miércoles, 12 de junio de 2013

Desde la tribuna: ¿omnividente y omnisapiente? ¡Jamás!, pero sí "voyeurista"

Hemos destacado el curioso hecho de que, aunque la ocupación de político esté tan desacreditada, no obstante la gente va en la inercia de adjudicarle cuanta cosa pueda al Estado, a pesar de que está en manos de los políticos. ¡Curioso!

Sin embargo, hay otra cuestión igualmente singular, producto de la mitología actual:  adjudicar al Estado las facultades de omnividente y omnisapiente, a pesar de que esta organización (eufemismo) no puede superar en un ápice las capacidades de sus funcionarios.  Más bien sucede con mucha frecuencia todo lo contrario: que Estado actúa tan disfuncionalmente que consigue lo peor de sus colaboradores (con honrosas y evidentes excepciones, por supuesto). 
 El Estado, eso sí es cierto, ha intentado ser “panóptico”, trata de ver todo. Pero no pasa de ser “voyeurista” o “samueleador”.   

Hace años, con el pretexto del impuesto sobre la renta (vocablo arcaico) se ha apoderado de las contabilidades de las personas y empresas. Muchos contadores tienen como parte de su ética la vigilancia de las cuentas para el Estado. Con ello desnaturalizan la utilidad de las contabilidades. Igualmente, con el pretexto de la lucha contra el crimen, se ha creado el delito de “legalización de capitales” (autónomo del robo, estafa, narcotráfico o cualesquiera otros que pudieran haber dado origen al capital) y una nueva forma de hacer “voyeurismo” en las finanzas ajenas.

A raíz del escándalo de los “wikyleaks” y recientes acusaciones respecto de los registros telefónicos, resulta revelador cuánto invierten los Estados en meterse en la vida del prójimo.  

No obstante, tales incursiones no hacen al Estado más sabio, más vidente, más inteligente sino todo lo contrario:  más abusivo, más agresivo y más violador. En todo el mundo abundan las denuncias relativas al uso de información privilegiada por parte de funcionarios públicos. También son frecuentes las denuncias por uso indebido de la información obtenida para actividades tributarias.

Lo más curioso del asunto es que la situación debería ser exactamente al revés: los ciudadanos deberíamos saber cada día más de lo que pasa en Palacio, conocer hasta el último céntimo (que no peso) que se gasta en el ámbito público, saber de la vida de los funcionarios, tener cuentas verdaderas y al día. El Estado debería ser como una “casa de cristal” y todo debería quedar a la vista de la sociedad.

Y los estatólatras insisten, en cambio, en otorgar al Estado cada día más funciones e intervenciones en la vida particular.  Siguen creyendo en su omnisapiencia, en su omnividencia, en su bondad … aunque esté nutrido de políticos y sea imposible que lo sepa todo.

Algunos quieren que el Estado sustituya al mercado, otros que asuma toda la educación, no faltan los que lo prefieren a la Iglesia y muchos quisieran que sustituya a las familias. ¿Cómo será que siquiera tienen tales ocurrencias? Le adjudican, además, el mejor comportamiento moral, la mayor inteligencia, la mejor información y el mejor uso de medios.  

La evidencia, en cambio, muestra la corruptibilidad que se da con la concentración de tareas, la disfuncionalidad que produce el exceso de tamaño, los graves costos sociales de fomentar un Estado grande, las perversiones en que incurren los funcionarios públicos y la lentitud y atrasa a que se somete toda la sociedad con la tramitopatía. 
 
Federico Malavassi Calvo   

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