martes, 16 de agosto de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: la libertad no es gratuita; tiene un costo

Empezaré mi comentario con algo que parecerá obvio: los humanos nos vemos obligados a escoger. La razón surge de la escasez natural de las cosas, de las ideas, de las posibilidades, que una persona encara cuando busca satisfacer sus diversos deseos o necesidades. Si la escasez no existiera, no habría necesidad de escoger entre alternativas, pues, en términos sencillos, habría de todo y sin costo alguno.  La realidad es que los recursos con que se producen las distintas cosas son escasos y ello se traduce en que la producción sea por definición limitada. Exige que tengamos que escoger cuáles de esas de esas necesidades o deseos preferimos satisfacer.  No podemos tener de todo. Siempre habrá que escoger, que optar entre alternativas.

Nos pasamos la vida escogiendo entre opciones.  Dada la limitación de recursos -todos tenemos un presupuesto limitado, no infinito, para gastar- usamos nuestro dinero en aquello que nos satisfaga relativamente más, tanto material como espiritualmente. Si gasto en un libro, no podré gastar esa misma plata en comprarme un lápiz y así con todas las cosas.  En nuestra vida personal debemos elegir cuál es la mejor manera en que podemos usar nuestras habilidades y nuestros esfuerzos. Lo mismo sucede en las empresas, que han de elegir cuál es la mejor forma en que pueden usar el trabajo y la maquinaria para producir. La escogencia es omnipresente.

Al elegir algo, sacrificamos optar por otra alternativa.  Cuando compro aquel libro, estaré sacrificando, o sea, perdiendo el beneficio o satisfacción que me brindaría la alternativa, como, por ejemplo, la de comprar aquel lápiz. Así sucede con todas las cosas en una economía.

Siempre prefiero tener la posibilidad de escoger en comparación con no tenerla.  Imagínese lo que es que usted no pueda -teniendo el dinero para así utilizarlo- comprar algo que desea adquirir.  Pero, también, deseo ser libre de escoger lo que prefiero: que sea yo quien defina lo que deseo adquirir.  Esto no significa que alguien no me puede sugerir o aconsejar acerca de la conveniencia de adquirir algo. Se trata de que dicha adquisición sea hecha por mi voluntad propia, sin que se me obligue a hacerlo. Alguno me dirá: ¿Y si está con una enfermedad terminal y tan sólo hay una medicina que puede adquirir, dejaría de ser libre de escoger, aunque tenga los recursos para comprarla?  Pueden existir restricciones tecnológicas, si bien casi siempre hay sustitutos, pero aun así tengo libertad de abstenerme de compararla.  El punto es que nadie debe imponer su voluntad por encima de la mía para que adquiera algo. Nadie mejor que yo puede saber cuáles cosas prefiero o deseo; unas más que otras. Y ¿qué en el caso de una adicción? Se me ocurre pensar que, en algún momento, esa persona escogió, tomó una decisión, en vez de elegir otra cosa. No hay duda que tener la información adecuada en el momento en que se toma una decisión, puede ser apropiado, aunque obtenerla en muchos casos puede significar incluso un costo alto.

El tema es apasionante y especialmente útil en circunstancias reales como cuando se nos quiere impedir o limitar nuestras posibilidades de escoger libremente. Tengo en mente el tema cuando en una economía surgen prácticas que, de hecho, me impiden escoger.  Tal es el caso de un monopolio, en donde existe un sólo oferente de un bien o servicio que deseo adquirir. Si lo quiero consumir, no tengo otra alternativa que adquirir el que se me ofrece en el mercado.  Por supuesto, que es posible adquirir un bien alternativo en algún otro mercado. Por ejemplo, viajando al exterior y trayéndolo al país, pero es obvio que eso acarrearía enormes costos, no sólo por gastos de viaje, sino posiblemente a causa de elevados impuestos y barreras arancelarias que, de hecho, suelen ser la razón que me impiden adquirirlo en el mercado doméstico, obligándoseme a consumir sólo lo que el monopolista local me ofrece. 

