martes, 1 de septiembre de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: el Estado ineficiente - el tema de la inmigración (I Parte)

De entrada señalo que éste es un tema difícil de tratar, simplemente porque hay argumentos en uno y otro sentido, que lo ponen a uno a pensar en torno a la virtud y validez de alguna de las posiciones.  Pero, aun así, sabiendo que el ser humano siempre toma decisiones sin esperar a tener pleno conocimiento de las cosas (decisiones bajo conocimiento limitado) o bien cuando aún las posibilidades no son bien claras (decisiones bajo incertidumbre), trataré de poner en claro mi posición personal en torno al tema, pues considero que, más temprano que tarde, será de importancia crucial para la toma de ciertas decisiones políticas.

Mi comentario lo he decidido dividir en dos partes, que publicaré una casi inmediatamente después de la otra.  En una primera, expongo una serie de abstracciones acerca del tema, principalmente desde un enfoque económico, en tanto que, en la segunda parte, expondré mi opinión personal ante la circunstancia actual de la inmigración hacia Costa Roca.

Debo hacer mi presentación de tal manera, pues es necesario tener herramientas que nos permitan interpretar adecuadamente el fenómeno de la inmigración (al menos desde el punto de vista económico), para poder luego, en la segunda parte, referirme al caso particular de Costa Rica (aunque también haré algunas referencias generales en esa primera parte). No se trata de un tema que está allá lejos en las nubes, sino que mora aquí entre nosotros, aunque la verdad es que poco se habla formalmente acerca de él.  La razón para tal reserva posiblemente se origina en que es un tema sensible y generador de emociones, ante lo cual una opinión que se brinde al respecto estaría expuesta al látigo de opiniones en su contra, las que no siempre se efectúan de manera apropiada, decente, razonada, que es lo que se requiere.  Eso, sin embargo, no debería de arredrarnos a opinar, siempre que se haga mención de lo “difícil” que es el asunto, de lo complejo, además de que posee aristas muy diversas, que fácilmente lo pueden a uno desviar del objetivo esencial, cual es, al menos para mí, el de dimensionar el asunto en un marco de libertad.

Mi inquietud inmediata surgió de un comentario que leí en La Nación del 16 de agosto, titulado “Migración nicaragüense se dispara con visa tica en mano: País registra aumento sostenido de inmigrantes desde el 2008.” Pero las consideraciones deben ir más allá de la “migración nicaragüense”, y será mejor empezar aquí refiriéndola a la inmigración como un todo y hacia cualquier país. De lo contrario, la conversación podría verse embarrialada por temas históricos que a veces han dividido dolorosamente a ambos pueblos, aunque si bien, en mucho, somos sociedades que nos hemos influenciado mutuamente, incluso familiarmente, con suma profundidad y de forma beneficiosa. Por ello, buscaré ser “aséptico’, al referirme al asunto en general.

Empiezo contándoles algo muy personal –y que creo tiene enorme relevancia al definir mis preferencias electorales de la actualidad en los Estados Unidos.  A principios de los años sesentas fui afortunado de poder vivir, gracias a una beca, con una familia de los Estados Unidos. Me permitió conocer, entre otras cosas, el gran amor que por la libertad tiene ese pueblo, así como el apoyo enorme y usual de los ciudadanos a sus iguales en las comunidades de ese país: una solidaridad que tan sólo alguien como Alexis de Tocqueville pudo describir en su obra La Democracia en América

