miércoles, 18 de junio de 2014

Desde la tribuna: ¿cómo estamos?

El Estado costarricense se está tragando todo el esfuerzo nacional y no está devolviendo servicios ni seguridades adecuadas.  Los tributos y demás cargas a la sociedad son de gran proporción y significan una gran contribución pero, sin embargo, la contraprestación no corresponde al gran aporte social.

No tenemos una estructura pública apta ni apropiada.  Los servicios públicos dejan mucho que desear y no son apropiados.  Incluso, hay actividades estratégicas para el desempeño productivo adecuado que, desdichadamente, pasan por el monopolio público y ello garantiza nuestra incapacidad para competir.  Electricidad muy cara y energía (derivados del petróleo) carísima nos postran ante la competencia internacional.   ¡Hay que reconocerlo!  Si a ello sumamos la infraestructura pública y el mal funcionamiento y riesgo que hay en algunos otros temas que pasan el Estado y sus instituciones, solo se puede llegar a la conclusión de que el Estado costarricense estorba, complica y es muy gravoso para la sociedad costarricense.

Las pensiones en riesgo y cada vez con mayor mordisco al presupuesto nacional.  Las instituciones que debían proveer estabilidad y servicios apropiados están complicadas y hasta acusadas de colusiones, problemas de planilla y mal desempeño.

Para complicar más las cosas, estamos en una seria encrucijada.  Un Estado deficitario que no parece encontrar cómo bajar su angurriento gasto público y un equipo de gobierno que aún está postulando más intervención pública y más presencia estatal en una serie de actividades.

Es indispensable accionar el freno de emergencia en el rumbo que llevan las cosas.  No se puede pensar en castigar más al pueblo costarricense con un nuevo paquete tributario.  Menos si aún no hay un elenco de posibilidades de solución y enmiendas al asfixiante gasto público.  Cargar al pueblo con más tributos sería insoportable.  Además, en la línea de lo explicado, significaría complicar aún más el desempeño internacional de nuestra economía.  

La intención del equipo gubernamental de continuar en la línea del estatismo y de cargar aún más al inútil Estado con más tareas y presencia es quizás lo primero que hay que enfrentar.  Mientras persistan en tal idea, serán incapaces de revisar el mal rumbo de la nave nacional: programas inconsistentes, educación que aumenta la brecha social (calidad, cantidad, contenidos), repartidera que no saca a nadie de la pobreza, instituciones y programas caducos, exceso de planilla pública, monopolios públicos que ahogan a la sociedad, energía cara por responsabilidad del Estado y sus instituciones y monopolios, corrupción e ineficiencia enquistadas en el aparato público y mil cosas más.

Para colmo de males, nuestra idiosincrasia ha llevado a muchos a creer y pretender que la Asamblea Legislativa debe pasarse legislando a diestra y siniestra, sin ton ni son,  sin hacer la esencial función de control político.  Ello carga al Estado de tareas y gasto, sin contenido para ello y, lo que es peor, abandonando las que sí son tareas centrales del sector público.  De tal modo, lo tenemos cargado de tareas inútiles, distraído en quimeras y complicaciones, lleno de deudas y alejado de lo principal.  ¡Así no hay como progresar!

Si el equipo gubernamental (Asamblea y Ejecutivo) están en tan estatista actitud ¿cómo podemos revertir el camino que llevamos?

Una y otra vez habrá que alzar la voz para señalar lo que está pasando, para pedir espacio y apertura.  El mal desempeño del Estado y sus instituciones no es gratuito, cuesta mucho y, además, nos saca de competencia.

Quizás haya quienes piensen que no vale la pena ser competitivos, que mejor no embarcarse en la relación económica internacional.  También es innegable que algunos creen que nuestro Estado está bien así y que se trata del precio que hay que pagar por la solidaridad y el acento social que se le quiere dar a la concepción pública.  Y, por supuesto, también es claro que hay un grupo que no quiere cambiar nada:  se aprovecha del desorden en las pensiones, le sirve que se mantenga una burocracia ineficiente, está feliz con la sobreplanilla en las oficinas públicas, lucra con algunos programas públicos ineficientes y pone de primero la mano cuando hay repartidera.

También hay que denunciar lo que está pasando en estas áreas, para todos los demás vean con claridad qué es lo que nos está hundiendo.    No hay consistencia ni verdadera solidaridad en mantener programas inútiles aunque sean bienintencionados (que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones), no hay coherencia ni solidaridad en aprovecharse de pensiones millonarias con cargo al presupuesto, no hay solidaridad ni decencia en lucrar con programas públicos que no sirven.  

Lo primero, por tanto, entender el problema para frenar el mal rumbo que llevamos.  Hay que tener claro que vamos camino al despeñadero y ahí no hay futuro para ninguno. 

Federico Malavassi Calvo


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