Los monopolios domésticos no pueden del todo impedir que la gente escoja, pero ciertamente no serán muchos los que pueden darse el gusto de pagar tan elevados costos para adquirir aquel producto en un mercado internacional, pues con todas esas restricciones posiblemente me resulta más caro que si se le compra al monopolio nacional. Pero ciertamente estaría en mejor situación si pudiera adquirirlo más barato (y posiblemente de mejor calidad) en el mercado doméstico, en donde existiera competencia, tanto de otros productores domésticos como del exterior. Por eso los monopolios domésticos se suelen oponer al libre comercio internacional: para obligarme a pagar más caro por el artículo producido domésticamente.

Creo que el ciudadano se ha dado cuenta gradual -y ello me ha motivado a escribir este comentario- de que ciertas actividades que le son ofrecidas en condiciones monopólicas o en arreglos de naturaleza similar (como los carteles y oligopolios), no son su mejor opción, pues desea tener alternativas que le brinden la posibilidad de escoger a precios y características preferidas que les sean más baratas o de mejor calidad. Creo que esa es la razón por la cual la ciudadanía considera deseable tener un mayor número de oferentes de combustibles en el país, en contraste con la obligación hoy impuesta de adquirir obligatoriamente los combustibles de RECOPE. Asimismo, el deseo de los consumidores de tener opciones ante el servicio monopólico de un gremio de taxistas, se ha reflejado en el enorme éxito de un competidor nuevo en el mercado, como es el llamado Über, al igual que sucedería con cualquier otro que pueda entrar a competir en el mercado con un sistema similar.

Hay una realidad en la economía y es que monopolios como esos existen porque el estado nos los impone a los consumidores. Igual lo pretendió en el pasado con la telefonía, la educación universitaria y la banca comercial, para dar algunos ejemplos.  Los usuarios y consumidores hemos logrado que en el mercado no estemos prisioneros de un cartel o de un monopolio protegido por el estado, sino que se abrieran las puertas para nuevas alternativas preferidas por los consumidores. Para quienes no les gustaron las nuevas opciones, siempre está la posibilidad de consumir tales bienes o servicios de los antiguos proveedores monopólicos, hoy sujetos a competencia.  Hoy nadie se ve obligado a adquirir la telefonía Kolby, del ICE estatal. Si adquiere ese servicio, es porque así lo prefiere. Similarmente, hoy a nadie se le obliga a usar los servicios del Banco de Costa Rica o del Banco Nacional si así lo prefiere. Actualmente uno no está obligado a acudir a estudiar en la Universidad de Costa Rica -monopolio que hasta hace poco más de 40 años nos era obligatorio, si queríamos estudiar en el país. Hoy lo hará libremente si lo prefiere y logra ser admitido.

Es necesario tomar en cuenta lo siguiente: desde que hay competencia en el país, creo que ha mejorado el servicio del antiguo cartel de bancos estatales, así como los previamente monopolizados de telefonía por parte del ICE. No comento por falta de información acerca de la calidad de la Universidad de Costa Rica, pues considero que mantiene la de antes, aun enfrentando competencia.

Pero bien sabemos del enorme crecimiento de transferencias de recursos (subsidios) de parte del estado -que en realidad son recursos de los ciudadanos utilizados así por el estado- para poder decir que es lo que puede haber permitido la permanencia de su calidad. Eso que cada cual lo valore como le parezca. Eso sí, la competencia en todas estas áreas ha aumentado la satisfacción de los consumidores, quienes ahora pueden escoger entre diversas opciones y, si no le gustan las nuevas, pueden quedarse con la vieja. Esa entrada de competencia, rompiendo monopolios, ha logrado que en mucho se reduzcan los costos previos y se mejoren los productos o servicios que ahora puede adquirir.