En mi viaje de regreso de Ohio -en donde vivía- hacia mi hogar en Costa Rica, se nos llevó a la ciudad de Nueva York y allí, particularmente, fuimos de visita a la Estatua de la Libertad (así la pongo con mayúsculas; tal es mi sentimiento). Ésta se encuentra en la Isla Ellis, ubicada a la entrada de aquella ciudad y fue el puesto aduanal por donde entraron millones de inmigrantes a los Estados Unidos, en una época que va de finales del siglo XIX a principios del XX: un período de enorme inmigración hacia los Estados Unidos. En la entrada a ese país, las autoridades esencialmente revisaban dos cosas: una, que los inmigrantes no sufrieran de enfermedades que pudieran afectar a los demás ciudadanos que ya vivían en los Estados Unidos y, la otra, que esos inmigrantes trajeran consigo algo de dinero que les permitiera sobrevivir, en tanto encontraban trabajo en la nueva nación. Nada de la burocracia atemorizadora que hoy uno observa al llegar a los puertos migratorios de esa nación. En aquella época dorada de la inmigración estadounidense, los hambrientos de libertad llegaban como “ilegales”, pero rápidamente se les convertía en “legales”. La libertad se privilegiaba ante la discriminación y el odio a lo extranjero.

La Estatua de la Libertad se ubica en la Isla de Ellis y en un vestíbulo de ésta, en una de sus paredes, se lee parte de un poema escrito en 1883, por Emma Lazarus, titulado El Nuevo Coloso, en referencia al mítico coloso de Rodas, erigido a la entrada de ese antiguo puerto en el Mar Mediterráneo.

Las palabras escritas en las paredes de la Isla de Ellis rezan así y me parece que encaraban benévolamente al inmigrante trémulo, brindándole esperanzas que tan sólo la libertad podía brindar: 

¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres
Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad
El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas
Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí!
¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!"

Nunca he podido olvidar esas letras y de ellas entendí el enorme aporte que los rendidos, los pobres, las masas hacinadas, los desechos desamparados, harían luego para los Estados Unidos, al venir a laborar a ese país en busca de su propia felicidad y, por ende, así promoviendo la ajena.

Por eso, me cuesta mucho entender a bisnietos y tataranietos de aquellos inmigrantes muertos de hambre, que hoy amenazan desde las alturas de su riqueza, con devolver a otros seres humanos a la miseria y a la oscuridad de donde vinieron a dicho país en busca de mejor vivir.

Un elemento fundamental en el pensamiento liberal clásico es su convicción de que el libre comercio es esencial para que las sociedades progresen.  Tal convencimiento a favor de los mercados libres y del libre comercio se refleja en un acuerdo para que haya libertad de movimiento de las personas entre las naciones. Eso lo encontramos, por ejemplo, en La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith o en los Principios de Economía Política e Impuestos de David Ricardo, al igual que en el trabajo de otro economista clásico, James Mill en su obra Elementos de Economía Política y luego en el de su hijo, John Stuart Mill, con Principios de Economía Política.  

Más actual, con sencillez y con el énfasis que le es propio, en su libro Liberalismo, Ludwig von Mises describe el caso de la siguiente manera: 

“La Discusión acerca del derecho del individuo a moverse, con toda libertad, dentro y fuera del país, prueba la certeza de lo anterior. El liberalismo reclama que todas las gentes puedan vivir donde más les plazca.” (P. 170 de la edición española de Editorial Planeta, Agostini, Madrid, 1994). Y luego agrega “Por eso fracasaron siempre cuantos argumentos ingeniáronse para justificar las barreras migratorias. Porque nadie, en buena lógica, puede negar que tales medidas forzosamente han de disminuir la productividad del trabajo humano.” (P. 172)

Es difícil presentar todos los diversos argumentos económicos que se han formulado a través de los tiempos en favor de la inmigración, por lo cual sólo mencionaré algunos pocos de ellos, a fin de que el amigo lector aprecie el sentido de las cosas. 

En primer lugar, existe la creencia de que los inmigrantes son una carga sobre la economía, pero la realidad es que promueven un incremento de la riqueza en el país.  Cuando a una nación entra fuerza de trabajo (inmigración), eso permite que a la población existente se le libere de realizar actividades que antes llevaban a cabo, con lo cual pueden dedicar su esfuerzo para producir otras que supuestamente son más productivas. Este es el mismo argumento básico en favor del libre comercio de bienes y servicios, que casi de forma unánime ha sido patrocinado por todos los economistas, particularmente por aquellos cercanos a lo que se conoce como liberalismo clásico.

