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martes, 10 de septiembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: ¡Levántate y anda! II Parte

La semana anterior expusimos en este sitio los elementos básicos de la denominada Curva de Phillips, que señalaba la posibilidad de optar entre inflación y desempleo, de manera tal que, si se deseaba disminuir la tasa de desocupación (y así aumentar la producción real de la economía), ello sólo era posible aumentando la tasa de inflación. Por el contrario, si se deseaba disminuir la tasa de crecimiento de la generalidad de los precios, sólo era posible incrementando la tasa de desempleo y, por tanto, dando lugar a una reducción de la producción real de la economía. En esta segunda parte se hará una crítica basada en los trabajos de Milton Friedman a la Curva de Phillips.

Friedman, en su afamado discurso presidencial ante la Asociación Norteamericana de Economistas en diciembre de 1967, expuso claramente el pecado original de la curva de Phillips, al señalar que su defecto básico consistía en
“…la falla de distinguir entre los salarios nominales y los salarios reales… Phillips escribió su artículo para un mundo en el cual todos anticipaban que los precios nominales serían estables y en el cual esa anticipación parecía inmovible e inmutable, pasara lo que pasara a los precios y a los salarios reales…” (Milton Friedman, “The Role of Monetary Policy”, The American Economic Review, Vol. LVIII, No. 1, marzo de 1968, p. 8).

Esto es, la posibilidad de escoger entre la inflación y el desempleo de acuerdo con la curva de Phillips, dependía de que los precios no variaran. Pero, con una política monetaria expansiva, con su impacto de un aumento generalizado de los precios, el efecto positivo inicial de aumento en los salarios nominales se veía luego compensado por los aumentos en los precios, de manera tal que los salarios reales permanecían constantes (el salario nominal es el precio del factor trabajo y el salario real se refiere a ese precio en términos de su poder adquisitivo). Es decir, que se regresaría a la tasa de desempleo previa.
Señala Friedman,

“Para exponer esta conclusión de manera diferente, existe siempre una opción transitoria entre la inflación y el desempleo; no existe una opción permanente. El efecto transitorio no proviene de la inflación per se, sino de la inflación no anticipada, lo cual quiere decir, que proviene de una creciente tasa de inflación. La ampliamente esparcida creencia de que existe una opción permanente, es una versión sofisticada de la confusión entre ‘alto y creciente’, la cual todos reconocemos en formas más simples.  Una tasa de inflación creciente puede reducir el desempleo y una tasa alta no lo reducirá.” (Ibídem, p. 11).

Friedman agrega que,

“Para expresar la conclusión general de una manera aún más distinta, las autoridades monetarias controlan las cantidades nominales -directamente, la cantidad de sus propias obligaciones. En principio, pueden usar este control para fijar una cantidad nominal -un tipo de cambio, el nivel de precios, el nivel nominal del ingreso nacional, la cantidad de dinero por una u otra definición- o fijar el tipo de cambio en una cantidad nominal -la tasa de inflación o deflación, la tasa de crecimiento o disminución del ingreso nacional nominal, la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero. No pueden usar su control sobre cantidades nominales para fijar una cantidad real -la tasa real de interés, la tasa de desempleo, el nivel del ingreso nacional real, la cantidad real de dinero, el ritmo de crecimiento del ingreso nacional real o el ritmo de crecimiento de la cantidad real de dinero.” (Ibídem, p. 11).

Por tanto, para Friedman no existía la posibilidad de que, en el largo plazo, una vez que la tasa de inflación es anticipada plenamente, se logre disminuir el desempleo a cambio de inflación, como lo proponía la política monetaria basada en la curva de Phillips. En términos sencillo, resulta ser una aplicación de la frase atribuida a Abraham Lincoln, “Se puede engañar a toda la gente durante un tiempo y alguna gente todo el tiempo, pero no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo”. Lo que importa para los trabajadores son los salarios reales (esto es, en términos de su poder adquisitivo). Estos aumentan al inicio de la expansión monetaria y de crecimiento de la producción nominal. Pero luego, por el efecto de la inflación, en términos de su poder adquisitivo esos salarios reales vuelven a su nivel previo. El que por un tiempo sus salarios nominales puedan aumentar por efecto de la inflación, no significa que lo pueda ser permanentemente: la inflación “se come” el aumento de los salarios nominales. La inflación esperada es así incorporada en el salario nominal que esperan obtener.  Al incorporarse estas expectativas de inflación en el mercado de trabajo, se regresa a la tasa de desocupación previa antes de la inflación.