La lucha en contra del monopolio, que restringe nuestra libertad para escoger, nunca es fácil: la competencia no es gratuita. A ello es a lo que principalmente deseo referirme. Esa batalla es dura, porque, para empezar, el monopolio es, por definición, la existencia de un solo suplidor. Tal como con los casos de sus parientes institucionales restrictivos de nuestras posibilidades de escoger libremente, el oligopolio -unos pocos oferentes- o el cartel, organizado este último gracias al claro apoyo del estado, significan que siempre uno o pocos oferentes se quedarán con las enormes ganancias derivadas de la menor producción dedicada a satisfacer los deseos y necesidades de los consumidores. Así aumentan el costo en el mercado; el sobreprecio de más que paga cada consumidor, que individualmente puede ser alto para cada uno, siempre será inferior al monto total que quedará en manos del oferente único o de los pocos. 

La tajada cobrada de más por el monopolio o similares, en pedacitos de mayor o menor tamaño a cada consumidor individualmente, siempre será una minúscula parte del total, que queda en manos del monopolio o de entes monopolísticos similares. Esto se ha documentado claramente en el caso del arroz en el país, en donde el enorme total que va a dar a unos cinco productores protegidos, constituye una inmensidad, en comparación con el poco más –aunque ese poco es importante en el gasto personal o familiar- que paga cada consumidor cuando adquiere un kilo de ese producto. Piensen también en el caso del azúcar nacional o de los lácteos.

Tan enorme ganancia hace que los privilegiados dediquen recursos a proteger su feudo, que ofrezcan apoyo político al gobierno que les protege de la competencia, sin mencionar otras cosas, pues lo que tiene que invertir el protegido en su “búsqueda de rentas”, usualmente no es mucho en comparación con el pedazote total que logran extraer con el sobreprecio a los consumidores.  Creo que vamos entendiendo parte de las razones por las que Costa Rica es tan cara para sus consumidores.

De un libro de Milton y Rose Friedman, Tyranny of the Status Quo (La Tiranía del Estado de las Cosas), escrito en 1983, extraigo la conclusión para esta parte de mi comentario: “Cualquier medida que afecte significativamente a un grupo concentrado -ya sea para favorecerlo o desfavorecerlo- tiende a tener efectos sustanciales, ocurren rápidamente y son altamente visibles sobre miembros individuales de esos grupos. Los efectos de esas mismas medidas sobre los miembros individuales de un grupo difuso -de nuevo para favorecerlo o desfavorecerlo- tienden a ser triviales [de poca monta], ocurren más lentamente y son menos visibles. Una reacción rápida y concentrada es la fuente más importante de la fuerza de los grupos de interés especiales en una democracia.” (P. 6). De esta manera podemos entender por qué cuesta tanto lograr ciertos cambios en nuestra economía.

Esa es la realidad: los consumidores estamos sujetos a la tiranía del status quo, tal como lo enfrentamos en estos momentos en que luchamos por tener mayores opciones entre las cuales escoger. Conscientes de esa realidad es que debemos fortalecer nuestros esfuerzos cívicos en favor de tener una mayor libertad para escoger. La libertad no es algo gratis; obtenerla significa un costo que incluso a veces es muy elevado.  No fue ni fácil ni barato poder alejarse de la tiranía de los faraones egipcios;  tampoco lo fue el levantamiento de los barones ingleses en contra del tirano rey Juan Sin Tierra, hasta que lograron aprobar sus derechos mediante la firma de la Carta Magna. Y aún más difícil y onerosa lo fue la lucha contra el nazismo y el comunismo en el siglo XX.  La libertad nunca nos ha caído del cielo, sino que ha sido lograda por el esfuerzo de personas deseosas de ejercer su autodeterminación. Que puedan escoger libremente de acuerdo con sus preferencias individuales, que sus elecciones no sean impuestas por un estado o por un grupo de privilegiados protegidos por ese mismo estado, sino que sean el resultado de su propia conciencia y voluntad.
 

Jorge Corrales Quesada
  

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