Tal argumento esencialmente se basa en que, con la inmigración, los trabajadores domésticos dejarán de hacer aquello para lo cual eran relativamente ineficientes y se dedicarán a producir lo que ahora harán comparativamente de manera más eficiente.  Esta mejor utilización de recursos escasos se traduce así en una mayor producción. También puede considerarse que, con la migración, aumenta el producto mundial, pues, al trasladarse el migrante, éste sale de una nación en donde su contribución a la producción es más baja hacia otra en donde es mayor (lo hace porque, en su nuevo país, el trabajador obtiene más ingresos salariales, al agregar un mayor valor de producción que el que hacía en su país de origen).

Pensemos en un ejemplo extremo de esto en nuestro país (pero es aplicable a muchos otros casos históricos).  Suponga que del país N llega alguien para emplearse aquí como trabajador en un cañal o como empleada doméstica,  posiblemente que es lo que hacían en su nación de origen.  Esa producción hasta el momento estaba siendo realizada por nacionales, pero ahora hay otro trabajador que puede realizarla, con lo cual el nacional puede quedar libre para hacer algo que le rinda (gane) más que antes (de no ser así, seguiría haciendo lo que hasta ese momento había hecho en el cañal o en el hogar). Es así como el trabajo nacional, que de tal manera se ve liberado, puede ahora dedicarse a hacer otra cosa en la que obtiene un mayor valor que antes. El inmigrante realiza ahora voluntariamente el trabajo que antes llevaba a cabo el trabajador nacional y éste puede así realizar otro en el cual es más productivo.  

De inmediato se me dirá que la entrada de trabajadores del exterior hacia el país ocasiona que los salarios domésticos caigan, pero eso no necesariamente es así, pues los trabajadores migrantes que aumentaron la oferta de trabajo, también demandan bienes y servicios, lo cual provoca aumentos en la demanda de trabajo para producir esos mayores bienes y servicios que los inmigrantes demandan.
Pensemos, por un momento, un ejemplo de libre movilidad dentro del país como equivalente a la libre movilidad de trabajadores entre naciones.  Suponga que en Costa Rica hay un movimiento (inmigración) hacia el resto del país de habitantes provenientes de Limón. Asumamos que en dicha provincia los trabajadores ganan menos, en comparación con lo que se obtiene en el resto de la nación. La llegada de esos limonenses al resto del país liberaría a sus ciudadanos no limonenses de tener que hacer esos trabajos ahora realizados por los inmigrantes. Al dejar de tener que hacer esas tareas, los habitantes del resto del país pueden usar el recurso humano liberado para que produzca otras cosas en las que ahora es comparativamente más eficiente, más rentable, en que gana más que antes. 

Esto significa que hay un aumento en el valor de la producción total del país como un todo: simplemente hubo un movimiento de trabajadores que ganaban mal porque agregaban poco valor en Limón, hacia otra parte del país en donde su trabajo es más valorado y ello, además, permite liberar mano de obra en el resto del país, que ahora se podrá dedicar a producir otras cosas para los cuales son relativamente más productivos. (Imagínelo: trabajadores de fincas cacaoteras mal pagados porque agregan poco valor, van al resto del país a trabajar, por hipótesis, como empleados en casas, pero ganando más que antes. Pero, además, los anteriores trabajadores del resto del país, que trabajaban haciendo aquellas labores domésticas, pueden ahora dedicarse a producir cosas en que son más valorados; por ejemplo, como empleados administrativos o como obreros mejor pagados o lo que fuere. Este es tan sólo un ejemplo de lo que realmente sucede, en una mucha mayor complejidad, en las  sociedades que experimentan tal tipo de migración). 

