martes, 18 de agosto de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: más impuestos, menor crecimiento, menor empleo y mayor probreza

A mí me llama la atención la facilidad con que alguna gente dice que se debe poner mayores impuestos a quienes ganan más.  Uno entiende la razón para que muchos consideren deseable tal posición, cual es “forzar solidariamente” que los de mayores ingresos ayuden a los de menores ingresos. Lo entiendo así, aunque me parece que, cuando se obliga a la gente a hacer ciertas cosas, se está muy lejos de ser solidario y más bien lo que eso refleja es pura y plena coerción. Se obliga a unos a darles a otros, no con base en la buena disposición o libre voluntad de quien puede considerar deseable destinar sus ingresos, a apoyar a quienes pueden tener dificultades económicas en su vida. En tanto esto último sí sería un comportamiento voluntario de las partes, la coerción del estado no lo es.  Surge porque hay personas que desean y pueden usar el poder coactivo del estado, para obligar a algunos a destinar parte de lo que se han ganado, para que se lo entreguen a personas que no los han obtenido por su propio esfuerzo. (Esto no significa que no destaque el ejercicio virtuoso de la caridad).

Este afán redistributivo obligatorio me incomoda, no tanto porque muchas veces lo que permite es que haya quienes simplemente viven a costas de otros, sino porque no suele resultar en una disminución de la pobreza, sino más bien en el empobrecimiento de algunos que podrían llegar a ser ricos. Me explico: Son muchas las personas que no empiezan su vida siendo ricos. Uno conoce infinidad de casos de personas que han logrado superar condiciones de pobreza por medio de su trabajo, ahorro, esfuerzo, capacidad de innovar, de crear nuevos bienes y servicios para satisfacer a los miembros de una sociedad, asumiendo riesgos.  Sé que de inmediato se me señalará el caso de aquellos que heredan. Pero olvidan que esa es la voluntad de heredar de los padres y de los antepasados, para que se usen en tal forma los ingresos que ellos mismos han generado como fruto de su esfuerzo y que han decidido voluntariamente entregar a sus descendientes. Además, es obvio que si quienes recibieron la herencia no la cuidan, pronto ésta se disipa. ¡Cuántas personas no ve uno cuyos sus antepasados tenían riqueza, la heredaron y luego no tuvieron la capacidad o la suerte de conservarla!   

La virtud de una sociedad liberal es que haya personas quienes, con su esfuerzo, pueden llegar a percibir ingresos muy altos, sin que para ello se haya tenido que coaccionar a nadie para que les den ingresos a aquellos. Los perciben gracias a la voluntad de un mercado, al cual se ha servido eficientemente de una u otra manera: no hay coacción alguna, sino es el resultado de un libre intercambio que favorece a las partes que lo practican.

Pero ¿qué es lo que pasa cuando en una sociedad se le dice a la persona, que pretende salir de situaciones de bajos ingresos y ascender a niveles más altos, que el estado le quitará, mediante impuestos, una parte sustancial de los resultados de su esfuerzo o suerte? Lo que simplemente el estado hace es castigar los resultados exitosos de sus acciones; en otras palabras, está diciéndole que mejor no trabaje con el énfasis que le pone para salir de su pobreza relativa y para ascender y progresar lo más que pueda. Eso es precisamente lo que hace un impuesto sobre la renta.  Para explicar la idea, imaginemos que hay una piscina, con un tubo en un extremo de donde le entra el agua y con otro tubo en el otro extremo, del cual sale el agua. Esa piscina aumentará o disminuirá su nivel, dependiendo del resultado neto de lo que le entra y de lo que sale. 

Pues bien, esta piscina equivale a la riqueza de la persona.  En el caso de la gente que he comentado, que empieza su vida siendo relativamente pobre, posiblemente ese nivel de riqueza de que dispone al inicio es relativamente bajo, en comparación con otras personas quienes ya han tenido un éxito relativo. El individuo de menores ingresos querrá ir llenando su piscina y sabe que lo logra si es que ahorra, si trabaja arduamente, si se esfuerza, si asume riesgos y si lucha contra monopolios establecidos, introduciendo innovaciones que desplazan a estos en los mercados. Pero, de pronto, el estado entra en la película y hace que el chorro de agua que entraba a la piscina para ir incrementando el nivel del agua, ya no sea tan grande, sino que lo carga de impuestos, de forma que el chorro se convierte en un chorrito. El estado hará que el agua de la piscina no se acumule tanto como podría, al quitarle a ese chorro parte del agua que antes caía en la piscina. 

