martes, 1 de octubre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: pronto lo escucharán de nuevo

Cuando en Costa Rica se plantea la posibilidad de un aumento de los impuestos, se suelen escuchar opiniones en que se busca que la gente de mayor riqueza pague más impuestos, que los que tienen menor riqueza.  Este argumento se suele sintetizar en la expresión de que “Pague más quien tiene más y que pague menos, quien tiene menos” Se podría hablar mucho acerca del contenido lógico de tal propuesta, pero tal vez no sea éste el momento, en especial cuando podría llevarnos por asuntos relativamente complejos de teoría económica y de mediciones que difícilmente se pueden llevar a cabo, sin que se introduzcan serias dudas acerca de su validez práctica.

En esta oportunidad, dadas las enormes dificultades que encara nuestra economía para lograr tasas de crecimiento que permitan generar abundantes fuentes de trabajo, más bien deseo enfatizar el posible impacto negativo que pueden tener los aumentos de impuestos, en el logro de un crecimiento económico que se desea.

La clave para lograr dicho crecimiento en mucho radica en lograr aumentar la inversión. Ante propuestas de tributos como los observados en estos momentos, se suele argüir que se debe gravar más a los poseedores de riqueza, pero son estos quienes suelen ser los inversionistas necesarios para que la pueda economía crecer a las tasas deseables. 

Me da la impresión de que esa creencia se basa en un desconocimiento de cómo es que se lleva a cabo el proceso de inversión en una economía.  Usualmente el empresario concibe alguna idea, que le dirige hacia colocar sus recursos en alguna actividad que le rendirá utilidades. Se supone que este simple hecho de pensar en realizar alguna inversión es porque el empresario valora que, lo que va a producir, tiene aceptación en el mercado. Esto es, que haya demanda por lo que su inversión va a generar.  Nadie invertiría si no es que, de alguna manera u otra, obtiene ganancias por utilizar sus recursos en la creación de un bien o servicio. Perfectamente se podría hacer una inversión para producir un nuevo bien o servicio que satisfaga los deseos de los consumidores o producirlos de manera más barata que como lo hacen otros productores ya existentes en el mercado. Claro que, al invertir, corre el riesgo de tener pérdidas, aunque lo que lo motiva en su decisión es la posibilidad de obtener ganancias con esa nueva actividad.

Una vez tomada la decisión de invertir, posiblemente el inversionista tendrá que contratar profesionales que definan el marco legal y administrativo bajo el cual operará el negocio. También buscará quien le asesore (y le cobrará) en sus decisiones acerca de la planta que va a instalar.  Esto puede incluir desde edificaciones, maquinaria, equipo, materias primas, personal administrativo inicial, etcétera. Es decir, el inversionista incurre en numerosos gastos, tan sólo para iniciar operaciones. A fin de sufragar estos gastos, el inversionista podrá utilizar su riqueza propia; es decir, su propia plata, o bien puede acudir que alguien se la preste, por ejemplo, un banco o una financiera o alguien que le de sus recursos personales a cambio, lo más posible, de un pago de intereses. En todo caso, el inversionista debe primero gastar su plata o la que le hayan prestado, antes de poder hacer algún dinero con la actividad de la nueva empresa.
 
Cuando la inversión es llevada a cabo quien la realiza tiene que pagar primero a quienes vayan a trabajar a la empresa –en cualquier cosa, desde un pequeño comercio hasta la industria más grande; desde abrir un restaurante a edificar un nuevo puerto; desde una fabriquita de estampado de camisas a un nuevo centro comercial.  Deberá cubrir todos los gastos que uno pueda imaginarse, antes de que pueda obtener una ganancia.  Deberá pagar no sólo –y en primer lugar- al personal y los trabajadores, sino también a quienes hacen su edificación o a quienes se la alquilaron.  Asimismo, ya en sí la producción no es algo que se hace en un instante: tiene que comprar materia prima, máquinas y equipo para procesar, contratar y pagar a los encargados de vender y distribuir el producto, etcétera, etcétera, todo eso antes de poder ver un cinco de retorno por todo lo que ha invertido, con su propia riqueza o pidiéndola prestada a otros que la poseen. Todo eso tuvo que ser pagado antes de poder ver si la decisión de invertir generó ganancias y con ellas pagar a quienes invirtieron o le prestaron inicialmente.

Claro, el inversionista ha corrido un riesgo al decidir actuar de esa manera.  El sistema de mercado es uno de pérdidas o ganancias. La una o la otra.  No sólo se trata de tener ganancias; también surgen pérdidas. Si gana con su actividad, recupera mucho tiempo después todo o parte de aquello que decidió invertir.  Tener ganancias es posible tan sólo porque, en un mercado libre, los consumidores escogieron adquirir su producto o los servicios que brindó. Se dieron porque los consumidores así lo prefirieron hacer y con ello se pudieron cubrir los costos. 

Resulta que a veces; más bien, muchas veces, las empresas no obtienen ganancias sino pérdidas. Muchos negocios fracasan. En estos casos, el inversionista no recupera lo que metió personalmente o no repone lo suficiente para repagar lo que le prestaron. Nunca hay seguridad de que tener pérdidas no va a suceder. Todos los gastos en que incurrió para sacar ese producto al mercado fueron totalmente efectivos, reales, ante la esperanza de que lo que produciría sería aceptado por el consumidor.  Todo lo que tuvo que pagar de contado, al final de la jornada, ya se fue, ya se gastó. Los salarios que tuvo que pagar, la materia prima que tuvo que pagar, los servicios profesionales que debió cubrir. Todo eso significó salidas de plata. O bien queda endeudado con quienes le dieron crédito o le prestaron plata. Parece que los gastos son seguros, pero las utilidades no lo son. Las utilidades son un sobrante de ingresos, que queda después de cubrir todos los gastos y obligaciones por pagar en el período. Ese “sobrante” es el que al fin le queda al inversionista-empresario. 

Usando un símil, el inversionista es el que está al final de  la línea de ingresos, en tanto que todos los demás participantes ya han recibido todas las remuneraciones y pagos que les corresponde. Incluso es posible que, al final de esa línea, el inversionista no encuentre más que pérdidas o deudas, aunque siempre haya tenido la esperanza de que sus esfuerzos sean remunerados con ganancias.

Entendido cómo es que opera el proceso de invertir en un mercado y de cómo los resultados -tiempo después; a veces mucho tiempo después- pueden ser de ganancias o pérdidas, si se aumentan los impuestos, como ya lo están planeando imponer ciertos políticos, evidentemente que disminuye la voluntad para invertir en una economía. Esto porque el rendimiento, después de impuestos, resultará ser menor a causa de los gravámenes o tal vez porque preferirá no realizar la inversión por el poco rendimiento neto que obtendría. Al disminuir la inversión, significa que crecerá menos la producción y, por tanto, el empleo nacional.  En resumen, se eleva el nivel de pobreza de los ciudadanos del país, al reducirse las posibilidades de obtener un empleo que les permita a los trabajadores generar riqueza para sí o al disminuir el incentivo para que la gente esté dispuesta a correr riesgos, mediante la inversión que se propone llevar a cabo.

Jorge Corrales Quesada

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