martes, 10 de diciembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: para elevar la calidad de nuestra educación

Casualmente desde hace semana y media tenía escrito un borrador de este comentario, cuando medios de prensa divulgaron recientes resultados de Costa Rica, en que lo que se denomina pruebas del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (mejor conocidas como pruebas PISA). Estas muestran los resultados de 65 países en el 2012.  Este año el énfasis fue en Matemáticas. Las pruebas comparativas se realizan cada tres años, concentrándose alternativamente en Matemáticas, Lectura y Ciencias.

El resultado de nuestro país no sorprende, pues en el mejor de los casos sólo refleja un estancamiento en lo que debe ser un progreso, dados los propósitos expresados desde hace ya bastante tiempo por nuestras autoridades, de mejorar nuestro sistema educativo. Desafortunadamente la enfermedad más bien empeora con el paso del tiempo. Costa Rica en esta última prueba PISA de matemáticas apenas un 40% alcanzó el nivel 2 en una escala de 7. Sólo un 40% alcanzó lo que PISA denomina como “básico”. El 36% de los 4.600 estudiantes ticos evaluados quedó en el nivel 1 inferior y un 24% ni siquiera alcanzó ese nivel 1 (considérelo, si le parece, impropio de seres humanos).

Comparativamente nuestro sistema educativo va para atrás como el cangrejo.  El país en el 2009 logró, de acuerdo con PISA, un porcentaje en matemáticas de 409.  En el 2012 bajó al 407. Si se le valora con respecto a lo logrado por otros 64 países evaluados, Costa Rica quedó 87 puntos por debajo del promedio. Menos que mediocres.
 
Si el lector desea saber cómo nos ha ido en lectura, pues el país sólo bajó –sí, ligeramente, gran cosa, como si eso nos llenara de orgullo- de un índice de 443 en el 2009 a uno de 441 en el 2012. En esta prueba apenas un 67% de nuestros estudiantes mostró tener un dominio básico de la lectura. Algo parecido sucedió en el área de ciencias, pues de 430 en el 2009, bajamos –de nuevo, consuelo de tontos- a 429 en el 2012. Seguimos casi iguales en cuanto a insignificantes.
 
Dice una importante información periodística de La Nación del 4 de diciembre, que “Costa Rica junto con Uruguay fueron los únicos dos países latinoamericanos que en esta ocasión no progresaron (yo enfatizo ese no) en ninguna de las tres evaluaciones aplicadas”. Para agregar la paradoja a este triste resultado académico, en la exuberancia política que vivimos en estos días, uno ha señalado a Uruguay como modelo a proseguir, aunque, ante estos hechos, rápidamente aclararía que no se refería al campo educativo, sino al político.
 
En nuestro medio las autoridades educativas, desde hace unos años para atrás al igual que ahora, han enfatizado que la aparente solución a nuestro mal desempeño educativo radica esencialmente en dotar de más fondos públicos (obviamente a la educación estatal). Por esta razón considero necesario que luego exponga un esfuerzo que se viene haciendo en otro país con algún grado de éxito. Parece que allí pesan relativamente más otras cosas que la simplona y repetitiva provisión de más recursos gubernamentales, como explicación de los avances educativos que han ido obteniendo. Como la escasez de fondos no es privativa de sólo algunas naciones –como nosotros- tal vez podamos aprender de experiencias exitosas acerca de hacer mejor las cosas, que se llevan a cabo en otras naciones. Así podríamos desechar tanto blablá ministerial y lograr poner en marcha un interés nacional amplio, que nos faculte mejorar nuestro sistema educativo, principalmente de la educación pública primaria y secundaria. 

Pretender fascinarnos con que, si destinamos en el presupuesto gubernamental  un 8% del Producto Interno Bruto de nuestro país para la educación, lograremos mejorar sustancialmente nuestro sistema educativo, ha probado ser una ilusión engañosa, una falsedad más propia de un oportunista juego político. Algunos se han quejado de que -ignorando las serias dificultades financieras del estado- no hemos ni siquiera llegado a financiar ese 8% y que se hace necesario lograrlo ya, pues es la condición sine que non nuestro sistema educativo público puede progresar. Esto es, sólo piensan en que lo requerido es echarle más y más plata a los presupuestos destinados a la educación, aunque los resultados no parecen indicar mejora alguna. Eso lo evidencian los últimos resultados PISA para el país. (Si se sumara al gasto estatal actual lo que muchos costarricenses destinan para la educación primaria y secundaria privada para sus hijos e hijas, posiblemente ya estamos excediendo ese alucinante 8% del PIB destinado a la educación).

Creo que es necesario –en un sentido figurado- hacer un alto en el camino y que, además de los ciudadanos en general, políticos bien intencionados –Dios quiera que los haya- mediten acerca del rumbo al empobrecimiento al que nuestro sistema educativo estatal guía a nuestros niños y jóvenes. Enfatizo la necesidad de que diversas personas bien intencionadas, preparadas, que no sólo anden buscando puntos políticos, aunque, mirándolo bien, si actuaran en tal sentido la sociedad los valoraría apropiadamente, se dediquen a pensar seriamente acerca de las medidas convenientes que debemos tomar para mejorar nuestro modelo educativo.

