martes, 7 de octubre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: la distribución del ingreso

El siguiente capítulo del libro de Milton Friedman trata de “La Distribución del Ingreso”, tema que no sólo era objeto de polémica en aquella época a inicios de los sesentas cuando lo escribió, sino que históricamente siempre lo ha sido y continúa siéndolo en la actualidad. Por ello, creo que es importante conocer algunas de las principales propuestas formuladas al respecto por Friedman, no sólo porque pueden ser útiles en la actualidad, sino también porque considero que el desacuerdo y la polémica -principalmente política- continuará por mucho tiempo, pero en especial porque debería prevenir la introducción de medidas gubernamentales erradas, que de llevarse a cabo causarían un más daño mucho más grave que el que pretendieron subsanar.  

Comparto la opinión de Friedman, cual es que en muchos países abunda la creencia de que es deseable lograr una igualdad en los ingresos y que, para lograr ese objetivo, el estado debería de ser un partícipe activo. Esa creencia da lugar a que surjan dos cuestionamientos que deben ser respondidos: el primero acerca de la base ética para considerar si se justifica tal intervención del estado y, el segundo, si las medidas que para dicha igualación se han llevado a cabo, han tenido éxito en sus objetivos.

En cuanto a la primera interrogante, Friedman nos indica que “el principio ético que directamente justificaría la distribución del ingreso en un mercado libre es ‘para cada cual de acuerdo con lo que él y los instrumentos que posee, producen’… ello implícitamente depende de la acción estatal, (pues) los derechos de propiedad son asuntos de acuerdos sociales y de leyes.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, p. p. 161-162. El texto entre paréntesis es mío).

Friedman, de inmediato, se hace la siguiente pregunta: “¿Cuál es la relación entre aquél principio (señalado en el párrafo anterior) y otro que parece ser éticamente atractivo, como es el de la igualdad de trato?”... (su respuesta es que) “en parte los dos principios no se contradicen. El pago de acuerdo con el producto puede ser necesario para lograr una verdadera igualdad de trato.” (Ibídem, p. 162. Los textos entre paréntesis son míos).  Si una persona prefiere trabajar y otra “pasársela suave”, si a ambos se les diera el mismo ingreso monetario, parecería que hay una clara desigualdad. Otro ejemplo: si una persona prefiere desempeñar un trabajo más desagradable y que otros, por tal razón, no quieren desempeñarlo, debe de pagársele más por ello.  A estos casos los economistas los consideran como ejemplos de “diferencias igualadoras”, que no son sino la remuneración adicional que debe pagarse a una persona para que realice un trabajo indeseable, en comparación con otros trabajos que podría llevar a cabo. Friedman señala que “Mucha de la desigualdad observada es de este tipo. Las diferencias de ingreso monetario compensan diferencias en otras características de la ocupación o de la profesión.” (Ibídem, p. 162)

Asimismo, otra diferencia de ingresos surge en los mercados a fin de satisfacer el principio de “igualdad de trato”. Por igualdad de trato se entiende que situaciones idénticas o comparables no deben ser tratadas diferentemente y que diferentes situaciones no deben ser tratadas idénticamente. Las diferencias de ingresos se deducen de preferencias individuales en cuanto a gustos acerca de la incertidumbre, lo cual se refleja en sus elecciones de profesión, empleos, inversiones, ocupaciones, etcétera. Por ejemplo, la decisión que un joven toma de si estudiar canto y actuación, para terminar siendo tan exitoso como Elvis o Madona o Beyoncé, pero que también, como es bien sabido, puede resultar en totalmente lo contrario. Estas profesiones o actividades son muy riesgosas, pero podía haberse escogido ser un empleado público, en donde el riesgo y la paga son de esperar que sean menores que las de aquellas otras labores. El pago requerido por la asunción de riesgos es también un factor importante para explicar otras diferencias de ingresos: piense nada más el riesgo que corre un empresario o un inversionista al adquirir acciones, en comparación con uno que trabaja como empleado o que, respectivamente, invierte en bonos.

Para Friedman, la discusión acerca del tema de la desigualdad de ingresos se origina en gran parte en “diferencias iniciales de acervos o dotes, tanto de capacidades humanas como de propiedad. Esta es la parte que realmente plantea el tema ético.” (Ibídem, p. p. 163-164).  Ello porque, por lo general, se considera que “la desigualdad resultante de diferencias en las capacidades personales o por diferencias en riqueza acumulada por el individuo en cuestión, son consideradas como apropiadas, o al menos no tan claramente inapropiadas, como lo son las diferencias que resultan de la riqueza heredada.” (Ibídem, p. 164).