Hemos analizado el ejemplo de migración dentro de un país, pero es idéntico a cuando sucede entre naciones, excepto porque en este segundo caso suelen mediar fronteras, además de pasiones acerca de nacionalidades.  Pero el efecto económico es el mismo y es en ello en lo que he tratado de concentrar mi análisis.

¿Qué deseable es tener una estimación en Costa Rica de cuánto es el beneficio neto a la población nativa del país que surge de la inmigración?  Mucho, pues creo que ayudaría enormemente en una conversación desapasionada acerca del tema.  He visto datos para otros países (como de los Estados Unidos) en donde el incremento es sustancial.  Uno de esos estudios es muy interesante, dado que proviene de un crítico destacado de la inmigración hacia ese país. Se trata del economista de Harvard, George Borjas, quien en estima que los inmigrantes crean un beneficio neto estimado de $22 billones al año (ver George Borjas, "Immigration" en David R, Henderson, editor, The Concise Encyclopedia of Economics.) Indianapolis: Liberty Fund, 2009.) Una actualización más reciente eleva al número a $36 billones.

El economista Benjamin Powell, en su artículo An Economic Case for Immigration (Library of Economics and Liberty, 7 de junio del 2010), expresa que “hay un acuerdo generalizado entre economistas, que la inmigración, tal como el libre comercio, da lugar a beneficios netos para la población original del país.”  

Otro aspecto que siempre surge en la discusión acerca de la inmigración, es que se dice que los extranjeros llegan a quitarles los trabajos a los nacionales. La confusión radica aquí en que tal desplazamiento suele ser observado en su clara expresión, pero no se toma en cuenta que, por otra parte, se crean nuevos empleos en la economía, lo cual no suele ser visto con tanta evidencia y causalidad. Ante la inmigración, el trabajo casero, doméstico, es liberado de aquello que estaba haciendo y en el cual el inmigrante lo sustituyó.  Así el trabajador nacional desplazado puede dedicarse a trabajar en otras cosas en la cual es más productivo (si no fuera así, se quedaría adonde estaba previamente). Por ejemplo, es posible que usted haya leído la expresión de que ya no hay empleadas domésticas nacionales como antes, presuntamente porque fueron sustituidas en tal labor por inmigrantes.  El punto es que ahora las anteriores empleadas domésticas están laborando en actividades en que ganan más que antes; esto es, son más productivas en la sociedad. Y esto se aplica para todo tipo de trabajos en general.

Un  tema que sin duda es relevante en la discusión acerca de la inmigración en Costa Rica -y al cual me referiré con mucho mayor detalle posteriormente- es su efecto sobre la demanda de servicios estatales, en el marco de lo que se podría considerar como un estado de bienestar o paternalista. No hay duda de que dicha demanda está relacionada con la capacitación laboral de los migrantes, así como de su edad.  Ciertamente, si se tratara del ingreso al país de trabajadores ya calificados, sin duda que no demandarían el servicio público de educación básica, además de que, posiblemente, no requieren mucho de servicios de asistencia o caridad de parte del gobierno. Pero si la inmigración es de familias extendidas (abuelos, padres, hijos y nietos, usualmente pobres) es de esperar que demanden tales servicios gubernamentales característicos del estado de bienestar. Eso sucede máxime cuando las leyes no discriminan en lo absoluto en cuanto a la provisión de beneficios estatales, como podría ser al no tratarse de contribuyentes de algunos programas, o ante su procedencia original.  Por ejemplo, en los Estados Unidos se ha encontrado que “desde finales de la década de los años setenta la situación se ha revertido y los inmigrantes utilizan el sistema de beneficencia proporcionalmente más a menudo que los nativos.”(Campbell McConnell y Stanley L. Brue, Economía, 13ª. edición, Bogotá: McGraw-Hill Interamericana, 1997, p. 779).