Algunos economistas keynesianos promotores de las políticas monetarias expansionistas, basados en la curva de Phillips argumentaron que no importaba tanto la inflación, como lograr reducir la tasa de desempleo.  También para los políticos estatistas ese razonamiento les caía como anillo al dedo en su objetivo de lograr y conservar el poder político.  El votante desocupado normalmente votaba en contra del partido en el poder, pues por lo general lo percibía como responsable de una languidez económica en donde no se generaba empleo. Por ello, ante la opción de provocar inflación a cambio de mayor empleo, lo que el político debería de hacer era buscar una combinación óptima de ambos males (“una combinación con el menor costo social”). Un camino más fácil se les abría a los políticos, pues usualmente era posible atribuir el problema inflacionario a otros entes distintos del gobierno.  Abundan las narrativas en donde se atribuye la inflación a los “árabes y su petróleo”, a los intermediarios explotadores, a los sindicatos que presionan por salarios mínimos, a los monopolios, a las malas cosechas, a boicots internacionales y a un largo etcétera.

La angustia para los políticos se presentó cuando su creencia de que podían generar pleno empleo o menor desocupación, aunque hubiera mayor inflación, quedó hecha añicos debido a una evidencia clara de una simultaneidad de alta inflación y elevado desempleo  (a esto algunos lo llamaron estanflación).

En términos de la curva de Phillips, lo que Friedman demuestra es que no existe una curva de Phillips, sobre la cual es posible escoger entre inflación y desempleo. Cuando los actores en la economía incorporan el comportamiento esperado de los precios en sus expectativas salariales (es decir, que a la larga lo que a los trabajadores les interesa es el salarios real y no el salario nominal), se da un desplazamiento de aquella curva original del análisis de Phillips, cuando no había una expectativa de inflación. Habría no una sino múltiples curvas de Phillips, cada una de ellas definida para las distintas expectativas acerca del comportamiento esperado de los precios y, por ende, de los salarios reales, en donde se tomaba en cuenta a las expectativas inflacionarias. 

Por ello, a largo plazo cuando las expectativas toman vigencia, no era posible plantear la posibilidad original de escoger una mayor tasa de inflación como el precio a pagar por una tasa menor desocupación.  Al incorporarse la inflación esperada en las expectativas de los asalariados, los salarios nominales deberán aumentar a ese ritmo de inflación esperada, tan sólo para mantener constantes los salarios reales. Puede pensarse que habrá una curva de Phillips para cada expectativa inflacionaria diferente. No hay una curva de Phillips, sino una multitud de ellas; cada una de ellas para cada tasa de inflación esperada. Así, el efecto de moverse a lo largo de aquella (una) curva de Phillips, de aumentar la ocupación a cambio de mayor inflación, se revierte al incorporar las expectativas inflacionarias. De manera que el efecto de aumento del nivel de ocupación es tan sólo temporal, pues a largo plazo se volverá a la tasa original de desempleo (y de crecimiento de la economía) y el mercado restablece su situación real de equilibrio.

La próxima semana presentaré en este sitio la tercera y última parte de este comentario.



Jorge Corrales Quesada

martes, 3 de septiembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: ¡levántate y anda! Parte I

Espero que pronto aparezca en mi sitio de Internet -latforum.org- un libro que escribí en 1984, titulado Inflación y Control de Precios. Así el lector podrá tener acceso directo al tema de “La Curva de Phillips”.  Lo traigo a colación porque, en criterio de algunos, el Banco Central debe tener ahora no sólo la función de controlar la inflación, sino también la de promover la generación de empleo y, por ende, el crecimiento real de la economía.

Como ejemplo de aquel criterio, en el periódico La República del 19 de agosto del 2013, hay un artículo que lleva por título “Mejor Meta: Inflación o Crecimiento Económico” y como subtítulo algo que expresa mejor la intención del comentario: “La crisis cambió los bancos centrales, ya que se preocupan más por el crecimiento, dejando de lado la inflación”.

Expone el artículo de La República:
 
“La meta de los últimos años para el Banco Central es tener controlada la inflación, dejando como secundarias el crecimiento económico y el empleo”…
Hay quienes han pensado seguir un modelo más moderno, como el de Estados Unidos, Japón o Reino Unido, donde tienen en su legislación ambas metas (inflación y crecimiento económico}, aunque sean objetivos contradictorios. Así, el Central podría cuidar tanto la estabilidad del colón como impulsar medidas para ver crecer la economía nacional y bajar los niveles de desempleo…”

“…’La crisis cambió eso, los bancos centrales se preocuparon —y siguen preocupándose— por el crecimiento, dejando de lado la inquietud de la inflación. Cuando la producción se viene en picada y el desempleo crece, los precios ocupan una prioridad secundaria. Las condiciones de una economía en crisis de producción, en todo caso, no son inflacionarias”, explica Fernando Rodríguez, economista.”