El razonamiento de Friedman para resolver el aparente dilema, en mi opinión, es claramente demostrado de dos maneras, en un plano comparativo circunstancial. Una, al cuestionar si un hijo que hereda genéticamente la habilidad de un padre (por ejemplo, como futbolista o cantante de ópera; un gran pie y una gran voz) y lo cual le proporciona elevados ingresos, debe ser tratado diferente de otro que hereda propiedad, que también hipotéticamente le genera rendimientos similares.

Me parece aún más contundente el segundo ejemplo que pone Friedman, cual es el de un padre que le puede heredar a un hijo una de las siguientes tres opciones (obviamente podrían ser muchas más): (1) darle una suma de dinero para que estudie una profesión; (b) heredarle un negocio o (c) crear un fideicomiso que le brinde al hijo un rendimiento. En cualquiera de ellas el hijo tendría mayores ingresos (supuestamente), pero en el primero el incremento sería visto como producto de su capital humano; en el segundo, de utilidades y, en el tercero, de riqueza heredada. Ante esto Friedman formula una pregunta clave: “¿Existe alguna base ética para distinguir entre estas tres categorías de ingresos?” (Ibídem, p. 164).

Luego expone que  “Finalmente, parece ilógico decir que un hombre tiene derecho a lo que produce gracias a sus capacidades personales o al producto de la riqueza que ha acumulado, pero que no tiene el derecho de pasarle su riqueza a sus hijos; decir que un hombre puede usar su ingreso para vivir una vida disoluta, pero no para dejárselo a sus herederos. No hay duda que esto último es una manera de disponer de aquello que él ha producido.” (Ibídem, p. 164).

Aún con estas razones, Friedman es intelectualmente honesto cuando de inmediato nos hace la siguiente advertencia: “El hecho de que estos argumentos en contra de la llamada ética capitalista no sean válidos, por supuesto que no demuestra que la ética capitalista sea aceptable. Encuentro dificultades para justificar ya sea su aceptación o rechazo, o para alegar en favor de cualquier otro principio alternativo. Eso me conduce al punto de vista de que no puede, por sí mismo, ser considerado como un principio ético; que, por tanto, deber ser contemplado como instrumental o como un corolario de algún otro principio, tal como el de la libertad.” (Ibídem, p. p. 164-165).

Es bueno explorar un poco el papel que desempeña la distribución del ingreso de acuerdo con el producto en un sistema de mercado. Para que este sistema, basado en el intercambio voluntario de las partes pueda funcionar eficientemente, es condición necesaria que el pago a los factores se lleve a cabo según sea su producto; esto es, sus resultados.  Simplemente, porque, en caso contrario -esto es, que no se perciba la totalidad del valor que se produce- el individuo no participará del intercambio voluntario, si lo que termina recibiendo es menor del valor de lo que ha producido. Pondré un ejemplo simplificado: estoy dispuesto a entrar a un intercambio con alguien a quien le entrego mi producto -digamos 10 mangos- a cambio de 20 chayotes producidos por esa otra persona. Si no se me permite recibir al fin de cuentas esos 20 chayotes a cambio de mis 10 mangos, digamos, que son tan sólo 15 chayotes por aquellos 10 mangos, entonces, no participaré voluntariamente de esta última transacción, que presuntamente se habría llevado a cabo en el primer caso, pues ambos supuestamente ganábamos con ella. Ahora, en la nueva transacción, no va a ser así, porque de mi parte yo ya no me beneficio con ella, como si sucedía para ambos en la situación inicial.

Claro que alguien -digamos el estado- puede obligar a que la transacción se lleve a cabo en los términos del segundo intercambio; esto es, hacer que la transacción deje de ser voluntaria y se haga compulsiva, obligatoria. Pero creo que es claro que nadie que es obligado, va a poner su máximo esfuerzo en hacer algo –tal vez excepto a punta de pistola, pero entonces estaríamos en una sociedad totalitaria. Como dice Friedman, “puesto de otra forma, la sustitución de la cooperación por la compulsión cambia la cantidad de recursos que estará disponible.” (Ibídem, p. 166). En otras palabras, si se altera la transacción en la cual las partes están dispuestas a participar libremente, provocará que disminuya la producción que se ofrecería en el mercado.

Aunque la función básica de asignación eficiente de recursos en una sociedad de mercado se logra mejor bajo la cooperación que por la obligatoriedad, no hay duda que aquella función “es difícil que sea tolerada sino es porque también se le considera que da lugar a una justicia distributiva. Ninguna sociedad puede ser estable a menos que exista un conjunto básico de valores que es impensadamente aceptado por la gran mayoría de sus integrantes. Algunas instituciones claves deben ser aceptadas como “absolutos” en vez de instrumentales. Creo que el pago de acuerdo con lo que se produce ha sido, y en gran medida lo es aún hoy, uno de estos juicios de valor o instituciones así aceptadas.” (Ibídem, p. 167).

