martes, 28 de octubre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: conclusión

Sí, con esto ya concluyo mi serie de comentarios acerca del libro de Milton Friedman, Capitalismo y Libertad. Precisamente aquél es el título de su último capítulo, pero que, en realidad, tan sólo era el final de un inicio de Friedman como un escritor asequible no sólo a los economistas profesionales, sino al gran público. Por ello, posteriormente fue que vimos sus columnas en la revista Newsweek, las que luego fueron recogidas en un par de libros populares, pero, ante todo, aquella obra escrita junto con su esposa, Rose, que ha sido tal vez la más popular de todas; me refiero a “Libre para Escoger”, escrito en 1980 y que incluso dio lugar a 10 videos que recorrieron gran parte de las pantallas de televisión en muchos hogares del mundo.

Me interesa darles una idea del alcance y oportunidad del pensamiento de Friedman. Hace un par de noches, veía en la televisión una reseña histórica de los acontecimientos durante la guerra fría -en este caso de los sesentas- y pude recrear lo que fue común en mi época de estudiante de economía en los Estados Unidos, a mediados de aquella década: enormes protestas, principalmente de estudiantes en edad de ser reclutados por el ejército de ese país, para ir a la guerra en la lejana Viet Nam. La conscripción era cosa común y obligaba a servir al ejército a cualquiera que, en ese momento, fuera mayor de 18 años hasta, creo, unos treinta años. Era lógico que los estudiantes no querían ser soldados obligadamente, además, en ese caso particular, para ir a una lucha que no les parecía deseable, según sus creencias.

Pues bien, en la revista Newsweek del 19 de diciembre de 1966, en la cual Milton Friedman escribía una columna, creo que cada semana, señaló que “la conscripción militar es indeseable e innecesaria. Podemos y debemos disponer de los hombres para nuestras fuerzas armadas con voluntarios –como la han hecho siempre los Estados Unidos excepto en las grandes guerras… nuestro método actual (de reclutamiento forzado) es injusto, da lugar al desperdicio y es inconsistente con nuestra sociedad libre…no es equitativa porque hay consideraciones irrelevantes que tienen un gran peso en definir quién debe servir en el ejército. Provoca ineficiencia debido a que aplaza el servicio militar para quienes están estudiando, padres o jóvenes casados abarrotan las universidades, eleva la tasa de nacimientos y aviva las cortes especializadas en divorcios. Es inconsistente con una sociedad libre, pues exige el servicio obligatorio de algunos y limita la libertad de otros para viajar al extranjero, que emigren o que incluso que hablen o actúen libremente. En tanto que se mantenga la coacción, esos defectos son inevitables… (Milton Friedman, “A Volunteer Army,” An Economist’s Protest, New Jersey: Thomas Horton and Co., 1972, p. 119. El texto entre paréntesis es mío). 

Cuando al fin se aprobó eliminar el reclutamiento obligatorio -como lo había propuesto Friedman, entre otros- casi que se extinguieron las protestas estudiantiles en contra de la guerra en Viet Nam. Es claro que no se puede adjudicar la decisión de abolir el alistamiento obligatorio a lo que Friedman señaló en aquel comentario, tal como en otros, al abogar a favor de la libre y voluntaria participación en los ejércitos, pero no tengo duda de que él estaba en la línea correcta y en el momento oportuno.

Friedman empieza este capítulo final refiriéndose a la práctica usual en la conversación, por la cual se compara un capitalismo real, con todas las injusticias y defectos que se le puedan adscribir, con un socialismo puro y perfecto, que sólo es posible en un mundo ideal. Eso, en su opinión, fue la causa de que muchos intelectuales a partir de los años veinte y treinta del siglo pasado, se acercaran hacia un socialismo que no sólo evitaría injusticias, sino que también predicaba que brindaría un mayor crecimiento económico, aunque para ello fuera necesario recurrir a gobiernos todopoderosos, que controlaran la vida económica y política de las naciones. 

