miércoles, 15 de enero de 2014

Desde la tribuna: delirios electorales

La recta final de la campaña política acrecienta los deseos de ganar, anotar, puntuar y tener atractivo electoral.  Entonces comienza la competencia de promesas, ofrecimientos, repartidera, cambios y demás entregas, en tal grado superlativo, que es rayano en la mentira.

Campo fértil de la demagogia, el clientelismo político se fragua en las complicaciones, dificultades y pobreza que la misma gestión política ha creado.

¿Leyes?  ¡Las que quieran! ¿Obras?  ¡Por montones!  ¿Puentes?  ¡Aunque no haya ríos o con todo y río!  ¿Empleos?  ¡Todos y más!

Son muy pocos los que no caen en la tentación. 

Y la mala costumbre va minando voluntades, malcriando a todos y socavando el Estado de Derecho. 

El Estado no puede violentar las libertades públicas, vaciar de contenido los derechos fundamentales, expoliar la propiedad ni conculcar las garantías.  Pero todos se van haciendo de la vista gorda por diversos motivos.  Algunos por la pasión electoral, otros porque es el momento de aprovechar, unos más porque hay que ganar a cualquier precio y … finalmente, la campaña parece maleducar y deformar en vez de ser un momento de lucidez ciudadana.

¡Claro que luego la decepción es mayúscula!  Es que el “quién da más” ha imperado y son muy pocos los que se salvan. 

Paralelamente, se forjan figuras y productos que no corresponden a la realidad de los candidatos.  Los “campeones de la justicia” se quedan cortos ante la construcción publicitaria de los candidatos.  Más elásticos que el “Hombre Elástico”, más trepadores que el “Hombre Araña”, más fuertes que “Supermán”, más hábiles que “Batman” y así sucesivamente.  Las maquinarias publicitario-electorales inventan personas que no existen y promesas irrealizables (tanto por su imposibilidad jurídica como por su imposibilidad factual), pero el electorado queda envenenado y frustrado cuando, como si fuera una resaca, luego de los pitazos y banderas vuelve la realidad, aparece de nuevo el día de trabajo y la economía no soporta más embates políticos, el presupuesto está deficitario por tanta irresponsabilidad, el aparato jurídico parece una telaraña de tanta ley y reglamento y las empresas ya no pueden trabajar por el peso estatal y la tramitopatía.

Al final, como malos bomberos e ilusionistas abusadores, la obra es decepcionante.  Se han majado las mangueras y son capaces de lidiar con la maraña jurídica, con el déficit fiscal y con la burocracia llena de privilegios que han contribuido a formar. 

¿Es tan difícil hacer un discurso serio?  ¿Es tan complicado para algunos señalar los verdaderos problemas del país?  ¿Son incapaces de esbozar un programa que atienda a la verdad?  ¿Es posible que lleguen a plantear un plan de acción racional y que esté dentro de las posibilidades de un presupuesto bien manejado?

Para pensar …

Federico Malavassi Calvo

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