lunes, 18 de enero de 2016

Tema polémico: las consecuencias inesperadas.

Tras la invasión estadounidense a Irak en 2003 y la subsecuente caída del régimen de Saddam Hussein, que provocó la destrucción de los precarios equilibrios étnicos y sectarios que mantenían unido a ese país, así como el desmantelamiento de las instituciones políticas y militares, se le prohibió el empleo público y se les negaron las pensiones a 400.000 miembros del ejército iraquí derrotado.

Como resultado, los militares veteranos y miembros de los servicios de inteligencia de Saddam que no encontraron la respuesta a sus necesidades en las nuevas autoridades políticas de Irak, pasaron a formar parte de la dirigencia de Dáesh. Paradójicamente la caída del dictador, lejos de ser la solución, ha fracturado al país generando el caldo de fermentación para el extremismo islámico.

Algo similar ocurrió en Libia. Cuatro años después del derrocamiento y asesinato de Muamar El Gadafi, el país se divide entre numerosas milicias armadas, enfrentamientos tribales y grupos terroristas que disputan el poder. La consecuencia no esperada de la Primavera Árabe es que ahora "la nueva Libia es como una incubadora, que produce nuevos Gadafis"

En ambos casos, ante la ausencia de instituciones políticas, de seguridad y justicia, así como liderazgos que permitan una transición ordenada y estable del sistema tras la caída de los dictadores, han surgido numerosos actores que buscan llenar los espacios de poder antes ocupados por los liderazgos fuertes. El mal mayor resultó en realidad, ser el mal menor. 

Un fenómeno similar ocurre con los carteles de la droga en nuestra región.  Ante la ausencia de instituciones políticas estables  e incorruptas, cada vez que un alto mando del narcotráfico sale de escena –o más bien, es sacado- explota una guerra entre los aspirantes a llenar el espacio de poder que se deja.


Nuevamente, ante la ausencia de una respuesta de las autoridades políticas y de seguridad para retomar el control, las plazas de venta de droga son dominadas por nuevos cabecillas. Así, sin distinción, cualquiera sea la organización o sistema político, a nivel micro o macro, todos siguen una misma regla: no existen vacíos en el poder.

Los mexicanos conocen bien este axioma. Cuando una pieza importante de alguna banda del narcotráfico ha caído y su entorno de influencia no ha sido ocupado por la Policía o el Ejército, pronto es llenado por otra pieza de la narcocriminalidad, no sin antes librar una cruenta batalla contra todos los grupos rivales.

No se trata de enaltecer a los tiranos, ensalzar a los criminales, ni abstraernos de toda moral, sino de pensar con gran dosis de realismo en las consecuencias no intencionadas de las políticas bien intencionadas. Si algo nos enseña la historia es que  la democracia no es el maná que cae del cielo, a la que se llega a través de utopías y buenas intenciones.

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