martes, 5 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: relación entre libertad económica y libertad política

Al primer capítulo de su libro Capitalismo y Libertad, Milton Friedman lo titula “La Relación entre la Libertad Económica y la Libertad Política”. No es un tema inédito, pues algunos otros economistas liberales, como por ejemplo Friedrich Hayek, ya lo había tratado tanto en su obra de 1944, El Camino de la Servidumbre (The Road to Serfdom), así como en su libro más conocido, Los Fundamentos de la Libertad, publicado en 1960 en inglés, bajo el título The Constitution of Liberty. Asimismo, Ludwig von Mises analizó la relación entre aquellos en su artículo “Los Fundamentos Económicos de la Libertad” (The Economic Foundations of Freedom), en la revista The Freeman, de abril de 1960. Y no debe dejarse de lado a aquel clásico del pensamiento económico, “Capitalismo, Socialismo, Democracia” (Capitalism, Socialism, Democracy), quien, tal vez con un ideario menos liberal, publicó Joseph Schumpeter en 1942. Pero fue tiempo después de leer acerca de ese asunto en Capitalismo y Libertad, que tuve la oportunidad de cultivarme aún más, como lo hice al leer obras de esos otros autores que he citado.  En todo caso, para mí, quien me abrió la mente en esta materia fue, sin dudarlo, la lectura de Capitalismo y Libertad de Milton Friedman.

La principal idea de Friedman, en este primer capítulo de la obra que comento y que, al igual que el segundo, podríamos decir que trata de principios o de abstracciones, descansa en su afirmación de que 

“los acuerdos económicos juegan un papel dual en la promoción de una sociedad libre. Por una parte, la libertad en los acuerdos económicos es en sí misma un componente de la libertad ampliamente entendida, de manera que la libertad económica es un fin en sí misma. En segundo lugar, la libertad económica es también un medio indispensable para el logro de la libertad política”. (Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1962, p. 8).

En la época en que Friedman escribió su libro, estaba en boga aquella célebre frase que pronunciara Kennedy en su discurso inaugural como presidente de los Estados Unidos: “No preguntes qué es lo que tu país puede hacer por ti; pregunta qué es lo que tú puedes hacer por tu país”. Por tal razón, surgió cierto alboroto en algunos círculos estatistas, cuando Friedman señaló en la introducción de su libro que 

“El hombre libre nunca preguntará lo que su país puede hacer por él, ni tampoco lo que él puede hacer por su país. Más bien preguntará ‘¿Qué es lo que yo y mis compatriotas podemos hacer por medio del gobierno’ para ayudarnos a descargar nuestras responsabilidades individuales, para alcanzar nuestros objetivos diversos y, ante todo, para proteger a nuestra libertad? Y acompañará esta pregunta con otra más: ‘¿Cómo podemos lograr que nuestro gobierno no se convierta en un Frankenstein, que destruya la misma libertad para cuya protección lo establecimos? La libertad es una planta rara y delicada. Nuestras mentes nos lo dicen, y la historia lo confirma, que la gran amenaza a la libertad es la concentración del poder.” (Ibídem, Introducción, p. p. 1-2). 

Con esta sencilla apreciación introductoria, contra la moda del momento y reinante en el mundo del espectáculo, Friedman nos mostró la baraja que contenía sus cartas a favor de la libertad.
 
La idea básica de Friedman, en cierta manera, es relativamente simple: el capitalismo competitivo se caracteriza por ser un sistema económico basado en la libertad para actuar de las personas y es, a la vez, una consideración necesaria para la libertad política. La forma en que los individuos organizan sus acuerdos económicos tiene un efecto muy importante en su vida en sociedad, cual es el de separar o de concentrar el poder. La libertad económica asociada con el capitalismo competitivo permite que el poder político, el cual usualmente lo vemos concentrado, sea objeto de compensación, de contrapeso, de un equilibrio, de parte de los ciudadanos. 

La organización de una economía con base en el capitalismo competitivo, estimula el surgimiento de la libertad política, al lograr separar al poder político del poder económico. Dicha separación faculta que esos poderes se compensen, se balanceen, entre ellos. Sin embargo, el capitalismo competitivo, con su libertad económica, es tan sólo una condición necesaria, pero no suficiente, para asegurar la libertad política. Friedman expresa que en esto la evidencia histórica es clara: “No conozco de algún ejemplo en el tiempo o lugar de una sociedad la cual haya sido marcada en grado amplio por la libertad política, que a su vez no haya tenido algo comparable a un mercado libre, como forma para organizar el peso de la actividad económica.” (Ibídem, p. 9).

