miércoles, 4 de junio de 2014

Desde la tribuna: de pobreza, caridad y otras cuestiones

El nuevo Presidente del IMAS (Instituto Mixto de Ayuda Social, creado a principios de los setentas como solución a la pobreza extrema) ha acuñado una frase muy interesante:  “la caridad no saca a nadie de la pobreza”.

Cuestión central si es bien enfocada, pues la idea del IMAS era acabar con la miseria extrema.  Incluso, para quienes recuerdan, era una institución autónoma con plazo u ocaso, que debía agotarse una vez cumplida su misión.  El hecho es que sobrepasó el plazo y hubo que renovarla con plazo perpetuo.  Dicho de otro modo, no cumplió las metas ni expectativas.

La caridad es una gran virtud.  Cuando la ejerce el Estado le quita la virtud y se convierte en repartidera.

El meollo del asunto es que después de tanta acción del Estado en contra de la pobreza, más bien parece que reproduce el patrón perverso y cada vez hay más dependientes de la ayuda pública.  Pareciera, entonces y como se ha dicho reiteradamente, que la lucha contra la pobreza se convierte en un negocio.  No es de extrañar, entonces,  que la nueva Presidenta del INVU también salga a denunciar que encuentra formas monopólicas en las casas de interés social.

La existencia del Estado debería facilitar el que cada cual tenga la posibilidad de resolver sus problemas económicos por sus propios medios (trabajo, creatividad, empeño, empresariado, producción, generación de riqueza, responsabilidad y superación).    Hemos institucionalizado algunas formas de ayuda social que se han convertido en un fin en sí mismos e, incluso, hemos agregado el calificativo de “social” al Estado de Derecho, deformando algunas concepciones importantes y promoviendo algunas cuestiones perversas.  ¿Por qué entre más bonos de vivienda aparece mayor saldo de viviendas?  ¿Por qué entre más becas y programas aparece mayor cantidad de gente que las requiere?   ¿Por qué cada vez hay más ayudas sociales y más gente que las necesita?

¿No bastan las instituciones que hay?  Es claro que algunos políticos medran en medio de todo.  Su propuesta es directa y descarada, ofrecen ir a quitarle a los otros para repartir entre los suyos (el paquetazo de Pacheco era eso:  dijo, con demagogia y mentira, que ya los ricos tenían su TLC y que había que darle a los pobres el paquete tributario; el trámite de la ley de impuestos  a las casas de alto valor, supuestamente para dar vivienda a los más necesitados y así en cada caso).  También es evidente que buena parte de  la burocracia se asienta con el crecimiento del aparato público.  Asimismo, es innegable que la demagogia se presta para que los buscadores de rentas agarren lo suyo.  Transferimos el riesgo social, repartimos y festinamos la plata ajena, expropiamos lo de unos para repartirlo entre otros (aquí hay situaciones de lo más paradójico:  expropiamos para repartir parcelas que luego terminan en manos de políticos de uno y otro partido, concentradas y en contravención de la idea original).

Si de competencia se trata, ¡claro que es hora de revisar cómo es que el propio Estado y sus instituciones, a través de la contratación, podrían estar promoviendo carteles y concentraciones!   El hecho es que algunas de esas contrataciones no deberían ni existir.  Los subsidios en vivienda terminan en contrataciones masivas que contravienen la idea de participación personal, responsabilidad y focalización, prestándose a rutas inaceptables. 

Queda mucho en el tintero, esto no es sino un poco de apuntes derivados de los primeros asombros de los nuevos administradores públicos.  ¡Ojalá les dure!

Federico Malavassi 

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