miércoles, 14 de agosto de 2013

Desde la tribuna: el cuento del modelo "neoliberal"

Hace años que ronda el mito de que vivimos en el neoliberalismo.  Es una palabra con que se quiere calificar lo mal que van las cosas.  Y, de la manera más irresponsable, una cierta cantidad de personas usa el término sin la menor idea de lo que significa.

Cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín, se significó en tal hecho el derrumbe de los Estados socialistas.  Entonces surgieron, de la oscuridad de los experimentos marxistas que oprimieron la Europa oriental, nuevos Estados y aires de libertad.

Alemania inició el camino a la reunificación (tan contundente que retrasó la integración europea), aparecieron las repúblicas bálticas, se dividieron algunos Estados unificados a la fuerza (Checoslovaquia y Yugoslavia) y los miembros del COMECON empezaron a pedir su ingreso en la Comunidad Europea.

¡El socialismo había fracasado contundentemente!  En varias dimensiones se medía el fracaso:  en la economía, en la democracia, en la generación de oportunidades, en la creación de una mejor sociedad.

En Occidente y en las democracias, sin embargo, la ansiedad de algunas propuestas políticas por perseguir la quimera del socialismo había sembrado su semilla y se manifestaba en diversas formas de daño:  estatolatría, encadenamiento de la libertad, economía enferma, tramitomanía, exceso de burocracia, perpetuación inútil del gasto contra la pobreza, perversión de las políticas de justicia social, clientelismo político, déficit fiscal, gasto público desenfrenado, moneda enferma y poco aire para la sociedad.

Algunos organismos internacionales y el propio electorado clamaron por un cambio de rumbo.  Paradójicamente, las mismas versiones políticas que habían adoptado las iniciativas que ahogaban a la sociedad decidieron encabezar las reformas y el mensaje de cambio.

En su mayoría, con honrosas excepciones, iniciaron y ejecutaron estos cambios  líderes políticos que no estaban convencidos de lo que hacían.  Promovían los cambios para tomar dineros de los organismos internacionales, para que sus gobiernos fueran objeto de crédito y para obtener alguna ayuda internacional.  En algunos casos el consejo experto lo convencía, pero la práctica política desviaba la acción.

El hecho es que se habían dado algunas crisis y pocos países se salvaban del desorden, la desorganización, el agotamiento de sus sistemas y la mala administración.   Como una pandemia, los políticos se contagian de las tonterías que hacen sus vecinos, ofrecen más, prometen lo que no se puede, pretenden lo que no sirve y usan todo para fomentar el clientelismo y una absurda persecución de fines electorales. 

El socialismo había caído y había demostrado sus falacias y mentiras, pero los derrotados se negaban a admitir cómo debían funcionar los Estados y las economías.  Muchos años de mentiras y engaños les impedían aceptar la verdad.

Por tal motivo, resultó más fácil entender el fracaso del socialismo y el marxismo en los regímenes que lo practicaban  abiertamente, que en los daños realizados a los regímenes que aparentemente tenían otro signo.

Es evidente aquello de que nadie escarmienta en cabeza ajena.  Por ello ha sido tan difícil  en las democracias reorientar estos regímenes y enderezar los gobiernos.

Había que desintoxicar a las sociedades de tanto Estado, facilitar la formación de empleos, dotar a la maquinaria estatal de eficacia y agilidad, disminuir el inútil peso del Estado sobre la sociedad, equilibrar las finanzas públicas, eliminarla duplicación de instituciones y programas (llamada por algunos “duplicidad”), devolver a la gente y a la sociedad la posibilidad de realizar actividades, negocios y empresas (llamado por algunos “privatizar”), eliminar los odiosos monopolios públicos, adoptar medidas para que la economía se reactivara, fomentar mercados laborales, quitarle la grasa al Estado (sobrepeso, sobreplanilla y demás excesos), impulsar mejor comercio internacional, facilitar el intercambio comercial, racionalizar las prácticas aduaneras y evitar sistemas impositivos perversos, fomentar el empresariado y permitir que el mercado funcione, eliminar las instituciones que impiden el desarrollo, promover la formación de riqueza y la búsqueda personal del bienestar.  Era evidente que muchas sociedades ya no soportaban el peso de sus Estados y se hacían cada vez más pobres y postradas por culpa de los programas públicos.

Algunos de estos temas coinciden plenamente con el liberalismo, otros son de sentido común. 