Es así como el impuesto sobre la renta hace más difícil que los pobres se puedan enriquecer y alcanzar a los que ya están en las cumbres de la riqueza. Cuando hay políticos, prestos a la demagogia y a complacer a quienes piden que el estado “redistribuya” la riqueza de otros para su beneficio, lo que se les está diciendo a quienes están allá abajo, pulseándola para mejorar sus ingresos y su riqueza, es que se queden tranquilos: que no hagan nada, porque el estado reemplazará con recursos el esfuerzo que no se hace.  De esta manera se castiga al éxito y se promueve la dependencia. 

A quien se le cobra el impuesto sobre los ingresos no es el único al que se le perjudica.  Incluso si así fuera el caso, uno no podría pensar que no se trata de una “injusticia flagrante”. La verdad es que usualmente esos impuestos afectan también a quienes les venden los servicios al que genera ingresos y a quienes les compran los productos de ese generador de ingresos. Usualmente tanto quienes venden esos servicios, como el trabajo, así como los que adquieren los bienes que se producen, los consumidores, no suelen ser precisamente los grupos más ricos, sino lo contrario: los asalariados y los consumidores, en promedio, no son de grupos que poseen la mayor riqueza.

¿De qué estoy hablando? De que cuando, por ejemplo, se propone que aumente el impuesto a la renta de las empresas, presuntamente por estar ella en manos de ricos, frecuentemente se olvida que posiblemente afectará más a otros, que lo único que tienen en relación con esos ricos es un vínculo laboral o bien un ligamen de consumidor con un vendedor.

Veamos esto con mayor detalle. Si por ejemplo a una empresa se le aumentan los impuestos, buscará como reducir sus costos a fin de conservar el rendimiento de su inversión, de su esfuerzo, de su competitividad, de su innovación, de su riesgo al invertir. Esto es, la empresa no permanecerá inmóvil, sino que buscará siempre mantener una situación que considera como deseable, tal como por hipótesis era la de antes de que se introdujeran esos nuevos impuestos.

El hecho es que habrá algunos costos que pueden reducirse más rápidamente que otros. Por ejemplo, es difícil que la empresa pueda vender una máquina especializada, que tal vez no haya muchos otros buscando comprar, aunque sea más barata, como parte del proceso de liquidación de costos de la empresa, o bien vender un derecho de autor o de un sistema de producción, entre otros activos. Tampoco buscará cambiar a aquellos empleados especializados y cuyo rendimiento es crucial en el éxito de la empresa.  [Ejemplos, si usted tiene una empresa de servicios de microbiología, no va a deshacerse de microbiólogos que son básicos en su proceso de producción o, si tiene una empresa de transporte de carga especializada, no querrá perder sus choferes más capacitados].

Lo que la empresa buscará es deshacerse de aquellos trabajadores que posiblemente agregan menos valor a la empresa, como suelen ser los casos de trabajadores no calificados, de jóvenes recién contratados, de trabajadoras que suelen acceder a la maternidad interrumpiendo naturalmente su proceso de aprendizaje continuo, para citar algunos casos. Noten que posiblemente sean trabajadores que obtienen ingresos relativamente bajos, quienes ahora enfrentarán el desempleo, no sólo porque la baja productividad suele ser lo propio de inexpertos y novatos, entre otros, sino también porque es usual que se puedan encontrar otros sustitutos que aceptarían un salario menor a fin de obtener un empleo. Muchas veces el resultado final de aquel impuesto es dar lugar a un descenso en el empleo dentro de la firma.

Este tipo de efecto del aumento de los impuestos a las empresas sobre el factor trabajo es conocido como retro-traslación; esto es, que el efecto se traslada hacia atrás, hacia el interior de las empresas, hacia la fuerza laboral empleada. ¿Ha visto usted alguna vez a un proponente de mayores impuestos a las empresas, aceptar que tal propuesta va a afectar a trabajadores de ingresos relativamente menores? Nunca, me imagino.  No se lo dicen.

