martes, 29 de abril de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: cooperación versus centralización política

Han observado ustedes la frecuencia con que políticos suelen decir que proponen hacer alguna cosa en nombre nuestro; esto es, que consideran deseable, por ejemplo, prohibir o controlar o regular ciertas actuaciones de las personas, lo cual lo dicen hacer en representación nuestra. 

La primera gran duda que le salta a uno es acerca de dónde es que emana esa presunta capacidad de políticos para conocer mejor que nosotros mismos, qué es lo que deseamos o queremos. No creo que los políticos tengan alguna habilidad genética particular que los diferencie de las demás personas y menos que dicha capacidad sea superior a la de los otros individuos, como la de poder leer la mente de estos, en tanto que los individuos no son capaces de conocer lo que está en la mente de los políticos. Ni uno ni otro; lo que pasa por la mente de una persona en cuanto a sus preferencias sólo es conocida cuando las revela al actuar en un mercado. ¿Cómo sabe usted si yo prefiero el mango al melón? Bueno, cuando a un mismo precio por unidad estandarizada, compro más de uno que del otro. Pero, si bien el consumidor reveló sus preferencias,  eso no significa que uno conoce las razones de sus preferencias. 

¿Será que el político sí puede saber lo que conocen o saben los individuos, cuando en un mercado de la política considera que, quienes votaron por él (o ella), lo hicieron así porque lo preferían?  Eso puede ser así, pero conocer exactamente qué es lo que pasa por la mente de una persona cuando lo escogió es, creo, imposible, porque no sabe si votó por él porque, digamos, le gustaban sus planteamientos o, por el contrario, porque es que le disgustaban menos que los de otros o porque la visión que ese votante puede tener del mundo es propia de un masoquista y le encanta sufrir cuando elige a un mal gobernante. Todo eso y más son posibles cuando se pretende hurgar en la mente de una persona (votante o no) en particular y más aún cuando hay tantos individuos que actúan en circunstancias específicas de tiempo y espacio muy distintas.

Gobernantes absolutos, como ciertos reyes, pretendían, tan sólo por tener ciertos antepasados familiares, creer que lo sabían todo mejor que como lo podían saber sus súbditos. Y legislaban (o dictaban órdenes) acordes con esa pretensión. Pero no sólo hay muchos capítulos históricos, en que esos mismos gobernantes no tenían certeza de cuáles eran sus verdaderos antecesores biológicos, sino que, también, como se ha llegado a saber, muchos de esos gobernantes, al imponer su criterio, más bien generaban el malestar ciudadano y otros, al hacerlo, tal vez atinaban, ganándose la voluntad popular. Pero, de ser cierto este último caso, ¿por qué el ciudadano no se iba a ahorrar ese intermediario y por sí mismo lograba hacer lo que deseaba (por supuesto que restringido en cuanto a que no afectara el mismo derecho poseído por otros ciudadanos)?

Una de las razones por la cual no me “gustan” los gobernantes que dicen hacer algo porque lo hacen a nombre mío, radica en que, al fin de cuentas, yo sí sé qué es lo que realmente quiere o prefiero. Por ello, por ejemplo, cuando un estado me quita lo que he ganado trabajando y acatando las reglas del juego, para hacer, en mi nombre, lo que ese gobernante quiere hacer con él, me produce mucho disgusto. Tengo mejor conocimiento –aunque sea imperfecto- para organizar mi modo de vida como yo lo prefiero, que como el que puede tener ese gobernante acerca de mi conocimiento propio. Los individuos buscamos la cooperación de otros (no sólo dentro de la familia o de allegados) sino de la generalidad, porque ello nos beneficia. No porque se nos imponga. 

Esto lo explica Richard  A Epstein en su libro Skepticism and Freedom (Chicago: The University of Chicago Press, 2003), cuando señala que 

“La cooperación entre familiares ofrece obvias ventajas genéticas. Y puesto que, por definición, la evolución es un instrumento muy imperfecto, los principios usuales de selección natural conducen a alguna distribución, probablemente normal, de gustos acerca de la disposición para cooperar, en la cual los cooperadores, en promedio, es posible que sobrevivan más que los no cooperadores. El resultado neto es que no hay razón para aceptar la historia radical Hobbesiana del egoísmo individual, o de su corolario, de que un estado de naturaleza produce una anarquía, que puede ser refrenada tan sólo por un estado unitario dirigido por un gobernante absoluto. Muy al contrario, uno de los peligros más grandes de la centralización del poder, es que tiende a minar el control que los métodos informales de control social ejercen sobre su fuerza. Los individuos exhiben métodos más elevados de cooperación en ambientes no regulados, cuando sus rupturas previas de las reglas legales no están sujetas a sanciones legales. Evidentemente, encarados por el éxito o fracaso de sus propias acciones, ellos desarrollan estrategias cooperativas.” (Op. Cit., p. 25-26).

Lo que el autor nos dice es que la cooperación entre los humanos existe porque los beneficia, permitiéndoles adaptarse mejor a la escasez, que en su ausencia. Por lo tanto, no es de aceptar que surgirá necesariamente la anarquía, por lo cual no se requiere que exista un gobernante absoluto, que venga a poner orden en la anarquía. Más bien un gobierno totalitario impide que surjan los acuerdos sociales de cooperación entre los individuos, que limitan ese poder. En libertad, más bien surge la mayor cooperación.

Un mercado libre es un buen ejemplo de una exitosa estrategia de cooperación de los individuos, que les permite sobrevivir mejor. Es una excelente muestra de cooperación en un ambiente no regulado. El problema con la cooperación “forzosa” que se presenta cuando el estado define por el individuo lo que debe hacer, es que ese estado no tiene el conocimiento que si poseen los individuos actuando cooperativamente en ese mercado.

Jorge Corrales Quesada

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