martes, 12 de enero de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: en guardia desde mi corral

Desde hace cierto tiempo, ante la enorme cascada anunciada de nuevos y mayores impuestos, he venido señalando que, ante una economía como la nuestra, con problemas de crecimiento y de un desempleo de alrededor de un 10% y de un subempleo aún mayor y con un observado crecimiento de la economía informal, los gobernantes que proponen esos mayores impuestos no le explicaban al país cómo es que ese aumento de gravámenes no iba a afectar el crecimiento de la economía nacional.

Nunca nos lo han expuesto y asumen que de por sí los costarricenses vamos a aceptar pasiva e irracionalmente sus propuestas tributarias.  Pero el 5 de julio me dio gusto leer la columna semanal de don Jorge Guardia en La Nación, precisamente intentando dar una explicación de la bondad del aumento de impuestos propuesto, siendo que incluso don Jorge no forma parte del gobierno que ahora propone esos impuestos a todo el país.  Aunque en verdad, don Jorge, más en algunas ocasiones que en otras, señala la conveniencia de aumentar los impuestos ante la situación fiscal actual.

Por eso me agradó la pregunta que don Jorge hace al principio de su artículo: “La pregunta es qué pasa con la producción real al aumentar impuestos.” Y agrega que: “La respuesta convencional es que se contrae el ingreso disponible del sector privado y, por tanto, el consumo e inversión”. Y continúa: “estudios recientes aseguran que no necesariamente debe ser así. Todo depende de la composición y magnitud del ajuste fiscal.”
¡Qué bueno!, me dije a mí mismo. Ahora encontraré una respuesta a mi inquietud esbozada, de manera repetida, al inicio de mi comentario: Cómo más impuestos van a promover el crecimiento de la economía.

Veamos el análisis de don Jorge, que se sustenta en tres escenarios: el primero, el (A), que él considera “el más mejor”, basado “en menos gastos y más impuestos.” Uno segundo; el (B), que él denomina como “el más peor”, en el cual no se recorta el gasto (planillas, transferencias) y se suben los impuestos. Y un tercer escenario, el (C), que juzga como “el más probable” (me imagino que en la actualidad en el seno legislativo), en donde se mantendría el statu quo; esto es, no habría reducción del gasto ni aumento de los impuestos.
 
Hasta aquí todo parece estar bien en cuanto a esos escenarios, que pronto comentaré, pero desde ya hago notar el escenario mío, el (D, en donde se reduce el gasto y que no aumenten los impuestos.  Este escenario don Jorge no lo considera, lo cual si voy a hacerlo posteriormente.

Para este comentario es importante de entrada señalar conceptos cruciales que don Jorge no parece tomar en cuenta y que fueron expuestos por el profesor Milton Friedman (lo reitero, aunque a alguno puede desde ya no gustarle…Friedman… ufff). 

Señala Friedman lo siguiente (y si no les gusta él, pues piensen que lo digo yo, aunque tampoco les podría gustar –lo hago porque suelo reconocer al que sabe y sobre todo a quien lo explica con claridad quizá por vez primera). La fuente es de www.freetochoose.tv, Milton Friedman, Lecture 7: Is Tax Reform Possible? Y ésta es mi traducción (entre paréntesis están señalados los minutos de esa conferencia en que pronunció esas palabras):

(21:27) “…y ese es el punto de vista erróneo que mantienen los conservadores de lo fiscal: La prueba verdadera de una responsabilidad fiscal es si usted tiene un déficit o no. Ese es un punto de vista mantenido por muchos ciudadanos bien intencionados, quienes han estado buscando una reforma constitucional que requiere de un presupuesto balanceado por el gobierno federal. Ciertamente, yo no estoy en contra de una presupuesto balanceado, pero someto a su consideración que, al enfatizar primariamente el déficit, los conservadores de lo fiscal han terminado siendo el testaferro de los grandes gastadores.

El proceso típico ha sido muy claro: Los grandes gastadores han votado por tener gastos del gobierno que han producido el déficit. Los conservadores de lo fiscal se rascan sus cabezas y dicen: ‘eso es terrible no podemos tener un déficit’ y con ello se ponen a trabajar para obtener más impuestos. Tan pronto como los impuestos han sido aumentados, y el déficit ha vuelto a ser algo razonable, los grandes gastadores aparecen de nuevo. Y el resultado final es siempre más y más gasto del gobierno. 

