martes, 17 de febrero de 2015

La columna de Carlos Federico Smith:hacia un sistema de adopciones infantiles más humano

La muerte por agresión violenta de unos padres contra un menorcito de dos años, conmovió a todos los corazones, excepto a los pétreos, por ser clara muestra de una barbarie inusitada: ¡clavarle agujas y dejarlas allí, en el cuerpecito de un bebé! Maldad e ignorancia conjugadas en un acto innombrable. Pero el daño no llega allí: hay otro menorcito, hermano del anterior, que probablemente no contará ya más con sus padres naturales, casi que por el resto de su vida. En todo caso, fuere lo que fuere, sus padres actuales no parecen merecer tal nombre. Son estas consideraciones las que me conmueven para brindar las reflexiones que haré de seguido, pero, antes que nada y cómo excelente preámbulo, deseo transcribir lo que escribió el ciudadano de Moravia, don Jorge E. Varela Solís, en una carta a la columna publicada en el diario La Nación del pasado viernes 6 de febrero. Su nota dice así:
 
“Agresión a menores ¿Cuántos niños más deben morir por la ineficiencia de las instituciones encargadas? Existen en nuestro país y en el resto del mundo miles de matrimonios que desean adoptar un niño. Pero el calvario para lograrlo es extremo, pues nuestra burocracia estatal y los cientos de trámites son interminables. ¿Cuántas denuncias se ponen en el PANI, y después de las tragedias vienen argumentos que dan rabia? Hace unos meses sucedió lo mismo, y no se pasó de las excusas de los responsables de atender el caso.

Señores de los tres poderes, hagan algo, esto no es juguete, es demasiado el dolor que sentimos todos los costarricenses al ver estas situaciones. Ahora resulta que unos familiares quieren llevarse al otro niño agredido, hermano del fallecido. Ustedes nunca se dieron cuenta de la situación del menor.
Existen verdaderos hogares que sí quieren darle amor a esa criatura de Dios".

A lo largo de mi vida me he encontrado con numerosas personas de gran valía, quienes han formado hogares, pero, por alguna razón, no han tenido la bendición de un hijo (antes de que algún majadero me diga algo, por supuesto que me refiero también a una hija). Varios de ellos han intentado subsanar la ausencia del hijo natural, mediante la adopción de un pequeño ser, pero se han encontrado con muchas limitaciones impuestas por una burocracia establecida, presuntamente para la protección de los infantes. La mentalidad de esos burócratas -creo no ser injusto- descansa en la premisa de defender a los niños de posibles padres malos y hasta peores de los que tenían, infantes que ahora han terminado en el asilo de alguna institución mediante un encargo del estado. Lo que es inconcebible es que el celo bien entendido, de buscarle algún alivio a la vida difícil de esos menores, ha terminado por corromper los buenos propósitos: se hace casi imposible, en el marco de un trámite burocrático enorme, para que una buena familia costarricense pueda adoptar a un hijo.

En el pasado, en muchas ocasiones se dejaba en la puerta de una casa, en donde ya había hijos o en donde no se tenían por las razones que fueran, envuelto en un motetico, a un hijo de parte de quien lo hacía, me imagino, que en el supuesto de que allí viviría una vida mejor que la que podría brindársele en el seno de donde nació. ¿Cuándos grandes hombres y mujeres de nuestro país no se crearon así? La familia a las que así se les entregó la criatura, con un alto grado de solidaridad humana y con los mejores principios, no dudaron en esforzarse por ayudar a que ese ser humano, confiado a sus bondadosas manos, pudiera llegar a ser una persona de bien.

Pero el estado se metió en medio de ese camino. No dudo que lo hizo con un buen propósito, que supongo era el de conseguir “buenos” hogares para el niño abandonado. Incluso, cuando empezó a funcionar tal injerencia estatal, en aquella época no había historias (ciertas o falsas) de niños vendidos al extranjero mediante adopciones, para que les fueran extraídos sus órganos y vendidos en el mercado negro o que fueron convertidos en esclavos serviles de amos que los adoptaron. Pero suena razonable, alguien podría pensar, que el estado se metiera a regular las adopciones en el país.

