viernes, 29 de agosto de 2014

Viernes de recomendación

Para esta ocasión, queremos compartir con ustedes un breve pero interesante artículo de Eneas Biglione  sobre la realidad de Venezuela a partir del maniático proyecto del Socialismo del Siglo XXI, titulado "La Venezuela de Hugo Chávez: petrodólares, narcóticos y populismo".

martes, 26 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: acuerdos financieros y comerciales internacionales

Continúo resumiendo las propuestas de Milton Friedman contenidas en su libro Capitalismo y Libertad. En esta ocasión corresponde al tema de los acuerdos comerciales y financieros entre diversos países.

Cuando Friedman escribió este libro, un tema del momento era resolver el llamado “problema de la balanza de pagos”, que en realidad no era sino la existencia de un exceso de importaciones sobre exportaciones, ya sea que se incluyera o no a los servicios objeto de transacciones internacionales. Se consideró que dicho problema era de gran importancia, en especial porque, para Friedman, muchas de las propuestas que en aquel entonces se formulaban, conducían hacia una economía autoritaria, particularmente aquellas que pretendían imponer controles directos sobre las divisas.

Entre las soluciones propuestas, algunas consideraban que se debería de volver al uso del oro para pagar las transacciones internacionales; por tal razón, Friedman destaca la diferencia entre lo que denomina un “patrón oro verdadero’ y un “seudo-patrón oro”. El primero es consistente con un sistema económico libre, pero tiene el problema de no ser viable (tal como lo señalamos en el comentario anterior de esta serie), en tanto que el segundo, tal vez mejor conocido como el sistema de Bretton Woods y en aquel entonces vigente, se basa en que el dólar mantendría el precio de la onza de oro a un valor fijo (en aquel momento de $35 la onza). A su vez, los demás países fijarían el precio de sus monedas con respecto al dólar e intervendrían en los mercados cambiarios dentro de una estrecha franja de fluctuación. Bajo este mecanismo, si se presentaran déficits en las balanzas comerciales (o, usando términos mal empleados, cuando había un déficit en la “balanza de pagos”); esto es, un exceso de importaciones sobre exportaciones, los países podían financiarlos mediante el uso de sus reservas monetarias internacionales o bien acudiendo a préstamos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Por supuesto que, asociados con tales préstamos, venían los famosos acuerdos de políticas económicas entre el país y el FMI.

Nótese que, bajo el “patrón oro verdadero”, las partes negociaban libremente en términos de oro o del valor equivalente del mercado que tuviera la moneda en que las partes acordaban cancelar la transacción; es decir, no había intervención estatal alguna. Por otra parte, bajo el “seudo-patrón oro” (como es el caso del acuerdo de Bretton Woods), a los nacionales de Estados Unidos se les tenía prohibido comprar oro y mantenerlo entre sus activos (excepto para usos artísticos). Señala Friedman que 

“Aunque la prohibición de la propiedad privada del oro se racionalizara en términos de ‘conservarlo’ para un uso monetario, no fue incluida para lograr dicho propósito monetario, ya fuera eso algo bueno o malo. La nacionalización del oro fue promulgada para permitir que el gobierno cosechara todas las ganancias que se obtuvieran en el ‘papel’, gracias a un aumento en el precio del oro –o tal vez para prevenir que los individuos se beneficiaran con ello.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 60). 

Pero también provocó que contratos de buena fe entre las partes y que se habían pactado en oro, fueran declarados inválidos, con lo cual se benefició a una de esas partes; algo que está lejos de lo que se podría considerar como un sistema de libre empresa.

Un país puede requerir un ajuste cuando se presenta algún disturbio que ocasione un “déficit” en su balanza de pagos, como son el caso de un aumento en la eficiencia de un país con el que se comercia o, comparativamente, cuando se reduce la competitividad interna o cuando la gente decide comprar más en el extranjero o menos en el país por parte de foráneos o bien cuando hay un recesión en el exterior y se demanda menos de nuestra producción, entre otros similares. Para Friedman, las siguientes cuatro formas posibles de ajuste son: (1) una reducción de las reservas internacionales que tiene la nación o que otros países aumenten su tenencia de reservas de nuestra moneda; (2) un descenso de los precios internos del país en comparación con los externos; (3) una variación del tipo de cambio de la moneda con respecto a otras, y (4) la introducción de controles directos dirigidos a reducir el gasto doméstico en bienes externos o bien para que aumenten los ingresos domésticos. Generalmente, para resolver tales problemas de la balanza de pagos, los países usaban, en aquella época en que Friedman escribía su libro, y aún hoy todavía, una mezcla de esas cuatro medidas.
La primera de ellas es aplicable tan sólo en el corto plazo y no es útil cuando el fenómeno no es temporal, sino que presenta visos de una mayor permanencia. En cuanto a la segunda, es el tipo de ajuste que se daría bajo un sistema de “patrón oro verdadero”, cuyas limitaciones ya se indicaron antes. En lo referente a la tercera medida, en la práctica se dará en distintos grados en cuanto a su flexibilidad y puesta en práctica, pero un esquema de libre flotación del tipo de cambio, sin intervención gubernamental, es el único que es totalmente consistente con la flexibilidad deseada, así como con la libre contratación privada de las partes. La cuarta y última de las medidas alternativas es la más mala, como lo atestiguan los efectos negativos observados en distintos episodios históricos del comercio internacional, debido a tarifas y subsidios internacionales y a toda la gama de decisiones dirigidas a controlar de manera directa al libre intercambio. Estas medidas de intervención y control directo del comercio internacional lo que logran es alejar a las naciones de un sistema de libre comercio que beneficia a las partes que en él participan.

Por lo tanto, para Friedman, 

“tan sólo hay dos mecanismos consistentes con un mercado libre y con el libre comercio. Uno es un patrón oro internacional plenamente automático (el “patrón oro verdadero” al que antes se refirió), pero que no es ni factible ni deseable… (y) el otro es un sistema de tipos de cambio plenamente flexibles, determinados en el mercado por las transacciones privadas sin intervención gubernamental.” (Ibídem, p. 67. Los textos entre paréntesis son míos).

