martes, 22 de abril de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: son simples humanos

Me han llamado la atención ciertas reacciones de la gente, no sólo ante el triunfo electoral del PAC, sino acerca de las expectativas que tienen del gobierno entrante. Entiendo muy normal -y esperable- la satisfacción por la victoria, pero mi deseo en esta ocasión es advertir cuándo se puede perder la perspectiva de lo que podrá obtenerse con un nuevo gobierno.

Lo primero que debe tenerse muy claro es que, quienes vienen a asumir el nuevo gobierno, son tan humanos como lo somos nosotros: con virtudes y defectos; frágiles, al fin y al cabo, a las tentaciones, que devienen del ejercicio del poder. Si son limitados por su naturaleza, lo mejor que pueden hacer es evitar esa arrogancia que se observa con frecuencia, cual es que el gobernante, que tiene un poder concedido por la ciudadanía, al elegirlos democráticamente, cree saberlo todo y trata así de imponer su criterio, que bien puede estar equivocado, para ponerlo de la manera más suave. Por ello, que el gobernante reconozca lo limitado de su conocimiento –y no me refiero al adquirido por una educación formal, sino al conocimiento, explícito o tácito, que poseen todos los individuos y que no está integrado en un todo en parte alguna- constituye un buen fundamento para poder lograr un buen gobierno. Se trata de permitir que los individuos libres puedan hacer el mejor uso de su conocimiento para adaptarse a la ignorancia –desconocimiento pleno- que existe en una sociedad. Esa libertad para adaptarse, según el conocimiento que tenga el individuo, no debe ser sustituida por la pretensión arrogante de un gobernante -por más sabio que crea que es- de imponer a los demás su propio y también limitado conocimiento.

Es muy posible que ni siquiera esos gobernantes tengan la posibilidad de resolver problemas que mucha gente desea que así se haga. Habrá oposición –requisito indispensable en una sociedad libre y democrática- a muchas propuestas que haga el gobierno entrante. Digo esto no sólo a partir de la realidad de una Asamblea Legislativa muy fraccionada, ni tampoco porque habrá algunos que harán lo indecible, por fines politiqueros, de obstaculizar cualquier propuesta gubernamental, aunque sea conveniente, sino porque muchos de esos problemas son harto complejos e involucran –como es lo normal- posibles efectos sobre intereses legítimos de diversas personas. Gobernantes inteligentes y tolerantes buscarán hacer todo lo posible por amalgamar intereses diversos y, dado el caso, tomar las decisiones que considere adecuadas, siempre dentro del marco de la legalidad y, esencialmente, de respeto a los derechos de los individuos.

Creo que los ciudadanos, más que nunca antes, en esta ocasión han definido sus preferencias electorales con base en sus posiciones en contra de la corrupción en la gestión pública y de su impacto y relaciones con partes privadas. Creo que el costarricense espera que la honorabilidad, buen y correcto manejo de los recursos públicos y apego a la ley, sean lo que caracterice a este nuevo gobierno. Soy escéptico de que se logrará un gobierno totalmente exento de corruptela. Creo que es imposible exterminarla del todo dentro de la gestión pública (y privada). Nadie, por tanto, va a creer que se tendrá un gobierno de puros y perfectos, sino que la esperanza es que ese mal disminuya. Sí, posiblemente habrá casos de corrupción en la nueva administración de seres humanos imperfectos, pero la valoración está en el esfuerzo que los gobernantes hagan por erradicarla y, por supuesto, que esa lucha se haga dentro de un marco de la legalidad deseable y no que esté sujeta a las apetencias de nadie en específico, que incluso puede pretender ocultar con moralismos los defectos que aquejan a una administración. 

Lamentablemente no se ha elegido ni se han escogido dioses que vengan a librar a los humanos de todo mal. Son simplemente hombre y mujeres electas, con virtudes y defectos, con apetencias deseables y otras indeseables, que exhibirán conductas apropiadas y otras impropias, que tendrán aciertos y cometerán errores; que ojalá los aciertos sean más que los errores, que serán francos y serán hipócritas. No son nada más que humanos, como nosotros; algunos cultos, otros no, que tan sólo serán embadurnados de conocimiento formal. Todo eso será así. Los ciudadanos inteligentes, conocedores de sus limitaciones propias, que han delegado en algunos el poder limitado, pero poder al fin y al cabo, no para que se les conculquen sus derechos, sino para que les facilite adaptarse a las circunstancias propias de la incertidumbre que naturalmente existe en un vida de por sí difícil, apreciarán cuando un gobierno es bueno y cuando es  malo. La obligación moral de los gobernantes es facilitar el buen vivir en libertad de los ciudadanos.

No hemos elegido entre dioses y no sé si los que resultaron son los mejores, eso nos lo dirá el tiempo. Entre tanto, debemos estar vigilantes en que las cosas transcurran dentro del respeto de nuestros derechos inalienables y en el marco de nuestras leyes. Un gobierno limitado es lo que nuestro pueblo ha escogido con el paso de los años. Eso es lo que asegura nuestra libertad, cuyo resguardo debe ser nuestra guía fundamental.

Jorge Corrales Quesada

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