martes, 15 de octubre de 2013

La columan de Carlos Federico Smith: escogiendo profesiones

En mi columna de ASOJOD del pasado 20 de setiembre me referí al tema del empleo en el marco de la propuesta de nuevos impuestos. Concretamente señalé que cómo se podía pretender aumentar los tributos, en presencia de un muy elevado desempleo en el país.  Más gravámenes terminarían por afectar la inversión y, en consecuencia, reducirían el nivel de empleo productivo en la economía.
Pero la discusión, al menos en cierto programa de televisión, ahora parece haber tomado un cariz distinto, si bien crucial para cada una de las personas desgraciadamente desempleadas. Se enfatizó en cómo ciertos grupos de profesionales han estado buscado empleo en lo que estudiaron, pero durante mucho tiempo no lo han encontrado. Destacó dicho programa televisivo una lista de profesionales recién graduados quienes no encuentran empleo, en donde aparecen sicólogos, abogados, médicos y periodistas, entre los que recuerdo. 

Es interesante destacar que la medida de desempleo abierto, que en el país ronda un 10%, según la Dirección General de Estadística y Censos (INEC), es tan sólo uno de los indicadores de la situación laboral del país. Creo que no es casualidad que el gobierno enfatice dicha medición para indicar la desocupación que puede haber en el país.  Por su parte, profesionales de la Universidad Nacional (UNA), como Roxana Morales o Henry Mora, expresan que la tasa actual de desempleo en Costa Rica es de un 18%.  Se equivocan en esto, pues a la tasa de desempleo abierto, que es del 10% indicado por el INEC y la cual es definida por estándares internacionales desde hace mucho tiempo, los economistas de la UNA le adicionan la tasa de subempleo, así como el porcentaje de quienes han dejado de buscar empleo (que comprende, entre otros, a quienes se han rendido en su búsqueda de empleo o están enfermos, discapacitados).  Todos y cada uno de estos indicadores son importantes para disponer de una impresión de la situación laboral actual del país, pero no es válido hacer esa mezcla de perros, gatos y ratones, por el solo hecho de que todos son especies de animales.

La situación laboral –estoy de acuerdo con los analistas de la UNA- de ninguna manera es la deseable. El economista Leiner Vargas no explicó la causa de tan elevado desempleo en un programa de televisión del Canal 7, quien dijo que “la principal razón por la cual ha desencadenado el desempleo es porque la economía no ha sido capaz de aumentar la producción y el dinamismo interno”. La pregunta importante y apropiada era ¿por qué la economía nacional no ha generado el suficiente empleo, de forma que permita una reducción de la tasa de desocupación? Eso es parte de lo que traté de explicar en mi comentario previo en ASOJOD.

También en una mesa redonda de Telenoticias, se indicó que existía profesiones, como derecho, sicología, periodismo y medicina (podría estar dejando por fuera alguna otra), en donde abunda el desempleo (se brindaron cifras) lo cual en sí debe preocuparnos, pero debe buscarse una explicación adecuada. La insuficiencia de demanda es clara en profesiones tales como derecho, en donde los propios abogados reconocen (aunque incluso den clases de esa materia), que ya no caben más en el mercado.  Tal vez valdría la pena cuestionarse si el actual sistema de fijación de precios o tarifas bajo la obligatoriedad que impone el Colegio de Abogados, es la causa de que muchos jóvenes busquen estudiar dicha carrera bajo la ilusión de que, a esos precios fijados artificialmente altos, podrán encontrar su demanda de servicios en el mercado. A la vez, la imposición de costos más altos en el mercado puede ser una razón que explique la baja cantidad demandada de esos profesionales, quienes en muchos casos terminarán buscando otras ocupaciones, como, por ejemplo, convertirse en políticos (puede constarse la abundancia de abogados que aparecen en las papeleteas actualmente propuestas para la próxima elección de diputados).

En cuanto a los profesionales sicólogos, en la Asamblea Legislativa se nos intentó meter, por medio de una ley, la obligatoriedad de obtener un certificado de algún sicólogo para poder obtener una licencia de manejar (además de la que ya se pide para uso personal de armas). Lo que se pretendía con esa ley era simplemente generar una demanda artificial de dichos profesionales, aunque el costo de esa medida tuviera que ser pagada por todos los restantes ciudadanos.  

Los periodistas constituyen otra profesión en donde el mercado es actualmente muy limitado y en mucho sujeto a una muy fuerte transformación tecnológica y el gremio de los médicos continúa sujeto a una situación de cuasi-monopsonio; es decir, primordialmente en manos de un único demandante de sus servicios, cual es la Caja del Seguro Social.  Es de esperar que, con los problemas actuales de la Caja, se fortalezca la actividad privada en todo ese sector, lo cual terminaría beneficiando, entre otros, a los médicos, pues habría un mercado más competido en la contratación de sus servicios.

Un estudio reciente del CONARE expuso que, en la actualidad, las siete profesiones en las que los graduados encontraron empleo (y que era lo que pretendían) son Estadística, Archivística, Ingeniería Civil, Ingeniería Eléctrica, Imagenología (sic) y Microbiología, en tanto que las siete profesiones en donde no encontraron trabajo para el cual estudiaron en las universidades, fueron Biología, Periodismo, Terapia Física, Diseño de Interiores, Planificación, Publicidad y Sociología. Casualmente también muchas de ellas son las señaladas en el programa de Telenoticias antes mencionado.