No hay duda que el paso del tiempo le vino a dar la razón, al menos en parte, a la propuesta de Friedman, pues el sistema internacional de pagos dejó de descansar en una relación determinada de una moneda (el dólar) con el precio del oro y del resto de ellas con esa primera moneda, como lo fue el ya desaparecido acuerdo de Bretton Woods. El hecho es que el mundo financiero internacional actual descansa, en mucho mayor grado, en la fluctuación de los tipos de cambio como mecanismo de ajuste automático, pero eso no significa que se haya logrado un alejamiento pleno de la intervención de los gobiernos en el marco de dichas variaciones cambiarias.

Su propuesta es “un sistema verdadero de tipos de cambio flexibles”, consistente con la libertad económica y los libres mercados, pues, como él dice, 

“el objetivo final es un mundo en el cual los tipos de cambio, si bien son libres de variar, sean de hecho altamente estables, a causa de que las políticas y condiciones económicas básicas son estables. La inestabilidad de las tasas de cambio es un síntoma de la inestabilidad de la infraestructura económica subyacente.” (Ibídem, p. 69).

En cuanto a los acuerdos comerciales entre naciones, Friedman es consistente no sólo con su fuerte tradición liberal clásica en favor del libre comercio, sino con una significativa evidencia empírica acerca de cómo el comercio libre entre los países promueve el bienestar de sus ciudadanos. Incluso reitera que, en ese movimiento hacia el libre comercio, “el método que hemos tratado de adoptar es el de negociaciones de reducciones recíprocas de aranceles con otros países… eso es un procedimiento incorrecto”, principalmente por dos razones: que aquel procedimiento 

“asegura que el proceso se haga a paso muy lento. En segundo lugar, porque promueve una visión errónea del problema básico. Hace aparecer como si el arancel ayudara al país que lo está imponiendo, a la vez que se afecta a la otra nación… En verdad la situación es muy diferente. Nos beneficiaríamos deshaciéndonos de nuestras tarifas aún si otros países no lo hacen… (por tanto), será mejor para nosotros movernos unilateralmente hacia el libre comercio.” (Ibídem, p. 73). 

Los textos entre paréntesis son míos). Ese movimiento unilateral no se refiere tan sólo al caso de la remoción de aranceles, sino también a la de cualquier otro impedimento que exista en contra del libre comercio.

En cuanto a la ayuda externa, Friedman la asocia con lo indicado en el párrafo inmediato anterior e indica que 

“en vez de estar haciendo donaciones a gobiernos extranjeros en el nombre de una ayuda externa -y, por ende, promoviendo el socialismo- al mismo tiempo que se imponen restricciones a los bienes en los cuales aquellas otras naciones tienen éxito en producirlos -y, por tanto, poniendo trabas a la libre empresa- podríamos asumir una posición consistente y basada en principios.” (Ibídem, p. 74).

Concretamente, la de promover el libre comercio en vez de la ayuda intergubernamental.

Jorge Corrales Quesada

lunes, 25 de agosto de 2014

Tema Polémico: La casa de cristal se empaña

En teoría, uno de los principales atractivos de votar por el PAC era que se tendría un viraje importante respecto a los temas de transparencia y ética en la gestión pública. En este sentido, el Presidente de los simbolismos ordenó cortar los arbustos de Casa Presidencial, para que los ciudadanos pudiéramos observar lo que ocurría en la “Casa de Cristal”. Ahora bien, ciertas acciones de su Gobierno nos hacen pensar que la cacareada “Casa de Cristal” se empieza a empañar, veamos:

La primera metida de pata del “Presi” fue que indicó que su “hermano” (¡que clase de familia!) Mariano Figueres no ocuparía ningún cargo dentro de su Gobierno, pero rápidamente se desdijo y nos recetó a dicho personaje como Director de la DIS a pesar de no contar con experiencia notable alguna para ocupar dicho puesto. ¿Nos engañó el Presidente?

Siguiendo con Mariano, otro escándalo que se ha producido es que su compañera sentimental fue nombrada como Viceministra del MEIC. ¿Argolla política?

Seguimos con otro de los colaboradores más cercanos del “Presi”, el Obispo Melvin Jiménez.  En lo que se refiere a este punto, debemos destacar que el Gobierno de la República aprovechó su primera posibilidad de convocar proyectos de ley, para incluir una ampliación del subsidio estatal a otras religiones distintas a la Católica, dentro de las cuales se verá beneficiada la Iglesia del Ministro de la Presidencia. Imaginemos que en el mejor de los escenarios, no exista un interés personal en ese Proyecto, pero aún así sería gravísimo retroceder todavía más en este tema, es decir, nuestro país debería avanzar hacia un Estado laico, y no hacia un Estado “multiconfesional”.

Como si todo esto no fuera poco, además encontramos el caso de Iván Barrantes, un “asesor ad honoren”, quien mantenía su práctica profesional con otros clientes de índole privado. ¿Conflictos de intereses, información privilegiada, etc? Al menos aquí el Presidente enmendó la plana, pero sin duda alguna preocupa que clase de compás moral posee él mandatario al no haber visto problema alguno con esta situación.

Para terminar, no podemos olvidar la frase de lujo que nos dejó el propio “Presi”: “Los principios éticos del PAC fueron pensados desde la oposición, es decir, los principios éticos son meros instrumentos que se utilizan desde la oposición para criticar a quienes se encuentran en el poder, y mostrarse como angelitos ante la opinión pública para ser electos, pero una vez electos los principios no sirven ya que simple y llanamente estorban.


Este primer mes del PAC, lo único que comprueba es lo acertado que se encontraba Popper cuando advertía que la política no se trata de elegir a los mejores, o a los más impolutos, etc, sino de formar un marco institucional determinado que incluso cuando lleguen los peores, estos hagan el menor daño posible. Si por la víspera se saca el día el PAC hará mucho daño.

sábado, 23 de agosto de 2014

Recomendación Evento Monopolio RECOPE en ANFE



La Asociación Nacional de Fomento Económico
Invita

Pizza y Política: Apertura del monopolio de RECOPE y baja en el precio de los combustibles

Fecha:              Jueves 28 de agosto del 2014
Lugar:              ANFE – 200 metros oeste de la Casa Italia – Barrio Francisco Peralta, contiguo al Templo Votivo
Hora:               6:00 pm-9:00 pm

Programa

6:00 pm – 6:20 pm     Registro de participantes 
6:20 pm – 6:30 pm     Palabras de bienvenida, Sr. Óscar Álvarez Araya, Presidente de ANFE 
6:30 pm – 7:00 pm     Sr. Federico Malavassi Calvo, ex diputado, abogado, expresidente de ANFE y actual Fiscal de ANFE
7:00 pm – 7:30 pm     Sr. Manrique Jiménez, abogado constitucionalista y administrativista
7:30 pm – 8:00 pm     Sr. Otto Guevara, diputado y jefe de fracción del Partido Movimiento Libertario
8:00 pm – 8:30 pm     Preguntas y comentarios
8:30 pm – 9:00 pm     Refrigerio


Costo: Público en general ¢2.000. Para los Asociados que se encuentren al día en el pago de sus cuotas, la actividad será gratuita.

