martes, 26 de agosto de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: acuerdos financieros y comerciales internacionales

Continúo resumiendo las propuestas de Milton Friedman contenidas en su libro Capitalismo y Libertad. En esta ocasión corresponde al tema de los acuerdos comerciales y financieros entre diversos países.

Cuando Friedman escribió este libro, un tema del momento era resolver el llamado “problema de la balanza de pagos”, que en realidad no era sino la existencia de un exceso de importaciones sobre exportaciones, ya sea que se incluyera o no a los servicios objeto de transacciones internacionales. Se consideró que dicho problema era de gran importancia, en especial porque, para Friedman, muchas de las propuestas que en aquel entonces se formulaban, conducían hacia una economía autoritaria, particularmente aquellas que pretendían imponer controles directos sobre las divisas.

Entre las soluciones propuestas, algunas consideraban que se debería de volver al uso del oro para pagar las transacciones internacionales; por tal razón, Friedman destaca la diferencia entre lo que denomina un “patrón oro verdadero’ y un “seudo-patrón oro”. El primero es consistente con un sistema económico libre, pero tiene el problema de no ser viable (tal como lo señalamos en el comentario anterior de esta serie), en tanto que el segundo, tal vez mejor conocido como el sistema de Bretton Woods y en aquel entonces vigente, se basa en que el dólar mantendría el precio de la onza de oro a un valor fijo (en aquel momento de $35 la onza). A su vez, los demás países fijarían el precio de sus monedas con respecto al dólar e intervendrían en los mercados cambiarios dentro de una estrecha franja de fluctuación. Bajo este mecanismo, si se presentaran déficits en las balanzas comerciales (o, usando términos mal empleados, cuando había un déficit en la “balanza de pagos”); esto es, un exceso de importaciones sobre exportaciones, los países podían financiarlos mediante el uso de sus reservas monetarias internacionales o bien acudiendo a préstamos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Por supuesto que, asociados con tales préstamos, venían los famosos acuerdos de políticas económicas entre el país y el FMI.

Nótese que, bajo el “patrón oro verdadero”, las partes negociaban libremente en términos de oro o del valor equivalente del mercado que tuviera la moneda en que las partes acordaban cancelar la transacción; es decir, no había intervención estatal alguna. Por otra parte, bajo el “seudo-patrón oro” (como es el caso del acuerdo de Bretton Woods), a los nacionales de Estados Unidos se les tenía prohibido comprar oro y mantenerlo entre sus activos (excepto para usos artísticos). Señala Friedman que 

“Aunque la prohibición de la propiedad privada del oro se racionalizara en términos de ‘conservarlo’ para un uso monetario, no fue incluida para lograr dicho propósito monetario, ya fuera eso algo bueno o malo. La nacionalización del oro fue promulgada para permitir que el gobierno cosechara todas las ganancias que se obtuvieran en el ‘papel’, gracias a un aumento en el precio del oro –o tal vez para prevenir que los individuos se beneficiaran con ello.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 60). 

Pero también provocó que contratos de buena fe entre las partes y que se habían pactado en oro, fueran declarados inválidos, con lo cual se benefició a una de esas partes; algo que está lejos de lo que se podría considerar como un sistema de libre empresa.

Un país puede requerir un ajuste cuando se presenta algún disturbio que ocasione un “déficit” en su balanza de pagos, como son el caso de un aumento en la eficiencia de un país con el que se comercia o, comparativamente, cuando se reduce la competitividad interna o cuando la gente decide comprar más en el extranjero o menos en el país por parte de foráneos o bien cuando hay un recesión en el exterior y se demanda menos de nuestra producción, entre otros similares. Para Friedman, las siguientes cuatro formas posibles de ajuste son: (1) una reducción de las reservas internacionales que tiene la nación o que otros países aumenten su tenencia de reservas de nuestra moneda; (2) un descenso de los precios internos del país en comparación con los externos; (3) una variación del tipo de cambio de la moneda con respecto a otras, y (4) la introducción de controles directos dirigidos a reducir el gasto doméstico en bienes externos o bien para que aumenten los ingresos domésticos. Generalmente, para resolver tales problemas de la balanza de pagos, los países usaban, en aquella época en que Friedman escribía su libro, y aún hoy todavía, una mezcla de esas cuatro medidas.
La primera de ellas es aplicable tan sólo en el corto plazo y no es útil cuando el fenómeno no es temporal, sino que presenta visos de una mayor permanencia. En cuanto a la segunda, es el tipo de ajuste que se daría bajo un sistema de “patrón oro verdadero”, cuyas limitaciones ya se indicaron antes. En lo referente a la tercera medida, en la práctica se dará en distintos grados en cuanto a su flexibilidad y puesta en práctica, pero un esquema de libre flotación del tipo de cambio, sin intervención gubernamental, es el único que es totalmente consistente con la flexibilidad deseada, así como con la libre contratación privada de las partes. La cuarta y última de las medidas alternativas es la más mala, como lo atestiguan los efectos negativos observados en distintos episodios históricos del comercio internacional, debido a tarifas y subsidios internacionales y a toda la gama de decisiones dirigidas a controlar de manera directa al libre intercambio. Estas medidas de intervención y control directo del comercio internacional lo que logran es alejar a las naciones de un sistema de libre comercio que beneficia a las partes que en él participan.

