lunes, 31 de agosto de 2015

Tema polémico: la tecnología no espera.

Recientemente la compañía Tesla anunció la producción de “Powerwall”, una batería capaz de almacenar energía renovable para un hogar durante varios días, recargando su energía con paneles solares.

Powerwall no solo se trata de un dispositivo de almacenamiento de energía. Esta tecnología podría abolir la dependencia de los hogares de las compañías eléctricas tradicionales, eliminando la necesidad de estar atados a las propias compañías eléctricas. Suena ambicioso, pero en palabras del CEO de Tesla, Elon Musk, la batería podría desempeñar "un papel similar a la forma en que teléfonos móviles han sustituido a teléfonos fijos".

Los sistemas de almacenamiento de energía es una de las doce tecnologías “económicamente disruptivas”, con la capacidad de cambiar radicalmente  el status quo, transformando la forma de trabajar y vivir, señaladas por el McKinsey Global Institute.

Otra de las doce tecnologías del índice creado por Instituto McKinsey es la impresora 3D, con las que es posible crear cualquier objeto desde casa, a través de una fabricación directa de archivos digitales. Cuando esta tecnología de fabricación aditiva se popularice  y su precio sea accesible para nuestra economía, cualquier hogar será una potencial fábrica de todo tipo de dispositivos.


Estas disrupciones, como otras en el mercado de trabajo, en las empresas y en la economía en general no están reinventando las estructuras tradicionales, sino que están marcando su fin. Con ellas no se están rescribiendo las reglas del juego: el jugo mismo está cambiando.

La naturaleza de quien opera con el poder es tratar de obtener más poder, regulando tantas actividades humanas como le sea posible. En El Leviatán, Hobbes veía “como una inclinación general de toda la humanidad un deseo perpetuo e incansable de adquirir poder tras poder”. 

Así, la primera reacción de nuestros políticos y las estructuras clientelistas a su amparo cuando enfrentan una tecnología con el potencial de restar poder a las instituciones que han creado, es prohibir su diseminación y sancionar  su uso.


Al igual que hoy sucede con UBER, quienes se sienten afectados por el avance tecnológico intentan regular o prohibir su avance. Recientemente Jaime Ordoñez se refirió a esta actitud, a partir del tema de UBER, señalando que en el país: “Hay una enfermedad que atosiga a muchos: el reglamentismo. Creer que la tutela del Estado y sus permisos debe cubrir todo el ámbito de lo social.”

Sin embargo, estas tecnologías exponenciales con características están desbordando de manera cada vez más constante y evidente, las estructuras normativas que pretenden regularlas. La velocidad de reacción de nuestras instituciones políticas nunca ha sido uno de los puntos fuertes.

En “El Fin del Poder” Moisés Naín advierte que: “las innovaciones disruptivas no han llegado aún a la política, el gobierno y la participación ciudadana. Pero llegarán. Por todo esto no es descabellado pronosticar que veremos transformaciones inevitables en la forma en que la humanidad se organiza para sobrevivir y progresar”.

Estamos viendo sólo la punta del iceberg, pero para los políticos tradicionales no entender lo que está sucediendo puede tener un precio muy alto. Los desarrollos tecnológicos no se detendrán, esperando a que las instituciones se reinventen. Estos simplemente avanzan hacia sistemas cada vez más auto-organizados.

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