lunes, 24 de noviembre de 2014

Tema polémico: el arte y la cultura no deben ser financiadas por el Estado

En las últimas semanas se ha desatado un debate respecto a los recortes al Presupuesto Nacional -bastante laxos e insignificantes a nuestro modo de ver-  y las posibles consecuencias que algunos sectores estiman, recurriendo a las tácticas del miedo que tanto criticaron antaño. El capítulo más reciente lo escribieron los "artistas" que marcharon hacia la Asamblea Legislativa reclamando contra los recortes en el área de cultura, manifestación que finalizó con actos vandálicos que dañaron los muros del Congreso y cuya reparación costará unos 3 millones de colones que saldrá de los bolsillos de todos los costarricenses.

Este reprobable comportamiento, propio de pachucos que no tienen ningún empacho en torcer la realidad y el lenguaje haciéndose llamar "artistas" cuando no son otra cosa que salvajes, debe hacernos reflexionar. En momentos como estos, con un déficit fiscal superior al 6% del Producto Interno Bruto y con un panorama financiero muy perturbador en el corto y mediano plazo, hay que entender que los recursos son escasos y deben destinarse a lo estrictamente prioritario: seguridad, infraestructura y administración de justicia. 

Es vital que los costarricenses comprendamos de una buena vez que no podemos seguir sosteniendo el nivel de gasto público que hemos tenido en los últimos años y que es urgente hacer reformas tendientes a racionalizarlo si no queremos enfrentar consecuencias muy graves en el futuro. Los elevados niveles de evasión fiscal evidencian que no estamos dispuestos a pagar por el monstruo estatal y este momento histórico por el que transitamos es el propicio para generar ese cambio hacia un aparato mucho más pequeño, respetuoso de los derechos de propiedad y que verdaderamente permita que el mercado genere riqueza.

Hay que ser claros y contundentes: el arte y la cultura no deben ser financiados por el Estado; deben ser financiados de forma privada, a través del talento y la capacidad de quienes lo ejecutan para atraer la atención y el dinero de los consumidores. Si no son lo suficientemente buenos, no deben obligar a los costarricenses a pagar por sus fallos. Exigir recursos públicos para su actividad es imponernos a todos los demás lo que ellos consideran arte y cultura, cuando muchos estimamos la mayoría de la oferta como vulgaridad, pachuquismo y chabacanería de mal gusto.

Pero más que eso, se torna vital que los propios artistas, aquellos que están ligados al arte y la cultura, se den cuenta que deberían ser los primeros en exigir que el Estado saque sus garras del sector. Aceptar financiamiento público para las expresiones artísticas es tolerar una mordaza que limitará su libertad para denunciar, para cuestionar y criticar, pues si quieren seguir recibiendo el dinero, tendrán que guardar silencio ante los abusos y desaguisados.  

Los artistas costarricenses han olvidado el papel histórico de su trabajo como catalizador de la transformación política a través de la denuncia, de la sátira y de la exposición y han empeñado su creatividad al capricho estatal que los financia, siendo cómplices del desastre de sociedad que tenemos. La cultura es libertad; pero en Costa Rica, se ha puesto al servicio del Leviatán, de ese monstruo que cercena libertades y derechos día a día. 

Todos los tax payers debemos resistirnos a que sigan vaciando nuestros bolsillos para financiar cuanta ocurrencia surja, cuanta manifestación de "cultura oficial" nos impone el Estado. Pero especialmente los artistas deben recuperar la independencia de criterio para poder expresarse libremente. Solo así podrán florecer verdaderamente.

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