martes, 8 de octubre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: hombre rico y hombre pobre


Pronto se escuchará el mantra de que “los ricos paguen como ricos y los pobres como pobres”. Eso se suele oír cuando alguien o algunos proponen mayores o nuevos impuestos. Esa frase tiene la virtud de exaltar la presunción de que el rico es, de alguna forma, una persona que ha obtenido ingresos mal habidos o que para poder enriquecerse tiene que haber causado algún daño a alguien.

Hace poco encontré un comentario muy interesante del columnista Daniel Henninger, quien escribió lo siguiente, al leer un documento presupuestario del gobierno, el cual señala que 

“No hay nada malo con hacer dinero, pero hay algo malo cuando dejamos que se sesgue tanto la igualdad de condiciones (“playing field”) en favor de tan pocos… Es un legado de irresponsabilidad y es nuestra obligación cambiarlo.”

Henninger ripostó que

“El lenguaje rencoroso usado para describir a estos contribuyentes (de impuestos), evidencia con claridad que, como un asunto de política pública, a ellos se les obligará a 'pagar por' el hecho de poseer riqueza –sin importar cuántos de ellos trabajaron honesta y honorablemente para producirla.” (Ambas citas provienen de Steve Forbes and Elizabeth Ames, How Capitalism Will Save Us, New York: Crown Business, 2009, p. 110.)

Criticar a los ricos suele ser políticamente rentable.  Los políticos a menudo hablan en términos de “ellos” los ricos versus “nosotros” los pobres, por supuesto que dejando de lado el hecho de que muchos se enriquecen a través de prebendas resultantes de su influencia política. Pero aun así, esos hombres públicos no son capaces de darse cuenta o prefieren ignorar, el hecho de que posiblemente hay mucho más individuos quienes se enriquecer sirviendo a las demás personas, al atender o satisfacer sus deseos y necesidades.  

En muchas ocasiones se han hecho fortunas al actuar los ricos claramente en la satisfacción de los consumidores relativamente más pobres.  Es, tan sólo un ejemplo, el caso de Henry Ford, quien produjo su famoso modelo T mediante técnicas productivas novedosas.  Hizo de éste el vehículo que los pobres podían adquirir.  Los ricos amigos de Ford podían comprar otros vehículos de marcas caras, pero los relativamente más pobres pudieron obtener los vehículos de Ford. Con esto, Ford logró un enorme enriquecimiento personal de los pobres. Tanto Ford como los consumidores pudieron vivir mejor: aumentó su riqueza.

El facilismo con que se esgrime el conflicto entre “ricos” y “pobres”, en especial para lograr la aprobación de mayores impuestos, oculta el hecho frecuente en la historia de la humanidad, cual es que muchos de los bienes que hoy pasan casi sin ser notados, inicialmente se produjeron para satisfacer los deseos de grupos de ricos relativamente pequeños. Piense el lector nada más, por un momento, en la evolución que han tenido artefactos usados para alimentarse, como, por ejemplo, las cucharas o los tenedores. Primero se produjeron exclusivamente para los señores de las cortes, pero la habilidad de los empresarios para producirlos en masa y que fueran más, pero mucho más baratos, permitió que se hicieran presentes en los hogares de las personas relativamente más pobres. Tal fenómeno es altamente conocido por cualquier historiador y es casi característico de todos los bienes, que inicialmente suelen ser producidos para unos pocos, usualmente ricos, pero que luego llegan ser adquiridos por los grupos más pobres de las sociedades.

El hecho de brindar un bien o un servicio para el uso de las grandes masas, es la razón por la cual se han enriquecido muchos individuos. Estos estuvieron dispuestos, en momentos cruciales, a proveer el capital necesario para poder realizar las inversiones, edificaciones y la producción de maquinaria requeridas, así como también a asumir el riesgo de fracasar en su empeño. También crearon empresas que generaron múltiples empleos y fueron capaces de innovar productivamente en los mercados, siempre teniendo en mente la posibilidad de mejorar la situación existente por medio de la competencia.  

Cuando uno compra una computadora no se pregunta si con ello se va a favorecer a un rico como Bill Gates, sino, más bien, si, por lo que paga aumenta su bienestar; es decir, si el beneficio que le brinda una computadora es mayor que el costo de adquirirla y operarla. Acaso cuando uno voluntariamente va a comprar a Wallmart lo hace porque son gringos o porque les caen bien. Lo hace porque allí los productos son mejores o más baratos o ambos o bien porque les queda más cerca.  

Es así como se han enriquecido muchos empresarios, al buscar satisfacer la demanda de los consumidores, quienes casualmente suelen ser aquellos grupos más numerosos.  Esos empresarios ricos normalmente son más acaudalados que el promedio de los individuos en sociedad, pero el hecho es que comparativamente los menos ricos suelen ser un número abrumadoramente mucho mayor.  Lo que en la jerga de la “administración de negocios” se suele llamar “mercados de masas”, muy a menudo es el blanco de los propósitos de venta de los ricos. 

Ello explica por qué se anuncia tanto, masivamente, en las transmisiones televisadas de los juegos de fútbol de nuestra selección, en comparación con la publicidad que se hace en las transmisiones de, digamos, un partido de golf o de regatas de yates. Claramente hay un número mucho mayor de televidentes, el cual suele ser menos rico que el promedio de los vendedores antes mencionados. Por el contrario, los ricos aficionados al golf o a los yates suelen ser una cantidad mucho menor. Por eso los anunciantes pagan tanto por transmitir su publicidad en los juegos de fútbol de nuestra selección y poco por la de esos otros juegos. En los primeros el mensaje le llega a la masa relativamente más pobre, que es mucho más grande que los relativamente pocos ricos que miran programas de golf o de yates.