Además del papel instrumental que juega la distribución de acuerdo con lo que se produce, a fin de asegurar una asignación eficiente de recursos sin que se tenga que acudir a la coerción, debe recordarse asimismo algo que se señaló en un comentario anterior, como era el papel que jugaba la desigualdad en la creación de un foco independiente de decisión distinto del poder del estado y que servía para balancear ese poder.  Igualmente, que  desempeñaba un papel fundamental en la preservación de la libertad ciudadana, al facilitar el surgimiento de “patrocinadores” de ideas o movimientos políticos que pretendan un cambio de gobierno. Pero también resulta ser esencial porque estimula el surgimiento de patrocinadores de nuevos productos y financistas de investigación de todo tipo. De igual modo, señala Friedman, porque “permite que la distribución surja impersonalmente sin la necesidad de una ‘autoridad’ –una faceta especial del papel general del mercado, de lograr una efectiva coordinación y cooperación sin coacción alguna.” (Ibídem, p. 168).

Implícito sin duda en lo que escribió Friedman, deseo referirme a la presunción de que es posible considerar como independientes, la una de la otra, las funciones de producir los bienes y servicios en una economía y la forma en que se distribuye ese producto. En el lenguaje simplista de un curso de Elementos de Economía, se habla de que la función esencial de una economía es la de resolver los problemas de qué, cómo y para quién producir. Para simplificar tomemos los dos primeros como uno sólo -el de la producción- y el último como el de la distribución.

John Stuart Mill fue un pensador muy importante en el siglo XIX. Fue un gran defensor de la libertad en sus libros “El Sometimiento de las Mujeres” y “Sobre la Libertad”, pero también desarrolló el tema de la relación que hay entre la producción y la distribución en una economía, lo cual le dio un respaldo intelectual a lo que hoy podríamos considerar como el socialismo democrático. Preocupado por la pobreza que observaba en su tiempo, desarrolló su tesis en su obra “Principios de Economía Política”. De acuerdo con Mill, lo que denominaba las leyes de la producción las consideraba como inmutables. Se refiere, por ejemplo, a la maximización de utilidades, la minimización de los costos, lo que uno podría considerar en lenguaje moderno, como la microeconomía  o teoría del sistema de precios. Pero, para Mill, el pago a los factores productivos -la distribución del producto- podía ser alterado a voluntad de la política. Para él, en tanto que las leyes de la producción no se podían variar, las de la distribución estaban sujetas a la manipulación que el legislador deseara. 

El problema con el análisis de Mill es que, al alterarse la distribución del producto también se perturbaban aquellas reglas de la producción, sólidas en su criterio por su condición de ser eficientes. Es decir, resulta que ambas funciones no eran  totalmente separables, sino que más bien resultan ser interdependientes. La distribución no era, como creía Mill, un problema tecnológico, de forma tal que, una vez que las cosas estaban allí, su disposición era la que la sociedad o alguien determinara. La distribución es esencialmente un problema económico: un asunto de precios y su relación con la producción es directa. El producto era esencialmente el que era porque la producción depende de su distribución y de los precios en el mercado y no de la voluntad humana individual o colectiva. En sencillo, es lo que Friedman indicó antes, de que si la persona no recibe lo que produce, preferirá dejar de producir o disminuir la producción de ese bien, pues no conduce al intercambio voluntario deseado de las partes (Ibídem, p. 166).

Si se afecta la distribución en un mercado competitivo, es de esperar que eso afecte la producción, al ajustar las personas su comportamiento en la creación de bienes y servicios. Y si el mercado conduce a un óptimo de producción (exceptuando por los casos de externalidades, bienes públicos y monopolios, antes mencionados), si se afecta la distribución asociada con ese nivel de producción inmejorable, hará que se logren producciones de inferior valor, que obviamente es menos deseada que la óptima.