Este punto está estrechamente relacionado con el que mencionaba hace poco: El problema real es lo que el gobierno gasta, no de lo que se apropia en forma de los llamados impuestos. El problema real no es el déficit. El problema real no es la deuda del gobierno. El problema real es el gasto del gobierno.
 
Yo prefiero tener un presupuesto gubernamental de 200 billones de dólares con un déficit de 100 billones, que un presupuesto del gobierno de 400 billones de dólares y sin déficit. Ello porque un presupuesto gubernamental de 400 billones de dólares es simplemente el doble de lo que se le quita de disponibilidad al ciudadano y que es gastado en su nombre por el gobierno. Ese es el verdadero problema.” (23:33)
 
Este es el problema que observé en la propuesta de don Jorge, obviamente dirigida a resolver un problema que él considera indispensable, pero se equivoca en su naturaleza.  El déficit se da cuando hay un exceso de gastos del gobierno por encima de sus ingresos, pero el déficit no es el problema, sino la demanda de recursos que en la sociedad hace el estado. El problema no es el déficit, sino el gasto del estado tan elevado. 

Ello porque sencillamente cada colón que obtiene el fisco para gastarlo es una demanda que el estado ejerce sobre la producción nacional, la cual ya no estará destinada al consumo o la inversión privada. Y debo señalar, por si alguien me hace la observación, que tampoco se destina a la inversión pública, la cual siempre es recortada para poder seguir la fiesta del gasto corriente. 

Lo expuesto en el párrafo previo es independiente de si otro de los efectos que señala Friedman tiene lugar: cual es que, una vez que el estado recibe los nuevos ingresos, simplemente es tan sólo una base para que, de nuevo, aumente el gasto, dando lugar a que surja un nuevo déficit y posteriormente a propuestas de nuevos incrementos en los impuestos para subsanar el renacido déficit.  Este carrusel o tiovivo tributario lo hemos vivido cíclicamente en nuestro país: en promedio cada cuatro años se nos ha planteado a los ciudadanos un nuevo incremento de impuestos para resolver el “problema” del déficit.

Es más, en torno a esto último, la verdad es que cuando se habla de una “reforma tributaria” -la cual miro con buenos ojos si efectivamente contribuye a un mayor crecimiento de la producción, del ingreso familiar y del empleo- lo que en verdad simplemente proponen, bajo ese disfraz terminológico, es un aumento en los impuestos.  Ejemplo: cuando nos dicen en estos días que el IVA es un mejor impuesto que el vigente de ventas, pues tiende a controlar mejor la recaudación y no tiene, esencialmente, exclusiones distorsionadoras. Aceptemos que esa reforma es deseable, en tales términos, pero la verdad es que la aprovechan no sólo para ampliar la base imponible, que puede ser necesaria, sino para aumentar la tasa del impuesto.  Si lo que interesara fuera la “reforma” y no simplemente una mayor recaudación, la propuesta del IVA debería de tener una concomitante reducción de la tasa del impuesto actual de ventas y no de un aumento del 13% al 15%, como pretenden lograr ahora.

Pero a don Jorge, al igual que al gobierno, lo que les preocupa es ver cómo se “cierra” el déficit y no controlar el crecimiento ni el nivel del gasto del estado, pues, de ser así, entonces, como lo pone en claro el último párrafo transcrito de Friedman, tomarían muy en cuenta de que, entre más gasta el estado con los nuevos ingresos y, si se mantienen los impuestos que generan esa mayor recaudación, de nuevo resurge el déficit y para su eliminación, otra vez, se tendría que aumentar los impuestos hasta empatar ese nuevo gasto exacerbado. Así de fácil.

Los escenarios (A), (B) y (C) están deliberadamente señalados para omitir el escenario (D), que es el que no quieren poner en práctica, simplemente porque el estado no podrá posesionarse de relativamente mayores ingresos privados; esto es, no estará en capacidad de aumentar su demanda sobre los recursos que produce el país.

