martes, 13 de agosto de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: buscando el apoyo de la burocracia

Los burócratas también votan, al igual que como lo hace cualquier otro elector. Sin embargo, a diferencia de estos últimos, los primeros enfrentan un conflicto de intereses: El de ser patronos, como son los ciudadanos de cara a los administradores de la cosa pública, y, a la vez, el de ser empleados, pues dependen de la voluntad de su patrono, la ciudadanía.  Este es un conflicto fundamental que encara la burocracia, el cual tendrá más relevancia entre mayor sea la burocratización de una nación.

Una sociedad que opte por las virtudes de la libertad individual encara la decisión de escoger políticamente límites al crecimiento de la burocracia como bases para organizar su orden económico, en contraste con una administración burocrática, sujeta en su accionar a la obediencia de la ley, reglamentos y regulaciones que debe observar a ciegas. Esto porque si las burocracias crecen relativamente, hace que decline la capacidad de desarrollo de una economía, que efectivamente pueda satisfacer los deseos y necesidades de los consumidores.

Si el orden económico es regido por una burocracia, ésta no hace más que obedecer lo que cualquier ley le permita hacer, sin importar si la solución a un problema es efectiva o no. Interesa tan sólo que la actuación esté dentro del marco de la ley y nada más.  En contraste, tal limitación no existe cuando en sociedad el individuo es libre de organizarse productivamente. Las habilidades del empresario para innovar, así como su iniciativa para resolver problemas, que esencialmente toman en cuenta los intereses de los consumidores, se logran traducir en el progreso, bienestar y crecimiento de las sociedades, en un orden basado en el mercado y la búsqueda de utilidades. Por su parte, un orden burocrático no tiene posibilidades de tales logros, pues la actuación del administrador está restringida al cumplimiento de las leyes, reglas y regulaciones, que limitan la discrecionalidad de esos actores. 

Como escribió Ludwig von Mises, 

“Decir al director de una empresa sometida a un régimen de beneficio posible pero limitado: ʹCompórtese como un concienzudo burócrataʹ, equivale a ordenarle que evite toda reforma. Nadie puede ser a la vez un buen burócrata y un innovador. El progreso es precisamente lo que los estatutos y los reglamentos no han previsto; queda necesariamente fuera del dominio de la actividad burocrática”. (Burocracia, Madrid, España: Unión Editorial S. A., 1974, p. 95). 

Un argumento en favor de un estado relativamente pequeño, limitado, es que minimiza la necesidad de una burocracia, cuyos incentivos no se dirigen al logro de la mayor satisfacción del consumidor ni a obtener el mayor crecimiento posible, sino tan sólo a la satisfacción de las regulaciones y reglamentaciones predeterminadas. Ello lo que hace es impulsar el mantenimiento de un indeseable status quo. 

Para restringir un estado con un proceso de crecimiento de su burocracia, se hace necesario convertir dicha voluntad en una realidad política, por la vía de elecciones libres. Es aquí en donde las cosas suelen ponerse difíciles, porque los partidos políticos naturalmente lucharán por ver cuál es el que ofrece más, en términos de apoyo, aliento y estímulo a la burocracia, a fin de obtener como compensación su voto en las elecciones. 

Si trasladamos estas apreciaciones al caso actual de la política costarricense, es fácil observar cómo todos los candidatos presidenciales para las próximas elecciones ofrecen, en mayor o menor grado, mejorar los campos de acción de la burocracia (aunque paradójicamente en ocasiones digan estar en contra de “la burocracia innecesaria y dañina”). Esto lo cumplirían simplemente ampliando sus funciones u ofreciéndoles mantener actividades que hoy se presume debían desempeñar bien, pero que el pueblo ha visto que son innecesarias que las lleve a cabo  (como es el caso del Consejo Nacional de Producción). También los políticos les prometen a la burocracia que le devolverán funciones que en el pasado se habían eliminado por haber mostrado una obvia ineficiencia, como es el caso de la construcción directa de carreteras por el Ministerio de Obras Públicas. Los candidatos también proponen darle más recursos a la burocracia, ante una presunta escasez de fondos que supuestamente impide un desempeño eficiente de esas burocracias. Hacen eso aún cuando se derive en serios problemas presupuestarios, que sumergirán más al país en un déficit voraginoso. En resumen, los partidos políticos, de cara a un proceso electoral, ofrecen a una burocracia establecida, darle un ámbito mayor de acción que el que actualmente tiene, aunque ello termine afectando la capacidad de progreso de la sociedad.