Importante: Cupo Limitado.

Reservaciones: 2253-4460 *Telefax: 2253-4497 * 22247350 * 89966569 * Apartado 3577-1000 San José, Costa Rica
E-mail: info@anfe.cr  


jueves, 21 de agosto de 2014

Viernes de Recomendación

¿Es la libertad solo una ilusión creada por el cerebro humano o en realidad somos seres libres, con criterio para elegir?

El debate sobre los fundamentos de la libertad está transitando hacia otras corrientes de análisis como la neurociencia. El siguiente artículo Does Neuroscience Refute Free Will? nos lleva a la discusión de la libertad y nuestro libre albedrío, desde esta perspectiva retadora y poco común.  

martes, 19 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: el control del dinero

Con este título, Friedman, en su libro Capitalismo y Libertad, inicia una serie de aplicaciones concretas de las ideas básicas que expuso en sus dos primeros capítulos. En este caso se refiere al control de la cantidad de dinero en una economía, lo cual, como se recordará, en su opinión es una función monopolística que debe cumplir el estado en una sociedad libre. 

Antes de exponer lo que señala Friedman acerca de este tema, debo indicar que su posición fue fuertemente atacada, por ejemplo, por Hayek, pero prefiero exponer lo que George Selgin indica respecto a dicha disputa en su artículo “Milton Friedman and the Case Against Currency Monopoly” (Cato Journal, Vol. 28, No. 2, primavera-verano del 2008). Al principio (Milton Friedman, A Program for Monetary Stability, 1960, p. p. 4-9), 

“compartía el punto de vista común relacionado con la necesidad de un monopolio de la moneda oficial. Pero Friedman llegó a revisitar y revisar sus opiniones generales, a la luz del renovado interés que Hayek ayudó a estimular acerca de esa cuestión. Al fin de cuentas, Friedman concluyó (Milton Friedman y Anna J. Schwartz, A Monetary History of the United States, 1867-1960, 1963, p. 52) en que, “después de todo, ‘no hay razón actualmente para prohibir emitir moneda en efectivo a los bancos u otros grupos’, su oposición a los monopolios gubernamentales para la emisión de dinero continuó siendo tibia.” (George Selgin, Op. Cit., p. 288). 

El problema para Friedman radica en que hay necesidad de escoger entre dos caminos: Entre 

“Escila, (que) es la creencia en que un patrón oro automático es perfectamente capaz y deseable de resolver los problemas de promover una cooperación económica entre individuos y naciones en un ambiente estable.” Y “Caribdis, (que) es la creencia en la necesidad de adaptarse a circunstancias imprevistas, lo cual requiere que se asigne una amplia gama de poderes a un grupo de técnicos, reunidos en un banco central ‘independiente’ o en algún cuerpo burocrático. En el pasado ninguno de los dos ha comprobado ser una solución; tampoco es posible que llegue a serla en el futuro.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Op. Cit., p. p. 39-40. Los textos entre paréntesis son míos).

Debido a que es necesario usar recursos para producir el oro requerido para aumentar la cantidad de dinero en circulación, un patrón oro automático no es capaz de competir con un sistema que puede producir dinero fiduciariamente, el cual, en comparación, requiere del empleo de recursos mucho menores. Por ello, en la historia se ha observado que aquel sistema nunca ha probado ser viable y que termina en sistemas mixtos basados, además del oro como moneda, en dinero fiduciario, como son las monedas y billetes bancarios o notas del gobierno. Eso ha provocado que el control de la emisión de dinero termine en manos del gobierno, a fin de evitar que sea falsificado. Por tal razón, Friedman señala que su conclusión es que “un patrón monetario automático basado en algún bien, no es una solución factible ni deseable al problema de establecer una estructura monetaria en una sociedad libre.” (Ibídem, p. 42).

Friedman propone que la conducta de la entidad encargada de la emisión monetaria quede sujeta a reglas, de manera que el público sea capaz de ejercer el control que se requiere por intermedio de las autoridades políticas, al tiempo que se evita que la política monetaria quede sujeta a las veleidades de la política; esto es, propone que se adopten reglas de conducción de la política monetaria, que impidan su sujeción a acciones políticas irresponsables.

Con frecuencia pensadores de criterio liberal han sugerido que tal regla básica sea el mantenimiento de un nivel de precios estable, pero, de acuerdo con el conocimiento monetario vigente, para Friedman, si bien hay una relación entre la cantidad de dinero en circulación y el nivel de precios, no hay certeza de qué tan directa sea, de su proximidad, como para que sirva de guía para las operaciones cotidianas de las autoridades monetarias.

Para Friedman, por tanto, la regla que él sugiere se basa en el control de la cantidad de dinero en circulación, de forma que el banco central 

“aumente mes a mes o, de hecho, día tras día en tanto sea posible, a una tasa anual de X por ciento, en donde X es algún número entre 3 y 5. …En tanto que esta regla reduciría drásticamente el poder discrecional de las autoridades monetarias, aun así deja un margen indeseable de discreción en manos de las autoridades del Banco Central y del Ministerio de Hacienda, acerca de cómo lograr la tasa específica de crecimiento de la cantidad de dinero en circulación, el manejo de la deuda, la supervisión bancaria, entre otros.” (Ibídem., p. 54).

Es de notar que Friedman no considera que dicha regla sea la única y final en una estructura monetaria, sino que, “conforme operamos bajo ella, en cuanto hayamos aprendido más acerca de asuntos monetarios, podremos estar en capacidad de concebir mejores reglas que logren aún mejores resultados.” (Ibídem, p. p. 54-55).