Friedman indica que “Las actitudes de aquella época están aún con nosotros. Persiste una tendencia a vislumbrar cualquier intervención existente del gobierno como si fuera algo deseable, de atribuir todos los males al mercado y de evaluar cualquier propuesta de control gubernamental en su forma ideal, como que pudiera funcionar si tan sólo fuera puesta en práctica por personas capaces y desinteresadas, libres de la presión de intereses de grupos especiales. Los proponentes del gobierno limitado y de la libre empresa aún hoy están a la defensiva. (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 197).

Esa observación expresada a finales de los años sesentas del siglo previo, podría haber sido aplicada a la actualidad, pues aquella visión, trasladada al 2014, sigue vigente, a pesar de que, en mi opinión, se hayan dado acontecimientos cruciales como la caída del imperio socialista soviético. Ella, si bien ya mostraba un deterioro gradual de su economía y la de los países que integraban ese bloque político, e incluso fuertes tendencias independentistas de naciones que con anterioridad eran pilares de dicha alianza, no sucedió sino hasta el 26 de diciembre de 1991, cuando formalmente dejó de existir la anterior Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Uno de sus grandes efectos fue el abandono casi generalizado de las previas políticas socialistas causantes del deterioro de aquellas economías.

Asimismo, el mundo capitalista, a veces a saltos y a brincos, ha logrado ampliar enormemente la riqueza de la humanidad, de manera que no pareciera existir un modelo económico actual que consistentemente y con  base en sus fundamentos, pueda competir con los logros de los sistemas de mercado. La globalización del capitalismo se ha visto evidenciada por el impulso y ampliación de las economías basadas en sistemas de mercado y esencialmente por elementos propios del capitalismo, como son la propiedad privada y la libertad de empresa, en mayor o menor grado en distintos países.  Ejemplo notable es el enorme cambio económico de China, al hacer un fuerte abandono del socialismo en el campo económico y evolucionar hacia instituciones mucho más cercanas a las que son propias de un orden de mercado.

En la actualidad son pocos los países que prosiguen un socialismo duro, caracterizado por una tendencia a la toma centralizada de decisiones económicas, como podrían ser Corea del Norte, Cuba, Bielorrusia y, de acuerdo con algunos, con los cambios antes citados, China, Viet Nam y Laos. Hay otras naciones que también podrían considerarse que en la actualidad prosiguen políticas hostiles a los mercados, como, por ejemplo, Venezuela y Siria, entre otros. Pero claramente aún distan mucho de las características de las economías del área de influencia de la Unión Soviética, propias de los años en que Friedman escribió Capitalismo y Libertad, como fueron Afganistán, Albania, Alemania del Este, Angola, Benín, Bulgaria, Cambodia, Congo, Checoeslovaquia, Etiopía, Hungría, Mongolia, Mozambique, Polonia, Rumanía, Somalia, Yemen del Sur y Yugoeslavia, además de, por supuesto, la propia Unión Soviética.

En la actualidad aún permanece una fuerte inclinación hacia medidas socialistas no tanto en cuanto a la prosecución de un sistema económico de planificación central, sino en la preferencia y apoyo a la intervención del gobierno comparado con la operación del mercado, como medio para resolver diversas situaciones concretas de índole económica. Por ello me llama la atención la advertencia que hizo Friedman de que las condiciones han cambiado, pues “ahora tenemos varias décadas de experiencia con la intervención gubernamental” (Ibídem, p. 197). La realidad es que aún dicha inclinación sigue teniendo vigencia plena en la fecha en que escribo estos apuntes, a pesar de lo que Friedman nos indica para 1967, cual es que “ya no es necesario comparar al mercado tal como opera en la realidad con la intervención gubernamental tal como funcionaría idealmente. Ahora podemos comparar lo real con lo real.” (Ibídem, p. 197). Esta última aseveración debería de haber provocado el abandono del socialismo a partir del contraste de la forma en la cual, en realidad, operan ambos sistemas.

