martes, 6 de enero de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: simplismos y consecuencias no previstas

Hay problemas en la vida para los cuales su solución parece ser muy directa. Por ejemplo, si se tiene sed, se resuelve hidratándose o, si hay falta sueño, pues con dormir se corrige o si hace frío, habrá que buscar abrigo. Alguien de inmediato me diría: “elemental, Corrales”, pero la verdad es que en esa misma vida hay problemas en los que, aparentemente, las soluciones son sencillas y concretas, pero que, a la hora observar sus resultados, ya no parecen más ser tan obvias, porque en muchas ocasiones esas soluciones tienen consecuencias no previstas que hacen que esos resultados positivos esperados no se den o resulten ser peores que la medicina.

Tratemos de definir o aclarar que es eso de “consecuencias no previstas”. Para entenderlo acudo a un pensador liberal que, entre otros, tuvo el enorme mérito de explicar temas aparentemente muy complejos, de una manera sencilla y perfectamente comprensible para el lector. Me refiero a Frederic Bastiat, quien, en su último panfleto escrito en 1850, titulado “Lo que podemos ver y lo que no podemos ver”, expuso que “Existe tan sólo una diferencia entre un mal economista y uno que es bueno: el mal economista se confina a sí mismo en el efecto visible; el buen economista toma en cuenta tanto al efecto que puede ser visto, como aquellos efectos que deben haber sido previstos”. Es una forma de expresión mediante la cual se puede considerar que, cuando se interviene en sistemas complejos, siempre se crean resultados no anticipados y a menudo indeseables.

Esto puede explicarnos por qué, por ejemplo, se nos enseña que tragar agua salada en un naufragio es inconveniente y hasta mortal. Antes de que eso se nos hiciera saber, uno no tenía por qué conocer que eso era dañino. Incluso no hay razón para pensar que aquel es un conocimiento intuitivo, en especial cuando uno sabe que tomar agua calma la sed. Pero la consecuencia de hacerlo en un naufragio en medio del mar es totalmente nefasta.

También esa misma idea nos permite entender algo que, en una primera impresión, no parece brindar la solución a un problema, pero después de que se entiende cómo es que ese algo funciona, nos damos cuenta de que es conveniente. Por ejemplo, cuando recibimos una vacuna por primera vez la asociamos con el pinchazo que nos causa dolor, pero después nos damos cuenta o aprendemos o se nos explica que, aunque haya dolor de por medio que se supone debemos evitarlo (no tomo en cuenta a los masoquistas), aquella nos cura. Esto es, que era la medida conveniente para resolver el problema. Por supuesto que una mejor situación sería si, en vez de una vacuna, se pudiera tomar un brebaje sin o con buen sabor. Eso sucedió, por ejemplo, cuando aquel gran milagro médico del doctor Jonas Salk nos evitó, con el dolor del pinchazo, el ruin mal del polio. Pero fue mejor después, cuando el doctor Albert Sabin sustituyó la inyección por una vacuna oral.

Este tipo de paradojas surge con frecuencia cuando se valoran sistemas económicos alternativos –en particular entre el sistema de mercado competitivo de decisión centralizada y el sistema económico basado en la decisión centralizada en el estado- en cuanto que nos permiten resolver adecuadamente el problema de la pobreza en una sociedad.

Por ejemplo, uno suele observar como los críticos del sistema de mercado competitivo casi que de inmediato aseveran que las ideas de competencia y de egoísmo son malas, pudiendo ser que, más bien, sirvan para resolver el problema de la pobreza. El capitalismo y la libertad pueden parecer a los ojos de ciertas personas como que no son la solución obvia -buena; que lo logra- para solventar la pobreza.

Esto último es muy interesante: uno puede entender bien que una mirada simplista y cortoplacista de cómo funciona un sistema económico ante una medida o circunstancia, en realidad oculta la posibilidad de darse cuenta si se logra el propósito de generar una solución al problema de pobreza, tanto por medio de un análisis más complejo, o mediando un mayor tiempo para que discurran los efectos de la medida -en el largo plazo.

