lunes, 11 de julio de 2016

Tema polémico: el rezago de la política

Vivimos en una época de disrupciones aceleradas. Como nunca antes en la historia de la humanidad, los cambios tecnológicos están impactando prácticamente todos los ámbitos de nuestra existencia; desde el transporte, nuestra salud, la forma en que aprendemos, nos educamos y la manera en que nos comunicamos. Todos los campos de nuestra vida están cambiando vertiginosamente.

En 2001 Raymond Kurzweil, actual director de ingeniería de Google, había teorizado sobre la forma en que la ciencia y la tecnología se convierte en información, se acelera y crece exponencialmente. La denominada «La ley de rendimientos acelerados», planteada por Kurzweil, señala como la tasa de cambio en una amplia variedad de sistemas evolutivos tiende a aumentar exponencialmente, no linealmente, como nuestra propia intuición podría prever.

El planteamiento de los rendimientos acelerados resulta interesante, pero de la misma forma en que las tecnologías están volviendo más potentes a la física, medicina o la biología, los cambios también están generando tendencias contradictorias que tensionan a la sociedad y a las políticas públicas.

Ejemplos de estas contradicciones en nuestras sociedades se reflejan, por ejemplo, en una mayor demanda por participación en la toma de decisiones, pero al mismo tiempo, una creciente presión por reacciones más rápidas en los procesos mismos de toma de decisiones, o una mejor observancia a través de regulaciones, aparejados de procesos más ágiles y fluidos.

Larry Downes había señalado esta creciente dificultad en los procesos de toma de decisiones, cuando en el año 2000 expuso la denominada «La Ley de la Ruptura o Disrupciones», según la cual el acelerado cambio tecnológico está creando una brecha entre su avance y la capacidad de las sociedades para acelerar al mismo ritmo, pero más aún, entre el avance de las tecnologías y las sociedades, con el lento cambio económico. Según la Ley de Ruptura, la brecha de avance es aún más amplia entre la velocidad de cambio tecnológica, de las sociedades y las economías, con la lentísima capacidad de los sistemas políticos para ajustarse a ese cambio.

Así, mientras en la Grecia antigua basaban las prácticas de curación en la magia y la religión, en la actualidad se trabaja en la corrección de errores genéticos dañinos del ADN de las personas, a través de avances tecnológicos, por citar un solo ejemplo. Al mismo tiempo, nuestros sistemas políticos que teóricamente deben regular todos estos avances tecnológicos, funcionan bajo la misma lógica  y con las mismas prácticas desde hace cientos o miles de años. 

Los sistemas políticos y los procesos de toma de decisiones mejoran lentamente, en forma incremental, mientras la tecnología lo hace de manera exponencial.

Todo lo anterior podría parecer demasiado teórico, pero el impacto de la brecha entre la tecnología y la política hoy se traduce en un palpable y realista descontento con la política, la creciente insatisfacción de demandas sociales ante la incapacidad de procesamiento de todos los inputs dentro del sistema político, en el surgimiento de líderes populistas que prometen resolver estas demandas y un sentimiento de desorientación entre los tomadores de decisión.

Quienes hoy operan los sistemas políticos deberían entender esta realidad, para introducir la variable innovación dentro de la política y cambiar la forma en que entendemos su funcionamiento a la luz de los avances del siglo XXI. 

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