lunes, 16 de septiembre de 2013

Tema polémico: himno a los desaguisados

Pasadas la resaca de las festividades patrias, es claro que hay que hacer algunas reflexiones sobre lo acontecido los últimos días. Ayer, durante el tradicional discurso del 15 de septiembre, la Presidente Chinchilla entonó su himno a los desaguisados. Lanzó sus acostumbradas sandeces frente a una ciudadanía que ya no sabe qué más esperar de este triste espectáculo político del que, según se sabe, se ruega -con promesas de romería incluidas- para que finalice. 

El más reciente capítulo de sus desatinos fue la propuesta de un nuevo paquetazo de impuestos, disfrazado con el eufemismo de reforma fiscal. Después del fracaso del Plan de Solidaridad Tributaria, que contó con la oposición del 75% de los costarricenses y de la tímida medida de contención del gasto público, que se concentró en tratar de reducir el ritmo de crecimiento de este pero no disminuirlo en su totalidad, doña Laura nos sale con una solicitud a los líderes de los demás partidos para que la ayuden a cumplir sus promesas de campaña y tengan recursos a futuro para hacer "realidad" las propias, al tiempo que les recuerda que "cuentan con un gobierno generoso para unir esfuerzos para impulsar reformas de las que se beneficiarían futuros gobiernos”. 

Este curioso ofrecimiento, al igual que la llamada que hizo a todos los sectores el 1º de mayo de este año para dialogar, no es más que una pose. Ha sido evidente que este Gobierno no escucha, no razona, no considera, no reflexiona y, mucho menos, dialoga. Y si no lo ha hecho antes, no lo hará ahora. ¿O acaso alguien es tan iluso para pensar que, en esta ocasión, doña Laura sí tomará en cuenta todas las sugerencias de los distintos sectores para hacer una reforma integral que haga más competitivo al país, más atractivo para la inversión y el ahorro? Estamos seguros que la famosa reforma no será más que un aumento de impuestos, creación de otros y ampliación de la burocracia para su recaudación y administración, al tiempo que esto influirá en un incremento general del gasto público pues esperarán más recursos para gastar a manos llenas y recoger la cosecha de clientela electoral. 

Sin embargo, más que terquedad, creemos que insistir en aumentar los impuestos es estupidez. Y discúlpennos por la dureza de nuestras líneas pero a estas alturas de la historia humana, pensar que un país requiere cobrar más impuestos para desarrollarse y, peor aún, confiar en que un Gobierno usará responsablemente ese dinero para la prestación de servicios y no para darle empleo a los pegabanderas que llevaron al partido al poder, consolidar los negocios de ciertos clanes y alimentar a su clientelismo, solo puede ser signo de un severo daño cerebral. 

¿Cómo pretende, según dijo ayer la mandataria respaldada por el flamante Ministro de Planificación -que ni planifica ni administra ni hace nada bien- que se le reconozcan los logros de su Administración (¿cuáles en más de tres años?) si cada vez que pueden plantean o ejecutan verdaderas idioteces? ¿Cómo tener algún tipo de consideración a estas alturas si ha sido uno tras otro fallo, una tras otra estupidez, una tras otra cochinada de un gobierno que, sin duda, ha sido el peor de los últimos años en un país que ya no sólo se cae a pedazos, literalmente, sino desde todo punto de vista.  

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