martes, 21 de enero de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: el control de precios y la caída de Amberes

Desde hace muchos años me ha interesado, como economista, el tema del control de precios y los efectos que tienen en las economías. Ello porque son numerosos los episodios en la Historia, que demuestran como dichas políticas ocasionan efectos no previstos, usualmente diferentes de los esperados por quienes las impusieron.
Hace poco, traveseando en Internet, me encontré con un librito escrito por Mary G. Lacey, titulado Food Control During Forty-six Centuries: A Contribution to the History of Price Fixing (Chicago, 1933), el cual recoge una conferencia que ella pronunció ante la Sociedad de Historia Agrícola de los Estados Unido, el 16 de marzo de 1922. En dicho libro expone el episodio de control de precios que se dio en Bélgica en los años 1584-1585, según lo narró el historiador John Fiske en su obra The Unseen World and Other Essays (Boston, 1904, p. 20).
Dice Lacey que la caída de la ciudad de Amberes en 1585, se debió a la chapucera legislación de fijación de precios puesta por el Gobierno de la ciudad. Y luego transcribe lo escrito por Fiske:
“El giro crucial de la gran revolución Holandesa, en lo que tiene que ver con las provincias que ahora constituyen Bélgica, lo fue el famoso sitio y captura de la ciudad de Amberes. El sitio duró mucho y la resistencia fue obstinada y la ciudad posiblemente no habría sido capturada si la hambruna no hubiera acudido en ayuda de los sitiadores. Es interesante investigar qué pasos podrían haber tomado las autoridades de la ciudad para prevenir esa calamidad. Habiendo averiguado que los especuladores estaban acumulando y acaparando provisiones en anticipación de un período de precios altos, aquéllas impusieron un precio tope a todo lo que se podía comer y prescribieron fuertes penas para quienes pretendieran cobrar más que la suma decretada por ley. Las consecuencias de esta política fueron dos. Había pasado mucho tiempo para que el Duque de Parma (Alejandro Farnesio, el famoso militar al servicio de la Corona Española, quien luchó contra los protestantes durante la llamada Guerra de los Ochenta Años), quien estaba asediando la ciudad, tuviera éxito en bloquear el Río Escalda (Scheldt) de forma que impidiera que los barcos cargados de comestibles pudieran ir río arriba hacia la ciudad. Miles de toneladas de maíz y de carne en conserva podían haber sido traídos rápidamente a la ciudad rodeada. Pero ningún mercader correría el riesgo de que sus barcos fueran hundidos por las baterías del Duque, simplemente por el hecho de tener un mercado que no era mejor que muchos otros que podían ser accedidos sin riesgo alguno. La tarea de un Gobierno es legislar para los hombres tal como son, no como se supone que lo deberían ser. Si las provisiones hubieran obtenido un precio más alto en Amberes, ellas habrían sido llevadas río arriba.  Por su propia estupidez, la ciudad se bloqueó a sí misma mucho más allá de lo que el Duque de Parma pudo haber logrado.
En segundo lugar, la fijación arbitraria de precios más bajos previno cualquier ahorro general de parte de los ciudadanos. Nadie consideró necesario economizar. De manera que la ciudad vivió de muy buen ánimo hasta que se acabaron las provisiones y el Gobierno tuvo que meterse de nuevo para paliar el desastre que había provocado.
De esta manera, un acto chapucero de legislación ayudó a decidir lo peor para una campaña que involucraba la integridad territorial y el bienestar futuro de lo que podría haber sido una gran nación, que desempeñara una valiosa función en el sistema de comunidades europeas”. (Mary G. Lacey, Food Control During Forty-Six Centuries: A Contribution to the History of Price Fixing, p.p. 12-13). Los paréntesis son míos.
Sorprende que, a estas altura de nuestra civilización, algunos continúen creyendo en que los controles de precios son benévolos, que ayudan a los “sufridos” consumidores y que no tienen el claro resultado de que más bien provocan escasez y hasta hambrunas o caídas de los pueblos, como el ejemplo que nos narraron Fiske y Lacey.  Uno encuentra hoy en día proponentes del control de precios, como Maduro en Venezuela, pero hoy basta con observar en ese país los anaqueles de los negocios vacíos, en donde escasean muchos productos que antes solían abundar.  Nunca he entendido cuál es el afán de tener una economía bajo el control de precios, con el pretexto de que así se abaratan los bienes y se favorece a los consumidores relativamente más pobres, si después no van a encontrar esos bienes artificialmente abaratados.  El control de precios se convierte, más bien y en un contraste inesperado para los políticos, en enemigo de los consumidores. Se supone que ese no era el objetivo que tenía en mente el Gobierno al imponer esos controles. Resulta ser éste un caso claro de lo que se suele denominar como “las consecuencias no previstas”. Los gobernantes que propusieron el control de precios no previeron que el resultado sería la escasez, la hambruna y el empobrecimiento.
Ojalá José María Villalta tomara en cuenta estas lecciones de Historia y de Economía. Tal vez así corregiría su absurdo planteamiento de promover controles de precios. De no tomar en cuenta estas lecciones de la Historia en consideración y tiene la oportunidad de ponerlas en marcha, simplemente terminará causando más daño a quienes dice defender. Entonces, buscará alguna otra excusa para justificar su disparate.

Jorge Corrales Quesada

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