También una empresa a la cual se le aumentan los gravámenes tiene otra alternativa posible para evitar una pérdida de su posición, de su rendimiento. Me refiero a aquellas que están en capacidad de trasladar esos mayores costos, debido a los mayores impuestos, a los consumidores. Particularmente cuando tienen algún grado de poder monopolístico, que les permite tomar tales medidas, sin que ellas afecten significativamente la demanda de su producción. Los monopolios son el caso clásico: si a RECOPE, por ejemplo, o tal vez a la Dos Pinos, se les aumenta el impuesto sobre la renta, tratarán de pasárselo a los consumidores y, tendrán éxito en ello, si es que no hay competidores que estén dispuestos a aumentar los precios de manera similar. Si un competidor no aumentara el precio ante el aumento de los impuestos, el monopolio perdería mercado.  Si a la gasolina se le pone un impuesto, RECOPE lo traslada al consumidor, pues éste se verá obligado a seguir comprándola y no tiene sustitutos a los cuales acudir (no sólo empresas alternativas que brinden ese producto, sino también productos que podrían sustituir al combustible así encarecido).

El cínico socialista dirá: “al diablo con que la empresa mantenga su posición, su rendimiento: que simplemente se le prohíba despedir gente y a que aumente los precios a causa de los mayores impuestos sobre la renta.” La realidad es que si se impide que la empresa recobre lo que considera su posición más eficiente, habrá un nivel de producción menor y, por ende, un descenso en los ingresos familiares, tanto por el precio más elevado, así como de servicios de trabajadores, que ya no se demandarían tantos como antes.

Volviendo al caso de cómo los impuestos provocan un aumento en los impuestos, en el caso concreto de los combustibles, es posible así explicar por qué Costa Rica tiene uno de los impuestos a los combustibles más altos de América Latina: el consumidor no tiene opciones; la empresa simplemente aumenta los precios y que el consumidor se ponga a ver cómo le hace para sobrellevar el golpe.  Este fenómeno se conoce como pro-traslación de los impuestos. ¿Verdad que quienes proponen mayores impuestos a las empresas, no les dicen a los consumidores que con tal política ellos posiblemente se verán afectados con precios más altos, particularmente si la empresa tiene poderes monopólicos o cuasi-monopólicos? Nunca se lo dicen. 

Es interesante profundizar un poco en la extraña idea que algunos de los proponentes de mayores impuestos para las empresas mantienen: cuando se impone ese tipo de gravámenes le quita a la sociedad la posibilidad de crecer, producto del desarrollo de nuevas ideas que permiten el enriquecimiento de algunas personas cuando las llevan a cabo. Los recursos que el estado toma de las personas físicas o jurídicas significan que habrá menos recursos disponibles para que esas mismas personas puedan realizar inversiones productivas, que generarán, además de empleo directo, en muchas ocasiones mayor empleo en actividades que se benefician vendiéndole recursos productivos a aquella empresa.

Asimismo, esa nueva inversión siempre significa un riesgo para el emprendedor, pues nunca estará seguro de que, lo que produzca al final de cuentas, será de la satisfacción de los consumidores. Pero en ese proceso de maduración de un producto, desde que una idea innovadora aparece en su mente, hasta que logra recuperar lo que le ha costado producir el bien y recuperar lo invertido, les ha adelantado dinero en efectivo como pago a los trabajadores y a los proveedores de insumos para su producto.

Todo este esfuerzo empresarial queda sujeto a una regla definida al final de la jornada: o tiene ganancias o tiene pérdidas. Si tiene ganancias, el estado pretenderá tomar una parte de ellas, lo cual, a la hora de las cuentas, significa un costo adicional al empresario y una disminución de capital que podría invertir en su rentable empresa o en una nueva idea. Si tiene pérdidas, pues ha de suceder lo que significan en la realidad: se debe a que a la gente no les gusta o no puede adquirir ese producto o que tienen mejores opciones que esa para satisfacer sus deseos o necesidades. En otras palabras, que la sociedad considera que aquel uso de recursos no satisface el objetivo de los consumidores y que estaría mejor si se empleara en otra actividad diferente.

Si queremos que la economía crezca, que se generen empleos, tanto directa como indirectamente, que haya innovación que desplace bienes o servicios que ya no sirven tan bien a los intereses de los consumidores, que aumente el ingreso real de los consumidores al poder conseguir bienes y servicios relativamente más baratos y eficientes, es bueno que se les permita a las empresas disponer del mayor ingreso disponible, a fin de que lo inviertan en nuevos proyectos y en nuevas ideas valoradas por la sociedad.  Este ha sido el camino demostrado de crecimiento en las economías modernas. Y de paso, esa acumulación y reinversión constituye la demanda mayor de empleo productivo en la economía: algo que tomar en cuenta en nuestra economía actual, con un desempleo del 10% de la fuerza de trabajo y una subocupación del 12,5% por ciento de ella.  Eso ni siquiera se lo mencionan cuando proponen mayores impuestos.


Jorge Corrales Quesada

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