La cuestión es que las transformaciones no se han hecho consistentemente y en la mayor parte de los Estados se ha regateado la adopción de medidas correctivas.  Asimismo, los presupuestos se han ido agotando y no se llega a niveles adecuados de desarrollo.  En muchas partes, además, la inercia burocrática, las mismas prácticas de corrupción y los mismos dirigentes políticos no han hecho otra cosa que “ordeñar”, cobrar peaje o aprovecharse de la posibilidad de nuevos negocios.  Así, entonces, en lugar de eliminar un monopolio o de privatizar una actividad, lo que han hecho es “privatizar” un monopolio que era público (en algunos casos, empresas estatales monopolísticas han sido “privatizadas” en manos de empresas de otros Estados); el outsourcing ha sido para contratar a amigotes (sin bajar la planilla estatal), la concesión de obra pública no ha sido administrada con buen criterio sino como premio a amigos o con coima y otras prácticas similares. 

El resultado es un desastre.   Pues los fondos para corregir han sido dilapidados en decisiones o maniobras inconsistentes, inacabadas, improcedentes y corruptas.  Los gobiernos han inventado nuevos órganos (supuestamente más ejecutivos) sin cerrar los viejos, los han puesto en manos de los mismos administradores, no han cerrado programas, no han bajado la planilla pública, no han garantizado espacios de libertad y al final de cuentas no han mejorado las cosas.

Algunos acuerdos internacionales, con el nombre de “tratados de libre comercio”, no superan su mero contenido de “comercio administrado”.  No ha habido disciplina fiscal, no ha mejorado la asignación de recursos, no se ha abandonado la tramitopatía y, mucho menos, no se ha permitido a la sociedad desplegar sus potencialidades.

¿Economía de mercado?  En general, se está muy lejos de lograrlo.  ¿Estados eficientes?   Tampoco.  ¿Mejoras en la economía pública?  No se ven.  ¿Mejor moneda?  En ninguna parte, salvo cuando el gobierno ha sacado sus sucias manos.  Por ejemplo,  ¿a cuánto ascienden las pérdidas el Banco Central de Costa Rica y cuánto pesa ello sobre el desempeño económico?

Sin embargo, algunos señalan con el dedo acusador y dicen que las cosas están mal por culpa del “neoliberalismo”. 

La expresión “nuevo liberalismo” fue acuñada por  el economista francés Louis Baudin (nacido en Bruselas en 1887 y fallecido en París en 1964)  en su obra “L'aube d'un nouveau libéralisme” (publicada en  Paris, Librairie de Médicis, 1953).  

En “El alba de un nuevo liberalismo” se trata en lo esencial acerca del tema de la libertad.  Me gusta recordar la cita de esta obra que dice “… numerosos individuos enajenan su libertad de expresión y de acción, entregándose a un grupo tiránico del cual esperan ventajas materiales.  La obediencia es una solución de facilidad para los mediocres …”.

Como se puede apreciar, el nuevo liberalismo, el neoliberalismo, es una respuesta al intento de tiranización y colectivización que se ha tratado de imponer en el siglo XX en muchas sociedades.  No tiene nada que ver con la mala ejecución de las prácticas correctivas que se han intentado, tras las crisis de las democracias y economías occidentales a finales del siglo XX.

Muchas de estas prácticas han sido mal ejecutadas porque le ha correspondido hacerlo a gobiernos mentirosos, que por un puñado de dólares han firmado tratados, convenios y acuerdos para corregir el rumbo de un aparato estatal pero en realidad no han hecho nada consistente, profundo o verdadero.

En el caso de Costa Rica, por ejemplo:  ¿Quién en su sano juicio o buena fe puede decir que los veinte mil millones de colones perdidos en la “trocha mocha” tienen que ver con “neoliberalismo”?  Eso lo puede afirmar un panfletista marxista, un socialista demencial, pero nadie en su sano juicio.  Tal desperdicio es resultado de una típica acción estatista inconsulta, mal administrada, mal contratada y que se permita una asignación irregular de recursos públicos, desviándolos de su finalidad pública y jurídicamente acordada.  Eso no es liberal, neoliberal ni racional.

Igualmente, el caso de los más de veinticinco millones de dólares  (pueden ser hasta cincuenta) desperdiciados en estudios contratados a través de “Soresco”  (una sociedad caribeña) constituida por Recope SA (una empresa estatal en el irregular modo de sociedad anónima), titular del discutible y nada liberal monopolio de refinación y comercialización a granel de derivados de petróleo, con una compañía estatal china con la cual quiere establecer una nueva refinería en Costa Rica.    ¿Qué tiene que ver eso con neoliberalismo, liberalismo o algo parecido?    El hecho de que la Aresep haya autorizado tarifas o precios de los combustibles y que dichos precios le hayan permitido a Recope SA dilapidar o derrochar recursos sin control:  ¿Qué tiene que ver con neoliberalismo?

El monopolio de Recope SA no es liberal sino todo lo contrario.  La fijación de tarifas o control de un monopolio público sí podría entenderse como una propuesta de racionalización liberal, pero la ejecución tan burda ¡jamás!  El negociado con una empresa estatal china y la “libre disposición” del monopolio y el exceso tarifario para constituir una “caribeña” y botar de tal modo recursos de todos no es, ni lejanamente, un asunto liberal o neoliberal o de racionalización.