Friedman expresa, y que después lo desarrollaría a plenitud Friedrich Hayek, que el principal problema de una organización social es cómo asegurar la coordinación de las actividades económicas de un número gigantesco de personas, en especial a sabiendas de la limitación e imperfección de los seres humanos. Una forma de organizarse es por medio de una dirección central coercitiva y la opción es la de asegurarse la cooperación de los individuos, con base en decisiones individuales descentralizadas. Reitera que el requisito básico para coordinar voluntariamente dicha actividad es el mantenimiento de la ley y el orden, que prevenga la coerción física a un individuo de parte de otro y el aseguramiento de que se cumplan los contratos voluntariamente acordados entre las partes. Esas son las funciones esenciales y la razón de la existencia del estado. Para Friedman, a fin de garantizar la libertad de los ciudadanos, el alcance del estado debe ser limitado y el poder del gobierno debe estar disperso y no concentrado. 

De acuerdo con Friedman, el estado constituye un foro en donde se determinan las llamadas “reglas del juego”, así como se convierte en el árbitro encargado de la interpretación y vigencia y cumplimiento de las reglas que se han decidido. El mercado reduce el rango de asuntos humanos que deben ser resueltos o decididos por medios políticos y lo hace a través del intercambio voluntario de las personas. Una virtud del mercado es que no requiere que las decisiones sean de índole de un “todo o nada”, sino que permite una enorme diversidad, que no es posible encontrarla en las decisiones gubernamentales. A la inversa de una decisión gubernamental, el mercado no exige que haya una mayoría que pueda exigir una decisión que deberá ser acogida por una minoría, sino que permite la expresión de las minorías, sin menoscabo de lo que otras puedan desear. Esto es, el mercado refleja las preferencias de los diferentes individuos de manera proporcional, sin que se exija una decisión única, obligante, que cobije todas las diversas preferencias de otras personas.

La preservación de la libertad, señala Friedman, demanda que se elimine al máximo la posible concentración del poder y, ante ese poder existente en manos del estado, se recurre a otro principio liberal básico, cual es la separación de los poderes y la existencia de frenos y contrapesos en las decisiones gubernamentales. 

Históricamente, nos recuerda Friedman, la libertad política es algo reciente en la historia humana. Dice que, “porque vivimos en una sociedad que es libre en alto grado, tendemos a olvidar que tan pequeños son el espacio de tiempo y la parte del globo en los cuales alguna vez ha existido algo como una libertad política: el estado típico de la humanidad es la tiranía, la servidumbre y la miseria.” (Ibídem, p. 9). Fue con el desarrollo de los mercados libres cuando en el mundo occidental se dieron tanto el desarrollo del capitalismo como la libertad política. Pero el capitalismo es sólo una condición necesaria para que haya libertad política, más no suficiente. Pone como ejemplos de ello a la Italia y España fascistas, a Alemania en algunas ocasiones, a Japón antes de las grandes guerras mundiales, la Rusia de los zares antes de la Primera Guerra Mundial, en donde la empresa privada fue la forma dominante de esas economías, pero en ellas no se tenía libertad política.

Friedman brinda en este capítulo de su libro un argumento que podría hacer pensar a ciertos revolucionarios, quienes propugnan en ocasiones por cambios radicales en sus países. Expone Friedman que “Una característica de una sociedad libre es, sin duda alguna, la libertad que tiene un individuo para, abiertamente, propugnar y hacer propaganda para un cambio radical en la estructura de la sociedad, en tanto que ese apoyo se restrinja  a la persuasión y a que no incluya la fuerza ni alguna otra forma de coerción. Es un signo de la libertad política de una sociedad capitalista que los hombres pueden abiertamente proponer y trabajar en favor del socialismo… Para poder abogar por algo, el individuo debe ser capaz, en primer lugar, de ganarse la vida… pero para que aquel apoyo tenga algún significado, los proponentes deben estar en capacidad de financiar su causa… Típicamente esos movimientos radicales en las sociedades capitalistas han sido patrocinados por unos pocos individuos ricos, a quienes se les persuadió –por un Frederick Vanderbilt Field o una Anita McCormick Blaine o una Corliss Lamont, para mencionar algunos nombres de personas recientes, o, más atrás, por un Federico Engels. Este es un papel que raramente se hace notar, el cual lo desempeña la desigualdad de la riqueza en la preservación de la libertad política –el papel del patrocinador o mecenas.” (Ibídem, p. 17).

