miércoles, 4 de diciembre de 2013

Desde la tribuna: déficit

La moneda es una de las grandes invenciones humanas.  Ha servido para fomentar el cambio de bienes y servicios (abandonando el trueque y la permuta), ha acelerado las relaciones comerciales y económicas, ha servido como valor y representación de la riqueza.

Con el tiempo, el Estado se la apropió y la monopolizó.  Primero modositamente en forma de patrón oro y equivalentes.  Con el tiempo los diques se rompieron y vinieron los desastres.

La inflación es uno de los males más graves.  Es un azote contra quienes menos tienen (pues los dueños de bienes de fortunas casi siempre se acomodan mejor).  No obstante, la mentira política convence a los desposeídos que es en su favor y de la quimera de la soberanía monetaria que el Estado provoca inflación.  He oído a algunos defenderla a capa y espada como un mecanismo de redistribución y demás especias.

El déficit fiscal (originado en el incumplimiento de normas constitucionales) es una pesada carga para todos.   Su origen estricto radica en el incumplimiento del juramento constitucional de los gobernantes, pues es prohibido presupuestar de manera que se genere este gran daño para la sociedad.

No obstante, las causas van haciéndose cada vez más complejas.  Muchas de ellas son la falta de oficio, capacidad y exigencia en la labor pública.  Otras van por el lado del clientelismo político.  No pocas van parejas con la corrupción.  Algunas van con las gollerías y privilegios.

Así es.  Se gasta más de lo que se puede y se olvida la función de escoger lo principal, de establecer prioridades y de atender lo primero y esencial.  Luego viene lo demás, pues una vez que se han brincado la cerca, entonces se da una desmoralización general.

Obviamente, hay quienes se aprovechan directamente de tan mal manejo económico:  obtienen transferencias directas, convenciones, privilegios, altos salarios, porcentajes presupuestarios y demás prebendas.  

No hay neutralidad.  Es algo como aquello de que “después de mí, el diluvio”.  Se trata de ordeñar los presupuestos públicos en la idea de que, aunque el mal sea general, “yo agarré algo de primero y me aprovecho”.  

En algunos países el déficit es causa de inflación.  En el nuestro es un mal  que se suma al mal manejo que hace el gobierno de moneda y presupuesto.  No hay agallas para hacer las cosas bien y a muchos les resulta cómodo y conveniente encogerse de hombros y dejar que las malas cosas pasen.  

Los que están en el sistema tendrán que pagar no solo con desposicionamiento económico sino con sangre tanta irresponsabilidad.  Cada vez recibiremos menos prestaciones públicas (a las que tenemos derecho), cada vez los servicios públicos serán más malos, cada vez será más difícil para la empresa privada desempeñarse y generar empleos, cada vez habrá menos posibilidades de que la sociedad se desintoxique de la postración y falta de habilidad.  Algunos tendrán sus privilegios, pero todos sufriremos y algunos más que otros.

Tendremos un Estado más grande, más gastón, más inútil, menos apto y mucho dinero en pagar deudas.  Menos inversión pública, más necesidad de buscar otras fuentes de financiamiento y una desilusión general.  Las empresas no gustan de los países con mala infraestructura, pésima seguridad, atraso judicial, sistema escolar que cada día enseña menos, puentes en mal estado, colapso del tránsito, carreteras deshechas, servicios públicos caros y malos.

Tampoco es halagüeña la perspectiva de más impuestos, sobre todo si van a parar en el pago de comilonas ajenas, de deudas originadas en manejo irresponsable de la economía y de privilegios y gollerías.  

Desde hace meses se ha acelerado el crecimiento del déficit, del endeudamiento y del propio gasto público.  ¡Qué doloroso para los futuros años!.

Federico Malavassi Calvo

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