martes, 21 de octubre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: el alivio de la pobreza

Nótese que Friedman no titula este capítulo de su libro Capitalismo y Libertad, con algo así como “la solución a la pobreza” o “cómo eliminar o suprimir el flagelo de la pobreza”, sino que propone claramente que la idea principal de este capítulo -el llamado impuesto negativo al ingreso y que explicaré de inmediato- serviría para aliviar o moderar el impacto negativo que aquella tiene sobre el bienestar de algunos individuos. 

Friedman empieza este capítulo con un recordatorio muy importante, basado en la evidencia empírica, de algo que en muchas ocasiones es simplemente despreciado o marginado por críticos del sistema capitalista de producción. Tengan presente, antes que nada, que su libro lo escribió en 1963, mucho antes del radical cambio experimentado en las condiciones de vida de naciones de oriente, tales como Hong Kong, Corea del Sur, Malasia, Tailandia, China, Singapur, entre otras, en dónde más recientemente o apenas empezaban en aquel entonces, sistemas fundamentados en mayor o menor grado en los mercados libres. Por tal razón, su remembranza empírica se refiere a los países de Occidente, en donde, dice Friedman, su “extraordinario crecimiento económico experimentado... durante los últimos dos siglos y la extensa distribución de los beneficios de la libre empresa, han reducido enormemente en los países capitalistas de Occidente la extensión de la pobreza en cualquier sentido absoluto. Pero la pobreza es en parte un asunto relativo, y aún en estos países claramente hay mucha gente viviendo bajo condiciones que el resto de nosotros calificaría como de pobreza.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Op. Cit., 190).

Para él, la forma más apropiada de aliviar la pobreza es mediante la caridad privada e incluso trae a colación el hecho de que “los días del apogeo del laissezferianismo, a mediados y finales del siglo XIX en Gran Bretaña y los Estados Unidos, vieron una proliferación extraordinaria de organizaciones e instituciones privadas de caridad. Uno de los mayores costos debido a la extensión de las actividades del estado benefactor ha sido la declinación correspondiente de las actividades privada de caridad.” (Ibídem, p. p. 190-191).  Ciertamente un factor que a veces no es debidamente considerado en la discusión usual acerca de políticas sociales en busca de reducir la pobreza, es la sustitución que se ha provocado del libre ejercicio de la caridad privada por la acción compulsiva del estado.

Friedman acepta el argumento de que existe un factor de externalidad -la eliminación de una deseconomía externa- en el sentido de que uno estaría dispuesto a contribuir a eliminar la pobreza, en tanto que todos los demás también lo hicieran. Por ello, propone, “como si así lo fuera, un piso para el estándar de vida de todas las personas en una comunidad,” (Ibídem, p. 191), lo cual lo conduce de seguido a preguntarse en qué tanto y cómo habría que dedicar recursos para el alivio de la pobreza.
Con el objetivo de responder al “cómo”, considera que es indispensable que cualquier programa se dirija directamente a beneficiar a los pobres, en vez de hacerlo mediante el apoyo a grupos específicos. Tales son los casos frecuentes que se suelen promover o indicar por los políticos, de que dicha ayuda constituye un componente esencial de sus programas agrícolas, aranceles, pensiones para ancianos, leyes de salarios mínimos, permisos para el ejercicio profesional o de oficios, ayuda de vivienda, control de precios, en un casi interminable etcétera. Todo ello en formas de “ayuda” que se suele brindar a los miembros o afiliados de tales de organizaciones o grupos específicos, que están detrás de esas políticas, mas no como un paliativo dirigido a personas o a individuos que, como tales, específicamente lo requieren para aliviar su situación de pobreza. Asimismo, dice Friedman que, en tanto sea posible, ese programa de atenuación de la pobreza debe “operar por medio del mercado, sin que se le distorsione o impida su funcionamiento. Éste es un defecto que tienen las políticas estatales de fijación de precios de garantía o máximos, las leyes de salarios mínimos, los aranceles y similares.” (Ibídem, p. 191).

No sé si es algo original de Friedman, pero la discusión de su propuesta para lograr un alivio a la pobreza, conocida como el impuesto negativo al ingreso, ha sido bastante amplia. No señalaré en esta ocasión las particularidades de dicha oposición, sino que tan sólo me limitaré a hacer un breve y simplificado resumen de ella (para lo cual inventaré una cifra en colones que se me ocurre), a fin de interpretar su fundamento. Si suponemos que la exención básica mensual de impuesto sobre el ingreso es de ₡400.000, quien reciba tal salario pagaría 0% de impuesto sobre la renta. Si, por ejemplo, esa persona obtuviera un ingreso de, digamos, ₡600.000, entonces, pagaría el impuesto sobre el exceso de ₡400.000; esto es, el impuesto correspondiente a ₡200.000. Digamos que la tasa impositiva es de un 10%; esto es, pagaría mensualmente ₡20.000 de impuesto sobre la renta. En la propuesta Friedmaniana del impuesto negativo al ingreso, si el salario que percibe la persona es inferior a aquellos ₡400.000; supongamos, de ₡300.000, entonces, recibiría un subsidio en efectivo. Si se asume que la tasa de dicho subsidio es de un 50%, esa persona recibiría un subsidio o impuesto negativo en dicho caso de ₡50.000 mensuales. Si del todo no tuviera ingreso alguno, el subsidio para la persona sería de ₡200.000. 

Evidentemente, los números sencillos aquí presentados -el qué tanto de recursos se pueden dedicar a aliviar el problema, de lo que antes nos habló Friedman- están en función de si se tienen o no otras deducciones, tales como, por ejemplo, si hay esposa e hijos que no laboran en su familia, así como de cuál sea la tasa de subsidio que la comunidad considera puede destinar para ese objetivo. En todo caso, “de esta manera sería posible fijar un piso debajo del cual no podría caer el ingreso neto de una persona (definido ahora para incluir el subsidio)” –en este ejemplo sencillo sería de ₡200.000. (Ibídem, p, 192).

