lunes, 9 de diciembre de 2013

Tema polémico: la reforma al Reglamento Legislativo, morituri te salutant

Mucho se ha criticado el "atraso" en proyectos de ley producto de la oposición que realiza uno o varios diputados que utilizan los recursos que el Reglamento de la Asamblea Legislativa (RAL) ofrece: mociones, uso de la palabra, ruptura de quórum, consultas y otros. Incluso, se ha acuñado un término para señalar peyorativamente a quienes hacen uso de esos mecanismos: filibusterismo parlamentario.

Sin duda, el término busca no sólo insultar y desacreditar el trabajo del Diputado sino también ponerlo como un traidor de la Patria, como el causante de que un proyecto "país" no se apruebe. Esta premisa, bastante falaz y tendenciosa, parece calar hondo en los analistas y periodistas que, curiosamente y a contrapelo de la propia seriedad profesional que pregonan, casi nunca se toman el tiempo de leer los proyectos de ley y, mucho menos, analizar su trasfondo, por lo que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que no entienden de lo que están hablando. Pero bueno, eso no es sorpresa en un país donde hablar de honestidad intelectual es como hablar de magia y otras cosas sobrenaturales. 

Hasta la fecha, solamente unos pocos Diputados habían logrado impedir que se aprobara una reforma al RAL tendiente a reducir la oportunidad de hacer oposición, soportando la crítica, el insulto y la amenaza. Pero parece que esa opción ya se desvaneció. Recientemente se aprobó una moción para que una reforma a ese cuerpo normativo,tramitada bajo el expediente legislativo N° 18.127, pase al 1° lugar del Orden del Día del Plenario, misma que cuenta con el apoyo de casi todos los partidos políticos, quienes están impulsando su votación afirmativa antes del receso legislativo (23 de diciembre).

Argumentan que esa reforma es para generar gobernabilidad, para aprobar las cosas que el país necesita, para respetar el poder de una mayoría que sabe lo que hace, que no se equivoca, que solo tiene buenas intenciones y que únicamente asume posiciones responsables con la nación. Como decía un Ministro en esta nefasta Administración cuando se desempeñaba como profesor universitario, "si todas las vacas del mundo comen pasto, no pueden estar equivocadas". 

No obstante, al revisar el texto resulta evidente que su intención es  acallar a la oposición, quitar esos escollos que a muchos parece estorbarles: la denuncia, la argumentación, el debate, el análisis y la reflexión para dar paso al decisionismo irresponsable, a la ausencia de lectura y comprensión. Hay que aprobar por aprobar, sin importar qué diga el texto; hay que alcanzar un número determinado de leyes al final de la legislatura para que nos consideren eficientes, sin importar si lo aprobado sirve de algo. Esta práctica, bastante extendida entre muchísimos de los Diputados, no sólo de ahora sino de anteriores periodos, es la manifestación criolla de aquella escena de la película de Los Simpson en la que el Presidente Schwarzenegger dice, cuando le presentan una serie de propuestas que ni siquiera se toma el tiempo para revisar, "fui escogido para tomar decisiones, no para leer".

Sin embargo, esto no es así ni puede ser así. El RAL es una herramienta muy valiosa para la discusión parlamentaria. Barrantes y Solano, en su obra "Modelo explicativo de los niveles de acuerdo de la Asamblea Legislativa, concluyeron que la redacción actual del RAL, aunque no es perfecta, es muy positiva para defender el principio democrático y los derechos de las minorías, para evitar la tiranía de las mayorías, al tiempo que privilegia la construcción de acuerdos sobre la decisión mayoritaria, es decir, la negociación, el intercambio, el juego de suma positiva frente a la imposición, el capricho y el juego de suma cero que tanto parece gustarle a nuestros políticos. De ahí que les resulta tan incómodo el RAL y por eso lo culpan de todos los males posibles y se desbocan por modificarlo para dar rienda suelta a sus ocurrencias.  

Empezando por lo básico, antes que nada, el Parlamento es un espacio de representación política y, por tanto, en el que las diferentes fuerzas políticas exponen sus valores, ideas y propuestas, las contrastan y las debaten para tomar decisiones, no necesariamente para aprobar leyes. El Parlamento no es una fábrica de leyes: su función no es convertir cualquier iniciativa en ley ni puede ser evaluada con los mismos criterios de productividad que una maquila. El papel del Diputado es representar a sus votantes, a las personas que por su afinidad programática e ideológica le encomendaron su representación en el Parlamento.

Por su naturaleza, el Parlamento es para "parlar", para debatir, para exponer ideas y defender argumentos, para generar discusión entre las partes. La lógica de la dialéctica es exponer una idea y que esta sea contrarrestada, contraargumentada. La lógica del debate es que mediante ese toma y daca, se pueda finalmente concluir que uno tiene razón y el otro no. La intención es que la decisión, no la aprobación automática como algunos pretenden, sea lo más razonada, lo más reflexiva y lo más correcta.

Una reforma como la que se plantea en la Asamblea Legislativa va contra esos principios. Privilegia solamente la ocurrencia y la irresponsabilidad, el capricho y la imposición, disfrazados bajo el concepto de "gobernabilidad", olviando que ese término refiere a las actuaciones de los Poderes Públicos en espacios considerados como legítimos por los demás actores del sistema político y que esa legitimidad no es solo depende del origen del mandato -en el caso costarricense, de una elección que le da mayoría a un partido representado en la Asamblea- sino también del ejercicio del poder delegado, es decir, de la forma en que lo utilizan dentro del marco generado por las reglas del juego y el apego a los valores, expectativas e intereses de los actores políticos.  

Pero parece que nada de eso importa. Solo importa lo que el Ejecutivo y la prensa ordenan. Hay que aprobar -no discutir para valorar su conveniencia o no- las iniciativas que desde Zapote, desde Llorente, desde la Uruca o desde la Sabana se dice que hay que aprobar. No hay espacio para dialogar, mucho menos para negociar -de por sí toda negociación es satanizada- ni derecho a disentir. Quien se opone es malo; quien apoya es bueno. Quien se opone es filibustero, quien apoya es patriota. Y lo peor de todo es que los partidos, incluidos aquellos que otrora defendían el RAL, se han creido el cuento y caído en ese juego maniqueo. Por eso ahora, por la conveniencia electoral, dan su apoyo al cuchillo que, en un futuro, será utilizado para su propia ejecución. 

Recuerden estas palabras si se aprueba la reforma y el Ejecutivo envía su proyecto de más impuestos: Ave Caesar, morituri te salutant ("Los que vamos a morir, te saludamos"). Ya no habrá posibilidad de oponerse, ya no habrán recursos para hacerlo: las mociones serán menos, la posibilidad de desecharlas será mayor; el uso de la palabra muy reducido, la opción de convencer a los otros, nula. Ya no habrá quién pueda defendernos. Aquella frase de un Diputado liberacionista "pa' eso tenemos mayoría" al fin se hará realidad.

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