El tema reviste importancia, pues resucita la vieja conocida de los economistas, la llamada Curva de Phillips, desarrollada por el economista neozelandés y keynesiano William Phillips.  Lo que, en resumen, proponía la curva de Phillips era la posibilidad de que los encargados de las políticas económicas pudieran optar entre los objetivos de inflación y desempleo.  Así, desde el punto de vista de los objetivos o metas de un Banco Central, con base en la curva de Phillips se consideró que era posible sacrificar el logro del objetivo de una baja inflación, a fin de dar lugar a mayores niveles de empleo. O, a la inversa, que se podía lograr un descenso en la desocupación pero a cambio de una mayor inflación.

De esta manera, el dilema de políticas que generalmente encaraba un Banco Central (como el nuestro), era que debía escoger entre dos males: o una alta inflación para lograr un mayor nivel de ocupación y, por lo tanto, de crecimiento real de la economía, o bien lograr una baja inflación, pero a cambio de provocar un aumento en la tasa de desempleo y, por lo tanto, un menor crecimiento real de la economía.

Ejemplo de esta visión -de que había una relación inversa entre inflación y desempleo- fue expuesta en 1960 en un artículo muy importante de dos destacados economistas keynesianos, Paul Samuelson y Robert Solow, quienes lo presentaron ante la Asociación Norteamericana de Economistas y fue luego reproducido en el libro editado por Arthur M. Okun, The Battle Against Unemployment: An introduction to a current issue of public policy, bajo el título  “Our Menu of Policy Choices”.  Sobre el tema en concreto se ha escrito que
 
“El remedio sugerido, desde Samuelson y Solow en particular, era proseguir políticas keynesianas que mantuvieran el pleno empleo a una tasa específica de inflación, por medio de la manipulación del presupuesto y la expansión o contracción de la oferta de dinero, en función de si la economía estaba creciendo o decreciendo.” (Daniel Stedman Jones, Masters of the Universe, Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 2014, p. 188).

Si, según el análisis de Phillips y las sugerencias, entre muchos otros economistas, de Samuelson y Solow, era posible proseguir una política de pleno empleo (o baja tasa de desocupación), logrado a cambio del sacrificio de una mayor inflación, ¿cómo fue que en la administración del Presidente Carter durante el período 1977-1981, con base en aquella vieja receta keynesiana simultáneamente se tuvo tasas elevadas de inflación (un promedio de casi el 15%) y altas tasas de desocupación (de alrededor de un 7.5%)?

Un hecho similar sucedió en la Inglaterra de esos años, cuando, en un discurso en setiembre de 1976 ante una Conferencia del Partido Laborista, un intelectualmente muy honesto Primer Ministro laborista, James Callaghan, ante la evidencia exclamó que,

“Solíamos pensar que se podía pagar la salida de una depresión e incrementar el empleo, reduciendo los impuestos y aumentando el gasto público. Les digo con todo el candor que esa opción ya no existe y que si existió alguna vez, sólo trabajó inyectando una dosis mayor de inflación en la economía, seguida por un nivel más alto de desempleo. Esa es la historia de los últimos veinte años”. (Citado en mi libro De la Pobreza a la Abundancia en Costa Rica, 1981, p. 35).

Y aquí en casa, ¿tenemos algún ejemplo del fracaso del planteamiento keynesiano de la Curva de Phillips, de que se podía reducir el desempleo a cambio de una mayor inflación?  Lo sucedido en la administración Carazo es  clara evidencia de las premisas falsas de la Curva de Phillips. Cito a mi libro Inflación y Control de Precios, para narrarles que

“…cuando se señala que el gobierno del Presidente Carazo fue puesto a (y cito) ‘escoger ante la ausencia de acción legislativa, entre la inflación y el desempleo, se escogió entre ambos males al menor, la inflación, y la paz social se ha mantenido, esto indica que la decisión fue acertada’, se omite la evidencia que los datos muestran: esto es, la simultaneidad de una enorme inflación y un elevado desempleo. No se optó entre dos males: se eligieron los dos conjuntamente.” (Op. Cit., p. 57.  Las afirmaciones del gobierno del señor Carazo aquí citadas provienen de la página 70 del informe presidencial que diera oficialmente ante la Asamblea Legislativa, el primero de mayo de 1982).