Para empezar, me llama la atención el escenario (A), en donde habría una reducción del gasto y un aumento de los impuestos a fin de eliminar el déficit.  Esto es divertido: ¿En qué porcentajes? ¿Aquellos que me parecen le escuché una vez a don Oscar Arias, de aumentar los impuestos en un 60% y reducir el gasto en un 40%? O, tal vez, el “explícitamente tácito” del actual del gobierno, de tener una reducción mínima del gasto (“no hay forma de reducir significativamente el gasto” nos dicen, o de manera similar, que “el gasto público es inflexible”) ¿Estará implícito un 90% de aumento de impuestos y sólo una reducción del 10% del gasto para eliminar el déficit? Lo más probable es que alguien salga con el cuento del justo medio ─mita y mita, como dirían. Pero no creo que haya sabio en la tierra que nos compruebe que eso -del 50% y el 50%- es lo justo y necesario. Es más, me atrevo a pensar que don Jorge consideraría esta posibilidad como inconveniente, si es que ponemos a la par su propuesta (A) - que él llama el escenario “más mejor”-, en comparación con la (B), que considera como el escenario “más peor”.  Como que implícitamente le preocupa el aumento de los impuestos. ¿Qué de especial tiene el que sea un 50% de reducción del gasto y un 50% de aumento de los impuestos? Para empezar, ¿qué hacer con el que tiene un descenso en el pago que recibe del estado y a la vez un aumento del 50% en los impuestos, en comparación con alguien que no recibe un descenso en el pago que recibe del estado y no aumentan en nada los impuestos?  ¿Cómo los compara? 

Tal vez lo único destacado de una idea de mitad y mitad es la filosóficamente expuesta del justo medio, pero creo que en esto no aplica. Lo útil que debemos tomar en cuenta es el efecto que tienen las diversas propuestas sobre los ingresos, el consumo, la inversión y el empleo de la economía privada; esto es, en la economía de los ciudadanos. Me parece que una pretensión de que la solución al problema pase por una mitad de aumento de impuestos y una mitad de reducción el gasto gubernamental, no es más que un oportunismo inconveniente, al hacer equivalentes  en cuanto a su conveniencia moral a una conveniente reducción del gasto gubernamental con un oneroso aumento de los impuestos a las personas. Estoy casi seguro de que don Jorge no tiene en mente una propuesta de aumentar los impuestos y bajar el gasto en esas proporciones.  Pero tal vez alguien por allí la puede imaginar así.

Para justificar mi preferencia, voy a tratar de hacer un ejercicio simple usando los escenarios propuestos por don Jorge Guardia.  Recordemos, el (A), que llama “el más mejor”, en donde hay una reducción del gasto (-G) y un aumento de los impuestos (+I).  El (B), que denomina “el más peor”, en el cual no cambia el gasto (=G) y aumentan los impuestos (+I) y el (C), que nombra “el más probable”’, caracterizado porque no cambia el gasto (=G) y no aumentan los impuestos (=I).  Por otra parte, está mi propuesta (D), en donde se reduce el gasto (-G) y no aumentan los impuestos (=I).

Si comparamos el escenario (A) con el (B), podemos observar que, para don Jorge, la diferencia entre “el más mejor” y “el más peor” está dada en que, en tanto que el gasto se reduce en el primero (-G), en el segundo queda igual (=G), y en ambos aumentan los impuestos (+I); o sea, lo que hace la diferencia entre lo mejor y lo más malo es que en el primero (A) se reduce el gasto y no así en el segundo. Esto es, para don Jorge, su preferencia por (A) ante (B), radica en que recortar el gasto es preferible a mantenerlo como está en la actualidad.

Si comparamos el escenario (C), “el más probable”, con “el más peor” (B), podemos observar que, para don Jorge, la diferencia está en que en el escenario (B), “el más peor”, aumentan los impuestos (+I), en tanto que en “el más probable” los impuestos no aumentan (=I), si bien el gasto permanece igual en ambos casos. O sea, la diferencia entre el probable y el más malo para definir su preferencia está dada porque en el segundo los impuestos se elevan (+I), no así los gastos que permanecen iguales en ambos escenarios. Así, para don Jorge, su preferencia por (C) ante (B) yace en que los impuestos en el primer caso se mantienen, mientras que en el segundo aumentan; es preferible para él el que los impuestos se mantengan, a que se aumenten, dado que en ambos casos el gasto permanece igual.