Partamos de la idea de que la pobreza es el problema de la escasez; es decir, que hay infinidad de necesidades y deseos humanos insatisfechos dada la limitación natural de recursos en una economía.  Asumamos que se toma una medida que se considera deseable o conveniente en el corto plazo, como podría ser que el estado fije un precio máximo al cual puede venderse la leche a los consumidores, de un producto que de pronto escasea aún más -digamos porque disminuye su producción debido a erupciones volcánicas que dañan los pastos que alimentan al ganado. Entendiblemente es una medida que el estado toma con el fin de “ayudar” o “proteger” o “aliviar el problema de la escasez” de leche para las familias relativamente más pobres.

La gente interpreta -si no profundiza en un buen análisis económico que tome en cuenta las consecuencias no previstas- que con dicha medida efectivamente se ayudará a los más necesitados y que la idea de asistir a la gente más pobre en tales circunstancias es deseable o conveniente. Pero, con el paso del tiempo, aquello que sonaba como lógico en una primera instancia, da lugar a otros resultados diferentes e incluso totalmente opuestos a lo que se pretendió lograr inicialmente.
En el ejemplo, la medida de fijar un precio máximo manda dos señales muy diáfanas a dos grupos de individuos, como son los consumidores, por un lado, y los productores, por el otro. Es lo que los economistas llaman la demanda y la oferta. Desde el punto de vista de los consumidores, el precio que el estado fijó por debajo del que regía en el mercado libre después la crisis de abastecimiento, estimula que, ante las nuevas condiciones, aumente la cantidad demandada de leche, pues es la ley de la demanda que, si se reduce el precio del bien o del servicio, la gente demandará más de ellos. Pero desde el punto de vista del productor, al ver que el precio menor que fijó el estado no le permite ahora recuperar los costos de producción y generar una ganancia adecuada, tenderá a disminuir la cantidad ofrecida del bien o servicio en el mercado. El resultado conjunto, tanto de la menor cantidad ofrecida como de una mayor cantidad demandada, se presenta tal vez no en el primer instante, sino algún tiempo después. No se da tanto en el corto plazo, como en un tiempo mayor o largo plazo, en especial por el papel que desempeñan los inventarios previamente existentes. El nuevo resultado es una mayor escasez; la leche se agota, escasea, rápidamente, la sociedad se empobrece. Es por ello como un entiende que, por ejemplo, en Venezuela hoy existe una enorme escasez de papel higiénico, así como de muchos otros productos, a pesar de la fijación de precios máximos por parte del estado.

Pongámoslo así: ¿De qué vale la existencia de un precio máximo fijado por el estado, si los productos escasean, no se hayan, desaparecen del mercado?

En resumen, la gente se dará cuenta, no en un primer instante, sino con el paso del tiempo, cómo una medida que se tomó con la mejor de las intenciones tuvo un efecto no previsto y, como provoca algo nefasto para la sociedad, cual es aumentar la escasez; la pobreza. Las soluciones que inicialmente parecieron ser deseables, terminaron agravando el problema, una vez que tuvieron su lugar aquellas consecuencias no previstas y que no fueron detectadas de previo. La mirada simplista con que inicialmente se valoró la primera medida, es transformada posteriormente por los hechos -en la esperanza de que la persona analiza racionalmente lo sucedido- en una apreciación de que aquella acción social, que se tomó con el propósito de ayudar a los pobres, tuvo un resultado contrario al esperado.

Al mismo tiempo, plantea la posibilidad de que podría existir una solución que sea mejor precisamente para aquél grupo que se buscó inicialmente ayudar. En este caso, el precio más elevado al darse el problema, estimula a que los recursos productivos se dirijan hacia la producción de ese bien. Los empresarios se dedicarán a producir el bien en cuanto el precio que perciban sea suficiente para cubrir sus costos y obtener ganancias similares o mayores que las que tendrían en otras actividades. Con el paso del tiempo, al ingresar más productores (competencia) a la actividad y al restablecerse los niveles de producción, los precios volverán a su cauce. 