En el 2010 se formó en los Estados Unidos un movimiento Students First (Primero los Estudiantes) para transformar la educación pública de esa nación. Actualmente lo conforman más de dos millones de personas y opera activamente en 18 estados.  Se indica que “ha ayudado exitosamente a que se aprueben más de 110 políticas centradas en los estudiantes de todo el país”.  Información y resultados de aquel movimiento pueden obtenerse en www.studentsfirst.org Lo dirige la educadora Michelle Rhee, estadounidense de origen surcoreano, quien ha sido Canciller de las Escuelas Públicas de la ciudad de Washington D. C.

Brevemente indicaré cuáles han sido las tres prioridades de este movimiento, cuya motivación para el éxito de su tarea, es perfectamente aplicable, tal vez con ligeras variables, a nuestro actual sistema educativo primario y secundario.

El primero se refiere a tratar a los maestros como profesionales, mediante evaluaciones diversas que midan los impactos de sus acciones en los estudiantes.  De esta manera se define la efectividad de un maestro en función de resultados y no de antigüedad; o sea, no de acuerdo con los años de enseñanza, sino con sus alcances y trascendencia. Asimismo, el sistema de pago para tales educadores se fundamenta en la calidad de su desempeño, en vez del sistema actual que lo que hace es garantizar la permanencia de los maestros… aunque no sirvan para eso.

Un segundo objetivo es empoderar a los padres de los estudiantes; esto es, facultarles, otorgarle poderes, para el escogimiento o elección de las escuelas a las que asistirían sus hijos e hijas. Ese empoderamiento se incentivaría mediante la creación de fondos de becas, para ser gastadas en aquellas escuelas que a los padres les parezcan convenientes o deseables. Muchos de estos recursos provendrían del ahorro de recursos, que ya no se gastarían como ahora.

El tercer objetivo fundamental es el rendimiento de cuentas acerca del dinero pagado por los contribuyentes. Al igual que en Costa Rica con el 8% del PIB obligatoriamente dedicado a la educación que antes comenté, en los Estados Unidos los fondos gubernamentales para ese fin se han incrementado notoriamente. Pero no se ha hecho en función de mejorar los logros de los estudiantes.  Mucho se ha ido al pago de salarios con base no en la efectividad del educador sino en otros criterios, como, por ejemplo, anualidades, títulos obtenidos por el maestro, zona de ubicación del centro educativo, etcétera. El nuevo objetivo consiste en usar claramente los recursos para llenar las necesidades educacionales de los niños y niñas y no de satisfacer intereses personales extra-escolares o de gremios particulares. Esto último explica mucho del rechazo que inicialmente tuvo el programa Students First, por parte de las asociaciones sindicales de maestros y profesores de las escuelas públicas estadounidenses.

La estrategia de reforma del sistema educativo de primaria y secundaria, llevado a cabo gradual pero firmemente en varios estados de los Estados Unidos, parece que empieza a dar buenos resultados.  Una evaluación muy reciente del National Assessment of Educational Progress (NAEP) –que me permito traducir como Evaluación Nacional del Progreso en Educación- entidad que goza de un elevado prestigio en cuanto a evaluaciones del sector, muestra evidencia del éxito de programas educativos centrados en los estudiantes (como el descrito de Students First). Tennessee y Washington D.C. han sido dos de los lugares en donde mayor retraso académico mostraban sus estudiantes y en donde se puso en marcha el programa Students First, con la colaboración plena de los ciudadanos y de los grupos políticos, tanto demócratas como republicanos. Los recientes resultados mucho mejores obtenidos en matemáticas y en lectura respecto a años previos, según el NAEP demuestran que “invertir en la calidad de los maestros y en estándares académicos más elevados, producen resultados reales para los estudiantes”.

Parece que la clave del éxito que se empieza a observar allá y que ojalá sea útil para nuestro país, sin prejuicios ni divisiones inconscientes o mal intencionadas que sin duda surgirán, se sustenta en cuatro aspectos claves, pero imprescindibles: (a) aplicar múltiples medidas de evaluación del desempeño de maestros y profesores; (b) promover un fuerte desarrollo profesional, en donde se liguen los resultados con las remuneraciones; (c) definir estándares educativos más altos que los actuales; esto es, una mayor exigencia de resultados del aprendizaje es parte integral de la reforma educativa y (d) estimular la mayor participación de los padres, principalmente en cuanto a que ellos puedan escoger libremente los centros educativos, a los que desean que asistan sus hijos e hijas.

Difícilmente con nuestro actual sistema educativo podremos lograr un fuerte crecimiento económico, caracterizado por empleos bien remunerados. Reformar apropiadamente nuestro sistema educativo podrá ser lo que haga la diferencia entre un futuro empobrecido, desigual, injusto e indeseable, de otro en donde las personas puedan desarrollar libremente sus mayores habilidades, de forma que puedan lograr vivir mejor, que posiblemente sean más felices y, sobre todo, que ese futuro se caracterice por brindarles la posibilidad de progresar y que no tengan que vivir inevitablemente en una abyecta miseria física y moral.

Jorge Corrales Quesada

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