El próximo martes continuará en este sitio la segunda parte de este comentario. 

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 28 de noviembre de 2007

¿Debe el BCCR aumentar las tasas de interés?


¿Debe el Banco Central de Costa Rica aumentar las tasas de interés?

El anuncio de hace unos días del Banco Central de Costa Rica (BCCR) de la necesidad de aumentar las tasas de interés de corto plazo refleja la incapacidad del Instituto Emisor de manejar sanamente la política monetaria.

Debido a que la inflación interanual a octubre del 2007 en Costa Rica alcanza la vergonzosa cifra de 9.84% es que el BCCR debe ajustar a la alza las tasas de interés. Esto debe ser así porque un principio básico de economía sostiene que las tasas de interés deben de guardar una relación directa con la inflación. Si la inflación es superior a la tasa de interés que se paga por el ahorro, no hay incentivo a ahorrar. Y si no hay ahorro, no hay recursos para prestar y el sistema financiero colapsa.

Es por eso que países con bajas tasas de inflación tienen bajas tasas de interés. Por la misma razón es que la única forma sostenible de ofrecer tasas de interés accesibles o de democratizar el crédito, sea para el sector productivo o para el sector vivienda, es con una baja tasa de inflación. En otras palabras, para que el sector productivo costarricense pueda acceder a tasas de interés activas del 7 u 8% anual lo único que se requiere es que el BCCR deje de imprimir tanto dinero. No es con Banca de Desarrollo como se alcanzan bajas tasas de interés sino controlando la inflación y para ello hay que controlar la emisión de dinero. En Panamá, por ejemplo que no tiene Banco Central, las tasas de interés para vivienda son del 6% anual a treinta años.

Por tanto, si deseamos que las tasas de interés sean bajas y accesibles el objetivo del BCCR debe ser controlar la inflación. Pero, ¿qué causa la inflación o aumento generalizado de los precios? Tal y como afirmaba Milton Friedman (premio Nobel en economía en 1976), “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Es decir, la inflación es causada en un 100% por un aumento excesivo de la cantidad de dinero que circula en la economía. En otras palabras, la inflación en Costa Rica la causa única y exclusivamente el BCCR cuando este emite, imprime o pone a circular dinero sin respaldo en la producción nacional. Es una mentira que la inflación la cause los aumentos del precio del petróleo. Si esto fuera así, ¿Por qué durante la Administración Arias (1986-1990) donde los precios del petróleo cayeron en aproximadamente un 50%, la inflación se duplicó durante su Gobierno? ¿Cómo se explica que, desde mediados de los ochentas y hasta finales de los noventas que los pr! ecios del petróleo estuvieron relativamente estables, los precios en Costa Ricas siguieron subiendo? Si la causa de la inflación en Costa Rica fueran las variaciones del precio del petróleo entonces deberíamos tener deflación (caída de los precios) cuando los precios del petróleo caen y estabilidad de precios cuando este es estable. Es claro que la evidencia refuta la relación entre aumento de los precios y aumento del precio del petróleo. Además, países con mayor consumo per capita de petróleo como Japón casi no tiene inflación, mientras que Venezuela, país productor de petróleo, tiene una inflación interanual a octubre del 2007 del 17.2%.

Es importante destacar que de enero de 1980 hasta diciembre del 2006 la inflación promedio anual en Costa Rica fue de 18.1% mientras que el crecimiento de la cantidad de dinero fue del 20.9% anual

Si el BCCR debe ajustar al alza las tasas de interés se debe a su incapacidad de controlar los niveles de inflación causada por un aumento irresponsable del circulante en la economía. Controlar la cantidad de dinero que circula en un país es una tarea muy simple que requiere de unos 5 funcionarios que se reúnan cada tres o seis meses. El BCCR ha sido incapaz de controlar la cantidad de dinero que circula en el país generando altísimas tasas de inflación cuyas consecuencias son: menor crecimiento de la producción, menor inversión, tasas de interés más altas y volátiles, mayores niveles de desempleo, menor competitividad, mayor incertidumbre cambiaria, deterioro de la distribución del ingreso, entre otro montón de males. Ante esta incapacidad del BCCR de controlar la inflación, es que se hace necesario e indispensable considerar la destitución de su Presidente o bien, en mejor de los casos, cerrar el BCCR e imitar al modelo panameño sin banca central y su sistema financiero al! tamente desregulado y competitivo.

José Joaquín Fernández