viernes, 2 de octubre de 2015

Viernes de recomendación


Ambos indicadores muestran nuestras debilidades y fortalezas, reflejando el lugar que ocupamos en el mundo al comparar casi la totalidad de las economías que lo conforman. A la vez, el IIG y el ICG representan valiosos instrumentos para la definición de las políticas públicas.

En términos generales la lectura de ambos instrumentos nos dice lo que sabemos y vivimos desde hace varios años: el país está estancado.

En el último quinquenio el país se ha mantenido entre los 50 países más innovadores – con la excepción del IIG 2013, cuando el país se ubicó 39 del mundo. Al mismo tiempo, el ICG nos muestra que en los últimos 9 años el país ha variado entre el puesto 52 y el  68, pero no hemos logrado dar el salto en nuestros indicadores de competitividad hacia posiciones de liderazgo. Parafraseando a don Eduardo Lizano, en los últimos años hemos vivido en un nadadito de perro en materia de innovación y competitividad.

Un primer mito que debemos superar al leer ambos indicadores es creer que estamos bien al ubicarnos en los primeros lugares de América Latina. Si bien el país es tercero en innovación (por detrás de Chile y Barbados) y competitividad (por detrás de Chile y Panamá) debemos considerar que nuestra región se caracteriza por ser poco competitiva y poco innovadora. Lo cierto es que ningún país de la América Latina se ubica dentro del top 25 de los países más innovadores del mundo, al tiempo que la mayorías de los vecinos latinoamericanos se ubican entre la posición 50 a la 100 en materia de competitividad, con la excepción de Chile, que se encuentra en el lugar 35 entre las 141 economías contempladas.

La realidad es que nuestro país no compite con países como Bolivia, Venezuela, los países del triángulo norte centroamericano, Argentina o Haití. Desde hace muchas décadas nuestro barrio dejó de ser el latinoamericano. Una aproximación más realista en materia de innovación nos debería comparar con países de renta media alta como la nuestra ($13,341 según el IIG 2015 o $10,083 según el ICG2015-2016). En este caso estamos en el grupo de países junto a Hungría, Vietnam, Bielorrusia, Tailandia y Malasia; mientras que cuando comparamos factores de competitividad similares a los nuestros debemos mirarnos contra Turquía, Panamá, Sudáfrica, Filipinas, Bulgaria, Rumania, India, Vietnam o México.

Así, cuando un inversionista piensa en Costa Rica como destino, no nos compara con América Latina directamente, sino que se pregunta cómo está Costa Rica en relación con estos países. La verdad es que si Costa Rica fuese un país de Europa, se ubicaría junto a las economías de Europa del centro o Sudeste; si fuésemos asiáticos estaríamos junto a economías del Sudeste.

Lo cierto es que Costa Rica es una economía en transición llena de contrastes. Somos un país que superó los requerimientos básicos de competitividad, pero no hemos logrados superar del todo aquellos factores de eficiencia que nos impiden ser una economía basada en la sofisticación y la innovación. Somos un país que ha logrado cumplir con tareas complejas que nos han permitido atraer inversión en alta tecnología por ejemplo, pero no hemos logrado superar problemas tan básicos y rudimentarios como la infraestructura vial. Ocupamos el lugar 20 en el mundo cuando nos referimos a la capacidad de nuestras empresas de absorber conocimientos de la IED que llega al país, según el IIG 2015, pero ocupamos el puesto 115 cuando hablamos de la calidad de nuestras carreteras, de acuerdo con el ICG 2015-2016.

Un segundo mito que debemos superar al contrastar los datos del IIG y del ICG es la autocomplacencia nostálgica. Para muchos en este país, como decía Jorge Manrique, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Para dar el salto que deseamos hacia puestos de liderazgo no podemos seguir pensando que Costa Rica será más competitiva e innovadora gracias a los avances en salud y educación básica, la solidez de nuestras institucionales democráticas o las conquistas sociales y laborales. Estos son requerimientos básicos, pero no son suficientes para catapultarnos hacia el desarrollo. Para convertirnos en una economía del conocimiento y dar el salto hacia el pilar de la sofisticación y la innovación no podemos conducir con la vista puesta en el retrovisor.

Todos los caminos apuntan a un mismo problema: la ineficiencia de la administración pública y el exceso de burocracia. Al observar nuestros principales males de nuestra competitividad e innovación encontramos un denominador común: nuestra mala gobernanza.

Nuestro principal dolor de cabeza competitiva se llama burocracia gubernamental, despilfarro del gasto público (118 en el ICG), así como la pésima protección al inversionista (138 de 140 economías en el ICG y 141 de 141 economías en el IIG).

Los datos del IIG y el ICG nos reiteran que el gobierno lejos de se un facilitador, entraba cualquier emprendimiento productivo, tal como se observa en el indicador Facilidad para iniciar un negocio (96 en el IIG) o el tiempo y los procedimientos para iniciar un negocio (104 en el ICG). Somos una economía que además, no garantiza reglas claras para cualquier inversionista que arriesgue su capital en el país. Sumado a lo anterior, somos una economía que dificulta el acceso al crédito como pocos en el mundo. El IIG nos ubica 80 en el mundo en cuanto a la facilidad de acceder a crédito, mientras que el ICG nos posiciona en el lugar 117 y 112 cuando nos referimos a la disponibilidad de capital de riesgo. Finalmente, vivimos un entorno macroeconómico que se ha caracterizado por un PIB real estancado entorno al 4%y un creciente déficit fiscal. Es así como en la medición del ICG el país ocupa el puesto 124 cuando nos referimos al equilibro en el presupuesto del gobierno.

En el libro Crear o Morir, Andrés Oppenheimer nos dice que: "la prosperidad de los países depende cada vez menos de los recursos naturales y cada vez más de los sistemas educativos, sus científicos y sus innovadores". Costa Rica entendió esto hace años cuando decidió basar su desarrollo no a partir de la explotación de sus recursos naturales, sino a partir de las oportunidades del progreso basado en la educación de su capital humano.

Este es el trapito de dominguear costarricense, que sin embargo se ve desafiado por la creciente desarticulación entre la oferta educativa y la demanda de los sectores productivos. Nos lo dice el IIG al ubicarnos en el puesto 95, cuando hablamos del porcentaje de graduados en ciencias e ingeniería y nos llama la atención el ICG al posicionarnos 55 en relación a la calidad educativa en matemática y ciencias.


Hace más de 125 años Costa Rica se definió gracias a una visión educativa. Hoy ese gran salto histórico se queda corto en comparación a los retos que enfrentamos. Nos corresponde ahora dar un nuevo salto para superar factores de eficiencia y productividad, y convertirnos en un país líder en competitividad, basado en la innovación y la sofisticación. 

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