-47).

Vargas Llosa continúa exponiendo que:
 
“En la civilización del espectáculo la política ha experimentado una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades, modas y tics, ocupan casi enteramente el quehacer antes dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios.

Cuidar de las arrugas, la calvicie, las canas, el tamaño de la nariz y el brillo de la dentadura, así como del atuendo, vale tanto, y a veces más, que explicar lo que el político se propone hacer o deshacer a la hora de gobernar.”(Op. Cit., p. 50).

Las opiniones transcritas del Premio Nobel de Literatura podrán servir de substrato a lo que observo hoy en nuestro campo político: la primacía del espectáculo, del show, de la apariencia, de la forma, sobre las ideas, valores, razonamientos y planteamientos, que nuestros políticos deberían formular, acerca de los temas políticos relevantes para estos momentos. Parece que opinar de manera seria acerca de estos últimos, está siendo sustituida hoy por la aparición risueña y oportuna del político, frente a medios embelesados con sólo transmitir el espectáculo a las masas. Lo que tal vez podría ser considerada como una simple distracción local, tiene que ser transmutada en actos públicos de ostentosa grandiosidad, aunque los altos costos nos recuerden festivales palaciegos de otrora. Todo ello se hace con el fin de buscar enajenar voluntades sencillas. Algo así como lo que sucedió cuando los colonizadores traían brillantes bagatelas, todo con el fin asombrar a los indios ante una presunta grandiosidad. Como aquellas chucherías eran novedad, causaba la admiración del indígena y, ante todo, lograban el aprecio del ladino colonizador.

Las luces, el juego de pólvora, los papeles de colores, los movimientos de actores, las poses, las apariencias y las imágenes, de las cuales se rodea el político, no pueden ser sustitutos de la formulación de ideas, pensamientos y opiniones pertinentes acerca del quehacer de nuestra vida en sociedad. ¿Será que no hay nada en esos cuerpos vacíos de mente? Hay algo: la capacidad de usar el juego y la diversión, como nunca antes visto, en la manipulación de la realidad. Sabemos que los gobernantes romanos nos heredaron la idea política del Pan y Circo (Panem et Circenses). Los actuales nos están llevando por caminos aún más alambicados y, a la vez, de mayor sofisticación. Todo para lograr persuadir y convencer a los ciudadanos, de que actúen para el logro de los propósitos personales de esos políticos. La enorme parafernalia usada en la transmisión del espectáculo, efímero y tal vez hasta relativamente poco importante, les ha permitido ampliar los espacios para la acción interesada del político. Si no está presente el show, si no hay espectáculo, si no hay circo, el político sincero no tendría buen ambiente.  Estaría destinado a fracasar, puesto que, alternativamente, en un espacio dedicado a la discusión de ideas, propuestas o planteamientos, sólo exhibiría sus enormes limitaciones intelectuales. Por ello, el nuevo showman de la política tiene que acudir al emperifollamiento, al bien logrado maquillaje de sus debilidades, a la cirugía renovadora, tan sólo para poder sobrevivir en su búsqueda por el poder. 

Jorge Corrales Quesada

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