Por lo tanto, para Friedman, 

“tan sólo hay dos mecanismos consistentes con un mercado libre y con el libre comercio. Uno es un patrón oro internacional plenamente automático (el “patrón oro verdadero” al que antes se refirió), pero que no es ni factible ni deseable… (y) el otro es un sistema de tipos de cambio plenamente flexibles, determinados en el mercado por las transacciones privadas sin intervención gubernamental.” (Ibídem, p. 67. Los textos entre paréntesis son míos).

No hay duda que el paso del tiempo le vino a dar la razón, al menos en parte, a la propuesta de Friedman, pues el sistema internacional de pagos dejó de descansar en una relación determinada de una moneda (el dólar) con el precio del oro y del resto de ellas con esa primera moneda, como lo fue el ya desaparecido acuerdo de Bretton Woods. El hecho es que el mundo financiero internacional actual descansa, en mucho mayor grado, en la fluctuación de los tipos de cambio como mecanismo de ajuste automático, pero eso no significa que se haya logrado un alejamiento pleno de la intervención de los gobiernos en el marco de dichas variaciones cambiarias.

Su propuesta es “un sistema verdadero de tipos de cambio flexibles”, consistente con la libertad económica y los libres mercados, pues, como él dice, 

“el objetivo final es un mundo en el cual los tipos de cambio, si bien son libres de variar, sean de hecho altamente estables, a causa de que las políticas y condiciones económicas básicas son estables. La inestabilidad de las tasas de cambio es un síntoma de la inestabilidad de la infraestructura económica subyacente.” (Ibídem, p. 69).

En cuanto a los acuerdos comerciales entre naciones, Friedman es consistente no sólo con su fuerte tradición liberal clásica en favor del libre comercio, sino con una significativa evidencia empírica acerca de cómo el comercio libre entre los países promueve el bienestar de sus ciudadanos. Incluso reitera que, en ese movimiento hacia el libre comercio, “el método que hemos tratado de adoptar es el de negociaciones de reducciones recíprocas de aranceles con otros países… eso es un procedimiento incorrecto”, principalmente por dos razones: que aquel procedimiento 

“asegura que el proceso se haga a paso muy lento. En segundo lugar, porque promueve una visión errónea del problema básico. Hace aparecer como si el arancel ayudara al país que lo está imponiendo, a la vez que se afecta a la otra nación… En verdad la situación es muy diferente. Nos beneficiaríamos deshaciéndonos de nuestras tarifas aún si otros países no lo hacen… (por tanto), será mejor para nosotros movernos unilateralmente hacia el libre comercio.” (Ibídem, p. 73). 

Los textos entre paréntesis son míos). Ese movimiento unilateral no se refiere tan sólo al caso de la remoción de aranceles, sino también a la de cualquier otro impedimento que exista en contra del libre comercio.

En cuanto a la ayuda externa, Friedman la asocia con lo indicado en el párrafo inmediato anterior e indica que 

“en vez de estar haciendo donaciones a gobiernos extranjeros en el nombre de una ayuda externa -y, por ende, promoviendo el socialismo- al mismo tiempo que se imponen restricciones a los bienes en los cuales aquellas otras naciones tienen éxito en producirlos -y, por tanto, poniendo trabas a la libre empresa- podríamos asumir una posición consistente y basada en principios.” (Ibídem, p. 74).

Concretamente, la de promover el libre comercio en vez de la ayuda intergubernamental.

Jorge Corrales Quesada

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