No obstante, creo que aún sigue siendo muy útil poder hacer lo que el libro Capitalismo y Libertad nos permite: cotejar la actuación real de los mercados con la intervención socialista de los gobiernos, de manera que, si podemos comparar ambas realidades, como dice Friedman, “es claro que la diferencia entre el funcionamiento real de los mercados y su operación ideal -aunque indudablemente es grande- no es nada, comparada con la diferencia que hay entre los efectos reales de la intervención gubernamental y sus efectos esperados.” (Ibídem, p. 197).

Friedman plantea dos preguntas que vale la pena repetir, pues veremos si tienen sustento en el caso de los Estados Unidos, que es a lo cual él se refiere: “¿Cuál, si es que alguna, de las grandes ‘reformas’ de décadas pasadas ha logrado sus objetivos? ¿Se han hecho una realidad las buenas intenciones de los proponentes de estas reformas? (Ibídem, p. 197). Describiré, con algún orden, las respuestas de Friedman:

1.- “La regulación de los ferrocarriles para proteger al consumidor, se convirtió rápidamente en un instrumento por el cual los ferrocarriles se defendieron de la competencia que pudiera surgir de parte de nuevos rivales –por supuesto que a expensas de los consumidores.” (Ibídem, p. 198).

2.- “Un impuesto sobre la renta, inicialmente promulgado con tasas bajas y que luego fue cogido como medio para redistribuir ingresos en favor de las clases más bajas, se ha convertido en una máscara, encubriendo privilegios tributarios y disposiciones especiales, que han dado lugar a tasas impositivas que, aunque en el papel son altamente escalonadas, resultan ser ineficaces. Un impuesto sobre la renta que pretendió reducir la desigualdad y promover la difusión de la riqueza, en la práctica ha impulsado la reinversión de las ganancias de las empresas, favoreciendo con ello el crecimiento de grandes corporaciones, inhibido la operación de los mercados de capitales y desalentado el establecimiento de nuevas empresas.” (Ibídem, p. 198).

3.- “Las reformas monetarias, puestas en marcha con la intención de promover la estabilidad de la actividad económica y de los precios, exacerbó la inflación durante y después de la Primera Guerra Mundial y, posterior a aquélla, fomentó un grado de inestabilidad mayor que el experimentado con anterioridad.” (Ibídem, p. 198).

4.- “Un programa agrícola que buscaba ayudar a agricultores indigentes y remover dislocaciones básicas en la organización de la agricultura, se ha convertido en un escándalo nacional que ha desperdiciado fondos públicos, distorsionado el uso de los recursos, sujetando a los agricultores con controles crecientemente intensos y detallados, interferido seriamente con la política exterior de los Estados Unidos y, con todo eso, ha hecho muy poco para ayudar al agricultor empobrecido.” (Ibídem, p. 198).

5.- “Un programa de vivienda pública diseñado para mejorar las condiciones de vivienda de los pobres, reducir la delincuencia juvenil y contribuir a la remoción de los tugurios urbanos, ha empeorado las condiciones de vivienda de los pobres, contribuido a la delincuencia juvenil y ha extendido el deterioro urbano.” (Ibídem, p. 198).

6.- “Una extensa legislación fue aprobada en favor de los sindicatos y para promover una ‘justa’ relación con ellos. Los sindicatos se engrandecieron con su fuerza. Ya para la década de los cincuentas, decir ‘sindicato’ se convirtió en una mala palabra; ya no era sinónimo de ‘trabajo’, algo que automáticamente se consideraba como propio de ángeles.” (Ibídem, p. p. 198-199).

7.- “Se promulgaron leyes para que la recepción de ayuda se convirtiera en un derecho, eliminando la necesidad de un alivio directo y de amparo. Hoy millones reciben beneficios de la seguridad social. A su pesar, crecen las listas para recibir ayuda asistencial y se incrementan las sumas gastadas en ella.” (Ibídem, p. 199).