La discusión se amplía cuando se considera que, si el estado de bienestar provee de recursos amplios a los migrantes, estos podrían verses desincentivados para buscar empleo, que incluso aseguraría la supervivencia familiar. El desincentivo para no laborar y depender de la ayuda estatal se incrementa cuando, si alternativamente buscan y obtienen un empleo remunerado, tendrían entonces que contribuir no sólo pagando impuestos generales, sino también efectuando aportes para programas sociales específicos.  En síntesis, se ha dicho, por tanto, que en aquellas circunstancias de no incorporación a un trabajo, los inmigrantes resultan ser una carga sobre el resto de contribuyentes.
Esto nos lleva, de nuevo, a la necesidad de tener una idea acerca de cuál es el impacto neto sobre las finanzas estatales, incluso acerca de si son contribuyentes netos al fisco. El alcance del tema se amplía cuándo, por ejemplo, un liberal clásico connotado como Milton Friedman, en cierto momento asevera que “Es obvio que usted no puede tener libre inmigración y un estado de bienestar.” (Ver entrevista de Peter Brimelow a Milton Friedman, titulada “Milton Friedman Soothsayer” [Milton Friedman el adivino] en Hoover Digest, No, 2, abril, 30, 1998). 

Eso, que puede haber causado cierto regocijo inicial en oponentes a la inmigración (al menos en los Estados Unidos), lo aclaró luego Stephen Moore, en un artículo en el Wall Street Journal, titulado “What Would Milton Friedman Say?: Immigration opponents often try to claim the famed economist as an ally. They are mistaken.” De acuerdo con el economista Moore,

“Friedman dijo tal cosa en múltiples ocasiones. Una vez declaró en un discurso, fácilmente accesible en YouTube, que ‘una cosa es tener libre inmigración a los empleos. Otra es tener libre inmigración a los privilegios que otorga el estado de bienestar. Y usted no puede tener ambos.” De hecho, él estaba convencido de que, lo que algunos se refieren como inmigración abierta y otros como fronteras abiertas, son ‘incompatibles’ con un estado de bienestar grande… 

Friedman era incuestionablemente pro-inmigración. En 1984, cuando laboraba en la Fundación Heritage,” dice Moore, “encuesté a los 75 más importantes economistas del país acerca de sus puntos de vista acerca de la economía de la inmigración. Son pocos los temas en los que los economistas están tan universalmente de acuerdo. Los puntos de vista de los partidarios del libre mercado y del keynesianismo eran igualmente de 9 a 1, a favor de la inmigración.”

Lo esencial de Friedman es, de acuerdo con Moore, que, 

“en tanto que los inmigrantes sean atraídos a los Estados Unidos en busca de empleos y oportunidades económicas, ellos son contribuyentes –pero no necesariamente se da así, si el cartel de bienvenida llega con beneficios gubernamentales que son pagados por los contribuyentes. Si no pueden tener acceso al estado de bienestar que otorga privilegios sociales, dijo Friedman, el país se beneficia.”

El problema, por tanto, no es la inmigración en sí, sino el estado de bienestar existente en aquella nación, que estimula la inmigración no necesariamente en busca de un empleo productivo y de una mejoría económica, lo cual sería algo positivo para todos, inmigrantes y nativos. El problema es la existencia de un estado que otorga indiscriminadamente regalías o privilegios para ciertos grupos específicos, las cuales son cargadas a los contribuyentes como un todo. “Hay una solución que es más económica y más humana que mantener afuera a los extranjeros: Permitir que sean elegibles para trabajar, pero no para que colecten” las ayudas gubernamentales dirigidas a grupos de ingresos relativamente bajos que existen en el país, indica el economista Bryan Caplan, en un comentario suyo del 7 de mayo del 2014, titulado “Meant for Each Other: Open borders and western civilization” [Hechos el uno para el otro: Fronteras abiertas y civilización occidental]. 

En una segunda parte de este comentario, me referiré a algunas cosas concretas del  caso de Costa Rica. Podrá leerlo la próxima semana en este mismo sitio.
 
Jorge Corrales Quesada


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