En una sociedad socialista ese impulso de cambio radical es muy difícil de lograr, no sólo por la concentración del poder, con frecuencia omnipresente, ante el cual se debe de luchar, sino porque esos regímenes se suelen caracterizar por la eliminación de los ricos, quienes podrían servir como mecenas de los movimientos revolucionarios. Esa es la gran dificultad para que haya libertad política, sin que exista una libertad económica: que en la sociedad socialista no existe un mercado que refrene al poder político y que así permita preservar la libertad política.

Tal vez es igualmente importante señalar que, en un sistema económico centralizado, el patrón único suele ser el estado; entonces, al revolucionario se le dificultará enormemente encontrar alguien quien, diferente del patrono-estado, le brinde empleo con el cual eventualmente financiar su disposición de luchar por cambiar radicalmente a un gobierno. De la misma manera, debe resaltarse que “en tanto que se mantenga la libertad de intercambiar (mediante la especialización y la división del trabajo), la característica central de la organización de la actividad económica por medio de los mercados, es que previene que una persona interfiera con otra en lo referente a la mayoría de sus actividades. El consumidor, por la presencia de otros vendedores con quienes puede tratar, se protege de la coerción de parte del vendedor. El vendedor se protege de la coerción del consumidor, porque hay otros consumidores a quienes les puede vender. El empleado es protegido de la coerción del empleador, debido a que hay otros empleadores para quienes puede trabajar, etcétera.  Y el mercado hace esto impersonalmente y sin una autoridad centralizada.” (Ibídem, p. p. 14-15. El texto entre paréntesis es mío).

Para terminar mi comentario-resumen acerca de este primer capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad, deseo transmitirles (traducirles) unos párrafos que Friedman tomó de una publicación de la revista Time del 26 de enero de 1959, en los cuales se destaca claramente una de las mayores virtudes de un mercado competitivo en relación con la conservación de la libertad de los ciudadanos. Leer esta historia realmente me impactó. Time la narra, Friedman la transcribe y yo la traduzco:

“El ritual de la entrega del Oscar es el mayor despliegue histórico en cuanto a la solemnidad, pero hace dos años esa ceremonia fue afectada. Fue cuando se anunció que un tal Robert Rich había escrito el mejor guion para la película El Valiente (The Brave One), pero él nunca avanzó hacia el podio. Robert Rich era un seudónimo, que enmascaraba a uno de cerca de 150 escritores… que habían estado sujetos a una lista negra por la industria cinematográfica desde 1947, como comunistas sospechosos o como compañeros de viaje. El caso fue particularmente embarazoso, porque la Academia Norteamericana del Cine había prohibido participar en la entrega de los Óscares, a algún comunista o a quien apelara a la Quinta Enmienda (de la Constitución de ese país, la cual garantiza el derecho al debido proceso). La semana pasada, tanto la regla acerca de los comunistas, así como el misterio de la identidad de Rich, fueron súbitamente reescritos.
Rich resultó ser Dalton Trumbo (autor del libro Johhny Cogió su Fusil -Johnny Got His Gun- novela antibélica escrita en 1939), uno de los originales “Diez de Hollywood”, los cuales se rehusaron a testificar en las audiencias de 1947 (en la Casa de Representantes del Congreso de los Estados Unidos) acerca del comunismo en la industria cinematográfica. El productor Frank King, quien había insistido firmemente en que Robert Rich era ‘un joven en España quien tenía una barba’, dijo: ‘Tenemos una obligación con nuestros accionistas, cual es comprar el mejor guion que podamos. Trumbo nos trajo el guion de El Valiente y eso fue lo que adquirimos.’

De hecho ese fue el final formal de la lista negra de Hollywood. Para aquellos escritores sujetos a la prohibición, ya desde hace tiempo se había dado el fin en la parte informal. Por lo menos un 15% de las películas producidas en ese momento en Hollywood, se reportó que habían sido escritas por miembros sujetos a aquella prohibición. Dijo el productor King: ‘Hay más fantasmas en Hollywood que en Forest Lawn (reconocido cementerio en las cercanías de Hollywood). Cada compañía cinematográfica en esta ciudad ha usado el trabajo de la gente que está en la lista negra. Simplemente somos la primera en confirmar lo que todo el mundo ya conoce.’” (Ibídem, p. p. 19-20. Los textos entre paréntesis son míos).

La anonimidad del mercado libre protegió incluso a quienes, posiblemente, no eran afectos al sistema capitalista. Los protegió de la discriminación, de la persecución, del hambre que suele provocar ésta, y, ante todo, de la actitud censurable de personas que difieren de sus creencias y quieren reprimirlas. El orden de mercado resguarda los derechos de las minorías del abuso pretendido de mayorías. Esa fue una gran lección que aprendí de la lectura de este primer capítulo del libro de Friedman, Capitalismo y Libertad.


Jorge Corrales Quesada

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