martes, 13 de septiembre de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: a 40 años de fundada la primer Universidad Privada de Costa Rica

Lograr la apertura de la primera universidad privada en Costa Rica no fue nada fácil. La oposición a ello fue amplia e intransigente, sobre todo porque en aquel entonces había un muy poderoso adversario: la Universidad de Costa Rica, representada por sus autoridades, algunos profesores y alumnos.

Esto último, viéndolo retrospectivamente, iba más allá de impedir una competencia que surgiría para esa universidad, sino que reflejaba una pretensión inaudita, cual fue que el nombre “universidad” sólo podía ser usado por la Universidad de Costa Rica.  Se pretendía que ese uso del nombre “universidad” estaba, como si así lo fuera, sujeto a derechos de autor o un derecho de propiedad de una marca registrada. ¿Qué no me lo creen? En cierto momento la Universidad de Costa Rica se opuso a la existencia de un bar en su vecindad (100 varas al sur de la Biblioteca Carlos Monge), al cual solían acudir principalmente jóvenes estudiantes, pues tenía un rótulo que decía “Taberna Universitaria”. Sí, “universitaria”…pidieron que se prohibiera que usara tal calificativo.

Antes de que alguien me señale, vestido de puritanismo, que posiblemente esa oposición de la Universidad de Costa Rica, se debía a que aquel era un sitio en donde se disfrutaba de un vicio, lo cierto es que su pretendido afán iba más allá, mucho más allá, de lo que sería la pretensión de ser niñera de la moral de los jóvenes. Pero, también se opuso a que el naciente Instituto Tecnológico fuera una “Universidad”, pues no deseaban que viera la luz, a fin de conservar el monopolio educativo superior, del cual disfrutaba en ese entonces. Moralina y monopolio: todo en un revoltijo.

Lo que sí dio lugar a un intenso debate social y político, en diversos medios, fue la oposición expresa de la Universidad de Costa Rica para que un grupo de ciudadanos constituyera lo que luego se llegó a conocer como la Universidad Autónoma de Centro América. Gran parte del alegato del titular del momento para oponerse, era que la educación universitaria debería de estar en manos del estado y no de una empresa o personas privadas.  Así, de un plumazo, se dejaba de reconocer el enorme aporte brindado por la educación universitaria privada en la historia de la humanidad.  (De paso, muy interesantemente, se considera como una de las primeras, sino es que la primera, fue la Universidad de al-Qarawiyyin fundada en el año 859, en Fez, Marruecos por Fatima al-Fihri, una asombrosa y sabia mujer). 

Afortunadamente, tuve la oportunidad de ser parte de un grupo de ciudadanos deseosos de que en el país los estudiantes tuvieran la opción de estudiar carreras universitarias, no sólo en un centro distinto del único existente, sino que asimismo fuera producto del esfuerzo privado. Los 18 fundadores de la Universidad Autónoma de Centro América (UACA) fueron, en orden alfabético, don Enrique Benavides Chaverri, este servidor, don Alberto Di Mare Fuscaldo, don Guido Fernández Saborío, don Alfredo Fournier Beeche, don Fabio Fournier Jiménez, don Edmundo Gerli González, don Fernando Guier Esquivel, don Enrique Malavassi Vargas, don Guillermo Malavassi Vargas, don Gonzalo Ortiz Martín, don Rafael Robles Jiménez, don Rogelio Sotela Montagné, don Christian Tattenbach Iglesias, don Luis Demetrio Tinoco Castro, doña Cecilia Valverde Barrenechea, don Renato Viglione Marchisio y don Thelmo Vargas Madrigal. En estos momentos, seis de ellos aún estamos en este mundo y los restantes doce gozan ya de la vida eterna.

La oposición inicial en círculos gubernamentales fue enorme, pues estaban en contra de que el estado le diera a la UACA el permiso para funcionar, exigido por alguna ley. Incluso tal obstrucción de cierta manera resultaba ser paradójica, pues un muy elevado porcentaje de los ministros de ese gobierno (1974-1978), había realizado estudios en escuelas o universidades privadas, e incluso muchos enviaban a sus hijos a centros de educación también privados (podemos imaginar las razones de sus decisiones).  

No obstante, en un momento dado, aquella barrera quedó hecha añicos, cuando el presidente de la República del momento, don Daniel Oduber Quirós, junto con su ministro de Educación, don Fernando Volio Jiménez, quien inicialmente se había opuesto a la fundación de la nueva universidad privada, decidieron dar el permiso requerido para su existencia. Se ha comentado que lo allí esencialmente primó fue la posición del presidente Oduber, quien convenció a su ministro de Educación de la conveniencia de abrir las puertas a una universidad privada en el país.

Históricamente, en todo esto, debe recordarse al papel llevado a cabo por la Asociación Nacional de Fomento Económico (ANFE), en cuyas instalaciones se discutió mucho acerca de la necesidad de crear una universidad privada y en donde, también, se analizaron los numerosos documentos que se hacían necesarios para lograrlo. Recuerdo que uno de los argumentos más poderosos para promover su creación, además del eminente derecho ciudadano de ser libre para escoger, era que, en esos momentos -y parece ser algo que aún continúa-, la demanda de estudios en la Universidad de Costa Rica era más que sobrepasada por la oferta de ingreso para esos estudiantes, lo cual creaba un excedente de jóvenes que deseaban estudiar una carrera universitaria y rápidamente se llenaba el exiguo cupo ofrecido. Y el estado no estaba en capacidad de satisfacer esa demanda en exceso.

Por ello, cuando al fin la UACA pudo abrir físicamente sus puertas, allá en el año 1976, su éxito fue inmediato y terminó, parodiando la famosa encíclica, convirtiéndose en Mater et Magistra, pues a partir de ella luego surgieron muchas otras nuevas universidades privadas en el país. La UACA ha sabido defender la libertad de enseñanza en el país y mantiene una alta calidad académica: es, en palabras de su actual rector y uno de quienes le dio vida, don Guillermo Malavassi, un balance entre calidad y libertad. 

Ese esfuerzo porque tengan vigencia nuestros derechos innatos para definir cómo ha de ser nuestra educación, no debe de haber sido en vano, pues siempre persisten los afanes de ciertos sectores dentro del estado, al cual sabemos no le agrada mucho la competencia. Por ello, es frecuente ver que proponen y pretenden más y más regulaciones para la educación universitaria privada. Sin embargo, ante ello hay un hecho impresionante no imaginado a principios de los años setenta por aquellos visionarios: hoy en día, aproximadamente, la mitad de los estudiantes universitarios del país asisten a centros privados, coadyuvando así al progreso de esos individuos y, a la vez, de la prosperidad de la nación.


Jorge Corrales Quesada

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