Finalmente, deseo exponer lo siguiente: la muy conocida regla de Friedman fue el producto de sus trabajos académicos, tales como "The Quantity Theory of Money: A restatement", en Milton Friedman, editor, Studies in the Quantity Theory of Money (Chicago: The University of Chicago Press,1956), así como A Program for Monetary Stability (New York: Fordham University Press, 1960), al igual que “The Lag in Effect of Monetary Policy”, Journal of Political Economy, Vol. 69, No, 5, Oct. 1961, al igual que el anteriormente citado que escribió en 1963 con junto con Anna J. Schwartz, entre otros. Todos conformaron parte de los textos que debí estudiar durante mis cursos universitarios en México de teoría económica y teoría monetaria, enseñados por mi siempre admirado y apreciado profesor, Leoncio Durandeau, quien a su vez estudió en la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago. Por esta razón, para mí la lectura de este capítulo acerca del control de la oferta de dinero, en el libro de Friedman, Capitalismo y Libertad, no fue algo extraña ni novedosa, pero siempre enriquecedora.

Jorge Corrales Quesada

lunes, 18 de agosto de 2014

Tema polémico: cien días a la deriva.

Se han cumplido cien días desde el inicio de la Administración Solís Rivera. Como es ya una tradición en muchos países, desde que en 1933 el Presidente Franklin Delano Roosevelt  implementara una serie de medidas para atender la crisis económica de Estados Unidos en un plazo de cien días, el  Presidente Luis Guillermo Solís se dispone a rendir el acostumbrado informe de inicio de mandato.

Mucho se podría cuestionar sobre la valía de un exposición sobre la marcha del gobierno, cuando tres meses resultan ser tan pocos para reportar avances relevantes en el desarrollo de las políticas de una nueva administración, aun cuando la lógica nos indica que el gobierno posee un capital político “intacto”, sin desgaste alguno, que le podría permitir implementar medidas de gran calado, acorde con las amplias promesas de cambio.

A pesar de que para algunos esta debe ser la lógica de un informe de cien días, la gran mayoría espera que el Presidente Solís nos diga al fin cómo se definirá su gobierno, cuáles serán sus pautas y cuáles sus derroteros. Lo cierto es que la población, y particularmente los empresarios, se conforman con una hoja de ruta, un norte, sin importar si el gobierno cuenta con acciones concretas ya ejecutadas.

Saltan entonces los primeros cuestionamientos: ¿No debería el gobierno tener claridad sobre su hoja de ruta, a partir del primer minuto del mandato? ¿Cómo es posible que el barco de la administración Solís zarpara sin contar con una brújula ni mapas de navegación? Por solo citar unos ejemplos, ¿no deberíamos tener ya una guía sobre las políticas de Hacienda en materia de reducción del déficit fiscal, del MOPT en mejora de la infraestructura y del MEIC en términos de eliminación de la tramitología? En otras palabras, ¿cómo es que iniciamos una administración sin ejes de acción, para esperar que al paso de los cien días, nos vengan a decir qué es lo que van a hacer desde la instancia ejecutiva?

Para empeorar las cosas, de las pocas medidas concretas que hasta ahora se conocen han surgido críticas justificadas. La Unión Costarricense de Cámaras y Asociaciones de la Empresa Privada (UCCAEP) se queja de que la recién anunciada Estrategia Nacional de Empleo y Producción, ha sido diseñada sin consular al sector privado del país. ¡Una Política de Empleo creada sin consultar a quienes generan empleo!

Las expectativas creadas por el tan esperado informe de los cien días son enormes. No solo se tratará de borrar, si esto es posible, las constantes contradicciones del gobierno y dar contenido a una administración que se ha excedido en lo simbólico, pero ha carecido de decisiones de peso estratégico para el desarrollo socioeconómico del país.  El informe del Presidente Solís tiene que dar claras muestras de un gobierno que debe dar el salto de la promesa de cambio a la realidad de las políticas concretas. Se trata además de imprimir confianza entre la población y un sector privado que mira el horizonte económico del país cargado de incertidumbre.

Nos guste o no este fue el cambio por el que la mayoría ha decidido. Ese es el costo que aceptamos quienes creemos en el juego de la democracia. Ahora debemos exigir un norte claro para nuestra industria, un clima favorable para inversión y seguridad jurídica para nuestra competitividad; en general, para nuestra economía. 

No se valen más salidas por la tangente y alegatos sobre la finca “encharralada”, no se vale más decir “que no es lo mismo verla venir que bailar con ella”. ¡Urgen posturas precisas y medidas concretas! ¡Urge tener claridad!







martes, 12 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del Gobierno en una sociedad libre

El segundo capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad, lleva por título “El Papel del Gobierno en una Sociedad Libre”. Éste, como el anterior que comenté, trata de un tema en función de principios y no de los resultados de acciones concretas que haya tomado un estado. Es, por lo tanto, un análisis conceptual acerca del rol que el estado desempeña o debe llevar a cabo, en una sociedad de personas libres. 

Empiezo reiterando algo que mencionó Friedman en el capítulo previo, cual es que un mercado permite lograr unanimidad sin conformidad; esto es, que cada uno pueda estar en desacuerdo con una decisión específica, sin que todos tengan que estar de acuerdo con ella. El mercado se caracteriza por representar proporcionalmente los intereses de cada participante. Las decisiones políticas propias del estado tienden a requerir o a hacer cumplir una conformidad sustancial de los participantes. Éstas son usualmente decisiones de “sí o no”, aunque a veces hay margen para alternativas limitadas en número. Ante la creencia de que en el estado la representación proporcional es posible, Friedman arguye que 

“el resultado final generalmente debe ser una ley aplicable a todos los grupos, más que una legislación separada para cada ‘parte’ representada, lo que significa que, la representación proporcional en su versión política, en vez de permitir unanimidad sin conformidad tiende hacia la inefectividad y la fragmentación.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 23).