La concesión de obra pública es un mecanismo para aportar a la sociedad infraestructura y otras edificaciones a través del aporte privado.  Se utiliza como recurso porque el Estado está deficitario y se pone a empresarios a arriesgar y aportar las construcciones públicas y comunales.  El mecanismo es válido pero su ejecución en Costa Rica para por un CNC que ha sido un desastre.  ¿Acaso es neoliberal que el CNC haya removido a la empresa supervisora por miedo a que sus “no conformidades” evidenciaran lo mal que se ejecutaba la obra en la carretera a Caldera?  ¿Acaso es neoliberal que se haya dado impunidad a una empresa que no ejecutó adecuadamente el contrato?  ¿Acaso es neoliberal que ahora, que los tribunales condenaron al Estado a indemnizar a la supervisora ilegalmente removida resultemos pagando el doble o más por la supervisión?  Igual pasa con la carretera Bernardo Soto (San Ramón):  la ejecución tan mal hecha y los resultados son efectos de una administración política muy mala, no producto de la idea de buscar un camino para aportar más y mejor infraestructura.

Vivimos sociedades en las cuales los derechos fundamentales y las libertades están conculcadas, no hay facilidad de gestión, no hay oportunidades, la educación va para atrás (más años para aprender a leer y escribir, convención colectiva con un sindicato, un candidato oficialista que promueve mediocridad con la idea de convertir el Bachillerato en algo opcional):  ¿acaso esas metidas de pata son “neoliberalismo”?  Nada que ver.

En el caso costarricense, es innegable que políticos oportunistas y clientelistas aumentaron en demasía la planilla pública.  Ello conlleva problemas para las demás personas.  Una Caja Costarricense de Seguro Social con once mil empleados más, un Instituto Costarricense de Electricidad con la planilla cargada y en quiebra técnica, una Recope con exceso de gollerías para sus empleados.  ¡Eso no tiene que ver con el neoliberalismo!  Pero ¡eso sí!, tiene mucho que ver con la imposibilidad de generar riqueza, con la dificultad para aprovechar adecuadamente las posibilidades de tratados de libre comercio, con el aumento de la pobreza:  cada empleado público de más genera más costos para la sociedad, cada empleado público de más es un peso que tienen que mover los demás, cada gollería implica desposicionamiento competitivo, desigualdad para generar riqueza y aumenta la dependencia.    ¡Por supuesto que eso no es neoliberalismo!

El exceso de trámites y la maraña de leyes son combatidas constantemente por el liberalismo.  Entrañan corrupción, exceso de obligaciones, límites a la libertad, aumento de costos de producción y no benefician al pueblo.  Establecen una barrera de entrada sobre todo para quienes menos tienen.  ¡Es obvio que eso no es liberalismo ni neoliberalismo! 

El exceso de trámites y el exceso de normas jurídicas entraba el funcionamiento de la sociedad y es caldo de cultivo para la corrupción.   Surgen las desigualdades de trato según la voluntad del funcionario público.  ¡Por supuesto que los liberales denuncian tal situación!  De modo que las fortunas formadas a partir de esta desigualdad, de esta corruptela y de esta situación no son neoliberalismo.  ¡Claro que son espíritu de lucro! Pero se trata del lucro del corrupto, del lucro del abusivo, del lucro del autoritario, del lucro del malhechor. 

El mundo entró en una nueva etapa con el “industrialismo”.  Es un hecho similar al que sucedió cuando dejamos de ser “recolectores” y apareció la agricultura.  El capitalismo es una etapa de la Humanidad similar a la agricultura.  Han permitido más beneficios y han mejorado la producción de bienes y servicios para todos.

En libertad, la economía de mercado funciona y permite una mejor asignación de los factores de la producción, permite generar riqueza, genera más empleos y potencia la división del trabajo.  Eso es bueno y permite a la gente progresar, tener acceso a más bienes y servicios y participar de la riqueza.  No soluciona todos los problemas y puede causar algunos.  Eso no lo niega nadie.  Por eso el liberalismo, el neoliberalismo y los liberales siempre han hablado de avanzar con ensayo y error.

Lo que sí es claro es que el liberalismo ha resultado mejor que el socialismo, que el fascismo, que la feudalidad, que el gremialismo, que el corporativismo, que la tiranía, que el mercantilismo y que todas las charadas marxistas.

Lo que además es todavía mucho más evidente, es que no estamos viviendo una era de neoliberalismo y que no es correcto éticamente llamar “neoliberal” los desmanes y desequilibrios que se han dado.

