lunes, 11 de marzo de 2013

Tema polémico: muere Chávez pero no el chavismo

Aunque el título de este artículo pudiera sonar como las líneas de un cántico en memoria del dictador pseudopresidente democrático Hugo Chávez, nada más alejado de la realidad, pues en ASOJOD hemos atacado vehementemente a este payaso y muchos otros que se hacen del poder con el discurso populista, socialista, revanchista y nacionalista para luego conculcar libertades y hacer de su proyecto megalómano una dictadura camuflada con procedimientos democráticos para legitimarse en el concierto de naciones. 

La muerte de Chavez, acontecida formalmente el pasado 5 de marzo, aunque se habla de que ocurrió antes, es positiva, al igual que la caída de cualquier tirano, aunque no suficiente. De ahí la lógica del título: muerto el perro, no ha acabado la rabia; muerto Chávez, no ha muerto el chavismo. 

Ha muerto el caudillo, el líder y, al mejor estilo de Alejandro Magno, no dejó a su heredero claramente definido. Dejó su imperio a sus generales, para que se lo repartieran entre los más fuertes. Maduro y Cabello ya han salido al paso y han exigido que se les reconozca como sucesores. Uno de los dos, el vicepresidente, va ganando la pugna y pareciera que se mantendrá al frente, aunque no sabemos por cuánto tiempo. Las rencillas y el hambre de poder imperarán y, tarde o temprano, las pugnas serán pan de cada día, sumiendo a ese país es una inestabilidad política peor que la que ya vive. 

Pero además de ellos, están otros. El mismo Capriles, quien se erige como opositor, no lo es. Sus propuestas no parecieran tender hacia un sistema político diferente, respetuoso de la propiedad privada y las libertades individuales, sino a "moderar" el modelo chavista, hacerlo financieramente sostenible y maquillarlo con el respeto de algunos derechos, pero quizá no de todos. Y es que ese es precisamente el problema de fondo, que queremos abordar hoy: Capriles, al igual que muchos otros venezolanos -con notables excepciones, algunos que quedan en esa tierra y otros que han migrado- llevan el gen estatista. Seguirán pensando que le corresponde al Estado resolver los flagelos sociales, proteger a los que tienen menos, regular los recursos naturales y su explotación, definir los términos de intercambio entre los actores económicos y muchas otras cosas más. Es el mismo gen que pulula entre los latinoamericanos, ávidos del discurso proteccionista, amigos de la repartición de la riqueza, amantes de las redes de seguridad que les impidan asumir los riesgos sobre su propia vida. El perfecto idiota latinoamericano, del que hablaba Montaner, no es el líder simbólico sino, como bien lo demostró ese escritor, el ciudadano común y corriente, de a pie, que aplaude y se regocija por tener un hombre fuerte que le resuelva sus dificultades y le haga la vida más fácil. 

Nuestra propia Costa Rica hace mucho tiempo que está infectada de ese virus. El número de personas que espera que el Estado, sea por medio de un mesías o de un entramado institucional, le evite el sufrimiento de levantarse todas las mañanas para ir a trabajar y producir riqueza, de asumir la tarea de tomar decisiones y cosechar las consecuencias positivas o negativas de sus acciones, es cada vez mayor. 

Muchos siguen esperando que alguien o algo les evite la fatiga. Y más tarde o más temprano, para sobrellevar tan ilusoria empresa, tendrán que conculcarse libertades, desarrollarse políticas arbitrarias basadas en el antojo de un grupo de burócratas que, para tal tarea, deberán asumir la fatal arrogancia de creerse conocedores de lo que los individuos desean y necesitan. Y, de una forma o de otra, el modelo basado en esos principios siempre termina en un totalitarismo bañado en esclavitud, sangre y fracaso.

Decía Rand que "una dictadura tiene que ser caprichosa; tiene que gobernar por medio de lo inesperado, lo incomprensible, lo absurdamente irracional; tiene que tratar no con la muerte, sino con la muerte súbita; un estado de inseguridad crónica es lo que los hombres son psicológicamente incapaces de soportar."

Mientras ese virus, esos valores, esas ideas, mientras ese norte ideológico persista, la muerte de los Chávez no devolverá las libertades. Antes bien, son el alimento de los regímenes totalitarios.

No hay comentarios.: