martes, 21 de mayo de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: ya ni para limpiarse el trasero

¡Quién iba a imaginarse que, en una de las naciones del mundo más rica en bienes naturales, como es Venezuela, iba a escasear el papel para el escusado! A tal estado de cosas ha llegado la situación de esa economía.  Es verdad que no solo el papel “toilette”, como se le llama allá, desapareció de los comercios, sino que también están ausentes de los anaqueles otros productos esenciales como la harina, la leche, el pollo, la manteca y el café, entre otros.  Paradójicamente, lo único que parece abundar es la gasolina y otros derivados de petróleo. Un litro de gasolina cuesta entre 3 y 4 centavos de dólar, el más bajo del mundo. En contraste, una taza de café en una soda cuesta 30 veces más.  Por lo general, la propina que el consumidor le da a quien le llena el tanque, es más que lo que se gasta en echarle gasolina al carro.

Todo este desorden tiene que ver con la política gubernamental de control de precios. La gasolina tiene un precio ínfimo, por lo cual el gobierno está dispuesto a subsidiar su consumo hasta la coronilla, como medio para ganar puntos ante los consumidores (aunque esas pérdidas en que incurre el estado lo pagan todos los ciudadanos-consumidores de ese país). Pero, en el caso de bienes que son producidos por el sector privado, como muchos de los que cité antes, la situación es muy diferente, pues sus precios están muy por debajo de su costo de producción, con lo cual nadie, en su sano juicio y siempre evitando perder, estaría dispuesto a producirlos para llevarlos al mercado a ese precio controlado. 

No hace mucho Alejandro Fleming, Ministro de Economía de Venezuela, dijo que ese desabastecimiento de productos se debía a que había mucha demanda y poca oferta.  En rigor, eso es cierto, pero hay que entender por qué se presenta esa disparidad entre la oferta y la demanda.  Veamos primero la razón de la alta demanda en la economía.  Ello se debe simplemente a la enorme emisión de dinero que ha practicado el Banco Central de Venezuela durante los últimos tiempos.  Cualquier estudiante de Economía básica, así como cualquier ciudadano medianamente informado, saben que, si se emite mucho dinero en una economía, mucho más allá de lo que crece la producción, se presenta inflación.  No se necesita ser un Milton Friedman para saber que el más de 30% de inflación que actualmente azota a Venezuela, se debe al populismo monetario de las autoridades del Banco Central de ese país. 

A fin de controlar la inflación, el gobierno venezolano ha acudido a dos medidas.

Una de ellas es realizar importaciones de bienes que se consumen masivamente en Venezuela y que no se elaboran en ese país o que han dejado de producirse internamente. Casi todos los bienes, excepto petróleo y derivados, están en esas circunstancias. Tales importaciones han sido posibles gracias a los elevados precios internacionales del petróleo. 

Sin embargo, la producción de petróleo de Venezuela ha venido declinando con el paso de los años. Se estima que la producción anual de Petróleos de Venezuela S. A. (PDVSA) ha caído un 2% anual desde el 2008. A pesar de que, según la Organización de Países Exportadora de Petróleo (OPEP), Venezuela posee los mayores recursos petrolíferos del mundo, superando incluso a Arabia Saudita, su producción actual de petróleo es tan sólo de 2.4 millones de barriles diarios. Esto es, un 25% menos de lo que se producía cuando Chávez llegó al poder, hace 14 años.

En mucho ese decrecimiento de la producción de PDVSA se debe a su propia incapacidad. En estos tres últimos años su capacidad productiva ha caído un 35%. Por ello, ahora andan como locos tratando de que los chinos inviertan en su industria petrolera, aunque tal vez sea a cambio de los derechos que hoy Venezuela tiene por su petróleo. La incapacidad administrativa de PDVSA y la limitación de recursos que le impiden llenar los montos requeridos de inversión auguran un futuro muy incierto para los ingresos petroleros de ese país en especial ante su cierre a inversión extranjera (con excepción, tal vez, de la China o la de India). Los efectos ya se están sintiendo en la economía de esa nación.

Volviendo al tema de la inflación y particularmente en lo referente a la disminución de la oferta en la economía citada por el Ministro de Comercio Fleming, en la actualidad es notoria la escasez de divisas que permitan a las empresas domiciliadas en Venezuela adquirir del exterior lo necesario para producir sus bienes. Ante tal incapacidad para importar, las firmas internas han tenido que reducir sus niveles de producción. Por supuesto, eso no lo dice ese Ministro de Economía, quien habló de la mucha demanda y de la poca oferta. Esta decrece porque ahora no se tiene el financiamiento de divisas, que antes se disponía gracias a la abundancia petrolera de Venezuela. Al no tenerse ahora financiamiento para adquirir los insumos necesarios, ni el equipo productivo indispensable, ni los repuestos requeridos, la producción nacional tiene que caer. 

