martes, 20 de agosto de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: Igual pasa en Costa Rica

El libro Masters of the Universe: Hayek, Friedman, and the Birth of Neoliberal Policies, de Daniel Stedman Jones (Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 2012), contiene un análisis bastante interesante de temas económicos y políticos sucedidos a partir de los años cuarenta, principalmente en Inglaterra y Estados Unidos. Mi objetivo no es comentar tal obra, sino aprovecharla para reproducir una cita que en ella se hace de Milton Friedman (p. 172), que fue tomada de su artículo “The Limitations of Tax Limitation”, publicado en la revista Heritage Foundation Policy Review del verano de 1978, p.11. Mi traducción de dicho párrafo es la siguiente:
“Hay un punto importante que debe ser recalcado para aquellos quienes se miran a sí mismos como fiscalmente conservadores. Al concentrarse en la cosa equivocada, el déficit, en vez de la cosa correcta, el gasto total del gobierno, los fiscalmente conservadores se han convertido en sirvientes involuntarios de los grandes gastadores.  El típico proceso histórico es que los derrochadores pasan leyes que incrementan el gasto gubernamental. Surge un déficit. Los fiscalmente conservadores se rascan sus cabezas y dicen: “Dios mío, eso es terrible; tenemos que hacer algo acerca de ese déficit.” Así, cooperan con los grandes derrochadores para lograr que se establezcan impuestos. Tan pronto como los nuevos impuestos son establecidos y aprobados, los grandes gastadores empiezan de nuevo, dando lugar a otra explosión del gasto gubernamental y a otro déficit”.

Debo indicar que el término que he traducido como “fiscalmente conservador” viene del inglés “fiscal conservative”, pero que realmente equivale en Costa Rica a lo que se podría llamar “fiscalmente liberal”. Para evitar estos términos tan confusos de traducir esa terminología del inglés al español, debo decir que Friedman a lo que se refiere es a personas que creen en la responsabilidad fiscal y, por ende, son enemigos de los déficit públicos. En Costa Rica hay economistas y ciudadanos quienes consideramos inconveniente la presencia de los déficit gubernamentales, por el daño que causan a la economía y a la vida de las personas, en general.

Lo que me interesa de la referencia de Friedman, es que lo que él llama “típico proceso histórico” no me parece que sea exclusivo de los Estados Unidos, nación acerca de la cual él hace su comentario.  Lo cierto es que en Costa Rica es posible observar, con idéntica claridad, ese “típico proceso histórico”, tal como lo expone Friedman. 

Es más, en estos momentos en Costa Rica ya se empieza a ver el transcurso del nuevo ciclo del fenómeno. Primero, el señalamiento de que hay un serio problema de déficit en el sector público. Más que señalamiento debería decir reiteración, pues en este caso el proceso anterior se cebó, cuando el país se opuso de muy diversas formas a un nuevo paquete tributario “para eliminar el déficit”. El problema ahora se dice que es mayor, porque en los últimos días se indicó que según las últimas estimaciones fiscales, el déficit del gobierno central aumentará en este año de un 5 a un 5.5% con respecto al Producto Interno Bruto (PIB) y porque el déficit total del gobierno se ha afirmado que también ascenderá a un 7% del PIB.

Luego, por supuesto que ya los “grandes gastadores”, los “dilapidadores”, de quienes nos habló Friedman, nos han anunciado con bombos y platillos que a fines de este año enviarán al Congreso de la República un proyecto para la aprobación de nuevos impuestos. Evidentemente que para “resolver el problema del déficit.” Tampoco han faltado (y pronto veremos aparecer a otros más) aquellos que se rascan la cabeza, tratando de ver cómo hacen para aliviar la situación. Algunos editorialistas de periódicos han señalado que es necesario aumentar los tributos e incluso lo mismo han opinado algunos economistas de supuesto talante liberal (fiscalmente conservadores, les llamaría Friedman). También lo han expresado algunos líderes empresariales, para destacarlos, por contraste, ante quienes naturalmente son grupos ávidos de apoyar una nueva gastadera de fondos públicos, como son, por ejemplo, las burocracias laborales del sector estatal y los seguidores políticos de un estatismo en el cual creen a pie juntillas.

De ese proceso legislativo habrá de surgir algún arroz con mango tributario, en donde diversos grupos insistirán en que a “ellos” se les excluya de pagar los nuevos gravámenes, pero que sí se los deberán cargar a “otros”, por lo general políticamente más débiles. Aunque a lo que de allí salga posiblemente se le llamará “reforma tributaria”, resultará ser no más que el producto político de ver a quién será posible gravar en los momentos actuales, pero nada que a la vez acarree grandes pérdidas de tipo electoral a los diputados que aprobarán el nuevo proyecto tributario. Por ello, será posible observar como surgirá una alianza tributaria entre grupos de poder, que han manifestado su preocupación por el déficit, y los políticos propensos al derroche.

Tampoco les habrá de extrañar de este proceso legislativo que, como escribió Lampedusa, en El Gatopardo, tendrá vigencia aquello de “cambiemos todo para que no cambie nada”. No se aprovechará la oportunidad para, por ejemplo, evolucionar hacia sistemas tributarios basados en tasas bajas y uniformes y con amplia cobertura. Lo que emanará será simplemente aumentos en las tasas tributarias (supuestamente) progresivas y ampliaciones de bases imponibles (como por ejemplo, aprobando el impuesto al valor agregado en vez del impuesto sobre las ventas). Poco cambiará: será más de lo mismo, pero amplificado.

Ante esto, vendrá el nuevo ciclo, pues los derrochadores aprobarán los mayores ingresos tributarios para proponer nuevos proyectos de gasto público, generando así un nuevo déficit. Y, de nuevo, vuelta a la noria. Se reanuda el ciclo expuesto.

Jorge Corrales Quesada

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