¡Escoger una carrera profesional es una decisión muy importante en la vida de las personas! Enfatizo esto en especial porque estudiar algo es en parte consumo -las ansias personales de saber y disfrutar de ciertos aspectos del conocimiento humano- y por otra parte constituyen una inversión; esto es, estudiar algo que le permita a la persona, cuando termine, obtener mejores ingresos y un mayor bienestar económico.  Si se estudia por el placer de aprender algo que se aprecia, no hay razón para que se le deba pagar a alguien por consumir lo que libremente escogió.  Es el mismo caso de que una persona quien escoge tomar un curso de cocina por el placer que de él obtiene y no porque, por ejemplo, piense montar un restaurante. Se supone que la persona debe pagar por su consumo, al igual que lo hace cuando compra un sánguche o sale de viaje o si compra un cuadro o lo que sea.  Es la preferencia reflejada de esa persona adquirir ese bien o servicio para satisfacer sus deseos o necesidades propias.

Si se estudia una carrera al ser visualizada como una inversión, entonces la persona debe tener cuidado en el buen uso de sus recursos (lo cual incluye el pedir prestado), de forma tal que los costos o pagos en que incurre por sus estudios sean más que compensados con ingresos futuros más altos y que más que compensen el valor del dinero que invirtió a través del tiempo. Obviamente en dicha evaluación el recién graduado debe tener presente que la falta de experiencia es un factor que, supuestamente al principio, le va a dificultar conseguir un empleo. Ello se hace especialmente difícil en un país como Costa Rica, en donde no se permite a las empresas realizar contrataciones de trabajadores a menores salarios, en tanto desarrollan experiencia laborando como aprendices durante un tiempo. En todo caso, la decisión económica que tiene entre manos quien decide estudiar para generar mayores ingresos en el futuro, es idéntica a la que si uno, en vez de estudiar, dedica su plata (o pide prestado) para comprar un lote o construir una casa o montar un negocio o ahorrar, entre muchas otras posibilidades de invertir sus recursos escasos.

Lo importante es que, la educación, ya sea vista como consumo o inversión, es una decisión que debe tomar cada individuo al escoger ese camino en su vida (por supuesto que dicha decisión puede tomarla en conjunto con su familia o amigos o recibiendo el consejo de personas conocedoras). De aquí la responsabilidad que tiene cada uno de valorar adecuadamente, si ese gasto importante en educación como consumo es lo que efectivamente se desea y, si se le vislumbra como una inversión, si en lo que se mete a estudiar va a encontrar un empleo adecuado al terminar su carrera.

Con todo respeto, si un hijo mío me pide mi opinión acerca de estudiar hoy derecho o periodismo o sociología o planificación o sicología, le sugeriría valorar la idea una y otra vez, con la esperanza de que se dé cuenta de que puede ser una “mala” inversión, aunque obviamente eso dependerá de cada caso en particular. Si, por otra parte, busca estudiar esas profesiones para obtener una satisfacción personal (consumo), le haría saber que no espere de ellas un alto rendimiento de su decisión como inversión. 

Lo que me entristece es que esa responsabilidad de escoger quedó totalmente de lado al final de la discusión en Telenoticias: hubo un insinuador sesgo del periodista y de los dos expositores invitados, al pretender responsabilizar a las universidades privadas por ese problema de desempleo profesional, como si no fueran en su mayor parte carreras que también se ofrecen en las públicas. Además, la solución propuesta o que al menos quedó dando vueltas, fue que las universidades pusieran cuotas de admisión. Me imagino que el destino de la elección del estudiante quedaría finalmente en manos del burócrata de turno, quien posiblemente tiempo después mostrará cuán equivocado podía estar al definir cuántos alumnos son los que pueden entrar a las carreras que a él, en ese momento, se le podría ocurrir.  Me parece que es un grave error entregar tales decisiones individuales a algún arrogante burócrata que pretende conocer con certeza infalible el futuro de las profesiones en el país. Por ejemplo, me imagino a ese burócrata en 1975 no permitiendo que se estudiara libremente para profesiones desconocidas y experimentales, con poca demanda en ese momento, como en ese momento lo eran aquellas ligadas a la informática y a la computación, por ejemplo, y aún menos la robótica o la nanotecnología.  Me cuesta pensar que esos burócratas, limitados por definición en su conocimiento, serán capaces de definir con certeza cuáles serán las carreteras que se demandarán cinco años después. El que escoge, el estudiante, podrá ser informado de lo que alguno de esos burócratas puede pensar (o no pensar), pero no debe limitársele en lo que, a su riesgo, como tantas otras cosas en la vida, decide escoger.

Por ello creo que la tarea principal, al definir el estudiante qué carrera elige, debe descansar en manos de quien vaya o esté dispuesto a pagar o asumir los costos por esos estudios. Sin duda que al escoger es necesaria mucha reflexión y que es deseable una intensa búsqueda de información.  Lo que al momento se conoce, bien puede variar en el curso de los años, por lo cual ojalá que las universidades brinden flexibilidad en las carreras que prosiguen sus estudiantes, a  fin de que puedan adaptarse a nuevas circunstancias que suelen presentarse conforme pasa el tiempo.  

Para ser franco, no creo que esos burócratas estatales, quienes hipotéticamente fijarían cupos y limitaciones a la libre elección de sus carreras por parte de los estudiantes, vayan a ser los más propensos a facilitar la adaptación deseable. No olviden que no son ellos los que usualmente terminan por pagar las consecuencias de haber escogido mal una carrera profesional. Suelen ser los mismos estudiantes quienes pagarían sus errores en caso de escoger mal.  Es la responsabilidad de los resultados de sus propias acciones lo que mejor informa al estudiante potencial, de que debe escoger, con buen criterio e información, la carrera profesional que desea proseguir.



Jorge Corrales Quesada

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