Hay situaciones en donde el mercado no permite lograr esa representación proporcional mencionada. Ejemplos pueden ser la defensa nacional y la protección de los individuos, en los que, al ser indivisibles los “productos”, no es posible separar su disfrute o satisfacción individual, de forma que pueda tomar en cuenta los intereses separados y diversos de cada uno de ellos. De acuerdo con Friedman, en este caso es necesario utilizar los medios de la política para que se puedan conciliar las diferentes preferencias individuales. Pero eso provoca tensiones para una deseable cohesión social, las que se incrementan conforme es mayor el ámbito de temas que deben ser resueltos por medios políticos. Señala Friedman: 

“…diferencias fundamentales acerca de valores básicos rara vez, si es que acaso en alguna ocasión, se resuelven en las urnas de votación; en última instancia sólo pueden ser decididas, no resueltas, por medio del conflicto. Las guerras religiosas y las civiles de la historia son testamentos sangrientos de esta opinión.” (Ibídem, p. 24).

Por el contrario, entre más decisiones se dejan a los mercados, gracias a que estos definen los asuntos sin necesidad de conformidad, menor es la tensión arriba señalada por tener que llegarse a acuerdos bajo procedimientos políticos, así como mayor es la posibilidad de lograrlos, al tiempo que se mantiene una sociedad en libertad. Incluso nuestras constituciones suelen establecer principios para los que ni siquiera es de conveniencia que una mayoría sea suficiente para decidir en torno a ellos; ejemplos son los llamados derechos constitucionales, que, para afectarlos de una manera significativa, requieren más que una simple mayoría e incluso los poderes judiciales suelen ser reacios a que se altere lo que consideran puede haber sido el consenso originario constitucional, presuntamente obtenido como resultado de la libre discusión y que reflejan unanimidad en torno a los medios. 

Para Friedman hay tres áreas en que los mercados no pueden dar una solución adecuada o sólo a un costo tan elevado, que es mejor que se resuelvan políticamente; esto es, a través del estado.  Esas áreas las agrupa bajo los siguientes encabezados: (1) el gobierno como árbitro y hacedor de leyes; (2) la acción gubernamental en caso de monopolios técnicos y de efectos de vecindad (o externalidades) y (3) el gobierno actuando basado en fundamentos paternalistas. 

En lo que respecta al gobierno como árbitro que hace, interpreta y formula las reglas, según Friedman, 

“los papeles básicos que un gobierno desempeña en una sociedad libre (son): proveer una forma por la cual podemos modificar las reglas, mediar las diferencias entre nosotros acerca del significado de ellas y llevar a efecto su cumplimiento por parte de los pocos que de otra manera no participarían del juego.” (Ibídem, p. 25. El texto entre paréntesis es mío). 

Friedman indica que la anarquía, por más atractiva que pueda ser filosóficamente hablando, no es viable en un mundo poblado por humanos imperfectos y que bien puede ser que las libertades de diversos hombres entren en conflicto, en cuyo caso se hace necesario restringir la libertad de uno de ellos, a fin de preservar la del otro. 

Este último tipo de casos suele ser el de más difícil solución, pero también lo es en lo que trata de la definición de los derechos de propiedad, dado que suelen surgir de creaciones sociales muy complejas, además de que el mismo significado de derecho de propiedad puede variar con el curso del tiempo. Friedman sugiere que, en éste como en otros casos, “la existencia de una definición bien especificada y generalmente aceptada de propiedad, es mucho más importante que simplemente lo que es la definición.” (Ibídem, p. 27).

Asimismo, Friedman considera que la provisión de un marco monetario es un rol que debe desempeñar el gobierno, pero este tema lo trataremos específicamente en el siguiente comentario de esta serie. 

Escribe Friedman, 

“En resumen, la organización de la actividad económica por medio del intercambio voluntario supone que hayamos asegurado, por medio del gobierno, el mantenimiento de la ley y el orden para prevenir que no haya coacción de algún individuo por otro, la vigencia de los contratos en los cuales se decidió participar voluntariamente, la definición del significado de los derechos de propiedad, la interpretación y el hacer valer tales derechos y la provisión de un marco monetario.” (Ibídem, p. 27).

Es factible que se considere como conveniente la acción del estado cuando hay circunstancias en que las partes se ven imposibilitadas de contratar libremente, como es lo propio de un mercado competitivo. Uno de esos casos es lo que Friedman llama “monopolios técnicos”, expresión que también he oído mencionar como “monopolios naturales”, así que, para estos efectos, los consideraré como sinónimos. Asimismo, Friedman acepta la acción gubernamental en lo que él llama “efectos de vecindad” (en inglés, “neighborhood effects”), a los que más generalmente -al menos por los economistas- se les suele denominar “externalidades”, ya sea positivas o negativas. Friedman ha sido criticado por usar aquella terminología en su libro Capitalismo y Libertad, pero para mi comentario la diferencia no es tan relevante, como lo es el hecho de su propuesta para la intervención gubernamental ante el fracaso de que surja un intercambio estrictamente voluntario, que se presenta cuando hay acciones de un individuo que provocan efectos sobre otros y por los cuales los primeros no pueden ser recompensados o ejercido el cobro, si fuere el caso.

La forma en que Friedman trata el tema de la intervención del estado en presencia del monopolio natural o técnico, resulta casualmente útil en momentos en que -al menos para algunos pocos interesados en ello- en el país se debate acerca del monopolio de RECOPE, de si mantenerla como un ente público o como un monopolio privado, ya sea con regulación o no.  El análisis de Friedman es, como lo advertí antes, conceptual; por lo tanto, para el caso específico podría servirnos como una guía, pero las circunstancias específicas tendrían que evaluarse. Por ello, antes de desarrollar el tema según lo hizo Friedman en Capitalismo y Libertad, debo resaltar su prudencia cuando indica que “La elección entre los males de un monopolio privado, de un monopolio público y de una regulación gubernamental, sin embargo, no puede ser decidida de una vez por todas, independientemente de las circunstancias fácticas.” (Ibídem, p. 29).

Hecha la advertencia anterior, debo indicarles que existen diferencias en cuanto al tratamiento del tema entre economistas reconocidamente liberales, como, por ejemplo, Walter Eucken o Henry Simons –ambos citados por Friedman- pero uno fácilmente podría agregar otros nombres. Puesto a escoger entre aquellas tres formas -monopolio estatal, monopolio privado y regulación- Friedman dice que “de mala gana concluye que, si resulta ser tolerable, el monopolio privado puede ser el mal menor.” (Ibídem, p. 28). 