Cuando se dio la crisis bancaria y financiera, muchos hablaron de que se trata de una crisis del capitalismo y del espíritu de lucro y le endilgaron la culpa al “neoliberalismo”.  Tampoco nada que ver.

En primer lugar, deberían atender las magistrales exposiciones del liberal  Jesús Huerta de Soto acerca de la crisis financiera.   Se trata de un problema de legislación, promoción estatal del crédito, bancos centrales y regulación de la moneda (en muchas partes monopolizada por el Estado). 

Asimismo, el espíritu de lucro no es un tema que sea exclusivo de los liberales.  La economía liberal observa tal fenómeno en la naturaleza humana y propone cómo aprovecharlo, a través de libre concurrencia, de competencia y economía abierta.  No a través de maniobras colusivas, no a través del fraude, no a través del  robo, no a través de la tiranía y la opresión, no a través de la corrupción.

Los ladrones, los corruptos, los dictadores, los asesinos, los sindicalistas, los corporativistas, los mercantilistas, los fascistas y muchos más tienen espíritu de lucro.  Algunos líderes socialistas han amasado fortunas y bienes, por supuesto que a costa de los demás.  ¡Eso es espíritu de lucro!  Algunos se han aprovechado de “carreras burocráticas” para obtener grandes ganancias y pensiones.  ¡Eso es espíritu de lucro!

Lo que propone el liberalismo no es así, sino que a través de trabajo, de libertad, de competencia, de concurrencia y apertura cada cual tenga derecho a generar riqueza. Así que no se vale confundir.

En síntesis, la pobreza que generan políticos corruptos, Estados inútiles, el déficit presupuestario, la crisis financiera y demás especies similares no tiene nada que ver con el liberalismo.  No es tampoco “neoliberalismo” sino para quienes mienten y engañan.  No es correcto llamarlo así.  Podría ser pseudoliberalismo.  Pero está más cercano al socialismo, al mercantilismo, al corporativismo y al fascismo o estatismo, que es lo mismo.

No estamos viviendo, pues un “modelo neoliberal”.   No se debe aceptar que sin fundamento ni razón, los partidarios del socialismo, del marxismo y de otras doctrinas fracasadas repitan como loras que la culpa de todo la tiene el neoliberalismo.  Es una táctica de viejo cuño utilizada por los estatistas y los enemigos de la libertad. 

Buena parte de los despropósitos que sufrimos se origina directamente de los excesos del estatismo, de las prácticas corruptas de líderes estatistas y clientelistas y de los daños que la legislación excesiva causa en el sistema.  ¡No se vale culpar al liberalismo de la postración del estatismo, de lo mal que funcionan los sistemas socialistas, de lo difícil que es que arranque una economía con tales lastres!

Algunos gobernantes, en un arranque de fiscalismo, pretenden aumentar la carga tributaria sin racionalizar el gasto público, paralizar programas convenientes para dejar vivos los inconvenientes, despedir a personas que trabajan bien en el sector público para dejar a sus partidarios.  Luego dicen que es culpa de los programas de ajuste.  Y, por supuesto, las loras de siempre corren a repetir que es culpa el neoliberalismo. 

Algunas veces, alardeando de su error mental, argumentan haciendo confusión de los Estados Unidos con el liberalismo.  EUA no es una sociedad liberal.  Ha tenido grandes liberales, ha tenido grandes momentos de liberalismo en diversas dimensiones, pero ya no es una sociedad liberal:  tiene serias intervenciones estatales en la vida de los ciudadanos, tiene un sistema presidencial que fomenta concentración de poder, ha limitado el desarrollo económico de muchas maneras y sus normas y prácticas atropellan la libertad de muchas maneras.  Sigue siendo una gran nación y una de las sociedades que más ha defendido la libertad, pero no es un ejemplo de liberalismo.  Muchos de sus yerros y problemas devienen, precisamente, de su tendencia estatista y de la falta de respeto por la libertad.  Así que tampoco es un “modelo neoliberal”.

Habrá que enfrentar a quienes así repiten y señalarles, con paciencia y un poco de irritación –pues en su mayoría lo hacen de mala leche-, las causas y los efectos en cada caso.    Hay que sacudirse del error mental en que caen llamando neoliberalismo lo que no es tal, recriminarles su mala formación o su mala intención y fomentar la verdad.

Fracasó la URSS, sigue fracasando el abuso contra el pueblo cubano, cayó el Muro de Berlín y está demostrado (si se quiere hasta científicamente) que el marxismo no sirve.    Ahora sus partidarios, reciclados de ecologistas, antineoliberales, teólogos de la liberación pretenden con argumentos falaces demostrar que el liberalismo no sirve (para empatar con la caída del marxismo) y, para ello, han inventado el mito del “neoliberalismo”. 

Federico Malavassi Calvo

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