Dado lo anterior, comparativamente el factor reducción del gasto (-G) es algo deseable, en tanto que el factor aumento del impuesto (+I) es lo que permite considerar a un escenario comparativamente indeseable.
Ya tenemos la comparación de (A) y (B), en donde, de acuerdo con las preferencias de don Jorge, (A) resulta ser preferido a (B).  A la vez, al compararse el escenario (C) con el (B), de acuerdo con don Jorge, (C) es preferido a (B).  Ahora bien, dado el calificativo de “el más mejor” de (A), uno esperaría entonces, que (A) fuera preferido a (C).

Pero ¿qué resulta de comparar el escenario (A), “el más mejor”, con el escenario (C), “el más probable”? Vamos por partes: de la comparación que hace don Jorge entre el escenario (A) y (B), su preferencia para escoger (A) se basa en que en éste el gasto se reduce en comparación con el caso (B), en el cual se mantiene el gasto previo.  A su vez, en los escenarios (A) y (B), en ambos, los impuestos aumentan en las dos alternativas. Por tanto, la preferencia de don Jorge por (A) cuando se le compara con (B) está estrictamente definida por el cambio en el gasto, dado que los impuestos son iguales.  Esto es, se prefiera a (A) porque se reduce el gasto, en tanto que en (B) este se conserva igual. En mi notación, la primera comparación entre (A) y (B) don Jorge la ha de haber escogido porque es preferible recortar el gasto que mantenerlo.

A su vez, a partir de la comparación que don Jorge hace entre el escenario (B) y (C), su preferencia para escoger (C) se basa en que en éste los impuestos se mantienen, en tanto que en (B)  los impuestos aumentan, dado que tanto en (C) como en (B), se mantiene el gasto previo.  Dado que en (B) y en (C) se mantiene el gasto, la preferencia escogida se sustenta en que es preferible mantener los impuestos, como sucede en el escenario (C), a aumentarlos, como sucede en el escenario (B). Esto es,  en mi notación, la segunda comparación entre (C) y (B) don Jorge la ha de haber escogido porque es preferible mantener los impuestos que aumentarlos.

Si llevamos estos dos resultados (esto es, primero, que es preferible recortar el gasto que mantenerlo y, segundo, que es preferible mantener los impuestos a aumentarlos), a la comparación entre la propuesta del escenario que don Jorge llama más mejor -la (A)- con la mía, la (D), en donde la diferencia está dada porque en la de don Jorge -la (A)- se reduce el gasto y se aumentan los impuestos, mientras que en la mía –la (D) se reduce el gasto y se mantienen los impuestos, se puede concluir que (D) es preferible a (A), dado que ambas opciones tienen una disminución del gasto (-G), en tanto que en (D) se tiene que los impuestos se mantienen, mientras que en (A) aumentan. Pero ya habíamos visto que, en la comparación de las opciones de don Jorge entre (A) y (B), la “más mejor” y la “más peor”, escogió (A) sobre (B) porque recortar el gasto en (A), era preferida a mantener el gasto en (B). Asimismo, que en la comparación de las opciones de don Jorge entre (C) -la de mantener el statu quo- y la (B) -la de aumentar los impuestos- él escoge como preferida a (C) ante (B), porque mantener los impuestos era una opción preferida a aumentarlos. Por lo tanto, (D) debería de ser preferida a (A), dado que en (D) se mantiene los impuestos que era preferido a (A), en donde se aumentaban los impuestos.

Don Jorge cree es que lo crucial en todo este análisis es la rebaja en el gasto, no tanto como el aumento en los impuestos. Pero extrañamente no plantea el escenario (D) entre sus opciones.  Pero, como dice él en su comentario citado, su respuesta no es la convencional, sino basado en “evidencia empírica”, esos resultados convencionales no necesariamente deben ser así, sino que depende de la composición y magnitud del ajuste fiscal, lo cual no sume en serios problemas de determinar las composiciones y magnitudes óptimas de ajuste, que creo que nos introduce en honduras no fácilmente determinables. La consideración de aumentar los impuestos, como la que hace don Jorge en su escenario (A) surge, como bien lo explicó Friedman, con la inclinación errada de evitar el déficit mediante el aumento de los impuestos y no de la limitación a la demanda de recursos que hace el estado; mejor conocida como gasto público.

Jorge Corrales Quesada

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