Las razones para ello son, primeramente, que, por lo general, los monopolios existen gracias al estado, cuando éste les  brinda apoyo y protección o facilita acuerdos resultantes de confabulaciones. En segundo lugar, porque tanto un monopolio estatal como la regulación tienden a no adaptarse a circunstancias cambiantes, tal como sí lo haría más fácilmente un monopolio privado. En tercera instancia, un monopolio estatal tiende a ejercer mayor presión política para impedir el ingreso de competidores, en muchas ocasiones apelando a un mal entendido interés nacional. En cuarto término, la regulación gubernamental, que presuntamente se refleja en limitar las utilidades de la empresa regulada, por la vía de controlar el precio mayor que impone el monopolio al de un mercado competitivo, no permite que se refleje la señal deseable en un mercado abierto a la competencia, ante la cual habría empresas dispuestas a entrar a ese mercado si las utilidades fueran mayores y no las artificialmente limitadas. Esto es, la regulación tiende a preservar al monopolio. En quinto lugar, cambios tecnológicos han hecho que el monopolio natural -ampliamente sujeto a políticas antimonopólicas en épocas pasadas (por ejemplo, las grandes centrales hidroeléctricas, la telefonía fija, entre otros)-  permita ahora una mayor posibilidad de entrantes en los mercados y de operar eficientemente a escalas inferiores a la única que definía al monopolio natural.

La clave en el tratamiento que propone Friedman para enfrentar a los monopolios, se resume en su frase de que 

“la única manera de averiguar (si un monopolio natural o técnico es eficiente y que nadie es capaz de sobrevivir compitiendo con él en el mercado) es dejar que otras personas sean libres de entrar en él… el monopolio técnico no puede justificarse a sí mismo para ser un monopolio público, si se le prohíbe competir a cualquier otro.” (Ibídem, p. 29. El texto entre paréntesis es mío).

Los efectos de vecindad o externalidades se presentan cuando la acción de un individuo tiene consecuencias sobre otros individuos, por las cuales no se le recompensa o se le castiga por esos efectos sobre terceros. En cuanto al papel que podría desempeñar el estado en el tema de las externalidades, el profesor Friedman señala que 

“los efectos de vecindad tienen efectos de dos vías. Pueden ser una razón para limitar las acciones del gobierno o bien para expandirlas. Los efectos de vecindad impiden los intercambios voluntarios porque es difícil identificar los efectos a terceros y de medir su magnitud; pero esta misma dificultad también está presente en la acción gubernamental… cuando el gobierno se involucra en acciones para compensar las externalidades, en parte introduce otro conjunto adicional de efectos de vecindad, al fracasar en cobrar o compensar debidamente a los individuos. Cuáles de los efectos de vecindad, los originales o los nuevos, sean más serios, sólo podrá ser juzgado por los hechos del caso individual y, aún en ese entonces, tan sólo aproximadamente…    (Además), cada acto de intervención gubernamental limita directamente la libertad de acción de los individuos y amenaza la preservación de la libertad por las diversas razones que se comentaron” en mi comentario previo. (Ibídem, p. p. 31-32. El texto entre paréntesis es mío).

La contraparte de la libertad es la responsabilidad; por tanto, la libertad es referida a individuos responsables, no para locos o niños. Por lo tanto, hay un papel paternalista que el estado debe cumplir, de acuerdo con Friedman, en el caso de los niños y de los orates, quienes tal vez no reciban el cuido adecuado, de nuevo por razones de tratarse del tipo de bienes que se conoce como bienes públicos, en donde el consumo de alguien no implica que se reduzca el consumo de otra persona. Un ejemplo de “bien público” es el parque de Sabanilla centro, al que no dudo todos los vecinos aprecian, pero no todos estarían dispuestos a sufragar su costo, porque dejan que otros los paguen, en tanto ellos -al igual que todos- pueden igualmente disfrutarlo (es lo que se conoce como viajar de gratis, ser oportunista, gorrón, vividor o colado; “free-rider” en inglés). La insuficiente provisión privada de instalaciones y el cuido requerido que provocaría la existencia de bienes públicos, deberá ser complementada por la acción del estado.

Como manifiesta Friedman, 

“El fundamento paternalista para la actividad gubernamental es de lo más problemático para un liberal, pues involucra la aceptación de un principio -que algunos decidirán por otros- que es objetable en la mayoría de sus aplicaciones y que él correctamente considera como un distintivo de sus principales oponentes intelectuales, los proponentes del colectivismo en cualquiera de sus disfraces, ya sea el comunismo, el socialismo o el estado benefactor.” (Ibídem, p. 34).

Friedman considera que no hay forma de evitar la necesidad de algún grado de paternalismo en una sociedad, pero que no hay nada que nos indique cuál es su límite, por lo que se debe descansar 

“en nuestra argumentación falible y, habiendo llegado a un juicio, en nuestra capacidad de persuadir a nuestros congéneres de que es una valoración correcta o de su capacidad para persuadirnos de cambiar nuestro punto de vista. Aquí debemos poner nuestra fe, como en otras cosas, en un consenso logrado por seres imperfectos y sesgados, por medio de la libre discusión, la prueba y el error.” (Ibídem, p. 34).

Jorge Corrales Quesada

viernes, 8 de agosto de 2014

Viernes de Recomendación

En el ensayo llamado La Educación en una Sociedad Libre, Alberto Benegas Lynch analiza el tema de la educación desde el punto de vita liberal

martes, 5 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: relación entre libertad económica y libertad política

Al primer capítulo de su libro Capitalismo y Libertad, Milton Friedman lo titula “La Relación entre la Libertad Económica y la Libertad Política”. No es un tema inédito, pues algunos otros economistas liberales, como por ejemplo Friedrich Hayek, ya lo había tratado tanto en su obra de 1944, El Camino de la Servidumbre (The Road to Serfdom), así como en su libro más conocido, Los Fundamentos de la Libertad, publicado en 1960 en inglés, bajo el título The Constitution of Liberty. Asimismo, Ludwig von Mises analizó la relación entre aquellos en su artículo “Los Fundamentos Económicos de la Libertad” (The Economic Foundations of Freedom), en la revista The Freeman, de abril de 1960. Y no debe dejarse de lado a aquel clásico del pensamiento económico, “Capitalismo, Socialismo, Democracia” (Capitalism, Socialism, Democracy), quien, tal vez con un ideario menos liberal, publicó Joseph Schumpeter en 1942. Pero fue tiempo después de leer acerca de ese asunto en Capitalismo y Libertad, que tuve la oportunidad de cultivarme aún más, como lo hice al leer obras de esos otros autores que he citado.  En todo caso, para mí, quien me abrió la mente en esta materia fue, sin dudarlo, la lectura de Capitalismo y Libertad de Milton Friedman.