Pero, no hay como darle algo al estado, para que salga mal. Hace poco recordaba una frase de Milton Friedman, que me sirve para la ocasión: “Si usted pone al gobierno a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habría una escasez de arena.” Si como sociedad estuvimos dispuestos a poner al estado a cargo de regular las adopciones, al cabo del tiempo hemos visto como los largos y complejos trámites son la característica de dichos procesos. Muchos padres desisten de tratar de adoptar un hijo por medio del Patronato Nacional de la Infancia (PANI) y me imagino que, si les “regalan” uno bien cobijadito al pie de la puerta, también enfrentarán un riguroso y lerdo proceso de adopción. La vida, en vez de facilitarla, la ha entorpecido el estado. 

Lo que don Jorge Varela propone en su carta a la columna debe ser muy bien escuchado por todos los costarricenses, particularmente por varios grupos de nacionales: aquellos que en su vida fueron criados en hogares en donde no nacieron y en los que recibieron todo los beneficios de una familia que les adoptó; de aquellos que Dios o la naturaleza no les ha dado la fortuna de crear hijos en el seno de sus hogares y que desearían poder adoptar uno o varios, que expandan la vida en sus moradas. También de aquellos que poseen la capacidad legal de traernos el cambio indispensable para corregir la burocratización, casi que repugnante, que pone todo tipo de trabas para que la adopción pueda darse por parte de potencialmente buenos padres: todo es acerca de más y más papeles, trámites casi que deshumanizados y de exigencia de certificaciones onerosas de abogados, entre muchos otros obstáculos.

Pero el tema no es sólo de un grupo específico, sino que es algo que concierne a todos los ciudadanos de bien de este país, pues se trata de asegurar la forja de mejores compatriotas en el futuro de nuestra nación.

Ante ello, voy a hacer una propuesta de sentido común, que creo satisfará los derechos del infante a una vida mejor, así como los de los padres en potencia, quienes no cometen delito alguno -todo lo contrario- queriendo adoptar a un hijo, al igual que hará descansar la responsabilidad de la nueva relación padres-hijo entre ciudadanos de bien, al tiempo que el estado conserva el papel primordial de garantizar la pulcritud, honestidad y bienaventuranza de la nueva alianza en un nuevo hogar.

En concreto, mi propuesta significa un cambio trascendental en el engorroso e ineficiente proceso de adopción que hoy caracteriza al PANI -de paso, también se esperaría que surja un ahorro significativo en el uso de recursos públicos. Unos padres de familia que estén en busca de adoptar a un hijo y quien al momento está bajo la responsabilidad del PANI, deberán presentar tan sólo debidamente certificadas por un notario (esperamos que el Colegio de Abogados solidariamente diga que no se podrá cobrar por eso, sino que queda a la conciencia del acto de parte del notario) cartas de 12 padres de familia, tanto del padre como de la madre en tales familias, que indiquen conocer la idoneidad de los potenciales padres del niño que va a ser adoptado. El PANI corroborará que esa información, suministrada por quienes recomiendan a los adoptantes, sea la correcta. La decisión final acerca de la adopción quedará en manos de jueces de familia calificados, que formen parte laboral del PANI: jueces de adopciones. Habrá un plazo pertinente para que se defina la resolución final acerca del pedido de adopción.

Así, como bien dice al cierre de su carta el señor Varela, se entregarán eficientemente niños en adopción a “verdaderos hogares que sí quieren darle amor a esa criatura de Dios.”
 
Ojalá que eso se pueda lograr: es urgente no sólo por el bienestar de los menores que van a ser adoptados, así como de los padres que los habrán de recibir en su hogar, sino también para que la sociedad no tenga que amargarse con hechos como los sucedidos y antes descritos, en especial cuando redundan en el abandono de niños que quedan sin un hogar. Tal vez no podemos hacer nada contra esa parte mala de la naturaleza humana, pero sí podemos hacerlo por la parte buena del ser humano, como es el deseo natural de querer adoptar a un hijo.

Jorge Corrales Quesada

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