He puesto este ejemplo de como una simplificación de fenómenos complejos, de tomar en cuenta tan sólo aquellas consecuencias esperadas, resulta en algo muy diferente de la bondad que se esperó de las medidas iniciales. No incluir en el análisis consecuencias no previstas puede conducir a resultados inesperados, pero ante todo con efectos indeseables y contrarios a los que originalmente se creyeron.
La ignorancia y el error que hemos señalado en el ejemplo analizado nos pueden explicar, asimismo, la actitud usual de personas quienes consideran que el socialismo, como sistema económico, puede ser una buena medida para resolver el problema de la pobreza. La paradoja surge de la creencia en la bondad de un primer efecto, sin tomar en cuenta otros no previstos que luego revertirán al primero. Creen que el socialismo es una solución a la pobreza mucho más eficiente que un capitalismo que presumen es menos productivo. Así, se inclinan por apoyar o promover medidas propias de un sistema político-económico eminentemente socialista, caracterizado por una preminencia a veces casi total de la decisión económica concentrada en manos del estado, en vez de aquellas que usualmente caracterizan a un sistema de decisión económica descentralizada, básicamente sustentado en la competencia, como un orden que sea en el logro de disminuir la pobreza; o, lo que es lo mismo, que genere una mayor riqueza. En esencia, que por medio de la especialización y el intercambio voluntario entre las partes (el comercio), es como la sociedad progresa, se enriquece.

Tal como se explicó, si bien la solución para la sed era hidratarse, en el caso de estar muerto de sed en medio de un océano, tomar agua de mar más bien ocasionaba daños incluso mortales, se hace necesario aprender del error (tomar agua de mar y sufrir sus consecuencias) o que alguien le explique el error de hacer eso, para darse cuenta de que la resolución del problema era mucho más compleja de que como inicialmente se creyó. 

Volviendo al caso de la preferencia por el socialismo, tal vez la información que puede corregir aquella creencia errada, es que no se conoce un progreso y crecimiento de la riqueza y por ende disminución de la pobreza, como la lograda bajo el capitalismo o sistema de mercado competitivo. Aunque a veces la ilusión obnubila la razón, como cuando se cree que, por ejemplo, el eminente historiador y economista, Angus Maddison, “inventó los datos” o algo semejante para su estudio magistral,  The World Economy, Development Centre of the Organisation for Economic Co-Operation and Development (OECD), 2006, obra que conjunta dos trabajos de referencia de Maddison, The World Economy: A Millenial Perspective, publicada en el 2001 y The World Economy: Historical Statistics, del 2003.  

En aquella señala lo siguiente: “La economía mundial creció mucho más que antes en el período 1950-1973. Fue una era dorada de prosperidad sin paralelo. El Producto Doméstico per cápita del mundo creció cerca de un 3 por ciento anual… El Producto doméstico bruto del mundo creció en cerca de un 5% al año y el comercio mundial cerca de un 8 por ciento anual. Este dinamismo se dio en todas las regiones. La aceleración fue mayor en Europa y Asia…” (p. 24) y, después de mencionar lo relevante del crecimiento de naciones europeas, así como de los Estados Unidos y de Asia (Japón), países con economías eminentemente de mercado, señala Maddison que (en lo que es relevante para este comentario) “En la Europa del Este y en la antigua Unión Soviética, el ingreso per cápita promedio en 1998 era de cerca de tres cuartas partes de aquél de 1973”. Esto es, que “las economías de este grupo heterogéneo de ‘economías tambaleantes’ (del cual forman parte Europa del Este y la antigua URSS) se han estado rezagando en vez de alcanzar a las otras.” (P. 25).

La prueba evidente del fracaso de las economías socialistas ha sido la revolución china impulsada por Deng Tsiao Ping, que básicamente consistió de cuatro grandes reformas en la economía, la agricultura, el desarrollo científico y tecnológico y la defensa, que básicamente descansaron en una apertura y liberalización de la economía china; esto es, en la puesta en práctica de una serie de instituciones económicas de índole capitalista de mercado. De hecho, pocas naciones (Cuba, Corea del Norte, mantienen en la actualidad economías socialistas de un corte rígido).