Friedman señala a las siguientes como ventajas de este sistema: (1) “está dirigido específicamente al problema de la pobreza”; (2) “brinda la ayuda en la forma en que es más útil para el individuo; esto es, en efectivo”; (3) “es algo generalizado y podría sustituir un montón de medidas destinadas a grupos específicos que ahora están en vigencia”; (4) “hace explícito el costo del programa que es cargado a la sociedad”; (5) “opera dentro de lo que es el ámbito del mercado”; (6) “reduce el incentivo para que aquellos que son beneficiados se ayuden a sí mismos, pero no lo elimina del todo, como sí sucedería con un sistema por el cual se complementan los ingresos en algún monto mínimo que se determine”; (7) “el sistema empataría con el actual de impuestos a la renta individual, con lo que se les podría administrar conjuntamente”; (8) “si se pone en marcha como sustituto del sinfín de medidas destinadas al mismo objetivo, el costo administrativo total con seguridad que podría reducirse.” (Ibídem, p. p. 192-193).

A su vez, señala que un grave problema de su propuesta lo constituyen las implicaciones políticas que tiene, pues “existe siempre el peligro de que, en vez de ser un acuerdo bajo el cual una gran mayoría está dispuesta a gravarse con impuestos a sí misma, a fin de ayudar a una minoría desafortunada, se convierta en uno en donde una mayoría impone, para su propio beneficio, tributos sobre una minoría que no los desea.” (Ibídem, p. 194). Esta declaración, que muestra la honestidad intelectual de Friedman, y que fuera parte importante de las críticas que posteriormente se le formularon (además de que su propuesta sería un incentivo para que la gente no buscara salir de la pobreza por sus propios esfuerzos), hace que Friedman nos confiese que, ante el hecho de que la propuesta hace tan explícito el comportamiento señalado con anterioridad y que, por tanto, ese peligro es mayor que con otras propuestas, no vea “otra solución a este problema más que descansar en la auto-restricción y la buena voluntad del electorado.” (Ibídem, p. 194).

Finalmente, en este capítulo Friedman formula una serie de apreciaciones sumamente interesantes acerca de la relación entre el liberalismo y el igualitarismo, que con gusto transcribiré. Considero que es esencial que sean más conocidas, dado que es común escuchar el calificativo que se les hace a los liberales, como “insensibles” ante el dolor y la miseria de los desafortunados. Friedman, en lo particular, demuestra que eso está muy lejos de ser verdad y él da fe de ello cuando justifica su planteamiento en favor del impuesto negativo al ingreso. Creo que el liberalismo en general lo hace cuando enfatiza su respeto por la individualidad y al abrir posibilidades para que los individuos puedan progresar en su búsqueda de la felicidad, según sea su libre valoración propia y no la impuesta por algo o alguien.

Friedman escribe que “el corazón de la filosofía liberal es su creencia en la dignidad del individuo, en su libertad para lograr lo máximo de sus capacidades y oportunidades de acuerdo con sus propias luces, sujeto tan sólo a la provisión de que no intervenga con la libertad para cualquier otro individuo de hacer lo mismo. En cierto sentido esto implica una creencia en la igualdad de los seres humanos; pero, en otra dirección, en su desigualdad. Cada ser humano tiene un derecho igual a ser libre. Este es un derecho importante y fundamental precisamente porque los seres humanos son diferentes, porque uno de ellos deseará con su libertad hacer cosas diferentes de lo que otros desean hacer con la suya, y en este proceso pueden contribuir, más que con algún otro, a la cultura general de la sociedad en que muchos de ellos viven.”(Ibídem, p. 195).

Lo anterior es clave para entender la diferencia tajante que hay, por una parte, entre la igualdad de derechos y la igualdad de oportunidades, y, por la otra, de una igualdad material o de resultados. Dice Friedman que el liberal le “dará la bienvenida al hecho de que una sociedad libre tienda en efecto hacia la mayor igualdad, en comparación con cualquier otra forma tratada. Pero mirará a eso como una consecuencia deseable de lo que es una sociedad libre, pero no como la principal justificación de su existencia. Él le dará la bienvenida a medidas que promuevan ambas, la libertad y la igualdad –tales como serían medidas para eliminar el poder del monopolio y para mejorar la operación del mercado. Él apreciará la caridad privada dirigida a ayudar a los menos afortunados, como un ejemplo de un uso afortunado de la libertad. Y podrá aprobar la acción del estado para disminuir la pobreza, como un medio más efectivo cuando la gran mayoría de una comunidad puede lograr un objetivo en común. Sin embargo, esto lo hará con el dolor de tener que sustituir la acción voluntaria con una acción obligatoria.” (Ibídem, p, 195).

Friedman concluye este capítulo de su libro sin dejar de omitir la enorme diferencia que sobre este tema hay entre un liberal y un sujeto creyente en el igualitarismo, cuando nos dice, en relación con la decisión citada en ese último párrafo, que requiere su propuesta, que “También el proponente del igualitarismo llegará a tales límites. Pero querrá ir aún más allá. Defenderá quitarle a alguien para dárselo a otro, no como un medio más efectivo mediante el cual ese ‘alguien’ puede lograr el objetivo que desea, sino con base en ‘la justicia.’ En este punto es cuando la igualdad entra bruscamente en conflicto con la libertad; uno debe escoger. Uno no puede ser ambos, un igualitario en este sentido, y un liberal.” (Ibídem, p. 195).

Jorge Corrales Quesada

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