Friedman procede a replicar, bajo el subtítulo “Hechos de la Distribución del Ingreso”, argumentos que señala se han mencionado, para dar a entender que el sistema capitalista de pago en función del producto conduce a una muy inequitativa distribución del ingreso. Sólo reproduciré la esencia de sus argumentaciones, si bien debe tenerse presente que tales aseveraciones se han basado en información estadística disponible en la época en que se escribió el libro (1962): (1) “entre más capitalista es un país, más pequeña es la proporción del ingreso que se paga al capital y mayor por los servicios de los seres humanos”; (2) “el capitalismo conduce a una desigualdad menor que sistemas de organización alternativos y ha disminuido notablemente la extensión de la desigualdad”; (3) “con el paso del tiempo el progreso económico logrado en las sociedades capitalistas se ha visto acompañado por una reducción drástica de la desigualdad” y “la principal característica del progreso y desarrollo durante el siglo pasado es que ha liberado a las masas del trabajo duro y agotador y les ha permitido disponer de productos y servicios que anteriormente eran monopolio de las clases altas, logrado sin que de manera correspondiente se haya disminuido la cantidad de bienes y servicios para los ricos. Aun dejando por fuera a la medicina, los avances de la tecnología han permitido, en su mayor parte, que las masas populares tengan a su disponibilidad lujos que con anterioridad estaban disponibles, en una u otra forma, sólo para los verdaderamente ricos.” (Ibídem, p.p., 168-170).

De acuerdo con Friedman, las medidas gubernamentales, al menos para los Estados Unidos, dirigidas a alterar la distribución del ingreso han sido el impuesto progresivo a los ingresos y los impuestos a la herencia, pero, su “impresión es que ambas medidas impositivas han tenido un efecto relativamente pequeño, aunque no desdeñable, en el sentido de disminuir la diferencia entre las posiciones promedio de los grupos de familias…” (Ibídem, p. 172).

Los efectos de las tasas impositivas progresivas se han disipado de dos maneras, una de ellas porque, si bien se han dirigido a alterar la distribución del ingreso post-impuestos, ha logrado que la distribución pre-impuestos sea más desigual, pues, al desalentar la entrada a ocupaciones que son altamente gravadas, que generalmente conllevan altos riesgos o desventajas no pecuniarias, lo que produce es un aumento de sus rendimientos. La segunda forma en que ha disminuido el efecto esperado, se debe a que la elevada gradualidad de las tasas ha motivado que se produzca legislación y regulaciones dirigidas a compensar dicha progresividad. Se refiere a los llamados huecos o resquicios tributarios (en inglés, “loopholes”), que incluso han hecho que la incidencia de los impuestos sea caprichosa y desigual. De aquí surge mucho del impulso en favor de sistemas impositivos sin deducciones, excepto las consideradas como básicas, lo cual ampliaría la base impositiva, pero sujeta a tasas bajas y uniformes.

Otro problema es que aquellos impuestos aprobados para reducir la desigualdad de los ingresos, han ocasionado que el impacto no sea tanto sobre la riqueza, sino en cómo llegar a convertirse en ricos. Al restringir el flujo de ingreso disponible por la vía de los impuestos, hace que dicho flujo no pase en su totalidad a engrosar la existencia de riqueza; esto es, a su acumulación. Es decir, el impuesto sobre la renta no reduce la riqueza de algunos, sino el consumo y el ahorro -o adición a la riqueza- de quienes son objeto de ese gravamen. (Imagínese que la riqueza es el agua contenida en una piscina, la cual es alimentada por un chorro de agua que sale de un tubo. El impuesto de la renta lo que hace es disminuir ese chorro; esto es, disminuye la capacidad de aumentar la riqueza y no reduce la riqueza en sí, que en el ejemplo era el agua contenida en la piscina. Por eso el impuesto sobre la renta es un impuesto a la posibilidad de enriquecerse y no al ser rico).

Finalmente, Friedman enfatiza que “hay una clara justificación para una acción social diferente de los impuestos para alterar la distribución de los ingresos. Mucha de la desigualdad actual se deriva de imperfecciones del mercado. Gran cantidad de éstas han sido creadas por la acción gubernamental o podrían ser removidas por la acción del gobierno. Hay todo tipo de razones para ajustar las reglas del juego para eliminar estas fuentes de desigualdad,” entre las cuales destaca los monopolios producidos por tarifas y regulaciones gubernamentales, así como ampliando el alcance y amplitud de la educación. (Ibídem, p. 176).

Medidas como las señaladas que el gobierno toma para alterar la distribución del ingreso, pueden ocasionar efectos aún más dañinos que como lo fueron decisiones que también ese gobierno ha tomado y que han conducido a esa distribución indeseable: “es otro ejemplo de la justificación de la intervención gubernamental en términos de presuntos defectos del sistema de empresa privada, cuando muchos de los fenómenos acerca de los cuales se quejan muchos defensores del gobierno grande, son más bien creaciones de los gobiernos, grandes y pequeños.” (Ibídem, p. 176).  

Jorge Corrales Quesada

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