Para quienes consideran como economías exitosas en la actualidad por su socialismo, a las nórdicas, principalmente Suecia, tal vez vale la pena mencionar dos hechos: uno, según señala Duncan Currie en su ensayo del National Review Online del 30 de setiembre del 2010, que “Otro mito popular quiere hacernos creer que la riqueza de Suecia fue de alguna manera creada o facilitada por la democracia social. En realidad, ‘la prosperidad de Suecia es un resultado que funciona bien de instituciones capitalistas,’ dice (Andreas) Bergh, (economista de la Universidad de Lund) y autor del nuevo libro en idioma sueco titulado ‘El Estado Capitalista de Bienestar’. Un estudioso del Instituto Cato, Johan Norberg, explicó en un ensayo para la revista National Interest en el 2006, que el ‘éxito’ relativo del modelo social democrático del país ‘fue construido con base en el legado de un modelo anterior: el período de crecimiento y desarrollo económico que precedió a la adopción del sistema socialista.’”

El otro hecho es que en la actualidad Suecia ha variado mucho del antiguo socialismo, adaptando su amplio programa de bienestar a las características propias de un mercado competitivo. La crisis de los noventas le brindó la oportunidad de hacer mejor las cosas y eso significa que la nación ha visto disminuir la pobreza al hacer un uso más eficiente de los recursos escasos.

Tal vez es el paso del tiempo lo que explica algo que me sucedió en mi sitio en Facebook en mi usual tema de las adivinanzas. En un caso puse palabras de alguien y después, para ayudar en la búsqueda de la respuesta, dije que su autor había sido socialista en su juventud y luego se convirtió en un defensor del orden económico de mercado. Alguien, con toda razón, ironizó que la ayuda servía de poco, porque muchos pensadores en su juventud fueron socialistas y que luego se convirtieron en defensores del sistema de mercado competitivo. Y estaba hablando de Karl Popper, pero fue igual el caso de Friedrich Hayek, entre muchos otros, a quienes los hechos y la educación les fueron mostrando las virtudes de los sistemas de mercado en contraste con los de decisión central.

Después de mucho esperar la promesa socialista de resolver el problema de la pobreza y de haber accedido al poder en distintos países a partir de principios del siglo 20, con el paso del tiempo los resultados no fueron los esperados y, se dio lo que lo que Ludwig von Mises había previsto en su libro El Socialismo en el cual escribió “En una comunidad socialista se carece de la posibilidad del cálculo económico: por lo tanto, es imposible determinar el costo y el resultado de una operación económica o para hacer que el resultado de la operación económica sea a prueba de la operación. Esto sería suficiente para hacer del socialismo algo impracticable…” (Ludwig von Mises, Socialism, Indianapolis: Liberty Classics, 1981, p. 186).

Aprender de la prueba y de error, observar los resultados inicialmente predichos con los que luego se presentaron, han hecho que las personas pueda ir más allá de la lógica del fenómeno simple hacia la de la complejidad de los fenómenos, así como que las consecuencias de las acciones de política económica no son la esperadas usualmente en el corto plazo, sino las que surgen después de cierto tiempo, cuando el sistema revela el impacto de las consecuencias no previstas, usualmente indeseables.

Tal vez ello me explica por qué Eduardo Galeano, el héroe juvenil de muchos socialistas latinoamericanos, autor de la celebrada obra de 1971 “Las Venas Abiertas de América Latina”, caracterizada por un análisis del saqueo histórico del imperialismo en el continente y en la actualidad de la potencia capitalista, los Estados Unidos, pudo luego señalar, en una visita a Brasil en donde participó en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, entre el 11 y el 21 de abril del 2014, que en aquella época en que escribió aquel libro, no tenía la formación suficiente para rematar aquella tarea, pues “intentó ser una obra de economía política, sólo que yo no tenía la formación necesaria… No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.” (Tomado de Cultura, El País, 5 de mayo del 2014.)

Jorge Corrales Quesada

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