La principal idea de Friedman, en este primer capítulo de la obra que comento y que, al igual que el segundo, podríamos decir que trata de principios o de abstracciones, descansa en su afirmación de que 

“los acuerdos económicos juegan un papel dual en la promoción de una sociedad libre. Por una parte, la libertad en los acuerdos económicos es en sí misma un componente de la libertad ampliamente entendida, de manera que la libertad económica es un fin en sí misma. En segundo lugar, la libertad económica es también un medio indispensable para el logro de la libertad política”. (Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1962, p. 8).

En la época en que Friedman escribió su libro, estaba en boga aquella célebre frase que pronunciara Kennedy en su discurso inaugural como presidente de los Estados Unidos: “No preguntes qué es lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué es lo que tú puedes hacer por tu país”. Por tal razón, surgió cierto alboroto en algunos círculos estatistas, cuando Friedman señaló en la introducción de su libro que 

“El hombre libre nunca preguntará lo que su país puede hacer por él, ni tampoco lo que él puede hacer por su país. Más bien preguntará ‘¿Qué es lo que yo y mis compatriotas podemos hacer por medio del gobierno’ para ayudarnos a descargar nuestras responsabilidades individuales, para alcanzar nuestros objetivos diversos y, ante todo, para proteger a nuestra libertad? Y acompañará esta pregunta con otra más: ‘¿Cómo podemos lograr que nuestro gobierno no se convierta en un Frankenstein, que destruya la misma libertad para cuya protección lo establecimos? La libertad es una planta rara y delicada. Nuestras mentes nos lo dicen, y la historia lo confirma, que la gran amenaza a la libertad es la concentración del poder.” (Ibídem, Introducción, p. p. 1-2). 

Con esta sencilla apreciación introductoria, contra la moda del momento y reinante en el mundo del espectáculo, Friedman nos mostró la baraja que contenía sus cartas a favor de la libertad.
 
La idea básica de Friedman, en cierta manera, es relativamente simple: el capitalismo competitivo se caracteriza por ser un sistema económico basado en la libertad para actuar de las personas y es, a la vez, una consideración necesaria para la libertad política. La forma en que los individuos organizan sus acuerdos económicos tiene un efecto muy importante en su vida en sociedad, cual es el de separar o de concentrar el poder. La libertad económica asociada con el capitalismo competitivo permite que el poder político, el cual usualmente lo vemos concentrado, sea objeto de compensación, de contrapeso, de un equilibrio, de parte de los ciudadanos. 

La organización de una economía con base en el capitalismo competitivo, estimula el surgimiento de la libertad política, al lograr separar al poder político del poder económico. Dicha separación faculta que esos poderes se compensen, se balanceen, entre ellos. Sin embargo, el capitalismo competitivo, con su libertad económica, es tan sólo una condición necesaria, pero no suficiente, para asegurar la libertad política. Friedman expresa que en esto la evidencia histórica es clara: “No conozco de algún ejemplo en el tiempo o lugar de una sociedad la cual haya sido marcada en grado amplio por la libertad política, que a su vez no haya tenido algo comparable a un mercado libre, como forma para organizar el peso de la actividad económica.” (Ibídem, p. 9).

Friedman expresa, y que después lo desarrollaría a plenitud Friedrich Hayek, que el principal problema de una organización social es cómo asegurar la coordinación de las actividades económicas de un número gigantesco de personas, en especial a sabiendas de la limitación e imperfección de los seres humanos. Una forma de organizarse es por medio de una dirección central coercitiva y la opción es la de asegurarse la cooperación de los individuos, con base en decisiones individuales descentralizadas. Reitera que el requisito básico para coordinar voluntariamente dicha actividad es el mantenimiento de la ley y el orden, que prevenga la coerción física a un individuo de parte de otro y el aseguramiento de que se cumplan los contratos voluntariamente acordados entre las partes. Esas son las funciones esenciales y la razón de la existencia del estado. Para Friedman, a fin de garantizar la libertad de los ciudadanos, el alcance del estado debe ser limitado y el poder del gobierno debe estar disperso y no concentrado. 

De acuerdo con Friedman, el estado constituye un foro en donde se determinan las llamadas “reglas del juego”, así como se convierte en el árbitro encargado de la interpretación y vigencia y cumplimiento de las reglas que se han decidido. El mercado reduce el rango de asuntos humanos que deben ser resueltos o decididos por medios políticos y lo hace a través del intercambio voluntario de las personas. Una virtud del mercado es que no requiere que las decisiones sean de índole de un “todo o nada”, sino que permite una enorme diversidad, que no es posible encontrarla en las decisiones gubernamentales. A la inversa de una decisión gubernamental, el mercado no exige que haya una mayoría que pueda exigir una decisión que deberá ser acogida por una minoría, sino que permite la expresión de las minorías, sin menoscabo de lo que otras puedan desear. Esto es, el mercado refleja las preferencias de los diferentes individuos de manera proporcional, sin que se exija una decisión única, obligante, que cobije todas las diversas preferencias de otras personas.

La preservación de la libertad, señala Friedman, demanda que se elimine al máximo la posible concentración del poder y, ante ese poder existente en manos del estado, se recurre a otro principio liberal básico, cual es la separación de los poderes y la existencia de frenos y contrapesos en las decisiones gubernamentales. 

Históricamente, nos recuerda Friedman, la libertad política es algo reciente en la historia humana. Dice que, “porque vivimos en una sociedad que es libre en alto grado, tendemos a olvidar que tan pequeños son el espacio de tiempo y la parte del globo en los cuales alguna vez ha existido algo como una libertad política: el estado típico de la humanidad es la tiranía, la servidumbre y la miseria.” (Ibídem, p. 9). Fue con el desarrollo de los mercados libres cuando en el mundo occidental se dieron tanto el desarrollo del capitalismo como la libertad política. Pero el capitalismo es sólo una condición necesaria para que haya libertad política, más no suficiente. Pone como ejemplos de ello a la Italia y España fascistas, a Alemania en algunas ocasiones, a Japón antes de las grandes guerras mundiales, la Rusia de los zares antes de la Primera Guerra Mundial, en donde la empresa privada fue la forma dominante de esas economías, pero en ellas no se tenía libertad política.