¿Por qué entonces los electores, bajo el supuesto de que mayoritariamente no forman parte de las huestes burocráticas, no votan en contra de esa ampliación del marco en que estas actúan? Posiblemente porque lo usual es que esos individuos dispersos no están tan cohesionados como los burócratas (burocracia casi suele ser sinónimo de sindicalismo al interior del estado) y consideran que su voto individual no es relevante como para poder superponerse a una burocracia organizada (posiblemente se abstendrán de votar). Pero también porque individuos privados podrían pretender que, en una elección en donde salgan victoriosos, habrá una apertura dentro de las estructuras burocráticas, tal que les permita obtener buenos beneficios personales o de familiares. Este caso podría ser sólo un fenómeno de corto plazo, pues luego sobrevendrán los daños al crecimiento de la economía, cuyo correctivo bien podría requerir deshacerse de una onerosa burocracia ampliada y entronizada. Lo sucedido recientemente en naciones como Grecia, Chipre, España, entre otros países europeos, es muestra de tal posibilidad.

Asimismo, no se debe descontar que los electores no burócratas desconozcan la naturaleza del problema de sociedades que se van burocratizando.  Tal vez los movimientos liberalizadores de Europa del Este a finales del siglo pasado, hayan servido para entender este problema, al ser aquellos una reacción emancipadora frente a regímenes políticos altamente burocratizados, como lo fueron la antigua Unión Soviética y sus satélites.  El ciudadano de Europa del Este vivió en carne propia y con dureza, el peso ineficiente de las burocracias. En esencia, su lucha de emancipación fue en contra de un socialismo burocrático que frenaba todas sus libertades y posibilidades de progreso.

Creo que la ignorancia acerca de estos temas juega un papel importante en la decisión que toman muchos electores, de no votar en contra de propuestas que aumentan el poder de la burocracia.  No sólo se ven atraídos a votar por grupos políticos que prohíjan la administración burocrática porque generaría ingresos para ellos o sus familiares, sino porque creen que el estado, en vez del sector privado, es quien les puede brindar mejor los bienes y servicios que ansían tener. 

Pero esa es una ilusión que debe ser expuesta, al menos como un proceso didáctico de parte de intelectuales amantes de la libertad. En una burocracia no hay incentivos que permitan satisfacer cualesquier ansias que pueda tener el consumidor, sino que el incentivo es tan sólo el de cumplir con las reglamentación impuesta a esa burocracia. No hay estímulos para lograr mejores formas de producir bienes – de innovar- porque los réditos debidos a esa innovación no llegan a los burócratas, como si lo hacen a los empresarios en un sistema de mercado competitivo. El burócrata tan sólo puede cumplir con lo establecido por las leyes y reglamentaciones. El incentivo que perciben es tan sólo obedecer lo que le permite la ley. Es más, en la jerarquía burocrática, en las cumbres del mando (commanding heights), los superiores no consideran deseable que el ejercicio del poder se lleve a cabo por los burócratas inferiores o por unidades políticas relativamente menores con independencia de las decisiones determinadas por los administradores superiores (“que no hagan olas”). Esa fue la conducta típica en las burocracias nazis, fascistas y socialistas-marxistas: una dependencia total de las burocracias a las decisiones tomadas por el planificador central, usualmente un grupo pequeño de individuos con poderos omnímodos.

Por estas razones, es crucial que se informe al elector de los graves daños que provoca a sus expectativas el desarrollo de órdenes burocráticos. Esto en contraste con lo que se podría obtener en el caso de órdenes económicos basados en el mercado, con sus características de lucha, competencia, la obligación de satisfacer el consumidor y la evitación de pérdidas y el logro de ganancias.

La opción política entre más burocracia y más empresa privada claramente la delineó Ludwig von Mises, quien escribió que 

“Es indudable que, como dicen quienes se oponen a las tendencias que llevan al totalitarismo, los burócratas tienen libertad para decidir, según su propia discreción, cuestiones de importancia capital para la vida de los individuos. Es cierto que lo funcionarios no son ya servidores de los ciudadanos, sino amos y tiranos irresponsables y arbitrarios. Pero esto no constituye un defecto de la burocracia, sino que es el resultado del nuevo sistema de gobierno que restringe la libertad del individuo en la gestión de sus propios asuntos al asignar cada vez más tareas al gobierno.  El culpable no es el burócrata, sino el sistema político. Pero el pueblo soberano tiene todavía libertad para deshacerse de ese sistema”. (Burocracia, Madrid, España: Unión Editorial S. A., 1974, p. p. 22-23).

Ojalá los ciudadanos todavía voten por el camino de la libertad y no el de la servidumbre ante las burocracias.

Jorge Corrales Quesada

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