La riqueza también la pueden obtener algunos si el estado deliberadamente se los faculta.  Por ejemplo, cuando el estado otorga un status monopólico a algún empresario o cuando decreta aranceles que encarecen artificialmente un bien importado, obligando al consumidor a adquirir el bien producido domésticamente a un precio mayor o de una calidad menor. Cuando el estado interviene para evitar la competencia que favorece al consumidor, permite que el empresario protegido se enriquezca artificiosamente. Se da un enriquecimiento a costas del bienestar del consumidor. Esta procedencia de la riqueza difiere radicalmente de aquella que el empresario obtiene al servir al consumidor.

Por razones como estas es que los liberales nos oponemos a que el gobierno le otorgue privilegios a algunos y no a la generalidad. No consideramos deseable que se puedan enriquecer en detrimento del bienestar del consumidor, quien posiblemente es más pobre que el promedio de esos empresarios protegidos.  

También muchos ignoran que los ricos no son siempre los mismos a lo largo del tiempo.  Brindo un ejemplo de los Estados Unidos, pues para ese país si se dispone de la información necesaria: 

“Más de un 90 por ciento de las personas que obtuvieron ingresos en los Estados Unidos en 1975, estaban en el 20 por ciento más bajo, pero tuvieron un estándar de vida más alto en 1991. De hecho, más de la mitad de aquellos que en 1975 estuvieron en el fondo, tuvieron en 1991 un estándar de vida más alto que el obtenido por el estadounidense promedio en 1975. Aún en términos relativos, más de aquellos quienes estuvieron en el 20 por ciento más bajo en 1975, lograron el 20 por ciento superior en 1991, en comparación con aquellos que permanecieron en el 20 por ciento inferior. En efecto, una mayoría absoluta de aquellos que estaban en el 20 por ciento inferior en 1975, en algún momento durante esos 16 años habían logrado ascender al 20 por ciento más elevado.” (Thomas Sowell, Basic Economics: A Citizen's Guide to the Economy, New York: Basic Books, 2000, p. 168).

La competencia, entendida como la libre entrada y libre salida a los participantes en un mercado, es clave para minimizar una distribución estática de los ingresos en una sociedad.  Los ganadores bajo un régimen competitivo ascienden, en tanto que los perdedores van descendiendo. La movilidad entre grupos de ingresos suele ser lo normal en una economía de mercado competitiva. Como dice Sowell,

“Aún entre los millonarios, los estudios muestran que cuatro quintos de ellos no heredaron sus fortunas, sino que las lograron durante sus propias vidas. Las grandes fortunas históricas de los Estados Unidos –Carnegie, Ford, Vanderbilt, etc.- fueron a menudo generadas por personas que comenzaron en circunstancias modestas y hasta humildes. Richard Warren Sears, Aaron Montgomery Ward y James Cash Penney, todos comenzaron trabajando para mantenerse a sí mismos en trabajos inferiores cuando jóvenes, incluso como jóvenes a quienes hoy no se les permitiría trabajar, según las leyes actuales sobre trabajo infantil, aunque todos eventualmente surgieron para convertirse en ricos fabulosos, como creadores de cadenas de tiendas que llevaron esos mismo nombres.

Historias similares se pueden contar acerca de un joven Henry Ford, quien insatisfecho con su trabajo agrícola, caminó ocho millas hasta Detroit en busca de un trabajo.  David Sarnoff, quien más tarde en su vida llegó a crear la red de televisión NBC, también empezó trabajando para mantenerse a sí mismo cuando era joven.  También lo hizo un joven inmigrante trabajador del sector maderero llamado Frederick Weyerhauser, quien terminó estableciendo un imperio de productos de madera.  Un vendedor de edad mediana, que hacía $12.000 al año, terminó creando McDonald's, el imperio de comida rápida de casi 25.000 restaurantes que literalmente le da la vuelta al mundo.  La lista continúa y continúa.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p.p. 168-169).

Es notable destacar que muchos de los millonarios a que se ha hecho mención en los párrafos previos y que escalaron los niveles más altos de ingresos en cierto momento, ahora ya ni aparecen ni ellos ni sus herederos y muchos claramente han visto sus fortunas familiares diluirse por el impacto de la competencia.

En resumen, es necesario entender cómo es que ciertos empresarios logran obtener su riqueza, sirviendo esencialmente a consumidores, quienes comparativa e individualmente poseen ingresos menores.  Esa vocación de servicio debe ser tomada en consideración cuando se presume que hacer fortuna es algo indebido, propio de privilegiados y hasta inmoral y, por lo tanto, causal de ser objeto de impuestos que, de alguna manera, compensen dicha injusticia. Tal es la esencia del pronunciamiento estatal al que anteriormente se refirió el comentarista Daniel Hemminger, arriba citado. Declaración que ignoró que hay ricos quienes surgen por el alero protector de la política y no de los negocios o son el resultado de una mezcla de actividad empresarial, en donde un estado les protege de la competencia beneficiosa para los consumidores. Pero también no acepta la premisa de que hay muchos otros quienes surgen cuando satisfacen los deseos y necesidades de los consumidores soberanos.

Es necesario sopesar el grado en que la pretensión de lograr dinero (riqueza) mediante un esfuerzo productor, en donde se asumen riesgos y muchas veces se fracasa, se convierte en un motor de dinamismo esencial en una economía que debe evolucionar, para poder adaptarse eficientemente a nuevas circunstancias.  Si con impuestos descabellados y sancionatorios se anula ese incentivo, es muy posible que el estancamiento y el enriquecimiento indebido sean la norma, en vez del logro de la mayor producción posible al servicio del mayor número de personas, usualmente de menores ingresos relativos en la sociedad.

Jorge Corrales Quesada

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