lunes, 8 de febrero de 2016

Tema Polémico: hacia una cultura de la innovación

En su libro, ¡Crear o morir! Andrés Oppenheimer describe a los países latinoamericanos como enormes reservas de talento, con poblaciones con gran potencial creativo e innovador, que sin embargo, no está trascendiendo ni se traduce  con la velocidad necesaria en crecimiento de la economía ni reducción de la pobreza.

Resulta paradójico que aunque tengamos a la generación más preparada y educada de nuestra historia, esta cultura y creatividad no se transforme en muchos emprendimientos dinámicos y negocios lucrativos, al ritmo que otras economías en desarrollo lo están haciendo. Algo falta en la ecuación latinoamericana del desarrollo.

La respuesta es la pobre cultura de la innovación y el débil espíritu emprendedor de nuestra población. 

No nos debemos confundir. Aunque en América Latina, y particularmente en Costa Rica, el grueso del parque empresarial está conformado por micro, pequeñas y medianas empresas, la mayoría de estos emprendedores han tomado el riesgo y han decidido emprender más como una vía de escape ante la falta de oportunidades laborales, que como una oportunidad de negocios basado en el deseo de innovar y crear valor.


En Costa Rica, la Encuesta Nacional de Hogares Productores (Enhopro) del 2014 señalaba que si bien en el país existen cerca de 340 mil emprendedores, 63,2% de ellos tuvo razones de necesidad para iniciar su propia empresa. 

Estamos hablando de dos paradigmas muy diferentes entre los emprendimientos dinámicos o transformadores que tienen un impacto considerable sobre la capacidad de generar empleo y aumentos en la productividad, y quienes emprenden porque no tienen otra opción para vivir.

No se trata de restar el mérito de quienes inician una empresa para encontrar una forma de vida, pero la apuesta debe ser por aquellos emprendedores creativos que generan alto valor agregado a la economía. La clave está en crear una cultura que estimule la innovación productiva, dándole significancia y un protagonismo mucho mayor al emprendedor capaz de visualizar nuevas demandas y encontrar aplicaciones de mercado a nuevas tecnologías.

Y es que para que una economía crezca se debe mejorar el clima de negocios y los factores clave de la competitividad, la calidad de la educación y exportar productos de mayor valor agregado, pero para que esto suceda, necesitamos antes mejorar la percepción que nuestras sociedades tienen sobre el emprendedurismo. Siguiendo a Oppenheimer, nuestro país debe aprender a estimular y glorificar al emprendedor y al innovador.

¿Cómo podríamos tener al próximo Steve Jobs o al siguiente Elon Musk, cuando en nuestra sociedad se glorifica al futbolista, la modelo o el cantante, mientras se desconoce al innovador?

La promoción de una cultura de la innovación y el emprendedurismo, que genere un clima colectivo a favor de la creatividad y elogie a los innovadores es el paso previo, que desafortunadamente nos hemos dado, para ascender en la escalera del desarrollo hacia una economía basada en el conocimiento.

Oppenheimer nos recuerda que “de poco sirven los estímulos gubernamentales, ni la producción masiva de ingenieros, ni mucho menos los parques tecnológicos, sin una cultura de la innovación”. Alentar una cultura que convierta al innovador en un héroe es la clave para mejorar o reafirmar las percepciones acerca de nuestras propias capacidades como sociedad.

En julio del año pasado El Financiero mostraba los datos de una encuesta según la cual la mayoría de los jóvenes costarricenses aspiran a ser empleados públicos. Nada peor para una economía que necesita de jóvenes con deseos de emprender.


Esto refleja la imperiosa necesidad de promover una cultura que no penalice el fracaso, que interiorice la capacidad de tolerar el riesgo, que promueva jóvenes motivados para enfrentar dificultades, resolver problemas y trazarse objetivos ambiciosos. Como país necesitamos dar pasos concretos para promover una cultura de la innovación.

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