Friedman brinda en este capítulo de su libro un argumento que podría hacer pensar a ciertos revolucionarios, quienes propugnan en ocasiones por cambios radicales en sus países. Expone Friedman que “Una característica de una sociedad libre es, sin duda alguna, la libertad que tiene un individuo para, abiertamente, propugnar y hacer propaganda para un cambio radical en la estructura de la sociedad, en tanto que ese apoyo se restrinja  a la persuasión y a que no incluya la fuerza ni alguna otra forma de coerción. Es un signo de la libertad política de una sociedad capitalista que los hombres pueden abiertamente proponer y trabajar en favor del socialismo… Para poder abogar por algo, el individuo debe ser capaz, en primer lugar, de ganarse la vida… pero para que aquel apoyo tenga algún significado, los proponentes deben estar en capacidad de financiar su causa… Típicamente esos movimientos radicales en las sociedades capitalistas han sido patrocinados por unos pocos individuos ricos, a quienes se les persuadió –por un Frederick Vanderbilt Field o una Anita McCormick Blaine o una Corliss Lamont, para mencionar algunos nombres de personas recientes, o, más atrás, por un Federico Engels. Este es un papel que raramente se hace notar, el cual lo desempeña la desigualdad de la riqueza en la preservación de la libertad política –el papel del patrocinador o mecenas.” (Ibídem, p. 17).

En una sociedad socialista ese impulso de cambio radical es muy difícil de lograr, no sólo por la concentración del poder, con frecuencia omnipresente, ante el cual se debe de luchar, sino porque esos regímenes se suelen caracterizar por la eliminación de los ricos, quienes podrían servir como mecenas de los movimientos revolucionarios. Esa es la gran dificultad para que haya libertad política, sin que exista una libertad económica: que en la sociedad socialista no existe un mercado que refrene al poder político y que así permita preservar la libertad política.

Tal vez es igualmente importante señalar que, en un sistema económico centralizado, el patrón único suele ser el estado; entonces, al revolucionario se le dificultará enormemente encontrar alguien quien, diferente del patrono-estado, le brinde empleo con el cual eventualmente financiar su disposición de luchar por cambiar radicalmente a un gobierno. De la misma manera, debe resaltarse que “en tanto que se mantenga la libertad de intercambiar (mediante la especialización y la división del trabajo), la característica central de la organización de la actividad económica por medio de los mercados, es que previene que una persona interfiera con otra en lo referente a la mayoría de sus actividades. El consumidor, por la presencia de otros vendedores con quienes puede tratar, se protege de la coerción de parte del vendedor. El vendedor se protege de la coerción del consumidor, porque hay otros consumidores a quienes les puede vender. El empleado es protegido de la coerción del empleador, debido a que hay otros empleadores para quienes puede trabajar, etcétera.  Y el mercado hace esto impersonalmente y sin una autoridad centralizada.” (Ibídem, p. p. 14-15. El texto entre paréntesis es mío).

Para terminar mi comentario-resumen acerca de este primer capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad, deseo transmitirles (traducirles) unos párrafos que Friedman tomó de una publicación de la revista Time del 26 de enero de 1959, en los cuales se destaca claramente una de las mayores virtudes de un mercado competitivo en relación con la conservación de la libertad de los ciudadanos. Leer esta historia realmente me impactó. Time la narra, Friedman la transcribe y yo la traduzco:

“El ritual de la entrega del Oscar es el mayor despliegue histórico en cuanto a la solemnidad, pero hace dos años esa ceremonia fue afectada. Fue cuando se anunció que un tal Robert Rich había escrito el mejor guion para la película El Valiente (The Brave One), pero él nunca avanzó hacia el podio. Robert Rich era un seudónimo, que enmascaraba a uno de cerca de 150 escritores… que habían estado sujetos a una lista negra por la industria cinematográfica desde 1947, como comunistas sospechosos o como compañeros de viaje. El caso fue particularmente embarazoso, porque la Academia Norteamericana del Cine había prohibido participar en la entrega de los Óscares, a algún comunista o a quien apelara a la Quinta Enmienda (de la Constitución de ese país, la cual garantiza el derecho al debido proceso). La semana pasada, tanto la regla acerca de los comunistas, así como el misterio de la identidad de Rich, fueron súbitamente reescritos.
Rich resultó ser Dalton Trumbo (autor del libro Johhny Cogió su Fusil -Johnny Got His Gun- novela antibélica escrita en 1939), uno de los originales “Diez de Hollywood”, los cuales se rehusaron a testificar en las audiencias de 1947 (en la Casa de Representantes del Congreso de los Estados Unidos) acerca del comunismo en la industria cinematográfica. El productor Frank King, quien había insistido firmemente en que Robert Rich era ‘un joven en España quien tenía una barba’, dijo: ‘Tenemos una obligación con nuestros accionistas, cual es comprar el mejor guion que podamos. Trumbo nos trajo el guion de El Valiente y eso fue lo que adquirimos.’

De hecho ese fue el final formal de la lista negra de Hollywood. Para aquellos escritores sujetos a la prohibición, ya desde hace tiempo se había dado el fin en la parte informal. Por lo menos un 15% de las películas producidas en ese momento en Hollywood, se reportó que habían sido escritas por miembros sujetos a aquella prohibición. Dijo el productor King: ‘Hay más fantasmas en Hollywood que en Forest Lawn (reconocido cementerio en las cercanías de Hollywood). Cada compañía cinematográfica en esta ciudad ha usado el trabajo de la gente que está en la lista negra. Simplemente somos la primera en confirmar lo que todo el mundo ya conoce.’” (Ibídem, p. p. 19-20. Los textos entre paréntesis son míos).

La anonimidad del mercado libre protegió incluso a quienes, posiblemente, no eran afectos al sistema capitalista. Los protegió de la discriminación, de la persecución, del hambre que suele provocar ésta, y, ante todo, de la actitud censurable de personas que difieren de sus creencias y quieren reprimirlas. El orden de mercado resguarda los derechos de las minorías del abuso pretendido de mayorías. Esa fue una gran lección que aprendí de la lectura de este primer capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad.


Jorge Corrales Quesada