lunes, 4 de mayo de 2015

Tema polémico: ¿y la ruta de la alegría?

El pasado viernes 1° de mayo, el Presidente Luis Guillermo Solís ofreció su rendición de cuentas ante la Asamblea Legislativa, en cumplimiento del mandato constitucional. En su alocución, el mandatario advirtió que Costa Rica se enrumba hacia el precipicio de no aprobarse la reforma fiscal que su Administración impulsa, pues disminuirá el crecimiento de la economía y aumentará el desempleo, afectando a miles de costarricenses.

Manifestó que, a pesar del "dantesco" panorama, la economía ha crecido a buen ritmo y se ha logrado cumplir con una serie de metas importantes como mantener una baja tasa de inflación, reducir el gasto, aumentar la recaudación fiscal, conseguir la invitación para que el país se incorpore a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), incrementar el portafolio de inversión en infraestructura, innovar en el combate de la pobreza y promover el desarrollo local, entre otras. Además, reconoció que si bien el Gobiernoha cometido algunos errores, "no son tantos ni tan graves" como los pretenden hacer ver algunos, por lo que exigió un debate de mayor calidad que supere el escándalo mediático para construir una Costa Rica mejor.

La pregunta que en ASOJOD nos hacemos es ¿en qué país se ha fijado el Presidente? La Costa Rica en la que vivimos, todos los días nos muestra una situación problemática, con miles de costarricenses sin trabajo o en uno de mala calidad porque no pueden aspirar a buscar mejores oportunidades, con una educación cada vez más deficiente, que se detiene a discutir sobre si Cocorí es o no racista en lugar de abordar sus verdaderos retos, con un sistema de salud colapsado que obliga a miles de asegurados a hacer largas filas para obtener una cita a largo plazo, cuando quizá ya ni siquiera estén vivos. Una Costa Rica que sigue perpleja ante la incapacidad de reparar un simple puente, cuyo cierre  genera el total colapso vial en el Área Metropolitana, una donde el sistema bancario no puede ofrecer créditos accesibles a las personas por la gran cantidad de trabas y regulaciones que lo encarecen, una donde unos pocos se llevan millones de colones del erario público a través de consultorías, convenciones colectivas, sobresueldos y privilegios que tienen que pagar aquellos a los que duramente pueden subsistir con lo que ganan. Una Costa Rica donde cada día es más difícil producir, gracias a un sistema tributario complejo, elevado y nefasto, una tramitopatía absurda en la Administración Pública que ahoga cualquier emprendimiento, un ordenamiento jurídico confuso e inestable que obstaculiza cualquier intento de cálculo económico y un sistema altamente corrupto que, lejos de ser enfrentado, parece fortalecerse conforme los escándalos transcurren con impunidad.

Hace un año, 1.3 millones de ilusos confiaron en una propuesta política que les prometió un cambio respecto a la política tradicional pero que muy rápidamente demostró no solo estar incapacitada para lograrlo sino también muy decidida a empeorar las cosas. No hemos presenciado el "Rescate" con el que Solís bautizó su Plan de Gobierno -cual si fuera Mesías- ni el progreso, el trabajo y la alegría con la que acompañan el título. Más allá de los compromisos sin cumplir -como no impulsar impuestos en los dos primeros años de la Administración, limpiar y ordenar la casa y nombrar solo a las personas más capacitadas en los puestos públicos- hemos sido testigos de la charlatanería, de la improvisación y de la chabacanería con la que un grupo de presuntos sacrosantos despedazan nuestro sueño de un país mejor. 

Este primer año, al igual que el Festival Internacional de las Artes, ha resultado un completo fiasco. El deseo de que acabe el periodo cuatrienal embarga a cada vez más costarricenses que se sienten burlados y engañados, que se arrepienten de su decisión pero que miran con temor el 2018, al no encontrar ninguna opción real de cambio. La confianza y la credibilidad a un Presidente más empeñado en los selfies que en gobernar, se va difuminando a velocidades sorprendentes; el diálogo y la negociación han alcanzado el nivel de quimera y el discurso privilegia los sofismas a las realidades. 

El problema es que si las cosas continúan empeorando, no sería extraño que los incautos, en lugar de corregir su error, decidan profundizar en él, al apoyar a fuerzas políticas enemigas de la libertad, el imperio de la ley y el republicanismo. Ese es el real panorama dantesco hacia el que nos dirigimos, ese es el resultado de la "ruta de la alegría". 

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