8.- “La lista se puede aumentar fácilmente: el programa de compras de plata durante los treintas, los proyectos públicos de energía, el programa de ayuda externa en los años de posguerra, la F.C.C. (la Comisión Federal de Comercio), los programas de renovación urbana, los programas de acopio –estos y muchos otros dieron lugar a efectos muy diferentes de los esperados y por lo general totalmente antagónicos a los que se pretendieron.” (Ibídem, p. 199. El texto entre paréntesis es mío).

Friedman reconoce que si se han presentado excepciones, e indica las siguientes que son un reconocimiento de la capacidad de los gobiernos para comandar recursos enormes: “Las supercarreteras que entrecruzan al país”; “represas portentosas abarcando enormes ríos” y “satélites orbitando” la tierra. (Ibídem, p. 199).

También señala otros: “El sistema de escuelas que, con todo y sus defectos y problemas, ha posibilitado un adelanto mediante la puesta en marcha de un más efectivo juego de las fuerzas del mercado, ha ampliado las oportunidades disponibles para la juventud estadounidense y ha contribuido a la extensión de la libertad”; “las leyes antimonopólicas Sherman, con todos los problemas de su administración detallada, por su misma existencia han promovido la competencia”; “medidas de salud pública han contribuido reduciendo enfermedades contagiosas”; “medidas de asistencia han aliviado la miseria y el peligro”; “gobiernos locales a menudo han provisto instalaciones esenciales para la vida en comunidades”; “se ha conservado la ley y el orden, aunque en muchas ciudades grandes el desempeño de esa función básica del gobierno ha estado muy lejos de ser satisfactorio.” (Ibídem, p. 199).

“Pero,” dice Friedman, “si se hiciera un balance, hay poca duda de que el récord es deprimente. La mayor parte de las empresas impulsadas por el gobierno en las últimas décadas han fracasado en lograr sus objetivos. Los Estados Unidos han continuado progresando; sus ciudadanos han estado mejor alimentados, mejor abrigados, con mejores viviendas y mejor transporte; se han reducido las distinciones de clases y sociales; los grupos minoritarios están menos desfavorecidos; la cultura popular ha avanzado a pasos agigantados. Todo ha sido resultado de la iniciativa y empuje de individuos cooperando por medio del libre mercado… La mano invisible ha sido un impulso mayor para el progreso que lo que la mano visible lo ha sido para el retroceso.” (Ibídem, p. p. 199-200).

Para Friedman, el principal defecto de las medidas gubernamentales está en que “ellas buscan obligar a la gente, por medio del gobierno, para que actúen en contra de sus propios intereses inmediatos, a fin de promover un  presunto interés general… Sustituyen los valores de quienes están fuera del gobierno por los valores de quienes participan de él; ya sea algunos diciéndoles a los demás lo que es bueno o un gobierno que despoja a algunos para dárselo a otros. Esas medidas son contrarrestadas por una de las fuerzas más poderosos y creativas del ser humano –el intento de millones de individuos de promover sus propios intereses, de vivir sus vidas de acuerdo con sus propios valores… Los intereses de los que hablo no son simplemente estrechos intereses egoístas. Por el contrario, incluyen la totalidad del rango de valores que los hombres aprecian y por los cuales están dispuestos a sacrificar vidas y fortunas… Una virtud de una sociedad libre es que, sin embargo, permite que esos intereses tengan un alcance real y no los subordina a intereses estrechamente materialistas que dominan al grueso de la humanidad. Esa es la razón por la cual las sociedades capitalistas son menos materialistas que las sociedades colectivistas.” (Ibídem, p. p. 200-201).

Termino esta serie de comentarios, haciéndole ver a los amigos lectores que, para mí, ha sido un enorme placer el poder revivir ilusiones e ideas de años mozos, originadas por la lectura del libro de Milton Friedman, Capitalismo y Libertad, hace unos 50 años. Ese renacimiento de mi regocijo es el que he querido compartir con ustedes, mis amigos lectores.

Jorge Corrales Quesada

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