El Ministro de Finanzas de Venezuela, Nelson Merentes, ha reconocido estos problemas de financiamiento y ha dicho que está en marcha un plan para garantizar la adquisición de divisas para las empresas pequeñas y medianas. Pero lo cierto es que la situación de reservas internacionales de Venezuela parece ser precaria.  Se ha se mencionado que, a principios de mayo de este año, si acaso las reservas internacionales del país superaban los $25.000 millones y que de ellas un elevado porcentaje (70%) estaba conformado por posiciones en oro y similares. Se ha hecho saber que la posición de reservas líquidas de Venezuela es inferior a los $3.000 millones. (Casualmente un monto de reservas parecido al que hoy tiene Costa Rica, si bien no son totalmente líquidas).

Por eso es que, ante la limitación de divisas, en Venezuela el tipo de cambio se ha disparado por las nubes.  El llamado dólar paralelo –el precio del dólar en la calle- tiene a la fecha un precio superior a los 26 bolívares (llamados bolívares fuertes), en tanto que el tipo de cambio oficial es de 6.30 bolívares fuertes por dólar.  Ya el presidente Maduro ordenó llevar a cabo una guerra contra el tipo de cambio paralelo, al igual que lo han hecho infinidad de veces en el pasado, todos los usuales poseedores de la sabiduría que supuestamente otorga el poder: y que siempre concluyen en un fracaso. Ha llamado a clausurar los sitios libres en donde se transan dólares fuera del estado. A los participantes en ellos casi que los ha convertido en delincuentes subrepticios, tan sólo porque quieren cambiar sus dólares por su verdadero valor y no por el que se le antoja a Maduro y a su Banco Central.

Al otro  intento del gobierno venezolano por contener la inflación ya nos referimos anteriormente: fijar precios topes o máximos. La lección de la historia económica en este tema es tajante. Desde la época de Henku, rey de Egipto en el 2080 antes de Cristo, o del rey Hammurabi (hace 4.000 años) hasta en el Chile de Allende y la Nicaragua de la primera administración de Ortega, los gobiernos nunca han podido controlar la inflación mediante el control de precios.  Tal vez con excepción de lo sucedido bajo el régimen nazi, se tuvo algún grado de éxito en poder controlar los precios en circunstancias inflacionarias.
El historial de fracasos de la política de fijación de precios lo documento en un libro que escribí en 1984 bajo el título Inflación y Control de Precios (Editorial Stvdivm). Pronto estará disponible en la web y de ello oportunamnte le informaré al amigo lector que desee ojearlo o reproducir. En él, expongo los resultados que tiene sobre los mercados esa ineficiente política que pretende controlar la inflación, como es hoy el caso de Venezuela. Provoca el surgimiento de mercados negros, que los precios no controlados se disparen, que se presente un deterioro de la calidad de los bienes cuyo precio es controlado, que surjan largas colas para poder comprarlos, que aparezcan sistemas de ventas atadas (esto es, que a usted se le vende el bien al precio controlado, pero tan sólo si adquiere otro bien a un precio más alto o de menor calidad). 

Asimismo, el control de precios provoca el acaparamiento y la aparición de negocios “fáciles”, como cuando se obtiene de parte del gobierno permisos de importación, lo cual genera grandes ganancias que van más allá de las usuales en los mercados. También abunda la corrupción de las autoridades, así como la escasez y desaparición de los bienes en los mercados, los horarios anormales de ventas, como en las madrugadas, a los precios mayores del mercado, al igual que los productos se venden de repente en bolsas menos llenas, al igual que surge la venta de productos empacados en cantidades diferentes a las reguladas, con lo cual se evita la regulación a bienes empacados en otras cantidades. Incluso simplemente aparece un producto “nuevo” (por ejemplo, ahora con “triclorín climatizado”). Igual de nocivo es el impacto que la política de control de precios tiene sobre el desempleo, que afecta a  trabajadores de empresas cuyo precio es controlado, así como la subutilización del equipo de producción, entre muchas otras cosas.

Podemos predecir que el iluminado del pajarito, con total incultura y poca madurez, pero sobre todo con falta grave de inteligencia, le dirá a su pueblo: “Si no hay papel, pues que usen elotes”. El problema es que en Venezuela tampoco hay producción suficiente de maíz para usar los elotes en esas higiénicas materias. Esto significa que hay una buena oportunidad para la exportación de elotes a Venezuela desde Costa Rica, entre otras naciones.  El problema es que sus reservas monetarias, a pesar de la abundancia petrolera, se han menguado notoriamente como para poder exportarles lo necesario a Venezuela.

Jorge Corrales Quesada

No hay comentarios.: