martes, 10 de junio de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: la teoría de la explotación

Introducción
Debo hacer un par de advertencias a los amigos lectores, antes de iniciar mis co-mentarios en torno a la teoría de la explotación del trabajo. Lo hago motivado por la opi-nión de una persona la cual señaló que en Costa Rica la economía se caracterizaba por la explotación del factor trabajo y, sorprendentemente, hace dicha aseveración indicando que, en contraste con lo que sucede aquí, en la actualidad en Venezuela hay una economía más justa, asumiendo implícitamente que en este último país no existe o que ha disminui-do la previa explotación capitalista.
No voy a analizar el tema específico de lo que se podría considerar como la explotación relativa del trabajo en ambas naciones, sino que analizaré el tema más amplio de lo que se denomina la teoría de la explotación. Si bien hay autores como, involuntariamente, Adam Smith y David Ricardo, y luego William Thompson y Jean Charles de Sismondi, quienes presentaron claras doctrinas acerca de la explotación del trabajo a principios del siglo XIX, fueron socialistas como P. J. Proudhon y Johann Karl Rodbertus y Fernando Lassa-lle quienes desarrollaron más sistemáticamente la teoría del valor trabajo y de la explota-ción de la mano de obra hacia mediados del siglo XIX. Pero no hay duda que el mayor impacto moderno en cuanto a la teoría de la explotación se da con Karl Marx, quien con-sidero que posiblemente sea la base teórica sobre la cual descansa hoy mayoritariamente la teoría de la explotación. No omito manifestar, eso sí, que a fines del siglo XIX, Werner Sombart, economista alemán, de origen socialista pero que en cierto grado, si bien ambiva-lente, inspiró las políticas nazis, al igual que el socialista Conrad Schmidt y Eduard Berns-tein, cofundador del denominado socialismo-democrático, escribieron tesis más modernas que las de Marx en torno a la teoría de la explotación. Sin embargo, tampoco pudieron sobreponerse a la crítica de la teoría marxista de la explotación formulada principalmente por el economista de la escuela de economía austriaca, Eugen Böhm-Bawerk y luego por la escuela marginalista moderna.
La primera advertencia que debo hacer a mis amigos lectores es que el tema no es sencillo de tratar en un foro como el de FB, en donde publico este comentario, por lo cual siendo bastante especializado -de economistas, filósofos, estudiosos de las ciencias sociales- haré un esfuerzo para ser lo más sencillo posible, a fin de disipar las dudas acerca de la irrele-vancia actual de la teoría de la explotación del trabajo. Si lo logro, me sentiré afortunado; si fracaso, además de sentirlo en lo propio, aconsejaría que tal vez sigan un buen curso de Economía en alguna universidad, que les brinde ese conocimiento de lo que es la econo-mía moderna, de mejor manera a como yo puedo hacerlo brevemente en esta ocasión.
La segunda observación que me permito adelantar es que, al ser el tema no sólo algo com-plejo, sino que también cubre diversas aristas, mi comentario es relativamente extenso, por lo cual, de cierta manera arbitrariamente, lo iré presentando a los lectores en ocho partes, incluyendo esta introducción, por lo cual le ruego a los comentaristas críticos de lo que yo escriba, que, si fuera posible, retuvieran sus comentarios hasta no haber terminado mi su-puestamente extensa exposición, la que espero que les brinde una amplia percepción del problema.
Hecha esta introducción, anuncio desde ya mi segundo comentario –que le seguirá a este primero introductorio del tema- acerca de la teoría del valor trabajo. Ese comentario se titula “La Teoría de la Explotación-Primera parte: La teoría del valor trabajo”. Para que nadie se sorprenda y “salga corriendo” a decir que estos comentarios míos van a ser sobre cosas teóricas y no sobre la “realidad” de las personas o los pueblos, le digo que usaré la palabra teoría de forma tal que no nos lleve a laberintos semánticos o a disquisiciones que, por el momento, prefiero dejárselos a filósofos. En términos sencillos, el ser humano fór-mula teorías como una forma de poder interpretar una realidad compleja. Cuando se hace una teoría, en cierta forma se cuestiona alguna otra explicación previa de los aconteci-mientos relevantes, la cual muestra errores que la nueva busca eliminar. Esta es una tarea permanente del conocimiento, cual es encontrar mejores y más satisfactorias explicaciones de la realidad. Por ello, termino esta parte con la muy fructífera proposición de Karl Pop-per, de que las teorías científicas no son más que verdades provisionales y, por tanto, que el conocimiento avanza cuando esas verdades provisionales son reemplazadas por otras que resisten mejor la refutación. 
Por aquella razón es que cito a Popper: “Tanto las ciencias naturales como las ciencias so-ciales parten siempre de problemas: de que algo despierta nuestra admiración, como de-cían los filósofos griegos. Las ciencias utilizan en principio para resolver esos problemas el mismo método que emplea el sano entendimiento humano: el método de ensayo y error. Expresado con más exactitud: es el método de proponer tentativamente soluciones de nuestro problema y después eliminar las falsas soluciones como erróneas. Este método presupone que trabajamos con una pluralidad de soluciones a modo de prueba. Una solu-ción tras otra es puesta a prueba y eliminada. (Karl R. Popper, La Responsabilidad de Vivir: Escritos sobre política, historia y conocimiento, Buenos Aires: Ediciones Paidós, 1995, p.17).


PRIMERA PARTE La Teoría del Valor-Trabajo
Con el objetivo de entender la teoría de explotación, modernamente asociada con Carlos Marx, es necesario explicar lo que se conoce como la teoría del valor-trabajo. Esto es, que el valor de un bien o servicio está determinado por el trabajo que se incorpora en su producción.
La teoría del valor-trabajo no es original de Carlos Marx. Más bien su prosapia se encuen-tra en dos connotados economistas clásicos; uno de ellos, el padre de la Economía, Adam Smith, quien la desarrolla en su obra más conocida, La Riqueza de las Naciones escrita a fines del siglo XVIII y el otro, David Ricardo, economista inglés igualmente connotado y posterior a Adam Smith en unos cincuenta años. Ricardo desarrolla sus conceptos sobre el valor de las mercancías determinado por el trabajo en su libro Principios de Economía Política y Tributación, escrito en 1817.
Escribe Adam Smith, “En todo tiempo y en todo lugar, lo más caro realmente es lo que cuesta más trabajo adquirir, y lo más barato lo que se adquiere con más facilidad y menos trabajo. Éste, pues, como que nunca varía en su valor propio e intrínseco, es el único pre-cio, último real y estable, por el cual deben estimarse y con el cual deben compararse los valores de las mercancías en todo tiempo y lugar. Este es un precio real, y el de la moneda precio nominal solamente.” Agrega posteriormente, que “El valor real de todas las distin-tas partes componentes del precio de las cosas, viene, de esta suerte, a medirse por la can-tidad de trabajo ajeno que cada uno de ellos puede adquirir, o para cuya adquisición habi-lita al dueño de la cosa”. (Adam Smith, La Riqueza de las Naciones, San José: Universi-dad Autónoma de Centro América, 1985, páginas 74 y 93, respectivamente).
Por su parte, David Ricardo amplía la concepción original de Adam Smith y expone que el valor de cambio de las cosas está determinado no por el trabajo, sino por aquél que se incorpora en la producción del bien. A ella se le conoce como la teoría del valor-trabajo incorporado, que fue la que básicamente utilizó Marx para el desarrollo de su teoría de la explotación.
Antes debo dejar planteado el problema del valor que se formularon los economistas clá-sicos y Marx, y que también había estado presente en discusiones de estudiosos de la eco-nomía de la antigüedad y de la Edad Media. Adam Smith expuso su concepción del valor de la siguiente manera: “Debe notarse que la palabra valor tiene dos distintas inteligencias; porque a veces significa la utilidad de algún objeto particular, y otras aquella de aptitud o poder que tiene para cambiarse por otros bienes a voluntad del que posee la cosa. El pri-mero podemos llamarlo valor de utilidad (o valor de uso), y el segundo, valor de cambio. Muchas cosas que tiene más del de utilidad (o de uso) suelen tener menos del de cambio y, por el contrario, a veces las que tienen más de éste tienen muy poco o ninguno del otro. No hay una cosa más útil que el agua y apenas con ella se podrá comprar otra alguna, ni habrá cosa que pueda darse por ella a cambio; por el contrario, un diamante apenas tiene valor intrínseco de utilidad (de uso) y, por lo común, pueden permutarse por él muchos bienes de gran valor”. (Adam Smith, Op. Cit., página 69. La expresión más empleada de valor de utilidad, “de uso”, entre paréntesis en el texto es mía.
Esta es la famosa paradoja del valor, en donde se presenta una discordia entre el valor de uso y el valor de cambio. El valor de uso es la utilidad que se obtiene al consumir un bien, dada la capacidad que tienen estos de satisfacer los deseos y necesidades humanas. Por su parte, el valor de cambio es aquél que determina cuánto se debe dar de un producto para obtener una unidad del otro. Para Adam Smith, el concepto importante para la economía política es el valor de cambio y no el de uso. Para él lo que determina el valor de una mer-cancía es la cantidad de trabajo invertido en su producción. El trabajo es la medida del valor.
Smith considera que el trabajo, como determinante del valor, es más propio de sociedades pre-capitalistas, que de sociedades más desarrolladas, en las cuales tanto el capital como la tierra son factores que influyen en el valor de una mercancía. De hecho, Smith en su obra se dedica a explicar el valor de cambio (o precios relativos) y no acerca del valor de uso.
Adam Smith se refiere, entonces, al concepto de precio natural de un bien, en el cual no sólo el trabajo, sino también la renta de la tierra y la ganancia forman parte del costo. El precio natural es aquel que permite el pago de la renta de la tierra, la ganancia del capital y, por supuesto, el salario de los trabajadores.
Por su parte, Marx consideró que para que dos cosas fueran objeto de intercambio es por-que debería tener el mismo valor, pues nadie cambiaría un bien que fuera de mayor valor por otro que tuviera un valor inferior. Partiendo de esta idea, plantea ¿cuál puede ser el elemento común que permite, bajo un intercambio, que éste se lleve a cabo? Ello lo men-ciona en su obra El Capital, en donde señala que “dejando a un lado el valor de uso de las mercancías, sólo queda a las mismas una cualidad (común), la de ser productos del traba-jo…Las mercancías que contienen cantidades de trabajo iguales o pueden ser producidas en el mismo tiempo, tienen el mismo valor”. (Citado en el prólogo al libro de Eugen Böhm-Bawerk, La Teoría de la Explotación, Madrid: Unión Editorial, 1976, p. 13.) Eso es, los bienes en donde se ha incorporado trabajo son los que tienen valor; es el trabajo socialmente incorporado.
Para Marx el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo usado en su producción. Según Marx, “con el carácter útil de los productos del trabajo desaparece el carácter útil de los trabajos representados por ellos y desaparecen también, por tanto, las diversas formas concretas de estos trabajos; ya no se diferencian entre sí, sino que se re-ducen todos ellos al mismo trabajo humano, a trabajo humano abstracto… Lo único que queda en pie de ellos es la misma objetividad espectral, simples cristalizaciones de trabajo humano indistinto, es decir, de inversión de la fuerza humana de trabajo, cualquiera que sea la forma en que se haya invertido… Considerados como cristalización de esta sustan-cia social común a ellos, son valores.” (Citado en Eugene Böhm-Bawerk, Op. Cit., p. 151).
Por lo tanto, al ser el trabajo lo que determina el valor, su medida será la cantidad de “tra-bajo socialmente necesario”; esto es, el tiempo de trabajo socialmente necesario que se incorporó para la producción de un valor de uso. Aquellas mercancías que contienen igual cantidad de trabajo incorporado, tienen la misma dimensión de valor. El valor de una mercancía guarda, con respecto al valor de otra, la misma proporción que el trabajo so-cialmente necesario que se ha incorporado en cada una de ellas. Simplemente, el valor de una mercancía es determinado por el trabajo que se ha cristalizado en producirlas.


SEGUNDA PARTE El Intercambio
Empezaré por tratar de explicar algo que nos va a parecer algo cajonero, cual es la razón por las cuales las personas intercambian bienes y servicios, ya sea mediando el dine-ro o sin que participe éste, en lo que se conoce como trueque. El principio es básicamente el mismo. Sin embargo, a pesar de que aparentemente se explica con facilidad, los econo-mistas por muchos años discutieron acerca de la razón por la cual el ser humano intercam-bia bienes, por el simple hecho de que, de alguna manera, eso implica que quienes partici-paban en el intercambio realizan una apreciación del valor de cada bien, a fin de proceder al intercambio. Al mencionar la palabra “valor”, el asunto se complicó para los primeros economistas, pues requería señalar qué significa valor para quienes intercambiaban bienes y cómo hacían esa valoración.
El intercambio de bienes –ya sea por otros bienes o de bienes por dinero o de dinero por bienes- se lleva a cabo en tanto favorezca a las partes que intervienen en dicho intercam-bio. Esto es, porque de una posición inicial en donde no había intercambio, los individuos consideran que, después de éste, estarán en una posición más satisfactoria.
Cuando, por ejemplo, voy a la feria del agricultor y adquiero con mis mil colones, dos kilos de mango, es porque valoro más esos dos kilos de mangos, que los mil colones. Si no, no efectuaría dicho intercambio. Igual sucede con la otra parte. Si la vendedora de mangos no valora más los mil pesos míos que le entrego a cambio de los dos kilos de mangos, entonces no me los vende y se queda con ellos (posiblemente esperando que al-guien más se los compre en un monto mayor a los mil colones que yo le ofrecí.) Si ella valora más los mil colones que le doy a cambio de los dos kilos de mango, entonces, se quedará con la plata y yo con los mangos. Podrá verse que, después de efectuada la transacción entre las partes, la vendedora verá aumentar su satisfacción quedándose con los mil colones y yo aumentaré mi satisfacción, quedándome con los dos kilos de mangos que antes no tenía. Ambos ganamos con el intercambio.
En el análisis anterior medió el dinero –en su función facilitadora del cambio- pero hubie-ra sido igual bajo trueque, en donde, por ejemplo, yo le podría dar servicios como econo-mista a cambio de sus mangos y viceversa. Evidentemente es más difícil llevar a cabo la transacción por el tipo de bienes involucrados y, por ende, la necesidad de que el bien que yo estoy dispuesto a ofrecerle (servicios de economista) debe ser el mismo bien que ella desea y al contrario con el otro bien, los mangos, pero, si la transacción se lleva a cabo libremente, es porque ambos estamos ganando con ella, que es lo que deseo destacar.
¿Cuál es el problema que tiene la teoría del valor trabajo para explicarnos el intercambio (recuerden, que, según ésta, el valor de un bien está determinado por la cantidad de traba-jo productivo que se incorpora en él)? Que no podría explicar por qué se intercambian dos bienes que poseen un mismo monto de trabajo incorporado; es decir, dos bienes cuyo va-lor es el mismo, de acuerdo con la teoría del valor trabajo.
Veamos el siguiente ejemplo simplificado. Dos personas (1) y (2), poseen distintos bienes (a) y (b). (1) tiene el bien (b); un mango y (2) tiene el bien (a); una pintura. Pero (a) tiene un “quantum” -como diría un marxista- mayor de trabajo que el bien (b). Suponga ahora que la persona (1) es un gran aficionado a coleccionar pinturas y que le encanta la que está pensando en comprarle a (2). (1) ansía comprar (a); valora más a (a) y está dispuesto a venderlo a cambio de (b). Suponga, para entender el proceso de intercambio, que (2), el pintor, tiene mucha hambre (¡usual en pintores!) y está deseoso de tener un mango para comer y, por lo tanto, prefiere el mango (b) a cambio de su pintura (a). El problema ante-rior se resuelve si (1) y (2) intercambian su mango y su pintura respectivamente (la propor-ción no importa, sino el proceso). Ambos incrementan su satisfacción. Si no fuera así, la transacción libre no se hubiera realizado.
Pero, aquí viene lo importante: si el valor estuviera dado por el trabajo incorporado, en-tonces, (2) estaría cediendo mucho más valor (recuerde que la pintura (a) tiene mucho trabajo incorporado) que el que recibe (1), el manguero. Y, a su vez, (1) estaría entregando poco valor a cambio de mucho más valor que posee la pintura.
Aquí fue cuando, frente a Marx y todos los clásicos anteriores a él, como Smith o Ricar-do, surge la moderna teoría el valor, la cual señala que éste está dado, no por lo que obje-tivamente se incorpora en un bien (por ejemplo, trabajo o cualquier otro elemento del cos-to de producción), sino por lo que, subjetivamente, valora el individuo que participa del intercambio.
Los nuevos economistas –William Stanley Jevons, en Inglaterra, Leon Walras, en Francia y Carl Menger, en Austria- desarrollaron en el último cuarto del siglo diecinueve la teoría de la utilidad marginal, que, en criterio de Jack High, de la escuela de negocios de la Uni-versidad de Harvard, “Excepto por la “mano invisible” de Adam Smith –o de su equiva-lente moderno, el equilibrio- la utilidad marginal es tal vez la idea más revolucionaria en la historia de la economía”. (Jack, High, Marginal Utility, en Peter J. Bottke, editor, The Elgar Companion to Austrian Economics, Northampton, Mass.: Edward Elgar Publishing Inc., 1994, p. 87.)
Siguiendo la idea desarrollada por su antecesor de la escuela de economía austriaca, Eu-gen Böhm-Bawerk, quien a su vez fue seguidor de Menger, desarrollador primigenio de la teoría de la utilidad marginal- Ludwig von Mises, en su libro La Acción Humana, expone claramente la razón por la cual los individuos llevan a cabo el intercambio de bienes, con-tradiciendo la creencia marxista de que el intercambio se basaba en que hubiera una igual-dad de valor entre los bienes intercambiados (como se consideraba con base en la teoría del valor trabajo).
Dice Mises: “Inveterado y craso error era el suponer que los bienes o servicios objeto del intercambio habrían de tener entre sí el mismo valor. Considerábase al valor como una cualidad objetiva, intrínseca, inherente a las cosas (la teoría del valor-trabajo, por ejem-plo), sin advertir que el valor no es más que el mero reflejo del ansia con que el sujeto as-pira al bien que le apetece. Supóngase que, mediante un acto de medición, las gentes esta-blecían el valor de los bienes y servicios, procediendo luego a intercambiarlos por otros bienes o servicios de igual valor. Esta falsa base de partida hizo estéril el pensamiento económico de Aristóteles, así como, durante casi dos mil años, el de todos aquellos que tenían por definitivas las ideas aristotélicas. Perturbó gravemente la obra de los economis-tas clásicos y vino a privar de todo interés científico los trabajos de sus epígonos, espe-cialmente los de Marx y las escuelas marxistas. La economía moderna se basa en la cogni-ción de que surge el trueque precisamente a causa del dispar valor por las partes atribuido a los objetos intercambiados.” (Ludwig von Mises, Human Action: A treatise on Econom-ics, San Francisco: Fox & Wilkes, 1963, p.p. 203-204).
Precisamente el intercambio surge porque existe una divergencia entre las valoraciones que hacen los individuos de los distintos bienes intercambiables. Eso va en contrario de lo que afirmaba Marx, que las mercancías se intercambian en proporción al trabajo materiali-zado en ellas. Es lo que Marx denomina como la “ley eterna del cambio de mercancías”; esto es, “que las mercancías se cambian entre sí con arreglo a la proporción del trabajo medio socialmente necesario materializado en ellas (por ejemplo en el tomo I de El Capital de Carlos Marx, segunda edición de 1872, p. 52). Otras formas de expresión de esta mis-ma ley son que las mercancías ‘se cambian por sus valores’ (por ejemplo, Tomo I de El Capital, páginas 142 y 183 y el Tomo III de El Capital, edición de 1894, página 167) o que ‘se cambian equivalentes por equivalentes (por ejemplo, Tomo I de El Capital, páginas 150 y 183).” (Las referencias de El Capital, Tomos I y III, son tomadas de Eugen Böhm-Bawerk, Op. Cit., p. 152).
Carlos Marx, dice en su Tomo III de El Capital, página 185, en palabras de Böhm-Bawerk, que "Es cierto que las distintas mercancías se cambian unas veces por más de su valor y otras veces por menos, pero estas divergencias se compensan o destruyen mutua-mente, de tal modo que, tomadas todas las mercancías cambiadas en su conjunto, la suma de los precios pagados es siempre igual a la suma de sus valores. De este modo, si nos fijamos en la totalidad de las ramas de producción tenemos que la ley del valor se impone como 'tendencia dominante." (Eugen Böhm-Bawerk, Karl Marx and the Close of His Sys-tem, New York: Augustus M. Kelley, 1949, p. 33).
La demoledora crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor marxista, que arreglada con respecto a la que presentó en su volumen I aparece ahora en su volumen III de El Capital y que está en contradicción con lo que escribió en su primer volumen, es que: “Y es evi-dente que sólo puede hablarse de una relación de cambio cuando se cambian entre sí dis-tintas mercancías. Tan pronto como se toman todas las mercancías en su conjunto y se suman sus precios, se prescinde forzosamente de la relación existente dentro de esa totali-dad. Las diferencias relativas de los precios entre las distintas mercancías se compensan en la suma total… Es exactamente lo mismo que si a quien preguntara con cuantos minu-tos o segundos de diferencia ha llegado a la meta el campeón de una carrera con respecto a los otros corredores se le contestara que todos los corredores juntos han empleado vein-ticinco minutos y treinta segundos… Por ese mismo procedimiento podría comprobarse cualquier ‘ley’, por absurda que fuera…” (Tomado de Eugen Böhm-Bawerk, Op. Cit., p. p. 207-209.


TERCERA PARTE La Teoría de la Utilidad Marginal
Para beneficio de los lectores, presento una definición sencilla de lo que se conoce como la utilidad marginal: “es la utilidad extra que un consumidor obtiene del consumo de una unidad adicional de un bien o servicio”. (Campbell R. McConnell y Stanley R. Brue, Economía, 13a. edición, Bogotá: McGraw-Hill Interamericana, S. A., 1970, p. 6-30). Pongo dicha definición porque nos introduce de manera práctica a un concepto cru-cial en el pensamiento económico moderno, a fin de poder entender el término económico de valor de un bien o un servicio.
Es importante aclarar desde el inicio que el concepto de utilidad marginal se refiere a un valor subjetivo, en donde no se basa en una relación tecnológica entre el bien y el efecto que tiene ese bien para generarlo, sino en lo que la persona percibe, correcta o incorrecta-mente, como el poder que tiene ese bien para generar un efecto deseado. Se enfatiza el término subjetivo porque, por ejemplo, cuando se trata de escoger entre dos bienes, diga-mos, agua y diamantes, en realidad la escogencia no es entre dos categorías de bienes (la categoría agua y la categoría diamantes), sino que la elección es usualmente entre dos can-tidades determinadas de ambos bienes. Es más, no se escoge entre “toda el agua existente en el mundo” y “todos los diamantes que hay en el mundo”. Se escoge entre, digamos, un vaso de agua y un diamante de un quilate.
Obviamente será un individuo quien nos diga cuál de esos bienes tiene más valor al con-sumirse una unidad adicional de ellos. Debe escoger entre una cantidad específica de un bien y una cantidad específica de otro, en el contexto de un conjunto específico de cir-cunstancias Por ejemplo, imagínese que el individuo lleva tres días de estar abandonado, sin nada, en un verano del caluroso desierto del Gobi y se le preguntan qué en cuánto va-lora un primer vaso de agua. Les aseguro que dirá que “muchísimo”. En cambio, si a esa misma persona, en esas mismas circunstancias, se le pregunta que en cuánto valora la pri-mera unidad de aquel diamante de un quilate, lo más probable es que diga que muy poco. Si se le pide que escoja entre los dos, lo más probable es que prefiera el primer vaso de agua, en vez de una primera unidad del diamante de un quilate.
Por supuesto que si las circunstancias variaran, la valoración que hace aquel individuo podría cambiar mucho. Por ejemplo, suponga que ahora ese mismo consumidor tiene a su lado un helicóptero que lo llevará rápidamente a Beijing (capital de China) y si ahora se le pide que escoja, como el agua ya no es relativamente tan escasa (ahora es mucho más fácil conseguir ese vaso de agua), preferirá muy posiblemente quedarse con el diamante, el cual podrá cambiar en la ciudad en mucho mejores condiciones que lo podrá hacer con el vaso de agua.
Esto nos trae de nuevo al tema que desarrollamos en la primera parte de esta serie, en donde se formuló la pregunta de cómo se podía explicar que el agua, que tenía un elevado valor de uso (esto es, la utilidad o capacidad del bien para satisfacer una necesidad huma-na), a su vez tenía un bajo valor de cambio (esto es, valor de mercado; o sea, la cantidad que hay que dar de un bien para adquirir una cantidad dada de otro bien), a diferencia de los diamantes, cuyo valor de uso es muy bajo, pero su valor de cambio es muy alto. Esta se conoce en la historia de la economía como la paradoja del valor: ¿por qué siendo que el agua es más valiosa que los diamantes, la gente paga mucho por estos, pero poco o nada por aquélla?
La paradoja del valor fue explicada a partir de la teoría de la utilidad marginal decrecien-te: esto es, que conforme se van adquiriendo más y más unidades de un bien, menor es el incremento de la utilidad a que va dando lugar. Al escoger el individuo entre cantidades determinadas de ambos bienes (en nuestro ejemplo, entre un vaso de agua y un diamante de un quilate), entender el concepto es relativamente sencillo: el primer vaso de agua sim-plemente significa la supervivencia. Una vez lograda ésta, el próximo vaso sería, digamos, para lavarse la cara; el tercero para asearse los dientes y así sucesivamente. Pero lo que nos dice la teoría de la utilidad marginal decreciente es que el primer vaso le brinda una alta utilidad adicional; el segundo, agrega un poco menos a la utilidad; el tercero aún menos y así sucesivamente, incluso cuando se puede consumir un agua abundante en un río, casi que el valor que agrega ese último vaso es casi nulo y puede hasta llegar a ser negativo, si consume un vaso más que le ocasione un dolor de estómago.
Algo similar sucede con el consumo de unidades adicionales de diamantes de un quilate: la utilidad marginal del consumo de diamantes de un quilate va decreciendo conforme se van consumiendo más y más diamantes. Lo esencial, lo relevante, al encarar el consumidor una elección entre dos bienes (o entre cualquier número de bienes, caso que no desarrollo aquí) es que siempre se trata de la siguiente unidad que va a ser adquirida o de la primera unidad del bien que debe dejar de consumir. 
Como bien lo explica Gene Callahan, “El margen en cuestión no es una propiedad física del acontecimiento en consideración, ni tampoco puede ser determinado por cálculos ob-jetivos. El margen es la línea divisoria entre sí y no, entre elegir y dejar de lado. La unidad marginal es aquella sobre la cual usted está decidiendo”. (Gene Callahan, Economics for Real People: An Introduction to the Austrian School, Auburn, Alabama: Mises Institute, 2002, p. 44).
Cuando el individuo debe escoger entre un vaso de agua adicional y un diamante adicio-nal de un quilate, lo que le importa es cuánto de utilidad le agrega la nueva unidad adqui-rida del bien que decidió escoger. El individuo es quien valora cuánto de utilidad le agre-ga la unidad adicional del bien que adquiere: esa valoración es totalmente subjetiva. La gente escoge lo que prefiere en el momento en que hace su elección. Entonces, la decisión del individuo estaría condicionada a que la utilidad marginal de la última unidad adquiri-da de agua sea igual a la utilidad marginal que se obtiene de la última unidad de diaman-tes que se compra. Si una utilidad marginal es mayor que la otra, arreglará su consumo de manera que compraría más de aquella y menos de la otra. Pero, en esto, eso sí, hay que considerar el precio de mercado de cada uno de los bienes, de manera que la utilidad marginal por colón obtenida en cada uno de los bienes sea la misma. Así incorporamos el efecto de precios diferentes de los bienes, para entender el comportamiento lógico del consumidor.
Esta explicación es básica para entender por qué el valor de un bien no lo da la cantidad de trabajo que se ha incorporado en él (aunque se califique al trabajo como aquél social-mente necesario, tal como lo hace Marx). El valor no lo determina algo objetivo, como el trabajo, sino que es subjetivo, resultado de la evaluación que hagan los individuos al esco-ger. Ni siquiera se requiere que la utilidad sea medible cardinalmente; lo único necesario es que sea ordinal. Esto es, que los fines y los medios del individuo puedan ser jerarqui-zados, ordenados según rango; esto es, que uno sea preferido a otro y no que la utilidad tenga un valor cardinal determinado.
El valor de los bienes aparece tan sólo en relación con los fines. Los medios para producir los bienes –insumos o factores productivos- son valorados según sea su utilidad o capaci-dad para producir esos bienes. Los medios sirven tan sólo en cuanto logren algún objetivo. El valor no es una condición intrínseca. Es la utilidad que algo tiene para nosotros. Esa fue la gran revolución del subjetivismo en la teoría económica moderna.
La teoría del valor trabajo, que señalaba que el valor de un bien estaba determinado por el valor del trabajo que se incorporaba en ese bien, fue efectivamente rechazada por lo que se llegó a conocer como la teoría subjetiva del valor. Como lo señala tajantemente el con-notado economista liberal alemán, Wilhelm Röpke, en su libro Economics of the Free So-ciety, “…la explicación del valor técnico-objetivo fue suplantada por el énfasis económi-co-subjetivo de la teoría moderna. Debe notarse también que el concepto de utilidad mar-ginal hace que la teoría del valor-trabajo, que constituye la base teórica del Marxismo, sea totalmente insostenible. En efecto, la base puramente económica del Marxismo debe ser vista hoy como un anacronismo intelectual. Específicamente, un traje no es ocho veces más valioso que un sombrero porque para producirlo requiere ocho veces más trabajo que un sombrero. Es debido a que el traje acabado será ocho veces más valioso que el sombre-ro terminado, que la sociedad está dispuesta a dar empleo a ocho veces más trabajo para el traje que para el sombrero…Es a partir de este descubrimiento que se fueron a pique las partes que aún permanecían de la teoría Marxista (la plusvalía, la desintegración del capi-talismo).”(Wilhelm Röpke, Economics of the Free Society, Chicago: Henry Regnery, 1971, p. 18)


CUARTA PARTE La Plusvalía y la Explotación del Trabajo
Un concepto esencial en el análisis marxista acerca del tema del valor es su con-cepción de plusvalía, que se deriva de su teoría del valor-trabajo. Para Marx, el valor de la fuerza de trabajo está definido en dos partes: aquel trabajo que denomina como “social-mente necesario”, y que es la cantidad requerida de horas trabajo para que el obrero pueda subsistir, y, el otro trabajo, que es la cantidad necesaria de horas de labor que están por encima o por debajo de aquél destinado a la subsistencia del obrero. A este último Marx la llama “plusvalía”, la cual presenta la siguiente característica: cuando el trabajo genera un valor superior a la plusvalía, el capitalista se apropia de este excedente y, si el trabajo ge-nera un valor inferior a la plusvalía, el trabajador se muere, pues con los ingresos que per-cibe no son suficientes para que pueda cubrir su subsistencia y, de ser este el caso, el capi-talismo desaparecería. Por ello, la generación de plusvalía de parte del factor trabajo es indispensable para la supervivencia del capitalismo.
Ya se había señalado el concepto marxista del valor de una mercancía, determinado según fuera la cantidad de trabajo socialmente necesario para que se produzca, en una sociedad determinada. En palabras de El Capital de Carlos Marx, “Las mercancías que contienen cantidades de trabajo iguales, o pueden ser producidas en el mismo tiempo, tienen el mismo valor. El valor de una mercancía es al valor de cualquier otra lo que el tiempo de trabajo necesario para la producción de la una es al tiempo de trabajo necesario para la producción de la otra.” (Citado en Eugen Böhm-Bawerk, Op. Cit., p. 13.)
A su vez, de acuerdo con lo que señala Marx en El Capital, el valor del trabajo se deter-mina al igual que sucede con el valor de cualquier otro bien; es decir, el tiempo laboral necesario para producir la mercancía; esto es, “el mismo valor que los medios de subsis-tencia necesarios para el que la pone en juego”. (Ibídem, p. 14).
La plusvalía surge de la producción y no del intercambio. Deviene porque el trabajador produce más de lo que vale y de dicho excedente se apropia el capitalista. Pongamos un ejemplo simple. Si suponemos que en 8 horas se produce lo que el trabajador requiere para su supervivencia y si suponemos que el valor de esa producción es de mil colones, para Marx ese monto de mil colones tiene que ser igual que el valor de un jornal. Esto es, el salario de subsistencia. Con el valor de venta de mil colones, el capitalista tan sólo puede adquirir el trabajo necesario, pero lo que el capitalista hará es que el trabajador se vea for-zado a laborar más de esas 8 horas que son necesarias para su mantenimiento. Es decir, por ese jornal deberá laborar, digamos, 12 horas, de manera que el monto producido por el trabajador aumenta en un cincuenta por ciento, el cual se vende en mil quinientos colones. Esta es la plusvalía que se deja el capitalista: el excedente que se produce se lo apropia el capitalista; el excedente entre el valor que produce el trabajador (1.500 colones) y lo que se paga por ese trabajo (1.000 colones). Ese excedente (1.500 menos 1.000 colones) pasa a poder de los propietarios del capital y de la tierra (suponiendo que en la producción de aquella mercancía intervienen esos tres factores de producción).
El trabajador es explotado cuando no se le paga más como compensación por ese mayor valor que produjo. Apenas recibe lo que le permite subsistir (1.000 colones), aunque, el obrero, al tener que trabajar más horas de las ocho requeridas para sobrevivir y, por ende, logra aumentar el valor producido (a 1.500 colones), no recibe ese excedente como parte de su paga, sino que se lo apropian los otros factores partícipes del proceso productivo –el capital y la tierra, en el caso comentado.
De acuerdo con Marx, el capital que aporta el capitalista en una empresa es de dos tipos. A uno de ellos lo llama capital constante, que es aquel capital que en el proceso producti-vo se representa por el costo de las materias primas más la depreciación. Éste capital es diferente del capital variable, que se emplea para la remuneración total de los salarios que se pagan al factor trabajo. Para Marx la plusvalía surge del uso de ese capital variable para remunerar al trabajo, cuando logra que, dada una remuneración que asegure la superviven-cia del trabajador, aumente el valor de la producción al laborar más horas de las requeridas para que el trabajador pueda subsistir. 
Como señala Thomas Sowell, Marx, basado en su teoría del valor trabajo, “la llevó a su conclusión lógica mostrando a los capitalistas, los terratenientes e inversionistas, como si fueran personas quienes, de una manera u otra, fueron facultados por las instituciones del capitalismo, para extraer todo lo que se pudiera de lo que el trabajo había creado –esto es, para explotar el trabajo. Ecos de esa visión se escuchan aún hoy en día, no sólo entre rela-tivamente pocos marxistas, sino también entre no-marxistas o aún entre anti-marxistas, quienes usan términos tales como ‘ingreso no ganado’, para describir a las utilidades, los intereses, las rentas y los dividendos.” (Thomas Sowell, Basic Economics: A Citizen’s Guide to the Economy, New York: Basic Books, 2000, p. 337).


QUINTA PARTE Primera Crítica-La Gran Contradicción
Tal vez la discusión más importante en torno vigencia de la teoría del valor trabajo se dio en la discusión de lo que en la actualidad se conoce como “la gran contradicción” de la teoría marxista del valor trabajo del marxismo.
Quién más claramente desnudó la gran contradicción fue Eugen Böhm-Bawerk, quien escribió que “Ya sea que realmente los productos se intercambian en el largo plazo en pro-porción al trabajo que se les ha incorporado –que de ser así es imposible una igualación de las ganancias del capital; o que haya una igualación de las ganancias del capital- que en caso de darse esto último es imposible que los productos puedan continuar intercambián-dose en proporción al trabajo que se les ha incorporado.” (Citado del prólogo al libro de Eugen Böhm-Bawerk, Op. Cit. p. 28. Originalmente esta aseveración la había formulado Böhm-Bawerk en su libro Capital and Interest, p. 362).
En otros términos, “La contradicción se plantea del modo siguiente: si el valor de cambio de las mercancías viene determinado por el tiempo de trabajo que contiene, ¿cómo puede conciliarse esto con el hecho empíricamente observado de que los precios de mercado de estas mercancías discrepan con frecuencia de sus valores trabajo?” De otra manera, en tanto que “sabemos que la competencia garantiza una tasa uniforme de beneficio en toda la economía”, ¿cómo explicarnos que “en una economía competitiva la relación capital-trabajo es distinta en unas y otras industrias”? (Robert B. Ekelund, Jr., y Robert F. Hé-bert, Historia de la Teoría Económica y de su Método, Madrid: McGraw-Hill/Interamericana de España, 1992, p. 287).
De la lectura del primer volumen de El Capital de Carlos Marx se derivaba claramente la conclusión de que, entre más obreros y menos maquinaria intervinieran en la producción, mayor era la plusvalía que se lograba. Esto se debía a que el valor se basaba únicamente en el trabajo que se incorporaba en la producción de una mercancía y que los valores de esas mercancías eran proporcionales al tiempo de trabajo necesario para su producción. Como, según Marx, sólo el trabajo crea plusvalía, entre más trabajo-intensiva sea la actividad (que utilice relativamente más trabajo que capital en la producción de la mercancía) mayor será el beneficio en dicha actividad.
Pero un sistema económico en competencia logra que en la economía se presente una tasa uniforme de ganancias y, sin embargo, en esa economía habrá industrias con diferentes relaciones trabajo/capital; esto es, diferentes intensidades laborales, en donde las más tra-bajo-intensivas lograrían, de acuerdo con la teoría del valor-trabajo, mayores utilidades, en tanto que las menos trabajo-intensivas, obtendrían menores utilidades. Al permanecer una tasa de utilidades uniforme en la economía competitiva, no es posible explicar por qué habrían de existir relaciones capital/trabajo diferentes en distintas actividades, dada la creencia marxista de que el único determinante del valor es el trabajo. El hecho empírico observado es que las utilidades no son más altas en las industrias que utilizan intensiva-mente el factor trabajo.
A esta crucial objeción, supuestamente Marx le brinda una respuesta adecuada en el vo-lumen III de El Capital. Como señala Böhm-Bawerk en su obra antes citada, Marx brinda “…la declaración expresa de que, a pesar de que las relaciones de intercambio están direc-tamente gobernadas por los precios de la producción (como aseveraban los críticos de la teoría del valor-trabajo), lo cual difiere de los valores (trabajo), a pesar de ello, todo se está moviendo dentro de las líneas de la ley del valor (trabajo) y por lo menos ‘en última instancia’ esta ley gobierna los precios.” (Citado en el prólogo al libro de Eugen Böhm-Bawerk, Op. Cit., p. 31. Los paréntesis son míos).
O sea, en el Volumen III de El Capital, Marx acepta que las distintas mercancías no se intercambian la una con la otra de acuerdo con el trabajo que se ha incorporado en ellas, pero, a pesar de ello, según Marx, en la economía como un todo, para aquellos bienes en donde hay una desviación positiva entre el precio de mercado y el valor del trabajo incor-porado, se ve compensada por una desviación negativa de algún otro bien o bienes. Es decir, que las desviaciones individuales de los bienes se compensan entre sí, de forma tal que la suma total de todos los precios que se pagan en una economía (llamémosle el Pro-ducto Interno Bruto) es igual a la suma de todos los valores (esto, es al pago de todos los factores productivos; sólo trabajo, según Marx).
Así, según Marx, su teoría es consistente en cuanto a que el valor se origina en el trabajo incorporado en un bien, puesto que “aún si las mercancías tomadas por separado son ven-didas por encima o por debajo de sus valores, estas fluctuaciones recíprocas se cancelan la una con la otra, y en la comunidad en sí –cuando tomamos en cuenta la totalidad de las ramas de la producción- el total de los precios de producción de las mercancías produci-das sigue siendo igual a la suma de sus valores”. (Carlos Marx, El Capital, Volumen III, Chicago: Charles H. Kerr, 1909, p. 188 y citado en el prólogo del libro de Eugen Böhm-Bawerk, Ibídem, p. 32.). De esta manera, Marx dice mantener la validez de su teoría del valor ante la crítica conocida como la gran contradicción.
Sin embargo, lo importante es que la ley del valor de Marx fue propuesta por él para ex-plicar el intercambio de los bienes, tal y como se llevaba a cabo en la realidad. Para expli-car, por ejemplo, por qué hay que dar 10 mangos a cambio de dos lapiceros o por qué se entregan 20 chayotes a cambio de una libra de café molido. Es una relación que hay entre dos bienes tomados separadamente; se trata de cuánto hay que dar de una cierta cantidad de un bien, por otra cierta cantidad de otro bien; del uno con respecto al otro. Pero, si se hace como Marx, y se agrupan todos los bienes, en donde el total es la suma de las partes, y junta todos los precios, no se está efectuando una comparación de la relación de cambio entre los bienes, sino de un todo. El equívoco de este modo de razonamiento lo exhibió Eugen Böhm-Bawerk, con el siguiente razonamiento: “...cuando pedimos información acerca del intercambio de bienes en una economía política, no es respuesta a nuestra pre-gunta el que se nos diga que es el precio total que poseen cuando se toman en conjunto, no diferente de si, al preguntar cuántos minutos menos tardó el ganador de una carrera premiada, en comparación con su competidor, se nos dijera que todos los competidores juntos habían durado veinticinco minutos y trece segundos.” (Eugen Böhm-Bawerk, Karl Marx and the Close of His System, Op. Cit., p. 35).
SEXTA PARTE Segunda Crítica- El Mercado de Trabajo y la Teoría del Valor
Recordemos por un momento la visión que Marx tenía de los salarios. Para él, el valor de los salarios está definido por el valor de los artículos de consumo que permitan al trabajador sobrevivir; esto es, que a ese nivel de salarios el trabajador puede prolongar su existencia como persona que labora. Esta apreciación se puede poner en los siguientes términos: el salario está determinado por el número de horas necesarias para que el traba-jador produzca un valor equivalente a lo que necesita para su supervivencia. Este es el pago que el patrono le hace a su trabajador. Es, para usar la terminología de Marx, el capi-tal variable que el patrono emplea para la remuneración total de los salarios pagados al factor trabajo.
Para Marx, la explotación del trabajo consistía en el número de horas que el trabajador labora de más que las horas necesarias para asegurarse su supervivencia. Así, el trabajador agregaba un valor superior al que se requería y se le pagaba para sobrevivir. El capitalista se queda con ese excedente, que Marx lo llama plusvalía.
Asimismo, en su modelo Marx utilizó la llamada “ley de hierro de los salarios”, para seña-lar que los salarios no pueden ser permanentemente superiores a aquel mínimo de supervi-vencia, porque, de ser este el caso, daría lugar a un aumento de la población, requiriendo que cada vez más se tuviera que sembrar tierras menos fértiles, elevando el costo de los alimentos.
Es difícil de aceptar la idea de que los salarios, entendidos como la remuneración del tra-bajo independiente, (como solía llamarlo Marx) existieran previamente al surgimiento del capitalismo. Más bien los salarios surgen con el capitalismo.
Refiriéndose a lo que denomina el mito de que “la aparición de un proletariado carente de bienes es el resultado de un proceso de expoliación merced al cual las masas fueron des-pojadas de aquellos bienes que anteriormente les permitían ganarse la vida con indepen-dencia”, nos dice Friedrich Hayek que, “la realidad, sin embargo, es distinta. Hasta la aparición del capitalismo moderno, la posibilidad que tenía la mayoría de fundar una fa-milia y educar a los hijos dependía de haber heredado las correspondientes tierras, edifi-cios y elementos de producción. Las posibilidades ofrecidas a los ricos en orden a invertir lucrativamente sus capitales, permitieron que gentes carentes de heredadas tierras y de elementos de trabajo pudieran sobrevivir y reproducirse.” (Friedrich A. Hayek, Los Fun-damentos de la Libertad, Madrid: Unión Editorial S. A., 1975, p. p.133-134.)
Como bien lo explica José Ignacio del Castillo, “Los ingresos que los ‘trabajadores’ perci-bían anteriormente -por ejemplo en el caso de granjeros o artesanos- no eran salarios, sino beneficio empresarial en la terminología marxista, pues eran los propietarios de la produc-ción quienes la vendían en el mercado, quienes organizaban el proceso productivo y quie-nes aportaban los instrumentos materiales que lo hacían posible. Lo mismo cabe decir de los comerciantes, que compraban mercancía para revenderla con beneficio.” No había sala-rios en aquella “edad de oro”. Los salarios surgen con el sistema capitalista.
Es importante lo expuesto en los dos párrafos inmediatos anteriores, porque el capitalismo se caracteriza por el uso intensivo y eficiente del capital productivo: en él prevalece una tendencia para que se incremente el capital invertido per cápita. Por ello, pensemos por un momento si la mayor o menor cantidad de capital utilizado en un proceso productivo, tiene algún efecto sobre los salarios de los trabajadores.
Para Marx la maquinaria (forma de capital) no es más que una forma de trabajo. Marx parte de su aceptación de la tesis de Adam Smith, escrita en su libro La Riqueza de las Naciones, de que “El producto del trabajo es la recompensa natural o el salario del trabajo mismo. En aquel primer estado de las cosas, que suponemos haber precedido a la propie-dad de las tierras y a la acumulación de fondos, todo el producto del trabajo pertenecía al trabajador: ni en él había propietario, ni otra persona con quien partirlo por derecho de señorío o dominio… Si ese estado hubiere permanecido, los salarios del trabajo y su re-compensa hubieron ido aumentándose, creciendo a la vez las facultades productivas a cuya perfección dio fomento la división del trabajo.” (Adam Smith, Op. Cit. p. 108). Se-gún Marx, “sólo el dominio del trabajo acumulado, pretérito, materializado sobre el traba-jo inmediato, vivo, convierte el trabajo acumulado en capital”. (Carlos Marx, Trabajo Asa-lariado y Capital, escrito sobre la base de las conferencias pronunciadas en la segunda quincena de diciembre de 1847, sin paginación).
Si se define al salario como el pago necesario para la subsistencia del trabajo, tal como lo hace Marx, entonces, no habría salarios en la época dorada pre-capitalista, dado que, por ejemplo, el valor que producían aquellos agricultores o granjeros, no eran producidos sino por patronos que producían, organizaban la producción y aportaban lo necesario para lo-grar esa producción. No había trabajadores a los cuales se les explotaba, pues, en la jerga marxista, no había plusvalía. Lo que se entiende como salario es un producto del desarro-llo del sistema capitalista.   Esto nos conduce a un punto muy importante en la crítica al modelo marxista del valor, puesto que es en un orden capitalista en donde surge la pro-piedad privada, el incremento del capital y el empresariado, que permiten la división del trabajo y que la productividad del trabajo aumente. Lo importante es ver qué relación hay entre el aumento de los salarios y el incremento de la productividad del trabajo. Eso lo veremos con mayor detalle en la próxima entrega de esta serie.
Mientras tanto sí podemos señalar que los salarios (según Marx), sólo podrían aumentar si se incrementa el costo de los bienes que produce y se dedican a su supervivencia. Recuer-den que, como se expuso anteriormente, para Marx cualquier valor por encima de ese va-lor del salario de supervivencia, quedaba como plusvalía en manos del dueño del capital. Por lo tanto, para que aumentaran esos salarios, sólo se podía lograr si se elevaba el costo de supervivencia del trabajo, dado que cualquier excedente se lo iba a apropiar el capita-lista. Lo cierto es que los salarios en las sociedades capitalistas se han incrementado con el paso del tiempo, por lo que debe analizarse si, además del valor del trabajo que postulaba Marx, hay alguna otra razón que nos explique el porqué de dicho aumento de los salarios.
Un mercado laboral es igual que cualquier otro tipo de mercado. El patrono, deseoso de aumentar el número (u horas) de trabajadores que laboran para él, para atraérselos a su empresa debe de pagarles al menos más de lo que se les ofrece pagar en otra actividad alternativa (en condiciones iguales comparables). El trabajador, a su vez, está deseoso de que se le pague el salario más alto posible, en tanto que el empresario, si bien es cierto que deseará pagarle lo menos posible, es consciente de que, para obtenerlo, debe superar a los contratistas competidores.
En consecuencia, la pregunta es ¿hasta qué monto podrá pagarle el empresario contratista a su trabajador entrante? El gran aporte intelectual en el campo económico del análisis marginal, acerca del cual comentamos anteriormente, nos vuelve a ser útil. La decisión del empresario no está en si contrata o no toda la mano de obra disponible en una economía en un momento dado, sino cuánto contratará de esa fuente de trabajo.
Para definirlo, el empleador tratará de contratar trabajadores hasta el momento en que el salario (costo) que tenga que pagarle al último trabajador al cual le da empleo, es igual al valor en el mercado de la producción adicional que genera este último trabajador.
Lo que se conoce como la ley de la productividad marginal decreciente, significa que, conforme se agregan más y más unidades sucesivas de trabajo a una cantidad fija de otro factor productivo, como por ejemplo, la tierra –digamos que a una cierta cantidad de tie-rra, como, por ejemplo, una manzana- la producción adicional que se obtiene al añadir una unidad adicional de trabajo, irá siendo cada vez menor. Esto porque, en el ejemplo, la fuerza de trabajo en crecimiento que se contrata, encontrará una misma única manzana de tierra con la cual trabajar, por lo que, cada vez que se agrega una unidad de trabajo nueva, le tocará menos tierra sobre la cual laborará.
Por ello, la regla de contratación laboral para el capitalista-empresario es que el salario del último trabajador que contrata, sea igual al precio al cual puede vender la cantidad de producción adicional a que ese trabajador da origen. Vea que, por ejemplo, antes de con-tratar a ese último trabajador que hemos mencionado (llamémoslo el de equilibrio), si el patrón se quedara contratando una unidad menos de trabajo (esto es, contrata sólo hasta el trabajador previo al de equilibrio), por la llamada ley de la productividad decreciente del trabajo, este último trabajador (y anterior al de equilibrio), agregará marginalmente más de lo que hará el siguiente y, si se supone que el precio de venta del producto no se altera, como sucede en un mercado competitivo, al colocarse en dicho mercado una mayor producción de aquel bien, entonces, el empresario dejaría de ganar por no contratar el úl-timo trabajador. Dejaría de percibir la diferencia que hay entre el salario que debe pagar al último trabajador contratado y el valor de la producción adicional debida a ese último trabajador. Si se usa la palabrería marxista, contratar menos trabajo que el de equilibrio, significaría que ese empresario dejará “de explotar hasta el jugo” del último trabajador y ello iría en contra de la conducta supuesta del empresario de obtener el máximo posible de utilidades.
Pero, entonces, ¿por qué no contrata un trabajador adicional a aquel trabajador que hemos llamado de equilibrio? Porque en este caso, este último trabajador contratado agregaría menos a la producción de la que agregó el denominado trabajador de equilibrio y, al pre-cio dado a que se vende esa producción adicional, significaría que el patrono pagaría más en salarios, que lo que percibe de ingresos por la venta del producto en el mercado, resul-tante de la producción de ese trabajador adicional. Esto es, perdería al contratar ese traba-jador adicional y siempre se ha considerado que el empresario en competencia no deseará incurrir en pérdidas, sino en hacer máximas las utilidades.
Por su parte, el trabajador oferente de su mano de obra, si no estuviera satisfecho con el salario acordado, podría proceder a buscar su contratación con otro empleador. No hay aquí una teoría de la explotación porque, al igual que sucede con cualquier intercambio libre de bienes, éste se lleva a cabo si las partes, ambas, se benefician con la transacción.
Esta lógica de contratación en el mercado laboral está totalmente ausente en Marx, pues incluso el desarrollo de la teoría marginal moderna se originó con Jevons, Menger y Walras en la segunda mitad del siglo 18, en tanto que El Capital de Marx, al menos su tomo I, si bien fue de una época similar a las publicaciones de los economistas antes men-cionados, se caracteriza por la omisión de un análisis económico marginal.
El aporte del análisis marginal a la teoría económica nos permite actualmente señalar que “El lado de la demanda del factor trabajo se deriva de la demanda de los productos resul-tantes del proceso productivo, que a su vez se deriva de la teoría de la utilidad marginal de esa producción”. (Don Bellante, Labor Economics, en Peter J. Bottke, editor, Op. Cit., p. 259).
Se observa, en el análisis marginal expuesto, que ya no hay un lugar exclusivo para la teo-ría de que la cantidad de trabajo incorporada es la que define el valor de una mercancía, ni de que surge una explotación del trabajo debido a la generación de plusvalía de la cual se apropia el capitalista. Esto nos lleva a que, en la próxima entrega de esta serie, nos refira-mos al papel que otros factores productivos tienen en el valor de la producción en la cual participan.


SÉPTIMA PARTE Tercera Crítica- El Papel del Capital
Interesa ahora preguntarnos, ¿es que acaso, además del trabajo, hay otros factores productivos que agregan valor al producir un bien en el cual participan? Hemos dado ar-gumentos suficientes para descartar la idea de que el trabajo es el único factor que genera valor, tal como arguyeron los economistas clásicos, Adam Smith y David Ricardo, y Wi-lliam Petty, quien desarrolló una teoría del valor-tierra-trabajo, al igual que posteriormente lo mantuvo de manera notoria Carlos Marx.
En la teoría del valor moderna, como hemos indicado con anterioridad al analizar la teoría de la utilidad marginal, el determinante del valor de un bien es en última instancia la pre-ferencia de los consumidores. Como bien lo menciona Peter Lewin, fue el economista austriaco Carl Menger, quien, en su libro Principles of Economics escrito en 1871, formuló las bases para “el desarrollo de una visión comprensiva del sistema económico como un proceso impulsado por las preferencias subjetivas de los consumidores… Mostró que el valor que los consumidores le otorgan a los productos es lo que determina el valor de los insumos usados para producir esos productos, no a la inversa, como con anterioridad se había creído.” (Peter Lewin, Capital Theory, en Peter J. Boettke, editor, Op. Cit., p. 209).
La sencillez de esa apreciación puede ser mejor interpretada si observamos que es a partir del precio de venta del producto terminado, de dónde debe salir lo que se paga por los otros factores productivos empleados en la producción de ese bien; esto es, al pago de factores tales como el capital, la tierra, los recursos naturales y la administración usados en el proceso productivo. Pero el valor de los bienes producidos no surge del costo que tiene producirlos y menos aún del costo de algún factor en particular –el trabajo, por ejemplo, como ha sido notoriamente mencionado. Es el valor al cual se espera que el consumidor adquiera ese producto terminado, lo que define que se produzca ese bien y, por tanto, que el empleador o demandante de los diversos recursos productivos, pueda cubrir lo que le cuestan esos factores.
Un caso interesante es el de aquellos bienes que se consideran que no provienen exclusi-vamente del trabajo, sino también de fuerzas de la naturaleza. Si se cree en la teoría del valor trabajo, entonces un bien en el cual participan fuerzas naturales, no podría ser consi-derado como un bien que interese a la economía. Lo cierto es que ese tipo de bienes es objeto de interés por la economía, en cuanto a que su oferta sea relativamente escasa con respecto a su demanda. Como lo expone Eugen Böhm-Bawerk, “¿O acaso no interesan a la economía una piedra de oro que caiga en una finca de propiedad privada como un me-teoro o la mina de plata que un terrateniente descubra en su predio? ¿Es que el propietario no se preocupara de recoger o regalará a otro el oro y la plata obsequiados por la naturale-za, simplemente porque la naturaleza se los haya regalado a él, sin esfuerzo ninguno de su parte? No es probable, ni mucho menos, que haga eso; lo que hará, por el contrario, será guardarlos cuidadosamente, ponerlos a buen recaudo contra la codicia ajena y procura venderlos en el mercado al mayor precio posible, en una palabra, exactamente lo mismo que haría si se tratase de oro y plata creados por el trabajo de sus manos.” (Eugen Böhm-Bawerk, La Teoría de la Explotación, Op. Cit., p. 85).
El papel del capital es crucial en el análisis de Marx, por ejemplo, al señalar que “el capital no es solamente, como dice Adam Smith, el poder disponer del trabajo ajeno, sino que esencialmente es el poder disponer de esfuerzo irretribuido. Toda plusvalía, cualquiera que sea su forma particular –renta, interés, beneficio, etcétera-, constituye pura materialización de un trabajo no pagado. Aquella prolífica virtud del capital para engendrar beneficio radica en el simple hecho de disfrutar de capacidad laboral por la que nada abona el capi-talista al trabajador.”(Carlos Marx, El Capital, Op. Cit., Tomo I, p. 561).
Böhm-Bawerk expone un error clave del análisis marxista cuando menciona que “aquellas mercancías en cuya producción se invierte mucho capital fijo o capital de larga duración (aquel distinto de lo que Marx llamaba capital variable o fluido, que en su definición era el total de salarios pagados al trabajo), o en que el período de rotación después del cual re-fluye al empresario el capital fluido es largo, tienen mayor valor de cambio que aquéllas en las que, aun habiendo costado la misma cantidad de trabajo, no se dan las circunstancias señaladas o se dan en un grado inferior, diferencia en más que corresponde, concretamen-te, a la cuantía de la ganancia que el empresario imputa a su capital.” (Eugen Böhm-Bawerk, La Teoría de la Explotación, Op. Cit., p. p. 122-123. El paréntesis es mío).
Es decir, aquellas mercancías en cuya producción hay mayor proporción de capital con respecto a la mano de obra, tienen mayor valor de cambio que las que tienen una propor-ción menor. Este hecho –la excepción a la teoría del valor trabajo marxista- lo señala Böhm-Bawerk “coincide, en rigor, con el caso fundamental del interés originario del capi-tal”. (Ibídem, p. 125). Ricardo había notado que “el principio según el cual la cantidad del trabajo invertido en la producción de mercancías determina el valor relativo de éstas sufre una enorme modificación por virtud del empleo de máquinas y de otro capital fijo y per-manente” y también “por la desigual duración del capital y por el ritmo desigual con que retorna a su poseedor”. (David Ricardo, Principios, Cap. I, secciones iv y v y citado en Ibídem, p. 122.). Pero Ricardo tomó a éste como un caso de excepción a su teoría del va-lor-trabajo y no como un fundamento diferente de la teoría del valor basada en los costos de producción
Lo relevante para este comentario es que dicha excepción muestra el origen del interés como pago al capital, de acuerdo con Böhm-Bawerk, pues lo da la diferencia entre el va-lor de cambio de la mercancía y el anticipo del pago del trabajo que se llevó a cabo con anterioridad a la venta del bien final. Aquella diferencia es la ganancia de capital, que se queda en manos del empresario-capitalista.
Continúo analizando la relación entre el capital y el valor del bien final. Empiezo con un fuerte sabor austriaco, relatando lo que Mises considera son los bienes de capital. Éste comienza indicando el error frecuente de considerar al capital como un factor de la pro-ducción independiente, tal como lo son el trabajo o los recursos materiales que nos brinda la naturaleza. Para él los bienes de capital no son factores independientes, sino “los pro-ductos conjuntos de la cooperación de dos factores originales –la naturaleza y el trabajo- en los que se gastó en el pasado. Ellos no tienen poder productivo en sí mismos… [Los bienes de capital son] trabajo, naturaleza y tiempo mantenidos en reserva. La diferencia entre una producción sin ayuda de los bienes de capital y aquella que es asistida por el empleo de bienes de capital consiste en el tiempo. Los bienes de capital son estaciones intermedias en el camino que conduce del mismo inicio de la producción hasta su meta final, que concluye en los bienes de consumo. Aquel quien produce con la ayuda de bie-nes de capital disfruta de una gran ventaja sobre el hombre que empieza sin bienes de ca-pital; él está más cerca en el tiempo de la meta de sus emprendimientos.” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 493. Los paréntesis cuadrados son míos).
Esa “gran ventaja” no es sino el logro de una mayor producción de bienes y servicios en un lapso dado con la asistencia de los bienes de capital, en comparación con un proceso productivo en donde no participa el capital.
En otros términos, puesto que es a partir del valor de un bien para el consumidor que se toma la decisión de producirlo, es necesario que ese consumidor esté dispuesto a pagar lo suficiente por aquel bien, de manera que se puedan cubrir los costos de producirlo. Dado que es a partir de la ayuda del capital que se reduce el período de producción, en compa-ración con un proceso productivo que no usa el capital, se agrega valor, “aquel tiempo en que se reduce el período de producción… El valor del tiempo, esto es, la preferencia en el tiempo o la mayor valoración de la satisfacción de deseos en un menor período de tiempo en el futuro, en comparación con períodos más lejanos, es un elemento esencial de la natu-raleza humana. Define cada elección y cada acción. No existe hombre alguno para quien no cuente la diferencia entre más temprano y más tarde. El factor tiempo es instrumental en la formación de todos los precios de todos los bienes y servicios. (Ibídem, p. 493). El pago de intereses se convierte en un pago por ese diferencial de valor inter-temporal.
Böhm-Bawerk concluye que ese interés pagado a los capitalistas es lo que permite a los trabajadores recibir sus ingresos anticipadamente a la culminación de dicha generación de ingresos cuando se vende el producto al consumidor final. Los salarios son, de hecho, un préstamo adelantado a los trabajadores, que deberá ser repagado cuando se venda el pro-ducto.
Contra lo postulado por Marx, de que las ganancias del capitalista (la plusvalía) surgen a partir de los salarios, lo que sucede es lo opuesto: un resultado de la participación del capi-tal en la producción –el capitalismo- es lo que crea los salarios. Los trabajadores obten-drían la totalidad de lo que ayudaron a producir, únicamente si la producción fuera instan-tánea, pero, como arguye Böhm-Bawerk, la producción es esencialmente indirecta, toma tiempo, de manera que, parte de lo que Marx argüía pertenecía a los trabajadores, con base en su teoría del valor-trabajo, debe dedicarse al financiamiento de este proceso de pro-ducción indirecto; esto es, a remunerar el capital.
Para entender mejor el concepto, piénsese, por ejemplo, en aquel período pre-capitalista en que el productor producía por sí mismo los bienes para venderlos posteriormente. Para lograrlo tendría que tener su propia tierra y producir sus propias herramientas y materiales para usarlos en dicha producción. Evidentemente se estaría en presencia de un sistema económico sumamente ineficiente y empobrecido. Pero es a causa del capitalismo cuando la gente puede subsistir vendiendo su propia fuerza de trabajo, en vez de tener que sobre-vivir vendiendo lo que produce con su propio trabajo.
En un ensayo escrito por Joaquín Reig, escribe que “…el capital sólo aparece bajo una economía de mercado; en un orden social donde exista la propiedad privada de los me-dios de producción, los cuales, consecuentemente, pueden ser contratados, registrando así sus respectivos y correspondientes precios… el capital no es una cosa material, sino un concepto intelectual; es, en definitiva, el valor de mercado de los medios de producción que el sujeto económico tiene a su disposición. Y no son los factores disponibles lo impor-tante para la producción, sino la utilidad social, el valor, en cada supuesto concreto, de aquéllos. Hay minas, terrenos, aguas y múltiples riquezas naturales inexplotables por care-cerse de los elementos complementarios necesarios para su aprovechamiento. No constitu-yen aquellos elementos capital; lo serán sólo cuando surjan, gracias al ahorro, los medios que permitan su explotación. El nivel de vida de un país no depende de las riquezas natu-rales que posea, sino de la cuantía del capital disponible.” (Joaquín Reig, En Torno a la Función del Capital, en Friedrich von Hayek, et. al., editores, Toward Liberty: Essays in honor of Ludwig von Mises, Vol. II, Menlo Park, California: Institute for Humane Stu-dies, 1971, p. 2).
Tal como indicáramos antes, en criterio de Böhm-Bawerk, el empresario escoge usar el capital para la producción, porque le permite lograr la forma más breve, más corta, directa y económica de producir un bien usado en la satisfacción de los deseos de los consumido-res.
A primera vista puede parecer extraño que se escoja una forma de producir que tiene co-mo efecto alargar el proceso productivo en comparación con otra forma más directa. ¿Cómo se puede considerar como algo productivo el que se dure más produciendo un bien? ¿Cómo es que dar rodeos, como sucede cuando se usa una máquina para producir una mercancía, va a ser preferible a simplemente obtenerla de forma directa sin utilizar dicha máquina?
Hemos visto que el empresario toma su decisión de producir un bien, cuando considera que el consumidor esté dispuesto a pagar lo suficiente, de manera que se puedan cubrir todos los costos de producirlo. Igual lo hace cuando decide escoger un método de pro-ducción que utiliza medios indirectos (maquinaria, por ejemplo). Lo hará porque ese em-presario considera que el nuevo proceso que escoja es más productivo que el anterior. De otra forma, lo descartaría. El empresario, de esta manera, escogerá el método de produc-ción indirecto, con respeto a no utilizar más la forma directa de producir, pero también entre diferentes alternativas de producir indirectamente, en tanto que los rendimientos mayores que espera de aquel método de producción indirecto sean superiores al costo de esperar en el tiempo para que el bien terminado emerja y que lo pueda vender. Esto es, porque el método utilizado, aunque requiere de más tiempo, le brinda al empresario el mayor incremento en productividad. (Posteriormente, veremos la relevancia de esto para el salario de los trabajadores). Esto es, que el método de producción indirecta escogido significa que la misma cantidad de insumos puede rendir una producción mayor. Para Böhm-Bawerk, el rendimiento neto del capital es el resultado del mayor valor que se ob-tiene a partir del método de producción indirecta que se ha escogido y que, obviamente, es un valor definido por los consumidores que compran dichas mercancías


OCTAVA PARTE Cuarta Crítica-Capitalismo y Productividad del Trabajo
Hemos visto cómo la explotación del trabajo no se podía dar en las economías pre-capitalistas. Como lo dice tajantemente el economista español, José Ignacio del Castillo en su artículo “Böhm-Bawerk refuta la teoría de la explotación capitalista”, “El salario surge con el capitalismo”. (www.liberalismo.org/articulo/5/58/bohmbawerk/refuta...).
Por ello es importante analizar ahora la relación que hay entre el factor trabajo y el capital en una sociedad capitalista. Lo primero que hay que destacar, de nuevo, es que es a partir de la utilidad marginal que se obtiene de los distintos niveles de consumo de un bien, que se deriva la demanda de ese bien y, a la vez, derivado de esta demanda, es que surge la demanda del factor productivo que se incorpora en la producción de aquel producto.  Como segundo elemento debe destacarse la dependencia del salario del trabajador con su productividad. Esa productividad del trabajador está determinada por la maquinaria y el equipo, en toda su diversa gama de cantidades y características del capital, que también se usan con el trabajo para producir las mercancías.  
Tal como señala Mises, “En la sociedad capitalista prevalece una tendencia hacia un cre-cimiento constante en la cuota per cápita del capital invertido. La acumulación del capital se dispara por arriba del incremento en las cifras de población. En consecuencia, la pro-ductividad marginal del trabajo, las tasas de salarios reales y los estándares de vida de los asalariados tienden a aumentar de manera continua… es una tendencia que resulta de la acción recíproca de fuerzas que libremente producen sus efectos solamente bajo el capita-lismo.” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 603).
El enfoque neoclásico pudo explicar la relación entre crecimiento y capital. Recordemos que habíamos indicado que los salarios de los trabajadores dependían de la productividad marginal del trabajo –esto es, en equilibrio, el salario del trabajador era igual al valor de la producción que añadía la última unidad de trabajo que se contrataba- y que si dicha pro-ductividad dependía de la cantidad de capital con que se trabajaba en la producción del bien final, entonces, el capital utilizado, al elevar la productividad del trabajo con el cual colabora, ocasiona un aumento en los salarios reales de los trabajadores.
Es por eso que, con algún grado de mordacidad, Thomas Sowell se pregunta que “si el trabajo fuera en efecto la fuente crucial de la producción y de la prosperidad, entonces deberíamos esperar ver a aquellos países en donde grandes masas de gente tienen que tra-bajar largas horas, fueran más ricos que aquellos países en donde la gente trabaja menos horas, de formas menos apresuradas, y bajo condiciones más placenteras… En la realidad nos encontramos con lo opuesto… Puesto de otra manera, el crecimiento y el desarrollo de insumos distintos del trabajo, como la ciencia, la ingeniería y la inversión sofisticada y las políticas de administración de los negocios, así como los beneficios institucionales de tener una economía coordinada por el sistema de precios, han hecho la diferencia y dado a cientos de millones de personas niveles de vida más elevados.” (Thomas Sowell, Op. Cit., p. 338).
Lo que sucede en la vida real es que durante siglos los países que poseen salarios más ele-vados han podido competir exitosamente frente a naciones que tienen salarios relativa-mente más bajos, a causa de que aquellos poseen ventajas en capital, tecnología y organi-zación. El capital tiende a ser más escaso y, por tanto, más costoso en los países más po-bres, en tanto que, comparativamente, la mano de obra tiende a ser más abundante y, por ello, suele ser más barata. Los países pobres tenderán a economizar en el uso del factor que es relativamente escaso –el capital- mientras que las naciones ricas tenderán a hacerlo, a su vez, en el factor que es relativamente escaso –el trabajo. Simplemente en las naciones ricas el capital es más abundante y más barato, en tanto que el trabajo es más escaso y más costoso.
Mises llama “economía progresista” a aquella en la cual está aumentando la cuota de capi-tal invertido per cápita. El empresario deberá determinar el empleo de los nuevos bienes de capital y para ello deberá hacer uso de factores productivos que sean complementarios. Esta demanda adicional aumentará el precio de esos factores productivos complementa-rios. “El vehículo del progreso económico es la acumulación de bienes de capital adiciona-les por medio del ahorro y de la mejora en los métodos tecnológicos de la producción, cuya ejecución está siempre condicionada por la disponibilidad de ese capital nuevo. Los agentes del progreso son los empresarios promotores, que están decididos a obtener ga-nancias por la vía de conducir los asuntos hacia la mejor posible satisfacción de los con-sumidores.” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 297).
Ese crecimiento económico, derivado de la inversión y que emana de la abstención en el consumo o ahorro, tiene un impacto en la productividad de la mano de obra y, por tanto, sobre la demanda de trabajo, como lo indica Mises, al señalar que “Al embarcarse en la realización de los proyectos nuevos, el empresario compite en el mercado por los factores productivos, con aquellos que ya estaban involucrados en proyectos previamente empren-didos. En su intento por asegurarse la cantidad necesaria de materias primas y de mano de obra, empujan al alza los precios de las materias primas y de los salarios. De esta manera los asalariados, que forman parte del inicio del proceso, cosechan una parte de los benefi-cios engendrados por la abstención del consumo de parte de los ahorrantes… Un incre-mento en la cantidad de capital invertido resulta, con una cantidad dada de personas de-cididas a percibir salarios, en un alza de la productividad marginal del trabajo y, por lo tanto, de la tasa de salarios. Lo que eleva la tasa de salarios es un incremento mayor del capital que de la población o, en otras palabras, de un incremento en la cuota per cápita del capital invertido…” (Ibídem, p. 609).
Termino esta sección, resaltando los elementos que permiten que los salarios de los traba-jadores aumenten en un orden de mercado. En las sencillas palabras de Joaquín Reig, “Todo trabajador por cuenta ajena, como es natural, desea aumentar sus ingresos, pues quiere vivir mejor (no importa si es en el aspecto espiritual o en el material). Para elevar los salarios han sido ideados arbitrios múltiples. Pero las rentas laborales reales únicamente aumentan cuando se incrementa la productividad del laborador y esto, a no ser que el in-teresado desee trabajar más, sólo se consigue poniendo a disposición del operario una ma-yor y mejor constelación de instrumentos de producción previamente elaborados; en otras palabras, más capital. El capital, que el ahorro crea, abre la posibilidad de iniciar nuevas actividades; crece, con ello, la demanda de trabajadores. Los salarios tienden al alza y se financia ésta, sin perjuicio para nadie, con la supletoria producción que la mayor capitali-zación lleva aparejada.” (Joaquín Reig, En Torno a la Función del Capital, en Friedrich von Hayek, et. al., editores, Op. Cit., p. 8). 
El mensaje es, entonces, que la formación de capital es esencial para obtener un crecimien-to constante de los salarios en una economía. Ese capital, forjado por el ahorro, por la abs-tención del consumo, es lo que permite que aumente la demanda de trabajo, los salarios y las condiciones de vida de los trabajadores. El sistema económico que ha permitido el mayor crecimiento del capital es precisamente el denominado capitalismo (privado no estatal, en donde los incentivos del caso no operan), porque tales estímulos se orientan hacia la satisfacción del consumidor, por lo que el empresario-capitalista buscará el mejor uso del capital escaso; es decir, lograr el mayor valor posible, utilizando el más eficiente método de producción indirecta.
El empresario incursionará en actividades que requieren de tiempo, en procesos producti-vos indirectos que lo consumen, por así decirlo, siempre y cuando el valor de lo que pro-ducen con ese método de producción genere un valor más alto que el valor de todos los insumos que utiliza en su producción (trabajo, recursos naturales, tierra, administración, conocimiento), así como el valor del tiempo que se debió esperar. Ese período de espera requiere de capital para poder sufragar todos los gastos previos a la culminación en un bien final y ese capital surge previamente a partir del ahorro. El valor de los bienes de ca-pital surge del hecho de que juega un papel esencial en los planes destinados a producir un bien final que los consumidores valoran. Si esa valoración de los consumidores es subjeti-va, entonces, el valor del capital derivado de aquel valor, es también subjetivo. 
Como dice Steven Horwitz, “Lo que marca que un bien sea capital es el lugar que tiene en los planes de los humanos”. (Steven Horwitz, Microfoundations and Macroeconomics: An Austrian Perspective, New York: Routledge, 2000, p. 46.). Así se explica uno que factores que en un momento dado fueron bienes de capital, luego dejan de serlo, pues no tienen utilidad para producir un bien; carecen de valor. Similarmente, entiende uno por qué un pozo petrolero bajo tierra, sin uso, no tiene valor alguno como bien de capital, sino hasta que se ponga en operación, como insumo para producir algún bien final que es subje-tivamente valorado por los consumidores. Asimismo, faculta entender por qué naciones que tienen riquezas naturales inexplotadas, no son países ricos, sino hasta que se hayan utilizado y obtenido valor gracias a la producción de bienes apreciados por los consumi-dores. (Un ejemplo de esto puede ser la “riqueza” que yacía bajo el suelo de las tribus in-dígenas seminolas de Oklahoma, que no tenía valor en tanto no se explotaran; esto es, que se pusieran a generar un bien que los consumidores valoraran. Eso se dio a partir de inicios del siglo XX, con el descubrimiento de petróleo en tierras previamente habitadas por esas tribus y que tenían relativamente poco valor).
Deseo terminar esta serie de comentarios en torno a la teoría marxista de la explotación del trabajo, reconociendo el indudable mérito intelectual del economista de la llamada escuela austriaca, Eugen Böhm-Bawerk, quien fue precursor de la crítica moderna a la teoría del valor trabajo de Marx (y de otros) y, en consecuencia, de la desmitificación de la llamada explotación del trabajo en un orden económico capitalista. Creo que el recono-cimiento que hace el economista Roger W. Garrison en el párrafo que de inmediato trans-cribo, aquilata debidamente el aporte intelectual y económico-político de Böhm-Bawerk.
“Al principio de su carrera, Böhm-Bawerk encaró una cuestión central que fue muy discutida por sus contemporáneos y predecesores. "¿Hay alguna justificación para el pago de intereses a los dueños del capital?" La justificación, en su opinión, se basa en un simple hecho de la realidad: la gente valora mucho más los bienes, de una misma cantidad y calidad, en el presente que esos bienes en el futuro. Los bie-nes futuros se intercambian con un descuento o rebaja, o, alternativamente, los bienes presentes obtienen una prima o extra. El pago de intereses es un reflejo di-recto de este diferencial de valor inter-temporal. Este interés, o agio, pagado a los capitalistas, permite que los trabajadores reciban ingresos de forma más oportuna de lo que de otra manera sería posible. La ‘teoría de agio’ de Böhm-Bawerk y sus implicaciones para la alternativa de la ‘teoría de la explotación’, fueron, sin duda, suficientes como para ganar el reconocimiento de los historiadores del pensamien-to económico. Pero, con aquella, Böhm-Bawerk abrió un nuevo terreno y pudo aprovechar su refutación de la doctrina socialista en una nueva comprensión del sistema capitalista." (Roger W. Garrison, Eugen von Böhm-Bawerk: Capital, Inter-est, and Time en Randall Holcombe, editor, Fifteen Great Austrian Economists, Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute, 1999, p. 117).

Jorge Corrales Quesada

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