miércoles, 19 de junio de 2013

Desde la tribuna: ¿Hay solución?

El Estado costarricense hace aguas por todos lados.  Algunos de los grandes problemas nacionales tienen su origen en el mal desempeño del Estado.  No obstante (¡paradoja del ser humano!) abundan los estatólatras (fascismo larvado) que opinan que la solución está en dar más poder al Estado, poner más funciones en sus manos y dejarle gastar más.

La inseguridad ciudadana, común en buena parte de Latinoamérica, pasa por un Estado que se ha vuelto ineficiente en sus obligaciones jurídicas y policiales:  tribunales lentos, policía ineficiente y corrupta, sistema jurídico colapsado, sistema penitenciario convertido en escuela del crimen y bastante más.  

Los aumentos constantes en el costo de la vida también pasan por el Estado.  Hace rato que en buena parte de los países, so pretexto de la soberanía monetaria, secuestró la moneda y complica el desempeño económico de los más, incluyendo a los más pobres y a los más trabajadores.  

¿Y la corrupción?  Aunque no faltan quienes parodiando los versos de Sor Juana Inés de la Cruz señalan con dedo acusador al sector privado, lo innegable es que el caldo de cultivo de la corrupción se halla en la administración irracional de potestades, recursos públicos y falta de igualdad, tramitomanía, exceso de funciones y demasías públicas.

Los tres grandes problemas que señalan como los principales del país son, casualmente, tres males originados en el Estado mismo.  El cual, en lugar de constituirse en fuente de soluciones, poco a poco va siendo la causa de la mayor cantidad de problemas que soporta la sociedad.
Es indudable e innegable que los tres problemas pasan por el Estado y su administración. 
Además, estos temas tienen relación directa con el tamaño del Estado, la concepción que de él se tenga y, asimismo, con la dirección en que se le lleva. 
Es un hecho que al Estado se le ha cargado de cometidos, se le ha confiado mucho y se ha favorecido su excesivo y enfermizo crecimiento.  

Los problemas mencionados se multiplican en razón del tamaño de la plantilla o planilla pública, la cual sigue creciendo sin cesar y sin que ello signifique mejora en el servicio. Igualmente, en relación con el endeudamiento público, el cual en casi todas partes es gigantesco.  Ello, además, pone presión sobre el vicio de aprobar nuevos impuestos o tributos o sencillamente aumentar la carga tributaria. 

Pero quizás lo más serio es la enfermedad de la estatolatría, que insiste en poner más cosas en manos del Estado.

Es evidente que la maquinaria estatal se va convirtiendo en un gran dinosaurio inútil, grotesco y grosero, pesado y complicado con la tramitopatía, la cual es caldo de cultivo de la corrupción.  

Hay algunas soluciones parciales a los problemas apuntados:

Una de ellas es conocida como la administración outsourcing, consistente en tercerizar, externalizar o subcontratar servicios.  De esta manera la planilla o plantilla pública no se recarga y hay competencia por los servicios y espacios para que las empresas privadas generen empleos sanos y en condiciones de mercado.

La concesión de obra pública, de manera similar, puede resultar mucho más que un paliativo, pues no solo sirve para enfrentar el tema de recursos escasos, sino que poner el esfuerzo y la iniciativa privadas al servicio público.

Obviamente, tales soluciones son parciales.  Inteligentemente instrumentadas pueden cambiar el rumbo de sector público.

Desdichadamente, en algunos países como en Costa Rica, las decisiones dirigidas a estas soluciones han sido mal instrumentadas, torticeramente adoptadas y los resultados han sido paradójicos.  Subcontrataciones hechas con sociedades anónimas laborales que arrastran las mismas situaciones, inercias no cambiadas, planillas recargadas y contratación de obra pública discutible y poco hábil. 

Parece que las decisiones han sido tomadas de esta manera para que las soluciones no sean viables. 

Obviamente, algunos quieren aprovecharse para concentrar actividad y poder en el Estado.  Lo que habría que contraargumentar es quienes ni siquiera pueden contratar a un tercero, quienes incurren en colusiones o contrataciones discutibles, menos aún serían capaces de hacer las obras necesarias, contratar la planilla adecuada o soluciones los problemas con su acción directa.  No más Estado.   Hay que ponerle límites y controles.   

Federico Malavassi

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